ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bañadera

En casa de un obrero no hay bañadera, pontificó mi padre alguna vez, como si fuera una sentencia repetida por las calles aunque no la escuché en otras bocas. La referencia es obvia, una bañadera —bañera, si uno pertenece a la raza fifí— era una especie de lujo para quienes no tenían premura para salvar el día. Mi hermano y yo de vez en cuando atacábamos preguntando cuándo sería el día que pudiéramos disfrutar de una bañadera, así como de un televisor para nosotros además del que con tanto esfuerzo en cuotas se exhibía en la cocina de casa y, en la más loca de las ilusiones, una pista de autitos eléctricos.
Los días revelaban que nada de eso sucedería ni cerca ni lejos, cuando había algo de dinero era para mejorar la casa, cambiar el autito por uno un poco menos viejo, nunca para lujos.

La bañadera era signo y concreción de estar por encima de los apurones diarios en un mundo donde escaseaba una vez el aceite, otra el azúcar, cuando no la harina. Donde ya habíamos conseguido un salto de felicidad pasando del baño en la palangana de aluminio que alguna vez abolló una granizada feroz —aclimatado con una taza enlozada con alcohol de quemar encendido en las cercanías— a la ducha con lluvia. Pero la bañadera seguía demasiado lejos.

Por eso no fue difícil asociar al envase del nuevo dulce de leche SanCor con una bañadera. Era de plástico, rectangular, con aristas redondeadas excepto en la cubierta, que venían cerradas con esas clásicas láminas metálicas que aún se ven en yogures o flancitos. Ese dulce de leche era distinto al San Ignacio, que era la otra marca común de los almacenes del barrio, fondo azul y una imagen de la misión jesuítica homónima. El SanCor era más espeso y oscuro (y tal vez algo más caro), por lo que siendo de suyo una delicia cualquier dulce de leche, éste remedaba la fantasía inconseguible de la bañadera blanca. Y por si fuera poco, tenían en la tapa metálica un dibujo de cucharada de cremoso dulce que invitaba a segregar ingentes cantidades de saliva preanunciando el goce, nada de viejas misiones guaraníticas que eluden cualquier relación con las papilas infantiles.
La prohibición familiar de comerlo a cucharadas —que por otro lado se veía en televisión— o con los dedos sin más le daba ese sabor a liturgia que hace que parezca que los curas se deleiten saboreando la masita de pan ázimo. El dulce había que untarlo y dada su alta viscosidad solo admitía ser untado con cuchillo aplastándolo fuertemente contra el pan incluso a riesgo de que este se desgranara y una bola de dulce quede pendiendo de la cáscara o vuele por los aires sobre la ropa o al piso sin remedio.

Como queda a las claras, la bañadera entró en casa de un obrero en insospechada forma, la de un contenedor del más preciado de los manjares de la niñez argentina: el dulce de leche.
El agostarse de los años con sus huellas a cuestas nos fue empañando la fascinación por el dulce de leche. Vendrían otras ensoñaciones y otros sueños incumplidos a guarecerse bajo la piel con los sucedáneos posibles de las quimeras que están destinadas a otros héroes o semidioses. Y nosotros, rastreros mortales comunes, quizás nos encontremos más humanos cada vez que un artefacto hecho por otros humanos o por otras máquinas que fueron armadas por otras máquinas que fabricaron sus partes ideadas tal vez por otros artilugios. Y en la punta de la cadena, creándola, el chico que segregaba abundante saliva y se regodeaba solo con imaginar una bañadera.

 

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Escribí este relatiro con la intención de aportar a la Convocatoria Juevera de Ibso en Camino a utopía sobre El objeto, la idea o el sentimiento que no debería existir. Allí encontrarás más y mejores relatos.  

 

martes, 1 de septiembre de 2026

Hoy no juego


Los colchones tienen que tener la consistencia justa para asegurar un buen sueño y no arrancar el día caminando maltrecho. El mío se debe haber vencido, me sentía adolorido, tanto que hasta costaba desperezarme. Era uno de esos días en que uno no sabe con certeza si acaba de despertarse o el sueño continúa en una especie de semisonambulismo.

Arrastrando los pies me dirigí al baño. Qué cosa curiosa es el sueño, había olvidado que estoy en un hotel u hospedaje. Ahora entiendo, me despertó un toc toc en la puerta. -¡Robert! ¡Robert! ¡Vamos!
Quise responder que se dejara de molestar, que me llamo Jorge y que no quiero ir a ningún lado. Pero me salió algo en un inglés con inflexiones yanquis. Creo que dije: -Ya voy, padre cura. Caminé unos metros tratando de adivinar la entrada del baño. Levanté la vista buscando que el espejo me devolviera unas ojeras espantosas y mi largo cabello retorcido como mis barbas de músico de reggae que no llega al estrellato por más que se lance en un cohete estratosférico. Pero el espejo estaba tan confuso como yo y me devolvió otra imagen, mientras boquiabierto trataba de reconocerme. Tuve que apoyarme en el lavabo y volver a subir lentamente la cabeza porque el mareo, el vértigo que me produjo la visión de Bobby Fischer en el espejo fue demasiado atropello para mi frágil subjetividad. Cuando pude corrí a la cama, no había restos de una fumata como mis habituales, ni pastillas alucinógenas. Una biblia en inglés me miraba, unos libros más y un par de fotos. A un costado un tablero de ajedrez con una posición que vagamente reconocía: un alfil en h2 encerrado por los peones rivales. Pero... ¡eso sucedió en 1972!
– ¡Robert! ¡Bobby! ¡Por el amor de Dios! ¡Llegaremos tarde!
– ¿Adónde, padre cura?
– ¡Por las barbas de Steinitz! ¡A la partida!

El cura seguía imprecando, dando voces detrás de la puerta. Mi aturdimiento llegaba al paroxismo. Y él trataba de mostrar en sus inflexiones una calma que evidentemente no poseía.
– Faltan minutos nada más, Bobby. Anteayer regalaste la partida, hoy tienes que ganar con blancas.

 Claro, ahora lo recuerdo. En la primera partida del match de 1972 en Rejkiavik, Bobby llegó tarde, jugó muy nervioso y ejecutó un Axh2 en la jugada 29 con negras que sorprendió al mundo. Los telex se bloquearon por la noticia mundial. ¡El genio de Fischer cometió un error de principiante! Después vendrían los análisis de expertos que daban posibilidades de empate si Fischer hacía gala de una precisión absoluta. Las computadoras confirmaron que era un error, pero el campeón Spassky debía jugar como una máquina para ganar. En fin, con el nerviosismo del combate, pudo haber sido tablas. Pero fue para el ruso.

El sacerdote Lombardy por fin irrumpió en la habitación y me encontró a medio vestir, con la vista en el horizonte. Y peor, creyendo que yo era Bobby Fischer. Pretendía llevarme a jugar la segunda partida por el Campeonato del Mundo. A mí, un aficionado que no duraría ni quince jugadas ante el gran Boris Spassky. Utilizaba palabras dulces, pero firmes con el fin de convencerme. Intenté decirle que yo no era Bobby Fischer, sino Jorge Mariotti, músico de reggae fumanchero de la peatonal de Rosario a comienzos del siglo XXI, pero el tipo no escuchaba, solo quería arrastrarme a la sala de juego.
Como no entraba en razones, fui hasta la mesita, pateé el tablero y me metí en la cama.
–Hoy no juego, padre cura– fueron mis últimas palabras ese día. Necesitaba dormir. Total, después ganaría el Campeonato del Mundo con completa autoridad en la partida 21.



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No sé si este relato aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura sobre Mi máquina del tiempo., dado que tal vez no sea el caso, pero bue, es lo que salió. Allí encontrarás más y mejores relatos.  



lunes, 10 de agosto de 2026

Desde el diario

Ya no se puede creer ni en los diarios, rezaba una viñeta de cuarenta años atrás. Y no le faltaba razón, se venían esas épocas en que los editores comenzaban a preocuparse con quién quedar bien y con quién quedar mal; a posicionar a cierto candidato exaltando dudosas virtudes y defenestrar a otros denunciando supuestas maniobras fraudulentas.

Tanto, tanto es así que hemos llegado a pasar el primer cuarto de siglo (¡de milenio!) y mientras creemos haber evolucionado hasta ubicarnos en el pináculo del desarrollo sapiens, andamos extrañando los viejos gloriosos momentos del faber, cuando nacíamos desprovistos de toda posibilidad de sobrevivir solitos en el mundo, alguien o algunos nos cuidaba o cuidaban hasta que empezábamos a vivir del modo en que se vivía entonces: ocupar toda la jornada en llegar vivos a la noche. Ayudar a construir refugios, afilar lanzas, mantener el fuego vivo y así hasta el día siguiente, previendo las nuevas amenazas: heladas, tigres, vecinos hostiles. En el medio y en cuanto fuera posible reír, amar, jugar y no mucho más por lo que preocuparse. Entonces nos moríamos por las heridas, la comida malsana y el frío, pero nunca por la depresión, la hipertensión o la diabetes, supongo.

Volviendo a los diarios y a su carácter de infame bitácora de la vida de otros, qué puñalada resulta la constatación de la evidencia de que ya no son confiables. Automáticamente resulta sinónimo de esta posibilidad de enfermarse por todo del hombre moderno que vive su modernidad.

Caminaba plácidamente por Avenida Dorrego gozando, o intentando hacerlo, del sol de la mañana. Sorteando la farmacia y agradeciendo no necesitar por ahora medicación alguna, crucé la calle para otear en el kiosco de Franco los números salidores en la lotería. Todo para qué, para encontrarme con la portada del Semanario La Corneta, que voceaba con cierta estridencia un titular inequívoco: “El señor Mario Farías es un garca”. Uno espera y tal vez desea aparecer en un diario como una celebridad, un deportista exitoso, cantante glorioso, ganador de la lotería, empresario que ostenta un récord productivo o simplemente favorecido en una rifa de chanchomóvil, pero nunca, jamás de los jamases imagina que su nombre será defenestrado por el titular de un semanario local, de esos que leen las viejas arrancando desde los obituarios y los mequetrefes desde el horóscopo.

Compré un ejemplar rogando que el viejo Franco no se hubiera detenido a leer el titular. Cayendo en la cuenta de cuadras hasta las oficinas donde se redacta y edita el semanario, no dudé en enfilar hacia allí. La mañana invitaba a la caminata, así que no me costó aspirar hondo y dirigirme al lugar desde donde se publicó ese vergonzante titular. La tranquila caminata iba trocando en un tranco sostenido y largo y hasta diríase un trote bajo, para no llamar demasiado la atención de los transeúntes. En un par de bocacalles, estuve a punto de ser atropellado, pero no me preocupó, porque en el peor de los casos no iba a haber titular, sino una pequeña nota en policiales donde ni siquiera me iban a mencionar por mi nombre completo sino haciendo caso a la asquerosa denominación por iniciales.

Por fin llegué a la puerta acezando, me hice registrar y pedí hablar con el editor jefe. Me dijeron que no estaba, por lo que accedí a entrevistarme con el cargo más alto que estuviera presente.

Salió el jefe de redacción y sin mediar protocolo, mostrando el titular de marras y sacudiendo el papel le espeté: ¿Cómo van a poner un vocablo tan vulgar como “garca” en la portada? ¿Dónde quedó la cultura escrita? ¿No son capaces de seguir un manual de estilo?

Y revoleando hojas por toda la oficina, me retiré apenas aliviado por mi descargo.

 

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Este texto medio pavote aporta a la Convocatoria Juevera de Artesanos de la palabra  sobre JUEVES NOTICIOSOS. Allí encontrarás más y mejores relatos.  

 

viernes, 3 de julio de 2026

Desde el baño

Maneras de comenzar el día, muchas. Maneras que me ocurren a mí, menos. Por lo general, mates tranquilo, las palabras justas con la familia antes de que cada uno tome su destino diario consabido. Trabajo, escuelas, gimnasio… Después, lo de siempre, trámites, clientes, requerimientos, cuentas. Pero hay días, como decirlo, hay días en que no sé si el destino viene cruzado, si dios se levantó juguetón o ni se acostó porque no es domingo o quién sabe qué portal cósmico se abre, en que los momentos se viven raros, como extraídos de otro cuento o vividos en otra dimensión.
Me disculpé y fui al baño. Los mates, el frío matinal, el apuro por no llegar tarde, no sé. Baño vacío, mingitorios libres, a dejar escurrir esos nervios previos a la jornada laboral por el curso ambarino del alivio. Astuto, elegí el del medio para no andar codeando pared alguna. Pero el sino es más astuto, lo demuestra el abrirse de la puerta inmediatamente cuando ya es imposible abortar la misión. Un tipo alto y ancho, de los menos deseados en el baño. Se hizo lugar con un pequeño codazo o pechazo para que yo entienda que era necesario compartir estrecheces. Se lo veía un poco nervioso, por lo que inopinadamente arrancó conversación.
—Fresco día, ¿no? Todo se achica…
Mientras enrojecía, solté: —Buenas. Tal vez no tanto, ¿no?
Creo que de reojo sospeché que también revoleaba las pupilas. Entonces me envalentoné y arremetí. 
—Sufre mucho el frío, ¿no?— Casi suelto una risotada al notar que todas las frases enunciadas terminaban en la pregunta que da pie para continuar conversando.
—Sufro el frío, pero también sufro lo vacuo de la existencia, dijo alguna vez Schopenhauer, jo jo jo— en un dudoso y risueño “yopenjauar”.
Quise ponerme gracioso, pero nunca me sale: —La existencia vacuna es sufrida, sabiendo que van al matadero tarde o temprano.
—Como todos, amigo, como todos— pontificó.
Dando por agotada la instancia filosófica del lento drenar, comencé a ejecutar las maniobras consabidas que anunciaban la finalización de la tarea. Con aire filosófico continuó: —Más de dos es… ja ja ja, usted ya sabe.
No me arredré. —Depende de la geometría del problema entre manos.
—Em.
—No sé si me explico. Lo oblongo no quita lo complejo.

Rió, como quien no entiende el chiste, pero no quiere quedar estulto. —¡Ja! ¡Oblongo Nghé!— trayendo a Les Luthiers al mingitorio.
—Algo así, amigo— espeté mientras enfilaba hacia la puerta.
—Aguante, que voy para allá— replicó.
Mientras ejecutaba pesadamente los últimos pasos de guardado y realiño dejó caer una especie de confesión. —Usted me agrada. No lo tome a mal, pero esta breve charla orinal ha sido más animada que cualquier noche con mi mujer. Usted sabe…
Y no, yo no sabía ni quería saber. Entre el halago por lo animado de la breve conversa y la declaración de incómodo silencio con la esposa, ya estaba convenciéndome de que lo mejor sería desaparecer en ese mismo instante de la vista del grandote. Por compromiso, tiré lo que consideraba la última frase de salida.
—No es fácil la convivencia. Unos más, otros menos, todos lidiamos con el peso de lo cotidiano.
—Yo ya no convivo, por así decirlo. Mi esposa decidió hacer del silencio su postura eterna. Las deudas, las discusiones… Allí quedó, mutando en aspecto, olores y colores sobre la cama que no volveremos a compartir.

Tragué saliva o eso quise, aunque juro que lo intenté, tieso como estaba. Y continuó retomando algo de la conversación previa: —Todos al matadero, unos antes, otros después. Ahora le toca al gerente de este infame banco, amigo—, sacando un grueso revólver. —Y después a mí. ¿Sabrá usted en qué oficina lo encuentro?
—¡Grap!, creo que la tercera a la izquierda.
Y lo mandé al escritorio del subgerente Ferroni, que me hace la vida imposible por sus celos profesionales. Mientras buscaba ganar la calle a los trompicones, al empleado de la caja dos se le ocurrió llamarme: —¡Señor gerente, necesito una firma!
Solo queda escuchar el disparo.

jueves, 2 de julio de 2026

Pisar el alquitrán


Ya no me molesta pisar el alquitrán. Ni respirar la caliginosa niebla dulzona de los tugurios que alguna vez fueron asombro y excitación. No me siento tentado a acariciar la gastada culata de mi revólver ni me sobresaltan los frágiles quejidos de pisadas que se fingen desacompasadas.
Mirella sabe que colgar el grueso sobretodo y cambiarlo por una campera inflada dice mucho más de mí que cualquier descripción farragosa de un autor aburrido ante el teclado. Intuye que el paisaje que veré ya no será el atravesado por pupilas dilatadas en esfuerzo por atisbar lo distinto entre lo igual, lo ocre entre lo pardo y lo rojo de esa mancha que se expande bajo un cuerpo aún tibio.
Cómo sonará el leve desinflar de un pliegue de mi campera cuando una bala lo atraviese, me pregunto. Cuál será la ultima palabra que diré. En el último aliento, ¿pensaré en mi seguro de vida a nombre de Mirella?, ¿en las luminosas tardes abandonadas por el camino de las sustancias que convenían repartirse a la noche ?, ¿en las miradas fijas que quedaron en quienes se atrevieron a desafiarme? 

Ya no me molesta pisar el alquitrán ajustando el ala de la gorra con gesto ampuloso, con la mirada que se fuerza torva para espantar palomas. 
Detective o criminal, qué más da. Ya no me interesa elegir un lado, hasta sospecho que todos sufren y pierden más o menos por igual. La damisela sugerente que sonríe a pesar de las cachetadas, el rufián que juega a la ruleta rusa de la confianza con un nuevo jefe, el policía que gana menos que poco y busca alguna cometa miserable mientras viene de azotar a una jubilada que reclama no se sabe bien por cuál de los maltratos de los de turno, el pibe soldadito que te mata de un tiro para sacarte un poquito, el que pierde aun ese poquito que le sacó el otro. Todos sufren y pierden.

Ya no me molesta pisar el alquitrán si no trae sorpresas. Salvo mi cambio de abrigo, la noche en este infame barrio es la de siempre. Si acaso atravesara las callejas sin que la perrada crea que le disputo su lastimosa pitanza y no aparece nadie que se erija como acreedor de dinero, tiempo o vida, los brazos de Mirella serán cobijo seguro para una bestia nocturna como yo.

Dejo de pisar el alquitrán, abro la reja y golpeo dos veces. La puerta se torna y me ilumina la cálida luz de unas velas. Estoy seguro de que Mirella alcanzó a oír el leve desinflar de mi campera.

 
 
 
 
Escribo este apurado relato corto para participar de la convocatoria juevera INTRIGA EN LA GRAN CIUDAD en https://neogeminis.blogspot.com/2026/07/intriga-en-la-gran-ciudad-lista-de.html, por puesta por Mónica 

domingo, 27 de octubre de 2024

Carlitos

Con once años son otros los horrores, efectivamente.
Jugar a las escondidas se podría considerar casi normal una tarde de primavera; jugar en grupo, en las veredas gritando y chillando como chicos que solo le temen a los castigos de los grandes, pero había otros miedos más profundos. Miedos que aparecían en las conversaciones a media voz de las mujeres y el silencio casi obstinado de los tipos que, metalúrgicos y marrones como mi viejo, ya no podían reconocer un lugar como propio. Fascinado y aterrorizado, desde la ventanita de la puerta de casa vi -vimos- llegar con mi familia, la larga caravana que invadía la ciudad. Parecía sacado de una película de guerra, el grueso llegaba por la Ruta 9 (hoy Ruta 21). Los veíamos apostarse en todo el predio de Las Dos Rutas, atrincherarse en las grandes cunetas del Chapuy al frente de casa, comunicarse por radio. Yo no decía nada, nadie decía nada. Sólo esperaba que de un momento al otro apareciera un enemigo que simplemente no existía. Entonces, por las noches, las corridas por los techos –de soldados, creíamos—nos obligaron a mi hermano y a mí a dormir en la pieza de la Nona, que no daba a la escalera como la nuestra.

Es que Villa estaba invadida. Mis viejos no me dejaban hacer refugios para juegos en los baldíos, ni correr cuando veíamos un extraño, no sea cosa que los fachos nos peguen un tiro. Yo me imaginaba los fachos como alguna especie de monstruos de película, que no tenían contemplaciones con los seres humanos… finalmente no estaba tan equivocado…

A Carlitos Ruescas –que vivía en la cuadra de atrás- lo vigilaban, a Manuel Duarte –que vivía a la vuelta— lo vigilaban. Había tipos raros dando vueltas por el barrio, se apoyaban en los tapiales y de vez en cuando hablaban por radio o charlaban con otros que se acercaban en auto. Los vecinos ni siquiera se atrevían a salir a la vereda en esos casos. Mis viejos me decían que si preguntaban por alguien dijera que no lo conocía o que no sabía nada, pero nunca me preguntaron, aunque sí a otros chicos.

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Pero otra dimensión del miedo nos iba a traspasar una tarde de primavera jugando a las escondidas con el Jole y dos o tres de los chicos del barrio. Marcelito Ruescas no estaba con nosotros, hacía un tiempo que no lo veíamos, pero igual jugábamos en el tapial de Prunes, frente a su casa. Sin prestarle demasiada atención vimos llegar un Renault 12 naranja y un Falcon negro. Pero si los autos no decían nada, los tipos que venían en ellos, sí y las armas que traían, mucho más. Ahí nomás dejamos de jugar y sin pensarlo demasiado nos sentamos al solcito contra el tapial a ver a qué venían por el barrio.
Bajaron tres o cuatro de los seis o siete que eran. Al mando se veía un tipo más petiso y robusto, de poco pelo, con anteojos negros que nos miró como con asco y luego haciendo caso omiso de nuestra presencia. Abrieron el portillo y golpearon la puerta. Como tardaban en responder se impacientaron, dieron algún golpe con la culata de un arma y algo dijeron en tono imperativo, pero mi fascinado horror no me permite recordar palabra alguna, más que entender que se estaba bañando y por eso tardaba. Al final, salió Carlitos, sin sorpresa en el rostro, pero con expresión triste. Lo llevaron a uno de los autos  con el revólver a la cabeza y una ametralladora por la espalda.

Al volver a casa y contar, mi mamá no podía creer. Carlitos y Mabel su esposa eran conocidos de toda la vida desde que vino a Villa desde su pueblo. Mabel vivía a la vuelta de la casa que alquilaban antes de casarse. Ambas y con otras amigas disputaban divertidos carnavales con Carlitos y otro muchachos, como se estilaba. Carlitos era incapaz de portar un arma y menos de usarla. Era un buen tipo, nada más ni nada menos que eso, con la única culpa de pensar que vale la pena el compañero de trabajo, que valen la pena los compañeros.

Cuando mi tío Tristán vino con la noticia unos días después, mi vieja se puso a llorar a mares y mi viejo se hundió más y más en su triste silencio. Habían encontrado a Carlitos, a Julio Palacios y a la abogada María Concepción De Grandis horriblemente asesinados con una saña increíble en una zona rural.

Yo apoyé los brazos sobre la mesa y la cabeza en ellos y repasaba mentalmente la tarde fatal en que se llevaron a Carlitos, fuimos los últimos del barrio en verlo con vida, una vida que él seguramente sabía que se le iba, que se la robaban. Cuando le tocó a Manuel -eran los mismos tipos- sus familiares alcanzaron a decirles que no estaba en la casa. Mientras los entretuvieron, Manuel salía por el fondo a casa de otros vecinos y de allí al exilio en el propio país, en la propia tierra varios años…

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Villa estaba invadida, la muerte se hacía cotidiana y cercana. Pero no la muerte de la vida que llega a su culmen, la muerte de la vida segada inútil y cruelmente.
Aún hoy, ese tapial, esa casa del barrio, me traen invariablemente el doloroso recuerdo de los que no están, del sufrimiento de mi vieja y el hondo silencio de mi viejo que nunca más tuvo ganas de ir a truquear con sus amigos al club, no sé si por otros conocidos asesinados en un bar, si por temor a dejarnos solos en las tardecitas o algún otro miedo y, la verdad, nunca me atreví a preguntar aquel porqué.
Nunca volví a ver a Marcelito Ruescas, no sé si pudo ser luego alguna vez el pibe alegre, con esa insolencia inocente y esa picardía desbordante que tenía. No creo… Con once años, son otros los horrores, efectivamente… definitivamente.

lunes, 28 de noviembre de 2022

La casa de la esquina sin ochava

Consigna del Mundial de Escritura: Descifrar el misterio detrás de una mujer que un día se encerró en su casa, en la mayor oscuridad posible y que frecuentemente se veía visitada por cuervos, lechuzas y gatos...

 

 

 

En los barrios populosos no faltan esas casonas vetustas con aristas derruidas y un fluir río arriba de hiedras insolentes. Casas que ya no son otros hogares que de personas de paso que buscan guarecerse de una tormenta o hacen noche sorprendidos en su deambular intemporal, pero ineluctablemente continúan su derivar al alba o mucho antes cuando el pavor las asaetea. O que se convierten en cobijo quizás hasta amigable de cuervos, gatos rapaces y alguna lechuza que se aposta en sus vigas enseñoreándose a sus anchas para advertir los males que pueden abatirse sobre un inopinado incauto que atraviese sus dinteles.
 

Como la casa sin ochava de la esquina que da al club del barrio, esa que dicen fue del primer farmacéutico del pueblo, que un día reunió a su familia y decidió marcharse dios sabe dónde, sin siquiera molestarse en alquilarla o vender. A más de ochenta años de la partida, el pueblo se hizo ciudad y la ciudad comenzó a semejarse a un burgo medieval con sus transacciones en las calles, en locales privados y en las alcobas ajenas. Y floreció una pequeña industria de envases, calzado, vestimenta y alimento, que avivando la llama del pujante medrar comercial, a su vez fue alejando a las gentes de las pueriles preocupaciones religiosas o místicas. Como se sabe, los dioses aprueban complacientes el progreso mercantil.
 

La casona sin ochava contaba las semanas y los años casi sin más cambios que un deterioro apenas perceptible en el tiempo aunque la carcoma y el óxido hacían su lento trabajo químico entre sus paredes.
Algunos de los tantos días iguales fue testigo de una mujer que buscó, como muchos otros en otros días tan iguales, refugio entre sus paredes. Viejos truqueros del club la vieron llegar envuelta en una manta gris, como su piel, como la medianoche que la bañaba, como el raído bolso que arrastraba como todo su tesoro.
La pálida lechuza revoloteó por un ventiluz cuando la pesada puerta gimió grave al entornarse, dio un par de vueltas casi sin aletear hasta que decidió retornar. Los parroquianos fijaron los ojos en los ventanales, que seguían obturados por gruesas celosías pero parecían complacidos de dejar escapar entre sus agrietados bordes algunos ramilletes de una luz macilenta proveniente de alguna indefinida fuente.
 

Y así noche, tras noche, aunque los cuervos iban y venían, los gatos merodeaban por los tejados y la lechuza emprendía algún que otro vuelo de reconocimiento, la casa pareció respirar el resplandor incisivo que refulgía y menguaba de a ratos como si alguien pasara por delante suyo o si se tratara de un fuego fatuo indeciso.
Alguien comentó que la mujer entró, pero no salió más. Otro, que era la nieta del farmacéutico misteriosamente fugado. Quizás una vecina conjeturó que recibió una herencia y adquirió la propiedad. Y alguien más que se alimentaba de los cuervos y gatos ya que no salía para hacer las compras. ¡Que no compraba! Inadmisible. En una ciudad cuya prosperidad dependía del comercio, había en una esquina sin ochava una misteriosa mujer que no hacía las compras, que no participaba de las transacciones burguesas como cualquier ciudadano honorable, cuando todos saben que no existe dios alguno que apruebe tal comportamiento.
Las sospechas trajeron un comentario tras otro y algún cascote hizo mella en el tejado. No faltaron los palos con que los borrachines apalancaban puertas y ventanales para discernir la fuente de luz, fuente también del comportamiento herético y la posta de guardia permanente en la vereda.
 

La casa de la esquina sin ochava se mantuvo en pie todo los que sus carcomidos puntales aguantaron los embates y sin emitir queja alguna se derrumbó un viernes por la tardecita víspera de un feriado comercial, mientras cuervos y gatos se desbandaban y la lechuza se sostenía en el aire antes de ascender hasta que una nube pudorosa la cubrió.
Los curiosos, con parsimonia, primero un par, luego por decenas, se entretuvieron revolviendo entre los escombros tal vez con la esperanza de encontrar a una mujer aplastada por los restos de la casona, tal vez hurgando en busca de la luz mortecina. Pero nada.
 

Pasado un tiempo, el intendente y el concejo municipal acordaron instalar un lujoso centro de compras en la esquina frente al club, acorde a la pujanza de la ciudad, al que llamaron Nuevo Burgo, con la bendición de los dioses que dieron su beneplácito.
Nadie comenta que algunas noches una lechuza entra planeando por los altos respiraderos, quizás a encender una lucecita macilenta que parece venir del centro mismo del majestuoso edificio menguando de a ratos como si alguien pasara delante suyo.

jueves, 19 de mayo de 2022

Gineoide


 Consigna del Demiurgo de Hurlingham:
Un mutante con habilidades sobrehumanas construye a una bella androide,
quien se convierte en su secretaria, enfermera y amante.

 -Te llamaré Gineoide, androide mujer, trabajaré en tu perfeccionamiento hasta que puedas darme hijos dignos de tu belleza, mas no de mi imperante conformación física, poco digna de los dioses. Y así seré yo mismo un dios, un creador deforme pero magnánimo, capaz de desarrollar seres con la maravillosa potestad de ensombrecer a la propia naturaleza.

El mutante se agitaba febrilmente en el laboratorio de aquí para allá, ora insertando ínfimos circuitos subcutáneos, ora realizando ensayos de elasticidad y transferencia osmótica en la piel artificial que se encontraba perfeccionando con la pretensión de conseguir un material tal asombroso como el de la piel humana. No como la suya, apenas reconocible como tal por la serie de mutaciones genéticas que sufrieron sus padres y las suyas propias acaecidas en el mismo laboratorio de la Fundación GeneSys, creada por los gobiernos de los países centrales en un solapado anexo del CERN irrigado por fondos de las megaempresas capaces de forjar un mundo a la medida de sus intereses.

GeneSys construyó los laboratorios genéticos y robóticos más sofisticados del globo. Variados proyectos hurgaban en lo más profundo de la naturaleza física de los seres vivos para mejorar sus posibilidades, imitar sus propiedades y diseñar habilidades combinadas nuevas y más potentes. Sin embargo, la prolongación de conflictos armados europeos, de mayor o menor magnitud, fueron restando el apoyo a una iniciativa que redundaría en beneficios cuya espera se prolongaba en el tiempo más que los ciclos de los CEOs financistas y GeneSys pasó a un estado de funcionamiento mínimo, con los mutantes campeando en las instalaciones, que resultaban aún seguras y oclusas. 

-Gineoide, mi creación, serás además mi secretaria eficiente, llevarás el registro de todo lo que logre crear y de mis fracasos, que espero breves e intrascendentes. Me darás los cuidados que necesite cuando los necesite, dada la precariedad de mi salud de inestable mutante. Y serás, claro, mi amante, mi consuelo en estas horas oscuras y largas que se prolongan y prolongarán más allá de lo imaginable. Te estoy dotando de los más sofisticados sistemas cibernéticos imbricados con los materiales orgánicos necesarios para las funciones vitales. Y, si puedo conseguirlo tanto como lo deseo, algún día serás madre. Una Eva de este tiempo capaz de engendrar la vida que este dios mutante escondido de los soberbios humanos inseminará en tu perfeccionada naturaleza. Mi organismo, hoy extraño, resucitará en formas de perfeccionada maravilla.

Contrariamente a lo sospechado, el cerebro de Gineoide no ofreció mayor dificultad, dado que su cuerpo de circuitos, chips y bits era mucho más estudiable y predecible que el organismo humano y que los sentidos de los que estaba dotada eran capaces de recortar las sensaciones entrantes para no desperdiciar potencia de cálculo. De hecho, el dolor no formaba parte de su programación, los estímulos que recibían sus sensores se filtraban y acotaban a lo útil y agradable. Y de hecho, eso era Gineoide, lo útil y agradable.

-Y serás el androide más feliz de cuantos hubieron existido. Las sensaciones que percibirás permitirán que tu cerebro las decodifique como felicidad, dado que eso es lo que hallaré a tu lado. Y algún día, cuando yo muera, serás plena al recordar que mi malogrado cuerpo mutante se destinará a enriquecer la escasa superficie de tierra que se dispone en los jardines de este paraíso de creación.

El tiempo, ese que es breve o interminable según sus deseos, transcurrió veloz. En pocos años, Europa llegó a un estado de paz y prosperidad, acogiendo migrantes y sanando sus heridas. En la apertura a nuevos desarrollos de lo que fue GeneSys, los pimeros científicos que llegaron para reflotar la experiencia oyeron desde los pasillos que conducían al jardín una dulce y alegre voz que relataba un cuento en forma de canción infantil. Se acercaron. Parada delante de ella, una figura pequeña de poco más de medio metro de altura y aspecto humanoide cuya apariencia obligaba a quitar la vista inmediatamente. A un costado, los restos de un cuerpo a medio enterrar fertilizando la tierra. La canción repetía en su estribillo: felices los ojos que te ven, hermosa criatura de mi vientre gineoide.

 

 

Más y mucho más interesantes relatos basados en Este jueves, un relato: 13 retos oníricos  en El Demiurgo de Hurlingham

domingo, 20 de marzo de 2022

Plumero y jerez

Con el sol en alto insinuando un leve declinar, se encaminó luego de recogerse el cabello al hermoso quincho vidriado del fondo del terreno. Tomó el plumero y repasó los tres cuadros pintados por su mano. Se detuvo con algún asombro al notar que el paso de las enormes plumas de ñandú no obedecía a las regulaciones del cariño por aquellos hijos amados como gustaba de llamarlos. Cuándo se produjo ese cambio, quizás hoy mismo. Se alarmó brevemente antes de preferir continuar, plumerear la mesada y dedicar algunos minutos a una mirada general del espacio. Tal vez el fin de semana venga alguno de los hijos, los abrace, les pida algún dinero o el auto. Tal vez.
Al salir del quincho, volviendo hacia la casa, accedió a contemplarse en el portalón vidriado. Recordó aquel día en que el futuro era un borbotón de sueños y ella la princesa que tendría su noche de brillos tan deseada. Un rápido giro de la cabeza a ambos lados verificándolos despejados fue todo el permiso que se otorgó para volver a tomar el volado de su vestido de quince y con más pudor que antes contonear suavemente las caderas al ritmo de un vals que de algún lado parecía venir. Contemplarse no hizo más que comprobar una vez más lo que todos le decían: había sido —y acaso lo seguía siendo— una bella mujer.
Los caprichosos fulgores que asaeteaban un par de laureles la impregnaban de un aura magnifica y cenicienta. Se volvió, ahora sí, a la casa con una gracia renovada, casi sonriendo.
Él leía, ajeno al mundo, apenas cambiando de posición, aprovechando la clara oblicuidad, tendido en un sillón. Las enarcadas cejas prometían especulaciones con ligeros movimientos de elevación correspondientes a comprensiones más o menos súbitas promovidas —necesariamente, daba a entender— por la erudición de la lectura entre manos. Se llamaba Pedro, pero Petrus le sentaba bien entre su círculo de amistades, quienes adoraban pasar los jueves a las diecisiete para debatir un par de horas sus últimas lecturas con jerez rojo y masas de La Puissance.

Evitaban momentos compartidos, desde cuándo para ella, por qué no, para él. Sentencia que cobra visos de afirmación toda vez que compartir momentos signifique palmo a palmo, codo a codo, afrontar tareas comunes, desafíos o miradas que entrecruzar allende la concordancia. Comían juntos, dormían juntos, miraban series juntos, como misión necesaria para concebir un escaso archipiélago de convivencia tenue como el cortinado de seda.
Con el sol pujante de la mañana, Mariela repasaba mentalmente las tareas pendientes, quizás plumereando su arcano impulso de pintar el mundo y sus temores de período gris en el estilo. Petrus, azuzado por el renovado brío, acometía abriendo los muslos del libro en su marcador. Vendrían quizás los suyos el sábado. Pero antes estaba el jueves de jerez.
La amabilidad campeaba sobre las diferencias y estas sobre las pulsiones. Las prendas nuevas renovaban el debate de tonos más o menos pasteles. Las frecuencias eran la vida y la vida los pedruscos seguros donde no trastabillar. Supieron sepultar la pasión con respeto y la insinuación con suficiencia.

Esta tarde, pasadas las diecisiete, se fundó la Orden de los Caballeros de Plumero y Jerez, club de lectura y sofismas, según sus fundadores. Ninguno de ellos observó la salida de una mujer cuyos largos cabellos sueltos remedaban la Duncan eufórica antes de la tragedia, pero sin enredarse esta vez.

viernes, 26 de noviembre de 2021

Lugar

Consigna del Mundial de Escritura:
escribir sobre una persona que estuviera
en el lugar
 de esta imagen sin hacer suposiciones sobre sus
estados de ánimo, solo describir.
.


La mujer, cuyas piernas cargadas de años avanzaban a pasos desiguales, se acercó al televisor. El dorso de su mano derecha barrió el polvo, pero no alcanzó a apartar los pegoteos grasos y oscuros. Algún vidrio faltante en la ventana fue entrada y promesa de refugio para algunas aves silvestres que dejaron sus huellas en toda la estancia.
El verde había avanzado con los meses y los años, resucitando a la vida el montaraz terreno hasta unas décadas atrás ayuno de paredes y electricidad.
Bajo la permanente bruma de años sus pupilas destellaban según las herían los reflejos solares en los pocos vidrios que permanecían aún con la sal reseca de vendavales ocasionales.
Levantó la vista y escrutó el espacio deteniéndose por momentos. Algún sonido indefinido brotaba de los pálidos labios que conocieron el buen vino y los besos, apenas se abrían soltando un racimo de aire.
Un pequeño tropiezo la llevó a centrar la vista en una zona iluminada por la claridad de la ventana entrecerrando los párpados. Allí, alguna semilla de árbol había soltado sutiles raíces por entre las grietas del embaldosado que ya permanecía sepultado por la grama.
Se detuvo cuando su palma palpó el respaldo de un ajado sillón, descolorido pero en su lugar a pesar del abandono.
Los sonidos provenían de afuera, dentro solo sus pasos resultaban audibles. Un permanente arrullo de palomas venía desde algún lugar de la orilla del monte, a la vera del poblado, donde el cementerio acertaba a señalar el señorío de lo umbrío.
Un suspiro acompañó el movimiento de sentarse en uno de los sillones, el más desocupado e iluminado. Sus manos, temblando, se elevaron hacia el rostro mientras su mentón bajaba arqueando la columna hasta apoyarlo en las palmas y los codos en las piernas. Los dedos recorrieron los costados de la cara modificando la disposición de los pliegues de la añosa piel hacia arriba hasta que sus dedos se encontraron sobre la frente.
Tras unos segundos inmóvil comenzó a sollozar con aspiraciones nasales cuya frecuencia se iba atenuando. Las manos, ora crispadas, ora acariciantes, no se detenían. De repente, se irguió, secó sus manos en la falda de pollera, levantó la mirada hasta ponerla horizontal y se encaminó a la arcada de la inexistente puerta deteniéndose solamente a enderezar un cuadro lindero al marco de la ventana.
Salió. En el ambiente de lo que fue un cuarto de huéspedes flotaba una miríada de partículas luminosas que refulgían en el aire agitado por el movimiento de la mujer hacia la salida.
Las palomas sonaban más cerca, algunas lechuzas revolotearon bajo destellando en el ya casi horizontal baño de sol que se colaba en el monte. Otros chapoteos y otros cantares se fueron sumando para apagarse con el último sol. La luna ofrendaba la palidez de siempre. Ya no habría vientos, solo brisas. No habría retornos, ni lugar para llanto o alegría. El monte no guarda muchos recuerdos, y los que guarda los esconde. Una bandada de biguás hacía su último vuelo nocturno allá en el borde del monte, volviendo a la laguna. Solo comprenden la muerte los que amasaron la vida.



domingo, 25 de julio de 2021

Don Alves

Este es mi texto del octavo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: escribir una historia en la que
descubramos a un personaje a través de un gesto.

 Eran esos años en los que los vecinos salían con una tacita a pedir un poco de harina, azúcar o aceite a otros vecinos. Modesta solicitud que sería recompensada luego con unas tortas fritas o pastelitos los días de lluvia. Costumbre de campo adaptada al formato rectangular de la ciudad con sus esquinas y veredas, que confinaban toda nueva construcción al formato de un solo frente y con escaso margen de elección para el aprovechamiento del sol y la sombra. Los días de lluvia gran parte de los trabajos del campo se imposibilitaban. Los peones se refugiaban en los galpones, reparaban herramientas, acomodaban un poco, pero sobraba tiempo. Ponerse a hacer tortas fritas era un entretenimiento a la par que una forma de alimentarse sin demasiada demanda de recursos.

La aparición de las grandes metalúrgicas transformó al pueblito en ciudad y a la ciudad en una telaraña de nuevas relaciones, nuevos oficios, nuevas economías. Los venidos del campo, de lugares más agrestes, con oficios rurales debían adaptarse, aunque este término no significara nada para ellos. Su adaptación consistía en ir aprendiendo en el día a día el ajuste a ritmos impuestos cada vez menos por la naturaleza y cada vez más por otros relojes. Pero también consistía en enseñarle a la ciudad ciertos rasgos de hidalguía, cierta parsimonia dulce, ciertas costumbres que la vida en el campo les había impreso. Pedir prestadas herramientas, útiles de cocina y hasta la bicicleta eran situaciones usuales y que no conllevaban vergüenza ni se respondían con una cascada de cuidados a tener en cuenta.

El hombre pasaba los ochenta, había capeado demasiadas tempestades, sabio de trabajos camperos con el manual tallado en las formas angulosas del rostro y en algunas cicatrices a la vista y muchas de las bravas prudentemente ocultas. Pero no contaba demasiado, había que tirarle mucho la lengua para que suelte dos o tres frases o recuerdos. Otros paisanos eran más dicharacheros, tenían un “dicho” para cada ocasión y cualquier excusa la tomaban como puntapié inicial del minucioso desgranar de una anécdota.  Don Alves era más bien reservado, pero no taciturno. Contaba poco de su historia, aunque solía ser buen conversador con los vecinos. Los años que llevaba encima, en conjunción con la soledad de los últimos ocho, le impedían a veces salir a hacer las compras.

No encontraba su palo de amasar, toda una deshonra. Se llegó hasta nuestro hogar, que no era lindero, pero estaba en la cuadra. Mi madre, solícita, buscó el suyo, le sacudió un poco la harina pegada de la última amasada, que le salgan ricos esos ravioles, no hay apuro por el palo. Don Alves agradeció y al encaminarse hacia la puerta el Morro salió desde atrás de una cortina y tras un salto de cazador avezado lo mordió en el tobillo. Sin mediar lapso de tiempo, un palazo deslizante revolcó al gato al sitio de dónde venía. Mi madre quedó atónita, la rapidez de la reacción del viejo, el movimiento de su muñeca desde la posición en la que estaba hasta dar el sablazo, la fantástica transformación de un hombre decadente en un elástico ser de algún heroico linaje, parecieron transformar la escena en un relato mítico.

Los segundos que siguieron no vieron mimos al gato asustado por parte de mi madre, sino un aluvión en su mente de frases y breves relatos que Don Alves rara vez fue soltando en las décadas de vecindad. Vida en el noreste santafesino, Las Toscas, o Tacuarendí o Florencia o en todos ellos. Peón rural en lugares donde los obrajes se confunden con el monte y este con los bañados y los cañaverales. Donde el sudor es el temple para el cuero trigueño que remonta los años en los pagos raleados, en el rancho de quincha, en la furia de las sabandijas que ven asolada su tierra. Donde el tabaco no era tabaco si no alcanzaba y la danza del chupe barato remozaba la peonada con la temprana ida de los menos recios. Cuando venir al sur era promesa de empleo, de horario de trabajo y de descanso, de sueldo fijo y con suerte una casita de material para la mujer y los hijos. De amontonarse en el tren y embelesarse con el ondular del trigo y la firmeza del maíz.

En ese breve y espontáneo ensueño estaba mi madre cuando Don Alves agachándose lo que el cuerpo le daba intentó estirarse para acariciar al Morro, que huyó como si se le acercara un dogo satánico, pero tan lentamente que quedó a mitad de camino, mientras intentaba disculparse: –perdone, me vino a la mente una yarará– y, abriendo la puerta de calle mientras miraba el palo de amasar:  –como si fuera el machete.

Mi madre que hoy tiene la edad de Don Alves en la ocasión, suele contar esta historia tan terrena y trivial una y otra vez a sus nietos. Parece advertir que hay ocasiones en que las personas despiertan una magia que no saben que poseen, magia que es tan propia como las dichas y desdichas de su vida pero que en un destello lo iluminan todo, incluso lo que no se dice o se escribe.

lunes, 19 de julio de 2021

Autoayuda de bolsillo

Este es mi texto del undécimo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: recomendar tres libros de autoayuda
que no existen y que quisiéramos leer.


Pocos objetos son tan preciados como los libros de autoayuda. Sus lectores suelen leerlos y convertirlos en puntales necesarios para sostener una vida que incomprensiblemente se había sostenido bastante antes de su aparición. Sin embargo, la llegada de un libro de autoayuda será un detector de la existencia de esa necesidad hasta el momento poco advertida.
Dejando de lado el trillado chiste de que un libro de autoayuda funciona si se vende mucho dado que su autor consiguió ayudarse económicamente —los ejemplos sobran— es probable que formen parte del conglomerado de raigones a los que aferrarse cuando los fantasmas del modo de vida actual prometen precipicios a cada paso.

Difícil resulta diferenciar, clasificar y valorar iniciativas como el coaching, la astrología, el tarot, las constelaciones familiares, el espiritismo, el yoga, de la misma manera que puede ser complicado hoy día clasificar las religiones tradicionales
Sin embargo, están aquí y para quedarse, como los dolores articulares de quien ha vivido. El lector distraído puede suponer que estas líneas se construyeron como una diatriba contra el género. Nada más lejos de la realidad, lo que podrá verificar si las frases anteriores no han conseguido arredrarlo. Sin mediar más prólogos ni advertencias se procederá a recomendar la lectura de los siguientes dubious sellers a través de las reseñas que se ofrecen a continuación:

- “Autoayuda de liberación”, de la autora checa Ester Raplanista. Un compendio que recorre las distintas formas y maneras de llegar a la liberación de cuerpo y espíritu de la opresión que la vida actual impone al individuo que no logra despojarse de las ataduras. Se destacan especialmente algunos capítulos que se han convertido en clásicos del género. Cap. 5 “De cómo si la Tierra fuera esférica nuestra mente estaría atada a la gravedad”, Cap. 12 “Del avistaje de ovnis como terapia ambulatoria”, Cap. 27 “Del modo en que ser hincha de San Lorenzo prepara para soportar los avatares de la vida”, Cap. 53 “De los chakras: cómo reconocer el ganado ovino del bovino”.
Fascinante compilación post mortem de la reconocida autora —valga el término acuñado por quienes tuvieron que reconocerla cuando decidió arrojarse bajo las ruedas de un tren— al lograr así la liberación definitiva.

- “Ayúdame que te ayudaré”, de los sacros gurúes Ivana Garparme y Johnny Laburo. Estos discípulos dilectos del Maharishi Mahesh Yogi explican con lujo de detalles cómo el aferrarse a los bienes materiales produce una afición adictiva a los mismos. Es por ello que proponen desposeerse de dichos bienes; dado que nos son vitales en la sociedad de hoy, proponen hacerlo en forma simbólica depositando mensualmente una suma de dinero en una cuenta administrada por los autores cuyo fin es aportar a la FIASCO, Fundación Internacional de Autoayuda, Sociedad Comunitaria. Los testimonios de los autores son conmovedores. No es un material bibliográfico más, sus seguidores se cuentan por miles. Incluso se han producido tremendos toletoles callejeros entre dos facciones: aquellos que admiran y aspiran a la vida relajada de los autores y aquellos que reclaman la devolución de su óbolo a tan auspiciosa causa.

- “Manual de autoayuda”, de la coach y sexóloga Analía Cavallo: La autora pone en la mano de los lectores un amplio vademécum por la autosatisfacción de las necesidades más profundas y vitales del ser humano. Las ilustraciones son elocuentes e inspiradoras. No se recomienda que el libro esté al alcance de menores. Incluso sus más feroces detractores han reconocido que seguir paso a paso —o mejor dicho, mano a mano— las instrucciones y recomendaciones del libro han trocado su necesidad de satisfacción por una sonrisa bucólica e indolente debido a una correcta canalización de las energías y los fluidos elementales en búsqueda de terminar con la deseada armonía.

Estas recomendaciones oficiarán al modo en que una brújula conduce al navegante al seguro puerto que ofrece el correcto uso de los instrumentos y el desarrollo de la intuición educada para capear los temporales más recios que propone la posmodernidad. Sin el correcto libro de autoayuda en sus manos, el desnudo ser humano corre el riesgo de vivir mirando a los ojos a quienes lo rodean y tendiéndoles la mano en la trepada para ayudar, en la caída para proteger y en el llano para sentir y sentirse uno con el otro.

 

lunes, 5 de julio de 2021

Laberinto de Greta

Este es mi texto del segundo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: cerrar una casa.
Fue elegido por los compañeros para representar al equipo Koh-i-noor suculento,
al que pertenecí, sin lograr quedar entre los diez finalistas.

Los pasos medidos, eligiendo dónde poner el otro pie con la vaga guía de una claridad que languidece. La ventana del recibidor da al camino. La guardia de álamos, dudosas columnas minoicas, se pierde hacia el punto de fuga en la tranquera que parece hundirse en el rojizo horizonte. Una luz demasiado oblicua atraviesa la ventana y sugiere sombras tangibles, macizas.
Cajas apiladas y bolsas enmarcan un retorcido pasillo que solo es tal cuando se lo distingue de una miríada de objetos dispersos por el piso de mosaicos de granito. Se habrá sentido muy sola Greta para irse de esa manera. Puede verse tanto la pulcritud con la que empaquetó algunas cosas como la desidia, el desdén o acaso el apuro que clama del desparramo de otras, el contraste abofetea al espectador.

El laberinto de Greta, sonríe, y pierde varias décadas ensoñándose devenido en un Teseo con celular, sin cobertura, pero con celular al fin. Se detiene un instante alelado al recordar el nombre de Ariadna –legendaria compañera del héroe ateniense– y deja fluir la comparación con el de Adriana, su esposa, quien le encomendó la tarea de clasificar los bultos y llevar a su hogar lo que pudiera ser útil. Al fin y al cabo, Adriana había compartido con su hermana unos buenos años en la casa de campo.
Algunas cajas y bolsas están rotuladas con caligrafía apurada, se puede leer vajilla, ropa de cama, juegos de mesa, en rectángulos de papel adheridos con cinta transparente ancha. Greta había sido una mujer prolija, con la casa siempre presentable, lo cual no es de extrañar sin la presencia de críos o un marido descuidado. Andando por el modesto laberinto trata de evitar las zonas con objetos esparcidos e inventariarlos solo de lejos. Se dice que puede haber lauchas o ratas, minotauros decadentes que gustan de los montones, las sombras y los desechos. A distancia distingue revistas de moda y actualidad, libros de distinto grosor y antigüedad, bolsos vacíos o a medio llenar, un cofrecito de madera con cierre de latón, parlantes de computadora, un par de cuernos de carnero que alguna vez estuvieron colgados en la pared del recibidor, pequeños candeleros. Vuelve al cofrecito sintiendo que se eriza su piel cervical, se siente confundido, agita la mano derecha frente a su rostro espantando sin fortuna algún fantasma tenaz que lo obliga a salirse del camino seguro de cajas apiladas y adentrarse en el tembladeral que las sombras de la tarde ya truecan en indescifrable.

Enciende la linterna del teléfono móvil al tiempo que cae golpeándose con varios trastos en una carambola que en otro momento le hubiese arrancado una carcajada. Un poco de sangre en un muslo, maldito cuerno, se va a manchar el asiento del auto. Otro en un raspón en el codo izquierdo. Ante sus ojos el cofre que obsequió a Greta cuando sellaron sus labios para el mundo exterior a su laberinto compartido. En un rincón cercano, un par de lauchas ladinas atisban huidizas, demasiado alboroto, no hay razón para no volver más tarde.
Se pone de pie mascullando bronca y decide llevarse un par de cajas nada más. Algo de vajilla de valor y un par de acolchados contentarán a su esposa. Lo demás, muy comido por las ratas dirá, no vale la pena. Con un bolso viejo improvisa una venda para su pierna, que parece obstinada en sangrar.

Saliendo, recuerda al laberinto cretense, aborrece su estulticia, la tonta atracción del cofrecito que solo era remedo de un tiempo ya muerto y comprende que no hay monstruo que matar que no sea el que lleva bajo su piel, ni hilo que se constituya en su guía ya que todo lo usó para enredar a su esposa. Un minúsculo chapoteo lo lleva a conectar su sangre con el ovillo de Ariadna y con el remanido cuento del cordón rojo mientras trata infructuosamente de escudriñar el otro extremo imaginándolo real. Y apura hacia la puerta.
La noche cae como telón que todo lo sepulta. Solo falta que el auto no arranque, que se transforme en un barco de velas negras y que la flamígera corona de estrellas de Teseo –al levantar la vista– sea la última visión de quien solo tenía que cerrar una casa.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Hay un dios en mi sánguche de mortadela


Hay un dios en mi sánguche de mortadela. Caí en la cuenta unos segundos atrás, cuando lo sumergí en el mate cocido caliente y dulce que me preparó la nona esta tarde como todas las tardes.

Un dios de modesta epifanía: unos círculos de grasa que se unen formando otros mayores o se descomponen en una pléyade de pequeños que se buscan y rebuscan obedeciendo más al dios del sánguche que a las órdenes de Robert Brown, por más Einstein que lo respalde. A propósito, cuando la húmeda miga del pan, verdosa por la absorción de una porción del mate cocido, se despegó del pelo del líquido, habilitó la caída de una parte de ella por efecto gravitatorio con agregados de la grasa de la mortadela licuada por la tranferencia de calor de la infusión (a mayor temperatura) a los componentes del sánguche (a menor temperatura) en una inconsciente búsqueda del equilibrio térmico.

A propósito de Einstein, retomo, descreo que haya modo de predecir con exactitud la masa y distribución de goterones grasosos. De igual modo me pregunto si la naturaleza de esta distribución será al azar o sigue un patrón que desconozco. Solo la presencia de un dios en mi sánguche puede eliminar este horror temere, dado que dios no juega a los dados, valga la repetición.

Confirmada esta presencia me pregunto si este será un dios bondadoso y paternal, un demiurgo juguetón que habita en el pleroma (una especie de más allá) o en Hurlingham o Villa Constitución (una especie de de más acá), un genio maligno (que no describiré aquí) o un picaresco mandinga de las tradiciones populares criollas.

Sea cual fuere su naturaleza y su rango, aquí habita, desde las formas que adoptan las untuosas manchas me habla y sospecho que me cuenta más pesares que glorias supremas, más dolores de parto que manifestaciones ostentosas de poder. Pero al fin y al cabo un dios que calma el hambre con el más delicioso de los manjares que remonta al extasis contemplativo por provenir de las sagradas manos de la nona, quien ha creado su mundo con alguna fe al gran otro, que dicen ha hecho todo.

Un dios de pan y mortadela, alimento de los niños que vuelven de jugar a la pelota, maná cotidiano de las cosas simples del templo del hogar, que se ofrece sabroso a la pancita y se sacrifica exigiendo el culmen del rito antes de que termine de enfriarse el mate cocido revelador. A sopar con una reverencia.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Hay un dios en mi sandwich en Soñando uno de tus sueños, el blog de Roxana

miércoles, 19 de agosto de 2020

El metempsicorganón

 Me pregunté si ese artefacto además podría volar. A primera vista se trataba de una especie de batiscafo, una de esas naves para la exploración de fosas marítimas. Se lo veía tan reluciente y tan endeble a la vez que las preguntas se atragantaban antes de salir. Por eso preferí que Frederick se explayara en su relato y sus explicaciones a gusto. 

Las había oído muchas veces y las más de ellas se me entremezclaban con las fábulas que desde siempre hemos oído, que Newton fue una reencarnación de Galileo casi automática después de la muerte de este, que Trump es Nerón y que el Conde de Saint Germain, bueno... se reencarna siempre en sí mismo.

Frederick gesticulaba y no paraba de hablar mientras ponía a punto su artilugio. Lo llamaba metempsicorganón, con él pretendía explorar las continuidades de ciertos espíritus en distintos armazones corporales. El método conjugaba -según sus palabras- lo más exquisito de la ciencia con lo más osado de la tecnología disponible, pero también supo contratar médiums, analistas de constelaciones familiares, exorcistas destacados y astrólogos intachables como consultores.

Calculó que debía sumergirse y hacer girar a velocidades asombrosas en las cercanías de un volcán submarino activo, por eso estábamos en un sofisticado laboratorio camuflado como pesquero en las costas de la isla de El Hierro, en Canarias.

El metempsicorganón -decía- consta de dos compartimientos. En uno de ellos debe colocarse en un recipiente material genético de quien queremos analizar su secuencia de mudanza espiritual. En el otro, comfortably numb, conectado al corazón del sistema se instala el observador, el verdadero medium de la posmodernidad, quien tendrá la posibilidad de visualizar la secuencia. La computadora central guarda datos fiables de un par de millones de personajes relevantes de todo el mundo. Cuando ella detecta en la secuencia alguien de la base, comienza su trabajo de comparación y organización de datos.

Para facilitar la experiencia, sumerge al observador en una recreación digital, al modo de realidad virtual, de la vida, muerte y revivicación, que podrá adelantar y retrasar a su merced con los dedos de su mano derecha.

Jamás sospeché lo que vendría. Yo sería el observador del viaje iniciático. No fue difícil extraer algo de mi material genético. Me adormecía mientras sentía sumergirse el artefacto y trabajar frenéticamente la computadora y los analizadores electroquímicos.

Aquí me hallo, recorriendo mi vida como parte de otras vidas. Una nebulosa revuelve mi diferenciación de un antepasado simiesco. Esclavo en Súmer, capitán de Aníbal Barca, copista de los LXX, domesticador de papas en Pisac, guillotinado en París revolucionario y obrero de saladero en Argentina.

También fui mujer, me sorprendo criando ganado en China, esposada a los siete años con un señor de las islas de donde no se pone el Sol, arquera en Masada, prostituta en Rouen, cocinera en Lima.

Pierdo toda referencia temporal. ¿Estuve una hora aquí? ¿Minutos o días? No logro diferenciar. Mientras mis dedos juegan tamborileando las idas y vueltas de mi espíritu comprendo que no volveré a ver la luz del día y que el tiempo de mis mudanzas debe ser lo que llaman eternidad. Y me siento en paz. O al menos la deseo.




Más y mucho más interesantes relatos basados en Steampunk en La Trastienda del Pecado, el blog de Mag


miércoles, 20 de noviembre de 2019

Qué es lo que es

Unos días atrás, algunas personas cuestionaron una publicación que hice en facebook. Era un meme, una imagen (del conocido grupo EAMEO) retocada exprofeso para producir tanto risa como reflexión acerca de la manipulación mediática y los riesgos del reblote golpista en América Latina. 
Estas personas me reprocharon no haber chequeado la fuente, cuando en realidad no había fuesntes que chequear porque se trataba de una imagen palmariamente artística.. Esntonces se me ocurrió este escrito, haciendo referencia la conocida frase de Antonio Machado: Es propio de aquellos con mentes estrechas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza.
Ahí les va...

Un día no muy lejano el Licenciado Emilio Notuyo halló esta foto en unos de sus paseos por internet. Enseguida le llamó la atención: había algo que no cuajaba. Como se reconoce que es un tipo bastante culo inquieto, no se quedó en el molde y revisó páginas en busca de la fuente. Es bien sabido que una cosa lleva a la otra y pronto se encontró a sí mismo cliqueando a la bartola por entre decenas de páginas relacionadas.
Se dispuso a analizar lo que veía segun sus conocimientos. Maradona gambeteando ingleses es toda una delicia para cualquier argentino, así que lo primero fue sonreír. Casi de memoria repitió el nombre de los ingleses que veía: John, Ringo, Paul y George. Allí mismo y en una enciclopedia de Mundiales buscó a la enfilada de ingleses que se deglutió en una corrida el Die. Los nombres eran otros: Hoddle, Reid, Samson, Butcher, Fenwick y el arquero Shilton. ¡Eran seis! Algo no cuajaba otra vez. ¿John sería Hoddle? ¿A qué nombre correspondería cada apellido, sabiendo que sobraban dos? Renunció a la correspondencia biunívoca entre nombres y apellidos.

El Licenciado se ponía nervioso, los ingleses tenían atuendos de diferentes colores. Sospechaba que contando al arquero deberían ser a lo sumo de dos. Decidió postergar la pregunta para analizar a los tipos caminando. John iba con las manos en los bolsillos, nada cómodo si se trata de trabar al Die. Ringo con zapatos no podría hacer demasiado y eso que era buen tiempista. De Paul no se podía esperar grandes cosas, muchos decían que era un muerto. George parece un poco pasivo esperando a que llegue el sol, sin embargo estira la zurda para intentar algo.
El cotejo con las diversas fuentes no dio el resultado esperado, o sí. Todo resultó ser un montaje. Nunca Maradona gambeteó a los ingleses. Paul no estaba muerto. Hoddle se llamaba Glenn y no John. Ni siquiera había arco ni argentinos para descogotarse gritando.

Aprendamos los que nos creemos inteligentes. Revienten las farsas. No suspendamos la incredulidad, total Coleridge murió hace bastante. Todo es crónica. Todo es rasable por la moral. Que ninguno de los que la van de artistas nos digan qué es lo que es, porque sabemos que nada de eso es. Que nada nos sorprenda, no sea cosa que nos descubramos vivos.




Más y mucho más interesantes relatos basados en Frases inmortales en Neogéminis, el blog de Mónica Frau

lunes, 14 de enero de 2019

Mi novela

Bien. Ya tengo el material reunido, voy a comenzar mi novela.
Años buscando inspiración, esa que me es esquiva cuando la persigo y coquetea conmigo en momentos inoportunos en que debo resolver asuntos más urgentes. Hoy no la busco, las cartas me dictan una historia, me sugieren hechos, horizontes nubosos, vientos de borrasca, viajeros atormentados y damiselas en apuros.

Algunas fotografías aportan los indicios que conectan a los personajes, Clarence, Willard, Doris, Edel, pienso en algunos más. Algunos de los que han estado en mi vida servirán, claro, cercanos y familiares.
El vapor compacto del café con crema renueva mis anhelos, sugiere enigmas, promete arrebatos extáticos, narra en mi bullente fantasía la travesía de labios recorriendo cinturas y relieves sin atenuantes ni atavíos.

Y la siempre cercana muerte que un ramo de opacas calas vierte sobre las líneas de la hoja que he empezado a ornar con cuidadosa caligrafía ora suave como la brisa del este, ora impúdica como una traición, ora a golpes de hacha hendiendo la emotividad del lector.
Me va la vida en ello, pues he decidido ser yo mismo artífice y espectador de esta danza de palabras que remite a otra danza de personajes que brotan y caen en violento ocaso según mi capricho de autor.

Las líneas que forman letras aparecen raudas bajo el bis bis de la pluma. La euforia me envuelve cuando el texto parece germinar sin mi intervención desde la trama de briznas del rugoso papel. Ya no soy yo quien escribe; el destino y la historia que traigo entre manos permean la excitación de mi agitada mano derecha. La misma que debió apuñalar a Doris para que su aterrorizada expresión fertilice mi relato.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Collages temáticos en Neogéminis, el blog de Mónica Frau


jueves, 13 de diciembre de 2018

Volví

Volví. Sin pedir permiso. Como vuelve a la cárcel quien no tiene otro techo que lo espere. Como esas estrellas que tímidas van perforando el añil en el ocaso y que relumbran a destajo teniendo por certeza que el alba las enviará por un buen rato al olvido diurno.
Volví sin dudarlo, a sabiendas de que me punzará el desprecio, como cuando insistí en cortejar a Margarita plantada en sus negativas y yo en mi tenacidad obcecada porque no habría otra como ella en las cortes legendarias como en la vera del albañal. Solo ella me erizaba la piel.
Volví para adelante, porque no soy el mismo. Conocí el sur industrial, el aceite quemado emplastando mis pisadas y el reseco óxido cuarteando mis fosas ya sin mucosas.
Conocí el lamento de las grúas y el traquetear cansino de los camiones calentando motores.
Pero también el arroyo ocre que baja pacífico al Paraná mientras me preguntaba si alguna vez fue cristalino como contaban las historias de los abuelos a los niños y que yo disfrutaba haciéndome el dormido allá cuando esta casa fue un hogar.

Y volví aunque ya no lo es. Ya no escucho el bochinche de los pequeños en mis entresueños. El desprecio es la melodía que suena en el aire. Por eso no me fue extraño que encintara la caja de cartón que era mi cuna. Que me alzara y me guardara junto con su vergüenza en el baúl de su coche para abandonarme entre los matorrales del arroyo más allá de la zona fabril antes de su ingreso al trabajo.
No desesperé porque la caja de cartón es cuna, pero no jaula. Porque el abandono es humillación, pero no la muerte. Y la distancia es sufrimiento, pero no destino.
Volví y lo espero. Durmiendo sobre su cama, ofreciéndole calor y compañía a cambio de sus insultos y sus golpes. Volví, tal vez, porque prefiero el maltrato cotidiano a la muerte inopinada en manos de quien no sabe siquiera nombrarme.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Tu lado más animal en Lazos y Raíces, el blog de Dorotea

miércoles, 31 de octubre de 2018

Mirando vidrieras, como...

Se me acercó, como quien mira vidrieras sin ver nada más que colores y formas. Precisamente yo hacía lo mismo sin pensar en nada, dejando correr el tiempo. La presión laboral me impulsó a poner en blanco mi mente. En la ciudad no hay arroyitos cristalinos, sauces arrepentidos ni espléndidos atardeceres que a uno lo rediman. Las vidrieras. Un modo fácil y frágil de intentar poner la mente en blanco.
Rozó mi portafolios, como esa brisa que apura subrepticiamente volándonos el sombrero. Disculpe, creo que dije, y en lugar de mirar de quién se trataba, levanté mis ojos para buscar su imagen en la vidriera. En el cambalache de cachivaches, lásers chinos y pantallas que prometían sensuales caribes no alcancé a distinguir figura humana alguna. Así que me volví para mostrarme gentil con quien había coincidido en sutil colisión.
Se detuvo y me miró a los ojos, como quien sabe lo que sucederá o lo intuye. O como si le hubiera sucedido tantas veces -a lo Sísifo rodándole la piedra- y fuera inevitable lo siguiente.
Era una mujer contundente, como una granizada violenta, con piernas demasiado largas y una indefinible melancolía en la expresión.
¿Te hice mal?, susurró, como liberando las sílabas de un encierro secular. Y yo, que ya estaba turbado, me incomodé más, sentí que me acorralaba y que sus ojos asaeteaban mis cansadas ojeras y no tuve más remedio que responder, entre gracioso y ridículo: al contrario, me hiciste bien.
Se quedó a mi lado, como esperando que empiece a caminar para ponerse a mi lado. Levanté un pie, pero trastabillé apenitas aún azorado, aunque enseguida me recompuse y empecé a caminar. Y ella conmigo.
Mientras trataba de conversar amable, como si mis ojos fueran esos pequeños leds de computadoras que indican febril procesamiento, pasaban por mi mente mis amores truncos, la despedida de Amalia, que no me quería más, el perro que me espera en el balcón y las fumatas de mi padre en el patio.
De cuando en cuando relojeaba las vidrieras, como cajero que desconfía de un billete grande para mirar su imagen, es que no me animaba a contemplarla en su estupenda figura. Pero los maniquíes, las licuadoras y las ofertas no me devolvían su silueta.
Tomé coraje, como quien no tiene más remedio que enfrentar una jauría en un callejón sin salida, y le pedí que se detuviera simulando estar interesado en el vestidor con espejo de una mueblería bien iluminada. Nos paramos enfrente, como para bromear en mi tonto estilo qué tan armónicos estábamos para pareja. Solo devolvió mi ridícula imagen sacando el codo como para colgar paraguas.
Creo que enloquecí, como si se hubiera deshecho un hormiguero dentro mío. No puedo decir mucho más. A la tardecita, cuando el sol ya está cansado, salgo a mirar vidrieras -hago caso omiso a las burlas de los muchachos y las sospechas de las comadronas- y me detengo en la mueblería, porque sé que algún día volverá esa malévola mujer a tomarse de mi brazo y caminar a algún averno que no sea el de mi mente, o a un paraíso que se parezca al que mis ojos contemplaron.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Criaturas malignas en ¿Y qué te cuento?   el blog de Juan Carlos Celorio

domingo, 30 de septiembre de 2018

Filosa

Cuentan quienes han vivido que en uno de los caminos rurales que cruzan desde Villa Constitución hasta Pavón no pocas veces ha aparecido al ciclista o caminante distraído una mujer entrada en años y asentaderas que a primera vista semeja una administrativa municipal, pero que a pesar de esta desgraciada apariencia no se trata más que de alguien que busca la paz deambulando entre las vías y el arroyo con el único propósito de consumar la única actividad que le produce un inexplicable placer.

Quien se atreve a levantar su vista y mirarla por el sencillo expediente de un saludo gentil, descubre que en sus ojos de gorgona arde el reflejo que revela el error cometido. La mujer blande una larga lengua de dos filos que en una presta estocada se introduce inopinadamente por una de las orejas del malhadado transeúnte. Es posible, o no, imaginar la atrocidad de este suplicio del mismo modo en que se hace casi imposible visualizar la transformación de tan infortuna aparición. Voces cultas de años coinciden en afirmar que la transformación de una bella princesa en un maligno monstruo de indecible fealdad es cosa de todos los días en los relatos universales de fantasía o que incentivan al lector u oyente a aceptar una moraleja como verdad ineluctable. Sin embargo, pocas veces se encuentra una atrocidad tal como la mutación de una indolente empleada pública en un ser capaz de penetrar todo escudo de indiferencia al punto de lastimar la mente con ramalazos de dolor difíciles de describir.

Quedan en nuestra ciudad (quien sabe si) afortunadamente vivos algunos que atravesaron tal crudelísimo tormento. Las secuelas no son visibles para el lego, pero quien ha sobrevivido siente en su carne ocasionalmente sajarse a sí mismo distintos sectores de su cavidad bucal. Y el irrefrenable impulso de convertir su propia lengua en martirio para los oídos ajenos.

Yo mismo, alguna vez en mi juventud cuando la vida valía menos que una justa causa donde exponerla, osé desafiar al monstruoso ser. Preparé mi walkman con pilas alcalinas nuevas y un cassete de La Biblia según Vox Dei y enfilé para los campos del noroeste de la ciudad rogando a los cielos cruzarme con ella y salir de alguna manera airoso. No sé cuál fue el motivo. Tal vez mi exagerada propensión a descreer de esas leyendas que solo infunden temor, tal vez por tener a mano una hazaña que contar a mis nietos en el siglo que estaba próximo a venir, no lo sé. Sí colijo que como otras veces en que me gana cierta euforia me pertreché con lo que creía indispensable -y apto para una posible huída en atropellada- y sin darle vueltas al asunto busqué el encuentro cara a cara.

Pasé el puentecito entrando a la zona de bañados, porque me parecía que una leyenda de esas no andaría por caminos más prosaicos como los de las parcelas de criadores de chanchos. Nada. Tuve que decidirme por los caminos que se acercaban a la ruta. Y cuando ya me estaba convenciendo de que había perdido una tarde persiguiendo una ilusión la vi. Si no apareció de la nada estuvo agachada detrás de unos matorrales espesos. Da lo mismo, porque la sangre se me espesó al punto que creí morir de espanto. Efectivamente vestía como una abúlica empleada municipal espeluznante. Sus anteojos caían sobre la naríz abultada por los años. Su rostro gomoso me traía vagas reminiscencias de algún dibujo animado de la infancia. Paralizado, no tuve más que esperar a que se acerque. Al caer en la cuenta de que sonaba la balada Profecías y no Guerras o algo medianamente potente, subí el volumen del walkman. Ya muy cerca mío levantó la mirada y supe que el terror paralizante de Medusa era algo que sucedía dentro de la víctima.

Cuando observé un inconfundible estiramiento de las fláccidas mejillas me preparé para la fatal estocada aumentando la rigidez de mis músculos. Entreabrió los labios seguramente para proferir alguna especie de conjuro. Desde el fondo de sus fauces, a pesar de que el Sol estaba a sus espaldas, un brillo metálico parecía crecer. La temible lengua de dos filos de la que tanto había oído estaba ante mí, amenazante, centelleando sedienta de martirio ajeno.
Fue como un latigazo, como el aguijón artero de una avispa furiosa. Duró la fracción de segundo necesaria para que cayera en la cuenta de que no había pasado nada. Cerré los ojos mientras atronaba Vox Dei sintiendo en mis mejillas ráfagas de aire como si un filoso objeto pasara muy cerca de ellas a gran velocidad. Los abrí cuando cesó la ventolina.

La mujer me miraba fijamente mientras sus ojeras parecían profundizarse y con ellas amainar mi terror.
Se puso de costado como para dar un giro y retirarse, pero con ademán de decir unas palabras. Entonces, sin bajar el volumen me quité los auriculares. Tarde comprendí mi error, dejando indefensas mis orejas. Pero la mujer terminó de entornarse hacia el oeste de cara al Sol, se encogió un poco más y murmuró algunas frases poco entendibles como vas a ver... estás en mi poder... si yo quisiera sería tu ruina... 

Anocheciendo pisé las primeras calles pavimentadas con tanto alivio que no volví a ponerme los auriculares. Desde ese día hablo muy poco, quizás menos de lo necesario. Me siento triunfante y derrotado a la vez y prefiero no enojarme demasiado delante de la gente que aprecio. No sea cosa que esos cortes que de vez en cuando me hacen sangrar la boca se conviertan en presagio y muestra de una espada que no quiero blandir.