ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
Mostrando las entradas con la etiqueta rarezas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta rarezas. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de septiembre de 2026

Bichorde


Cuando me topo con un bicho extraño, inclasificable para mi torpe conocimiento, lo llamo bichorde. Suena gracioso y musical a la vez. Por lo general, los bichordes son insectos, pero abusando de mi tino he utilizado el término incluso para algún pequeño reptil o mamífero. Eso charlábamos con el compadre Aguirre mientras prometía pagar mis deudas de juego. Aguirre vivía bajo la barranca un poco al sur del pueblo, río abajo, de vez en cuando lo visitaba para recordarle que mi deuda era sagrada, aunque cada vez más abultada. Tanto que había empezado a amenazarme con cobrar por la fuerza, entre bromas y seriedad.
A la vuelta de casa, camino al río, la vegetación se hace un poco más agreste. La humillada naturaleza insiste en avanzar sobre el poblado. Yendo a buscar lombrices para la pesca en un arrastrar de pala, uno de estos días me pareció ver en el yuyal una especie de claro. Desde cerca se notaba un faltante, un aura de ausencia en la corona del yuyal. Este llamó mi atención, no se parecía a uno de esos espacios apenas hollados donde espera una traicionera yarará y sí en cambio, podría tratarse de un animal herido o un gato montés asustado. En el peor de los casos un yaguareté durmiendo. Alcé la pala al aire como amenazando un golpe. Me acerqué alternando la mirada entre el claro y mis pisadas a modo de precaución. Un feroz silencio me mantenía en helada alerta. Cuando estuve cerca, incliné mi cuerpo hacia adelante tratando de atisbar el interior. No veía nada. Un paso más me puso casi sobre el hueco. En el fondo del claro se elevaba un pequeño nido, un remedo de volcán, que en su oquedad guardaba dos inocentes huevos pardos. Uno de ellos con una incipiente grieta coronándolo. No alcancé a repasar mi inventario ovíparo. La grieta se hizo hendidura y dejó ver cómo un simpático pico rosado pugnaba por liberar al ave que emergería en pocos minutos.
Ave… bueno, no. Detrás del pico unos ojos camaleónicos parecían salirse al atisbar los alrededores. Emergían de una piel escamosa que bañada por una baba blanquecina prometía más asquerosidades en el cuerpito oculto. Qué clase de bichorde horrible es este, pensé. Los ojazos quedaron fijos en mí. Me estremecí al recordar un cordero con dos cabezas y una cría de chancho que nació sin patas. Fueron sacrificados apenas nacer, luego de fotografiarlos para documentar que la naturaleza puede jugar a ser monstruosa si se lo propone.
Cuando terminó de salir compuse la imagen completa, una especie de reptil de seis patas, largas como de arañas galponeras, pero muy móviles y fuertes. Del lomo parecían brotar unas alitas que seguramente no sostendrían su peso en vuelo, por el momento. El bichorde miró a su derecha y encontró su huevo mellizo. Se frotó en él como un gato y abrió su pico mostrando una cavidad que quintuplicaba el tamaño de su boca. Lo engulló sin mediar gesto produciendo un sonido que hizo que debiera contener una arcada.
No lo pensé más, levanté la pala y asesté un fuerte golpe. No lo podía creer, el bichorde dio un saltito al costado evitando el azote. Levantó la cabeza y enseguida comenzó a perseguirme. Era veloz como mi carrera, busqué el sendero para acelerar. A lo lejos, la Diana oteó al bichorde y lo empezó a perseguir entre ladridos cada vez más feroces. Cómica persecución, pero no puedo evitar lamentarme por la perra. Cuando alcanzó al bichorde e intentó tarasconearlo, este ensartó unas púas de sus alitas en sus ojos y acto seguido la descuartizó con su pico para devorarla en menos de un minuto. Y crecía.
Corría sin saber dónde ir. El compadre Aguirre, claro, un poco más al sur debajo de la barranca. Enfilé para su casa ya sin hacer caso del camino, un poco corriendo un poco rodando barranca abajo. A voces lo llamé, pero no salía. Al final grité: -¡le traigo el dinero, salga compadre! Eso pareció aguijonear a mi acreedor que salió al paso desde la marlera y quedó entre perseguidor y perseguido. Al ver al bichorde retrocedió buscando algo para hacerle frente en el galpón. Pero no llegó. Sin mirar atrás continué hasta un bote que estaba amarrado a unos cien metros, me subí a él, remé hasta mi zona y liberé el bote a su suerte río abajo. Supuse que el bichorde no logrará olfatearme en casa.
Unos días después encontraron los huesos desperdigados de Aguirre por la zona del galpón. La policía anda haciendo preguntas, en especial a sus deudores, naturalmente. Claro que no sé nada, solo que la inseguridad en la zona aumenta. Hasta mi fiel perra Diana desapareció.


---

Este demasiado largo (perdón) relato aporta a la Convocatoria Juevera de Neogéminis  sobre Títulos extravagantes. Allí encontrarás más y mejores relatos.  


sábado, 26 de junio de 2021

Logo erróneo del Mercosur

Este es mi texto del tercer día del Mundial de Escritura.
La consigna era: narrar la derrota más grande que hemos tenido.

Soy un experto en derrotas propias. Pero no en narrarlas.
Vamos, no me vengan a decir que a ustedes les resulta sencillo andar contando con florida literatura las desventuras propias, dejemos eso para un caballero de triste figura, que bien lo hizo, o para otros que bien lo hacen. En cuanto a mí, puede verificarse que soy un hombre de alto rendimiento, me he rendido muchas veces en las más diversas circunstancias.
Sin extenderme en fatua retórica y a pedido de los lectores y, sobre todo, de mi exigente conciencia paso a narrar la cronología difusa de un hecho o una sucesión de los mismos relativos al título de este escrito.
No me pidan precisiones de nombres y fechas, no porque no los tenga. Pueden los atentos lectores tipear en su navegador preferido los acontecimientos, objetos, entidades y personalidades que se refieren aquí. Por mi parte deseo mantener este texto ajeno a tanta gente que se ofende por ofensas que no le han hecho, tal la característica de estos tiempos.

Unos años atrás, en ocasión de una de las innumerables reuniones que dieron origen al Mercosur (Mercado Común del Sur, para los inadvertidos) se decidió organizar un concurso para definir su logotipo, iniciativa común para este tipo de entidades que intenta fijar una identidad antes de tenerla, si me explico.
El concurso se difundió como se difunden estas cosas, entre expertos y reconocidos artistas y diseñadores y, como corresponde al parecer, no llegó a conocimiento de los geniales muralistas urbanos o ignotos pintores del interior y menos a las escuelas. Como soy un tipo curioso y de no pocas amistades tomé conocimiento del mismo en un asado con amigos. Uno de ellos trabajaba –si corresponde el término– como lacayo de un diputado nacional de estos rincones del país. Mencionó el tema y ahí nomás salté como leche hervida: ¡quiero participar! Me explicó las dificultades concernientes a la participación de un certamen de tan alto nivel y trató de evadir el compromiso de contactarme con algún funcionario que lo facilitara. Pero soy tenaz, duro como turrón de oferta, y conseguí mi propósito.

Con el formulario en mis manos a pocos días del cierre del concurso traté de inspirarme. Todo me parecía muy obvio: un contorno de los países participantes, una geometrización, algo figurativo pero no tanto. Me emborraché por las dudas de que en un sopor me llegue la revelación. Remezclé las iniciales, jugué con danzas y trajes típicos, forcé elementos comunes en la cultura, tambores o bombos, pájaros, árboles autóctonos, pobreza, sometimiento, nada me resultaba inspirador. Hice varios borradores. No creía que pasasen una primera selección. Al filo de la fecha subí a la terraza de mi departamento, durante un apagón general. Pensé que el apagón sería un buen símbolo, pero se reirían de mí al recibir un logo de negro sobre negro. Cuando mis ojos se acomodaron a la oscuridad cayó entero el cielo sobre mí y no pude evitar estremecerme, el espectáculo era sobrecogedor, me sentía cada vez más pequeño. Una vez repuesto busqué las Tres Marías y ahí estaban, fulgentes, como si hubieran emergido del Paraná, siguiendo su línea encontré a Sirio y más al sur Canopus, las dos estrellas más brillantes del cielo. Caí en la cuenta que el cielo del Sur es muchísimo más bello que el del Norte, están las constelaciones más brillantes y hermosas y debo decir que sentí un poquito de pena por los grandes del mundo. Me pregunté dónde estará la Cruz del Sur, que no la veía. Como no soy un experto estuve a punto de confundirme con otras disposiciones de estrellas similares, pero menos elegantes y bien definidas que la verdadera. Me llevó unos segundos encontrarla sobre el horizonte, parcialmente oculta por unas casas y árboles. Y me llegó la iluminación. El logo debía ser la Cruz del Sur como la vi, con el crucero mayor casi vertical sobre un terreno, porque el Mercosur es terreno. El terreno debía ser algo indefinido, ni montaña ni playa, ni siquiera las Cataratas del Iguazú, que me tentaron enseguida. Bajé a mi mesa, dibujé las cuatro estrellas de la Cruz y debajo una curva, un terreno indefinido. Me pareció genial.

No lo mostré a nadie, cumplí los requisitos de participación y lo envié al jurado. Varias semanas después se publicó el logo ganador. ¡Era exactamente igual al mío! Bueno, con una diferencia. El crucero menor estaba más cerca del extremo superior del largo, en mi logo era más cercano al extremo inferior. Me calenté y decidí apelar. Se preguntarán por qué apelar. Sencillamente porque ante diseños similares, prácticamente iguales, el mío reflejaba más fielmente lo que se observa en el cielo.
Mi amigo, el lacayo del legislador, consiguió —no sin recibir duras amenazas de quien suscribe—  una entrevista con éste. No era un legislador cualquiera, casi mano derecha del ejecutivo. Por supuesto, me preparé investigando un poco sobre astronomía y, confieso, algo de astrología –para que ningún charlatán me agarre de sorpresa– para la entrevista.
Le expliqué que aceptar ese logo era claudicar horriblemente, resignar el germen primario del Mercosur, esa pretensión de mirar el mundo desde nuestro punto de vista sureño y dejar de lado la eterna elección de la dependencia. Que, como dijo Guillermo Magrassi en una entrevista alguna vez: “Depender es conocer mucho del otro y nada de mí mismo y de lo que de mí mismo sé, es lo que el otro dice que soy”. Insistí en que en ningún lugar del Mercosur la Cruz del Sur se ve así como en el logo que hoy es oficial, paradita como la de Jesús sobre el Gólgota. Bueno, aquí flotando como aquella. Ninguno, eh, atenti.
El diputado miró a su asistente —mi amigo—, carraspeó, volvió a mirar a su asistente, esta vez con un odio indecible por la idiotez de traerle semejante fanático a interpelarlo en su despacho, volvió a carraspear, hizo correr su mano por el bordillo interno del saco y al voltear la vista sobre el escritorio se detuvo sobre el logo y respondió: –Qué interesante, sería una cruz invertida. Lo voy a plantear, lo llamamos luego.
Supe que me estaba despidiendo. Antes de salir, como aferrándome a la última posibilidad de vida, solté apenas levantando la voz: -¿Sabe desde dónde puede verse la Cruz del Sur como en el logo ganador? Desde la Ciudad de México. Y si me apuran, desde Miami. ¿No le sugiere nada? Le ruego lo comunique a la presidencia, no puede quedar así.
La amplia sonrisa del tipo me dijo todo luego del consabido juego de carraspeos y miradas nerviosas. Entonces me retiré en silencio.

Unos días después me llegó una carta del mismísimo ejecutivo nacional. Agradecía mi servicio y dedicación puestos en la tarea. Que no podía oponerse o reclamar en la cumbre del Mercosur lo dispuesto por un grupo de expertos seleccionados por lo más selecto de la cultura de nuestros países. Que, casi confidencialmente, a todos encantó la multiplicidad de simbolismos del logo oficial. Y que invertir la cruz hubiese generado una turbamulta de opiniones de fanáticos religiosos convencidos de que un signo satanista había logrado colarse en lo más alto del gobierno de nuestra región. Y muchos blablablases más.

Como ya dije, mi vida ha sido una rica y variada colección de derrotas. Esta, la más humillante. Por más que hayan pasado carradas de años no puedo quitarme de encima esta derrota colectiva, simbólica, pero derrota al fin. Más dura que cualquier derrota deportiva o amorosa. O que cualquier otra diría, si no hubiera vivido en este sufrido país. Porque en los símbolos nos decimos, nos definimos, nos reflejamos y —por convalidar una torpeza— la misma declaración de hermandad y de identidad ante el mundo de nuestros países lleva consigo su propia derrota.
Ah, también porque perdí a mi amigo, después de la bravata con su jefe. Y porque por esa manga de burros con poder no gané un cuantioso premio que merecía.

Logo oficial del Mercosur

Mi logo

domingo, 6 de noviembre de 2016

Premio a la Injusticia Exorbitante

Como dijera alguna vez Joaquín Sabina cuando recibió no recuerdo que mención: Yo antes no creía en los premios, pero luego me di cuenta que eran los premios los que no creían en mí.
Yo estoy más o menos igual. En los años en que dedicaba algún tiempo al blog recibía alguna que otra mención de gente que con más piedad y cariño que espíritu judicial me pasaba algún regalito o mención. Los regalos se ven abajo a la derecha en el blog. El primero me sorprendió, esa una especie de preservativo con los colores de Wally, el que hay que buscar. Y por eso titulé a esa entrada Con don Wally, pretendiendo cierto ingenio. Luego sobrevinieron otros. Pero como anduve ocupándome de otras cosas menores, fui descuidando el blog y las numerosas virtuales relaciones que me proporcionaba, al punto que hoy sobrevive porque soy obstinado y de otra manera no escribiría nada sino canciones. Lo que no está mal, pero me gusta escribir otra cosa, cualquiera -poemas, humoradas, relatos, reflexiones- supongo que bastante más que canciones.
No es extraño entonces que no lleguen premios, claro está que conservo un puñado de fieles lectores que, supongo, acomodarán mi blog por ahí entre esas cosas que uno duda entre guardar por si acaso o revolear al carajo sin miramientos. A la larga suele suceder esto último.
De momento, el amigo Frodo me ha otorgado el Premio a la Injusticia Exorbitante, con una distinción así:
No puedo negar que me produce emoción. Sobre todo porque desde hace unos años soy un seguidor inconstante y leo -cuando lo hago- muy pocos blogs, incluso cuando me recomiendan la lectura de alguno, me da un poco de pudor no hacerme seguidor, aun con textos fantásticos, porque sé que no los voy a seguir y otorgar reciprocidad a las deferencias con las que me halagan.
Por eso, voy a señalar a cinco de los que han quedado y suelen comentar -ojota que hay solo dos o tres más-, los que consideran por algún motivo vale la pena darse una vuelta por este blog medio arrumbado. No me importa si pasan el premio o no. Aprovecho el premio del amigo Frodo como excusa para agradecer que siempre se den una vuelta por este barrio.

Los cinco son:
Rembrandt, de Un pájaro al viento:  Rem, una mujer que apareció leyendo este blog hace unos cuantos años y persiste como lectora desde siempre. En su blog las entradas suelen ser recopilaciones de poemas o textos seleccionados según diferentes criterios: temáticos, de un autor especial u otros. Suele inclinarse por escritos que rebosan sensualidad y los vericuetos del amor de a dos. Elige música para acompañar la visita de su blog, que coincide con mis gustos. Rem comenta con originalidad no exenta de una cercanía como quien acompaña el mate de la tarde cuchicheando de cualquier cosa o en silencio nomás.

Frodo, de Frodoblog: Escritor y pintor. Un bitacorista que se para en la atalaya del rock nacional y de los símbolos vernáculos para describir la realidad, patinarla de misterio y curiosidades, martillarla con una síncopa rockera y asociar. Asociar el fútbol con el rock, el rock con el cine, el cine con las barajas caídas y todo con el cuervo corazón. A mí me parece que blogs como el suyo justifican la existencia del medio.

El Demiurgo de Hurlingham, del blog homónimo: Un tipo que ha desarrollado un mundo paralelo con elementos propios, del cine, de las historietas y de donde se te cante. En sus relatos las sorpresas no faltan, hay que estar atentos para seguir la línea porque incorpora elementos que solo un seguidor de cierto tiempo comprende y relaciona. Y hasta por ahí nomás, dado que el demiúrgico mundo de su cabeza no termina de expresarse totalmente en sus frases. Además, es un seguidor conspicuo y fiel de muchos blogs, tiene un buen ojo para la crítica, tanto es así que uno nunca las desdeña sino que se queda rumiándolas.

Verónica de Censura Siglo XXI: Apenas llegué a este blog me quedé desde la primera entrada que leí de esta valenciana (o de la zona). Con una escritura sencilla, como una azada, va carpiendo las tradiciones, los decires y las historias clásicas hasta desnudar sentidos y sinsentidos sin piedad, pero con golpe respetuoso y certero. Una bolsa de saberes de las que uno se pregunta qué carajos hace leyendo mi blog, pero lo hace. Así que no queda otra que agrandarse y agradecer.

María Rosa, de Cuentos y Poesías: No hace mucho descubrí este blog, pasé y leí la primera entrada. Me gustó, pero no volví enseguida. Al tiempo fui leyendo otros relatos y hoy es uno de los que me llevan a detenerme mate en mano para ver con qué nueva historia cercana y de acá a la vuelta me sorprende. Y lo hace, lo juro. Ella también visita este blog, seguramente para pagar alguna deuda pendiente con el más allá.

Bueno, hay algunos lectores más. Los de siempre, como Neto y Sil que son parte de la vida; Abrujandra, que pasa de norte a sur por arriba de este cielo y tira alguna cosa de vez en cuando; JLO a quien no mencionaré porque es hincha del globo, pero que logró que me adose a seguirlo en su blog por la frescura de sus textos y sus fotos y cuatro o cinco lectores blogueros más ocasionales.
Y aclaro lectores blogueros porque las estadísticas revelan que mucha gente visita el blog, aunque no dejen comentarios (es raro que una entrada tenga menos de cien visitas). Son, supongo, quienes llegan desde facebook y dejan sus comentarios o no en esa red, pero se acercan a chusmear de qué se trata. Los más huirán entrecortados por las arcadas producidas, pero otros leen y vuelven. No me han faltado insultos por privado, por ejemplo.

Bueno, no tengo mucho más para decir y se me quema el asado, así que esto se corta con otro agradecimiento al amigo Frodo, corazón cuervo hermanado.


jueves, 24 de marzo de 2011

La Covacha

Hay lugares que sentimos como propios, existan o ya no. Espacios donde las cosas -aun cuando hayan cambiado sustancialmente- nos abrazan. Nos remiten a tiempos que sin dudas han sido mejores en algún aspecto. Quien esto escribe siente nostalgia por algunos lugares. Unos por distantes y poco accesibles al bolsillo; otros porque ya no son como eran por más que el sepia corazón insista en recrearlos. Haré referencia a uno de ellos: La Covacha.

Es conocido para quienes portan unos años que este término refiere a la casa de la bruja Cachavacha, la simpática villana de Las Aventuras de Hijitus. Tomado de allí, mi hermano, el Gordo Pérez y yo nos dedicamos en aquel tiempo a construir nuestro refugio en el que quedaban en suspenso las reglas familiares y en offside la curiosidad de las vecinas.
Techo de un par de chapas de cinc viejas y corroídas apoyadas de un lado en el resto de pared que hacía de tapial antes del tejido con unos vecinos. Del otro lado apoyadas en el viejo excusado convertido en palomar de monteritas, ese que tenía un ramón de higuera seca para que se posen y hagan nido.
Piso de ladrillos sueltos, que volaban cada vez que mi viejo los necesitaba y pasaba a ser de escombros emparejados. Y lo fundamental, puerta rebatible hacia arriba, que solía rebatirse en la cabeza de quien intentaba entrar desprevenido por su altura de más o menos un metro. Eliminada esa puerta artera luego de un tiempo y varias cicatrices, la cortina de arpillera suplió decentemente la misión de sostener los nimios secretos de La Covacha.

Secretos que consistían en jarro con yerba y una bombilla afanada para el chupe y pase, fumata de cigarrillos de hojas de cuaderno enrolladitas y chistes verdes, no mucho más.
Pero sí hay algo más. Un día decidimos que La Covacha no sería sólo un escondite para travesuras, sino que debía ser un poco más abierto. Empalizada de cañitas que nos llegaban a las rodillas, entrada con cañas altas y cartel con el nombre del recinto daban un aspecto más formal al lugar y más vista para la curiosidad de los vecinos, ya que los terrenos se separaban solamente por  modestos tejidos romboidales de diferente altura según la confianza con los de al lado. Vecinos de edad avanzada confundían covacha con concha y escandalizados hacían comentarios poniendo en aprietos a mis padres quienes tuvieron que dar las explicaciones del caso.

Con la ebullición de las elecciones del setenta y tres, grandes cartelones políticos se podían ver desde todo el vecindario. Frente Covachista de Liberación y Unión Cívica Covachal competirían por el gobierno, con los mismos tres integrantes. El acuerdo era que ganaría la misma lista que en las elecciones y los comicios de marzo llevaron al peronismo al poder.
Los demás chicos del barrio venían a conocer La Covacha, pero pocas veces se les permitía participar de sus ritos iniciáticos. Mostrábamos con orgullo sus prolijas instalaciones. A veces, para evitar a los insistentes de siempre preparábamos trampas. Las trampas solían ser simples agujeros en el piso bastante mal disimulados con agua en su interior, algunas cañas si era para un indeseable y yuyos escondiendo la boca. Una vez el Gordo y mi hermano hicieron la trampa perfecta. Era una especie de batea rectangular en el portal de la empalizada llena con barro chirle y disimulada con fino polvillo. El destinatario era el Jole, un amiguito mío que amenazaba con quedarse a vivir en La Covacha. Resultado: el Jole no vino por una semana y la trampa perfecta terminó por secarse.
Hoy, ese rincón -con algunos escombros y otros materiales para las reformas de la casa- evoca siempre esos recuerdos, unas veces más intensos que otras. Pero esos recuerdos no se remiten siempre a los momentos vividos. Traen acollarados consigo esas huellas profundas que persisten porque nos han dado forma de algún modo. Pibes de diez años que conocíamos los partidos políticos, que hacíamos propaganda. Que compartíamos pequeños secretos sólo para ufanarnos de nuestra lealtad. Mayores escandalizados. Una real fiesta.

Y mis padres, que tuvieron que hacernos desarmar La Covacha porque en el setenta y cinco Villa era un lugar donde cualquier refugio era una posible tumba y donde el miedo se enseñoreaba al ritmo de los fusiles fal, de los falcon asesinos y de los entregadores, esos socios del terrible ensayo de represión para la dictadura posterior que vivió mi ciudad.

Algo me dice que cuando hablamos de la memoria, la verdad y la justicia en nuestro país pocas veces hacemos referencia al dolor de los niños que fuimos y el sentido de libertad y fiesta que nos arrebataron, que dejamos a jirones en algún alambrado de púas de los que tuvimos que atravesar.
Conservo y comparto estos desvaríos con el deseo tan pueril como profundo de que las verdaderas gestas libertarias como la de La Covacha no estén ausentes en las infancias por venir.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La casa, encantada

Dicen los conocedores de misterios que hay casas encantadas donde tienen lugar los fenómenos más extraños que se nos puedan ocurrir. Dicen que los encantamientos detentan las más variadas formas; en todas ellas alguna ley natural parece suspenderse ante los hechos más insólitos -no en la menor proporción, horrorosos- que se conciban. De ahí los relatos y películas de toda especie y cultura en las que el masoquista observador apenas roza el asiento tal el modo en que lo mantienen en vilo los misterios que se sugieren y las atrocidades que se manifiestan.

No pocas veces esas casas son hogares normales, donde la apacible cotidianidad constituye un refugio seguro para sus habitantes, un espacio donde calmar las ansiedades del mundo laboral o escolar, que continúa su desenfrenado ritmo allí afuera. Pero algo sucede -las más de las veces inexplicable; otras, con escaso sustento racional- y se trastocan los tiempos, las emociones, se rompe esa cotidianidad y tal vez las secuelas queden para siempre.

Soy de los que descreen que los espíritus extraños se tomen la molestia de instalarse en una casa para jorobar a la gente. Las elucubraciones de los científicos y filósofos me han pervadido de tal manera que me despierta curiosidad toda vez que alguien menciona hechos inexplicables. No por lo inexplicable en sí, que me produce un venerado respeto, sino sobre todo cuando eso inexplicable se adjudica sin más ni más a causas indemostrables, por lo que se colige que si no se le encuentra explicación hay extraterrestres o mandingas metidos en el tema y listo, temamos entonces.

Sin embargo, algo ha cambiado en mi percepción de estos hechos.
Y en estos días.
¿La causa? Mi casa está encantada.
Ahórrense los sabelotodos esas sonrisitas condescendientes.
Ahórrense los mercaderes de las certezas las explicaciones debidas al alcohol, el exceso de lecturas, la soledad, la extraña seguidilla de triunfos del Ciclón y demás causalidades triviales.
Supongo que algo tendrá que ver cierto hecho acaecido el pasado sábado y puede calificarse como rejunte, contubernio, dios los cría  el viento los amontona, o verá el lector cómo calificar a partir de los siguientes detalles:

Llegan antes (¡!) de la hora citada el Neto y Paul, su entrañable hermano. Dije entrañable y no extrañable, lo cual es por supuesto imposible.
No se tienen noticias de Felipe Ávila.
Prendo el horno e inserto un par de fuentes con contenidos de vegetales apelmazados adquiridos por veinte centavos a un ciruja que se atrevió en la maraña de mi cuadra. Su destino, las fauces de algún rumiante que se presente. Si es que se presenta.
Vamos al súper con los hermanos. Doy explicaciones a los vigilantes de que no se trata de terroristas de alqaeda.
Hacemos compras. Despegamos a Paul -a duras penas- de las góndolas de bebidas.
Llevamos las bolsas al auto. Esperamos el regreso de Paul que se escapó hacia una esquina de dudoso aspecto para traer botellas con contenidos verdosos y violáceos de más dudoso aspecto aun.
No se tienen noticias de Felipe Ávila.
Recibimos a Rafael Manzano, que pasaba por ahí y se metió en la casa (encantada). Resultó ser un tipazo.
Prendemos -prendo, en rigor- el fuego. Neto se dedica a las ensaladas. Paul liba en la punta de la mesa mientras prepara la picada.
Llegan dos tipos de rojo. Uno nos resulta familiar, es don Belce que saluda como en su casa. El otro dice llamarse Álvarez y balbucea algo así como que se va a un piquete y vuelve. Nadie le da bola, así que se va.

No se tienen noticias de Felipe Ávila.
Suena un celular. El de Neto. Un tal Decur. Busca la casa, pero el encantamiento hace que en lugar de entrar en Villa se meta en Empalme. No, no vive en La Quiaca, es de Arroyo Seco nomás. Pero las indicaciones viales son un jeroglífico indescifrable para él. Tiene que salir Neto para que al verlo sepa claramente dónde no debería meterse. Pero es cabeza dura y se mete.
No se tienen noticias de Felipe Ávila. Paul sigue libando en el extremo de la mesa. Neto saca mano a los ausentes.

Saludo a Decur, conozco ese rostro. Tal como lo dibujó Álvarez en su blog. Un monstruo (del dibujo).
El asado casi está. A un lado se amontonan, tintineantes, las botellas vacías. Mis hijas, horrorizadas, solo piensan en comer para pasar el mal trago de despertar encontrando especímenes tan atroces.
No se tienen noticias de Felipe Ávila. Tomamos la decisión de esperar hasta las mil cuatrocientas y lanzarnos a devorar el asado, los vegetales horneados y los vegetales sazonados, habiendo dado cuenta antes de la picada. Le avisamos a Paul que puede emitir opinión. Responde entrechocando los vasos.

Llega otra vez don Belce, esta vez su figura se ha superpuesto demoníacamente a la de Álvarez, resultado: Ruminant, esa cosa devoraverdes que dibuja como los dioses, paradójicamente.
No se tienen noticias de Felipe Ávila. Todos hablan de las anécdotas referidas a la Feria del Libro de Empalme.Paul liba. Neto cuerea.

Decidido a no dejarme sacrificar por la horda hambrienta, accedo a traer los choris y los chinchus.
La batalla de tenedores y cuchillos que se ciernen impíos sobre la parrillita portátil (o como se llame) arrecia.
Suena un celular. El olor ha atraído a Felipe Ávila como sangre a la hiena.
Se abre la puerta de calle y entra una tromba cuya habilidad de hablar y masticar a la vez resulta admirable. Todos observan el detalle de retener el amplio cobertor que protege su menudo vientre con sus propias gafas.

Las botellas van desbarrancándose a medida que otra vacía las empuja hacia el borde de la mesa. El asado desaparece en instantes. De la forma en que come, todos tienen noticias de Felipe Ávila. Paul liba. Neto no saca más mano y se dedica a fotografiar y filmar todo lo que se mueve. Rafael y Decur muestran habilidades de cómo insertar una costilla de cerdo en sus fauces al momento de soltar carcajadas.

Los brindis se repiten. Las masas dulces sucumben al contacto con el aire.
Atruena el feliz cumpleaños al rumiante aunque nadie está seguro de que sea la fecha. Casi todos creen que nació el 6 del 6 del año 6. Infamias.
Paul trae sus brebajes con fosforescencias verdosas uno -áloe vera se lee en la etiqueta al revés- y violáceas el otro, de vaya a saber uno qué ingredientes. Se hace referencia a v-power del asado anterior. Se dice qué lástima que no está Diego a coro. Un par dicen qué suerte. Se los ignora.

Se liba mientras Felipe Ávila y el Oso martirizan a los presentes cantando herrumbrados temas de Pastoral, Vox Dei y Sui Generis.
Cumplidos los indecorosos ritos, los visitantes vuelven a sus hogares como pueden. Neto y Paul se quedan a colaborar con la limpieza, según sus dichos. Según los de mis nenas, azoradas espectadoras de lujo, se quedan porque no pueden dar un paso.
Como remate, la tele una vez más muestra lecciones de paternidad responsable. Otra vez será.
Se van Neto y Paul cuando encuentran la puerta de salida.

Yo era un escéptico, ahora creo.
La casa quedó encantada.

Testimonios fotográficos (con cámara kirlian)
Álvarez trata de explicar cómo carajo dibuja tan bien. No le sale.
Decur miente, pero le creen. Felipe Ávila se pregunta qué demonios querrá dibujar.
El cuarteto posando para las fotos. Los tomatazos cayeron después.
No se tienen noticias de Felipe Ávila. Neto y Paul preparan la picada.
Paul, dormitando, Rafael pasando la ensalada y preguntándose quién lo mandó a meterse en este antro. Decur posa. El oso, Barbi y Álvarez se hacen los interesados en la foto. Felipe Ávila brilla por su ausencia.
Felipe Ávila sostenido del vaso y sus gafas sosteniendo el repasador. Álvarez tramando algo.
Testimonio del único momento en que Paul dejó de libar para afinar la guitarra.
Virginia y Bárbara tratando de sobrevivir a los poltergeist.
Decur demostrando su habilidad para el dibujo. Rafael pensando en cómo evitar que toque.
Ruminant, Felipe y Neto. Say no more.

lunes, 5 de julio de 2010

Shagya Árabe

Estimado Rómulo:
Llego hasta su casa en forma de texto aprisionado en la misiva digital pues no es mi estilo dar la cara. Y no es cobardía, créame. Es ese pudor asentado en un corazón sensible como el mío, que no me permite ciertas expresiones de -digamos- humillación.
Menos tratándose de una vieja deuda. Bah, deuda... Usted sabe que las cosas malas, terribles, que hemos hecho, cuanto más tiempo tardan en redimirse más carcomen nuestra conciencia. En cuanto al término deuda, si usted sigue siendo el mismo que hace cuarenta años, no cabrá en su recuerdo. No porque sea poseedor de una moral aquilatada que lo conduzca por el sano camino de olvidar las satisfacciones que les son debidas sino más bien por el mísero hecho -sin intenciones de que le llegue de rebote- de que usted nunca se enteró de que este suscriptor le debe algo.
Aun así, mis condiciones éticas, las mismas que fueron trocando de tosca piedra en refulgente brillante me exigen una satisfacción. Reclaman cada vez con más rigor el cumplimiento de la devolución de lo que le es propio, aunque usted no recuerde ni tenga noticia.
A los hechos.

¿Recuerda un duelo de figuritas entre usted y mi hermano en el porche de casa una tibia mañana de sábado primaveral? Seguramente no. Yo sí y en esto le aventajo como en otros tantos ítems que no mencionaré aquí.
Usted, en ese entonces un chiquillo con una decena de años en su haber y unos cuantos más por vivir faroleaba con una pila de figuritas -Azabache, creo-. Mientras usted se entretenía en áspero duelo singular con mi hermano, yo le relojeaba las figuritas. Arriba de todo había una cualquiera, pero la segunda... la segunda era el Shagya Árabe, un hermoso caballo blanco. No la tenía. Y me enamoré perdidamente de la figurita del níveo equino ante un fondo boscoso. Por una vez en la vida fui rápido. Saqué de mi pilita la Muerte de Rauch -que tenía como cinco veces repetida- y con un movimiento digno del mago Fantasio retiré el caballito blanco sustituyéndolo por la ominosa Muerte de Rauch -que bien se lo tenía merecido por andar matando indios- de manera limpia, rápida e inadvertida.

He aquí que mis mencionadas virtudes morales -que puse en un vertiginoso crescendo desde aquel momento de arrebato infantil- me han impulsado hace cosa de un par de décadas a la búsqueda de aquella figurita que le debo aunque usted no haya registrado el latrocinio.

La búsqueda no ha sido infructuosa. Sitios de nostálgicos y recordadores de toda laya ofrecen hoy en internet lo que busque. Y la semana pasada trabé contacto con alguien que tenía la figurita. Precio, cincuenta pesos. Hice una rigurosa evaluación. Cincuenta pesos la figurita del Shagya Árabe... Un verdadero afano.
Teniendo en cuenta que sus -las suyas, no se haga el tonto- condiciones morales no valen el sacrificio, le mando aquí una fotito digital del caballito. Usted, Rómulo, la baja, se la imprime, la hace un rollito y se la mete ya sabe dónde. Inmoral de mierda, que reclama desde mi conciencia el pago de una deuda que ni conoce. Y dese por satisfecho.

Atentamente, yo.

lunes, 24 de mayo de 2010

Los errores de Vicente

¿Dónde va Vicente? Donde va la gente.

Y Vicente va.
No tiene muy claro adónde. Se podría decir que sabe de dónde viene, pero hasta ahí nomás. Siempre se ha ufanado de sus orígenes, de sus ancestros. Como si él fuera la síntesis de la supuesta gloria de los abuelos. Graso error, no craso, tratándose de Vicente.
Y en este siempre supo, o creyó saber de quiénes le convenía rodearse. A quiénes aceptar como amigos, a quiénes rechazar. Y eligió como amigos aquellos a quienes creía digno de su hidalguía. Y rechazó a los otros, a los humildes, a los más mestizos que él. Se codeó con todo aquel que fuera capaz de proporcionarle una imagen propia de revista de nivel, hoja pesada, papel ilustración satinado. Esquivó con desdén a los que salían en diarios astrosos o amarillentos.
Las veces que le dijeron que estaba en un error, tradujo para sí que los demás estaban en un error.
Las más de las ocasiones producía en los demás una imagen opuesta a la que pretendía.
Si se trataba de los poderosos, quería ser como ellos y terminaban compadeciéndose del ridículo alfeñique que se hacía el amistoso con los grandotes del barrio para azotar a otros alfeñiques como él.

Si se trataba de los de morondanga como él, quedaba como el vecino que nunca saluda y que quiere parecer buenito según la conveniencia.
Así es Vicente. Pero no mal tipo. Un poco ingenuo, eso sí. Se mira en el espejo que le devuelve un adonis habiendo recibido una larva apenas en pie.
Es de esos que organiza su cumpleaños buscando el compromiso de todos, porque teme que no aparezca nadie.
Vicente comprueba, pero avienta esa posibilidad impensable, que ha vivido en el error.
Graso error. Sobre todo cuando se apellida Nario.

sábado, 8 de mayo de 2010

Sana, sana, Susana (dislate del tomate)

Sana, sana, Susana, la confusa difusa musa profusa, quería hacer de su vida una vida vital, vívida y vivible. Sentía que moría de muerte -mortal suerte- cada vez que se dirigía a su trabajosamente a su trebejoso trabajo.
Sospechaba sospechar sospechosas intuiciones que intuía intuir intuyendo, pero se quedaba quedada y quedadamente quedaba cada vez más quedada.
Lo cual indicaba índices indicadores de algunas percibidas percepciones y ni aun así osaba asir a su ascetismo a su lado. A su vez se azuzaba a sí misma, asimismo a sí misma se ensimismaba en su hacinamiento social, total, qué mal cabal, abacial, abdominal, podría acabar acaso acabando acá, acaracolados ácaros acalorados a calor, acalambrados acarreos a carros académicos, endémicos, sistémicos, si este mico chico, sin pico ni rico, ni agónico, lacónico, porque los monos no hablan, ablandan a blusero Blas, blanco, blandiendo blasfemias, blindado, blusa bloqueada, bledo interesa que Teresa la abadesa, esa profesa inconfesa a frambuesa finlandesa, obesa, gruesa, tiesa a la mesa, se siente, miente, consiente, simiente malediscente, iridiscente, gente demente de mente ausente.
Sana, sana, Susana, nirvana de lana, enana cercana. Cerca, Ana cerca cerdos lerdos. Cuerdo, pierdo recuerdos izquierdos y ya no me acuerdo. Ni siquiera si quiera que muera la nuera que no era la que era la que espera. La pera le hicieron, jodieron, dieron que hacer a ser vil servil ,civil inmóvil, que busca incisivos motivos lascivos -vivos- para seducir, reducir, conducir, introducir, no reproducir. Sólo saciar, gozar, alcanzar al abalanzar alabanza -sin templanza- alianza con pujanza de lanza que da en el blanco ni manco ni lento, macilento, corpulento con talento aunque está lento y no violento ni viole entonces once bronces.
Sana, sana, Susana, su sana costumbre, lumbre sin pesadumbre ni podredumbre que vislumbre y se deslumbre.
Sana, sana, Susana mulata, si sus anales de plata dilata, dislata y mata de culata cuando pienso en denso incienso ese descenso -soy propenso- y tenso, extenso, inmenso, lo dejo en suspenso.
Sana, sana, Susana, tengo pretexto, largo sexto texto en este contexto y ando cerrando considerando que va durando y dejo para el fin el final del fin del delfín que finalizó, fingidas finanzas, fina finta en la finca del fin.
Fin.

domingo, 25 de abril de 2010

Intuición de viernes

El viernes a la tarde vino a matear mi amigo Iván, ese que -ustedes ya saben- está completamente chiflado. Conversamos como siempre con naturalidad de las cuestiones más asombrosas o intrincadas. Yo suelo ponerme en postura de racional a ultranza a veces, de romántico incurable otras y así en función de cómo se me presenten las ganas.
Iván nunca se coloca en una postura. No es tan artificial. Sus inquietudes son genuinas, más corazonadas que hipótesis fundadas. Y sin embargo, me resulta apasionante entrar en ese delirio que los amargos suavizan por dentro, como caricias al alma atormentada.
Iván, que empieza a divagar justo en el preciso instante en que sus ojillos vivaces se apartan de los míos, aparece con las más locas inquietudes. O con preguntas. Porque cree que tengo las respuestas o porque le interesa hablar con alguien que parece tener las respuestas.
- Tuve una intuición genial, no lo vas a creer.
Traté de disimular una sonrisilla condescendiente levantándome de la silla para cambiarle la yerba al mate.
- Buenísimo, me interesa. ¿y de qué se trata?
- Bah, es una especie de revelación en un sueño.
- Ah, la mano viene de experiencias místicas...
- No, boludo, ¿me dejás que te cuente?
Cómo no lo iba a dejar si vino para eso y conversamos para eso y discutimos para eso. No lo iba a sacar de tema para preguntarle por los celos de su novia ni los amabilísimas apreciaciones de su suegra sobre su persona. Soy masoquista pero no tanto. Asentí con un gesto.
- El mundo se creó el viernes al mediodía.
- A la mierda, ¿este viernes?
- Este viernes. Sí, señor...
- Ah, qué manera de perder tiempo antes... ¿No te conviene fumar otra cosa?
- No seas pavo. En serio...
Me encontré en un dilema. Lo tomo en serio o lo agarro para la joda. O busco un término medio, que tan mal no me sale.
- Ya sé, seguís leyendo a Galán de Barrio...
- ¿Galán de Barrio?
- Eh, sí, después te paso la dirección, contame...
- Bien, el mundo se creó este viernes al mediodía.
- ¿Se creó o lo crearon?
- Lo crearon, pero qué más da. No fue un dios a lo cristiano, musulmán, etc. Fue un demonio.
- Ah, vamos bien-, dije, tratando de punzarlo un poco- Así que demonios sí; dioses, no.
- No.-afirmó solvente- No un demonio tipo diablo. Un demiurgo. Un ser que juega con nuestra existencia...
- Buenísimo, esto se complica.
- Está claro, creó el mundo así como es, con huellas de como si hubiéramos vivido por milenios sobre la Tierra.
- Ah, ¿y mis recuerdos? ¿Y mi lucha por amar y ser amado? ¿Y mis viejos, que me vieron nacer?
- Tus viejos fueron creados así, como son, con esos recuerdos. Vos también. Yo. Hablamos de un demiurgo poderoso y juguetón que nos plantó recuerdos.
- Pero hay otra clase de testimonios del pasado. Videos, grabaciones...
- Sencilla objeción. ¡Las torres gemelas no existieron! ¡El gol de Maradona a los ingleses es un recuerdo plantado en nuestras cabezas y colocado en videos! Si este demiurgo es poderoso, nada le costaría generar estas memorias consistentes y sin incoherencias.
- Pero, ¿cómo puede tener tanto poder?
- ¿Acaso no le asignan omnipotencia al dios de los cristianos? ¿Cuál es la diferencia entre un dios que crea todo hace trece mil millones de años y uno que lo crea el último viernes al mediodía?
La conversación iba tomando un rumbo demasiado escabroso para mí. ¿Qué era esta nueva locura? De pronto, se me ocurrió una idea.
- Mirá, Iván, la ciencia ha determinado con exactitud los tiempos en que se produjeron cambios geológicos estructurales, las eras en que vivieron seres ya desaparecidos, como los dinosuaurios... ¿Qué me decís a eso?
- Nimiedades, para un ser todopoderoso son nimiedades. Todo significa todo. Nada más sencillo que crear un mundo con pliegues que rememoren cosas que no sucedieron.
- Pero...
- Nunca existió tu amor. Tu novia tiene plantados recuerdos similares a los tuyos. Fue creada como vos el mediodía del viernes. Lo que creías era tu amor es un designio de un demiurgo que juega con nosotros.
Al fin, ya estaba podrido de esa conversación. Los recursos de Iván parecían tan absurdos como inagotables. Lo contrario de mi paciencia. Empecé a juntar las cosas del mate como gesto inequívoco de que debía irse. Iván entendió.
- Bueno, creo que tengo que irme.
- Iván, ¿la seguimos la próxima?
- Mmmm, no creo que haya próxima, esta revelación me quitó las ganas de vivir.
- Estás recontra más loco de lo que me pareció en un principio.
- Tratá de encontrar un sentido a todo, vos que tenés todas las respuestas.
- Es que...
- Me puse como plazo el próximo viernes al mediodía... sin respuestas no quiero mi vida. No me gusta este mundo creado así.
Y se fue. Y el viernes se acerca.
No soporto la idea de que Iván viva sólo una semana.


[Publicado también en Villeraturas, 25/04/2010]

domingo, 11 de abril de 2010

The end


Desde hace unos días que tengo ganas de escribir una entrada sobre The Beatles, teniendo en cuenta que ayer se cumplieron 40 años de que el mundo se enteró de su separación. Pero no se me ocurre nada.

Podría decir, en todo caso, que los Beatles nacieron para mí prácticamente con esa separación. Que en mis ¿ocho? años, cuando mi viejo compró un tocadiscos, un vecino me prestó Yeah, yeah, yeah, versión argentina de A hard day's night [Anochecer de un día agitado], ese que tiene cuatro filas de cinco fotos de John, George, Paul y Ringo en blanco y negro. Y que esas melodías se me pegaron en la cabeza.
Por la misma época, Patoruzito e Isidorito, en alguna correría, iban a ver tocar a John y Yoko no recuerdo dónde. Lo curioso es que durante un buen tiempo yo creí que Yoko era un japonesito que había sustituido a algún beatle en la banda, porque en la tapa de Yeah... eran todos pibes occidentales.

Pero mi despertar adanbuenosayrano lo tuve casi diez años después de la separación, poco antes del ¿Me das autógrafo, John?, seguido del Here comes the Sun king que ya relaté. Mi hermano se hizo grabar un cassette de 90 minutos con 20 Éxitos de Oro y relleno con esas colecciones 1962-1966 y 1967-1970. Caí en la cuenta que no podía dejar de escucharlo. Cualquier excusa era buena para subirme al viejo Chevrolet Rally Sport y ponerlo en el estéreo. Tuve un período de un fanatismo tal que solo la locura de Malvinas vino a morigerar.

Siempre pensé que -seguramente en vistas de que por el lado económico no iba a tener con qué- debo dejarles un legado cultural a mis hijas. Y, aunque suene extraño, los Beatles y su música ocupan un lugar de privilegio, compartido con un racimo (no tan grande) de mis algunas otras verdades.

Puedo coincidir con Charly en que si tengo que llevarme un disco a una isla desierta, va a ser Abbey Road.
Con Hendrix, que a los dos días de salir Sergeant Pepper's... lo tocó entero en un recital omitiendo sus temas, como signo de admiración. En el teatro, entre sus oyentes, estaban dos Beatles.
Con García Márquez, que dijo algo de lo más maravilloso: "Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre, donde cae la nieve, con más de cincuenta años encima, y todavía sin saber muy bien quién soy ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que The Beatles comenzaron a cantar."
Con Quino: "Manolito (preguntando a Mafalda sobre su gusto por los Beatles): ¿Cómo pueden gustarte si no entendés lo que dicen?Mafalda: ¿Y? A medio mundo le gustan los perros y hasta el día de hoy nadie sabe lo que quiere decir ¡guau! "
"Dios mío,... los malditos genios lo hicieron de nuevo!!!", uno de los Bee Gees (Robin), que estaban intentando hacer un disco al estilo Revólver, y los cuatro sacaron algo del otro mundo que cambió todo: Sgt. Pepper's...
¿Será posible que siempre nos pateen el culo?, Keith Richards, guitarrista de los Rollings. 

Bueno, mucho más no puedo agregar. Si hay expresiones artísticas que me emocionan hasta las lágrimas, no son los sublimes cuentos de Borges, ni los inigualables poemas de Neruda, ni nada de una larga lista de artistas que admiro hasta la veneración. Son, sí, canciones de estos cuatro tipos que hace cuarenta años que se están yendo y me van llevando con ellos...
...hoping yo take you away

domingo, 16 de agosto de 2009

...y un día no se fue

A falta de afano de guitarra, buenos son los guitarreos con afán...

Con motivo de la pérdida de la propiedad autoafanante que ostentaba mi guitarra, es decir, se hacía robar los 15 de agosto de los años terminados en 9 (1989, 1999) y habiendo zafado de tal manera esta vez que la algarabía general llegó al río (algo me dice que con la condición de que no la toque más), el amigo Neto ha compuesto, en colaboración con la gente del grupo Mirinda Naranja, la siguiente canción que quiero compartir con ustedes, heroicos lectores. Las conclusiones corren por su cuenta

La Guitarra del Oso (Mirinda Naranja)


Es un robo
es la guitarra del Oso
quién quiere robar mi gran guitarra
y yo Oso
es un robo
es la guitarra del Oso

oh! mi guitarra
oh! mi guitarra
que viajera es
a pié o en bus

es un robo
es la guitarra del OSo
es tan viajera
igual que un tour

oh! mi guitarra
oh! mi guitarra
que viajera es
a pié o en bus

oh¡ mi guitarra
oh¡ mi guitarra
es tan viajera
igual que un tour

mi gran guitarra

¡Atención! Tantos son los pedidos recibidos en el blog de lectores ávidos por cantar el hit "La guitarra del Oso", que hemos decidido incorporar -excepcionalmente- un pequeño midi con el fin de satisfacer tales demandas. ¡Todos al karaoke, con el hit del Neto!

Bajar "La guitarra del Oso" versión midi

¡Gracias, Neto, y espero una entradita gratarola cuando salga de gira!

domingo, 19 de julio de 2009

Bicho raro

Visto que la amiga María Fernanda (Humo) ha considerádome un bicho raro otorgándome este regalito
PREMIO RAREZAS
y considerando que quien lo recibe debe contar 7 (siete) rarezas propias y pasarlo a otros 7 (siete) beneficiarios, resuelvo responder de la siguiente manera:
- contaré mis 7 (siete) rarezas aun quedándome corto;
- dejaré al libre albedrío de mis escasos lectores llevarse el girasolete. Eso sí, sepan que está para agarrarlo libremente. Eso sí, otra vez, no se excedan de los 7 (siete) manoteadores...
Considerando además que lo que a uno le parece rareza, a otro le puede parecer no serlo, o peor aún, puede parecerle trivialidad o simplemente estupidez. A riesgo de que me califiquen demasiado objetivamente, van las rarezas:

1° No tengo televisor. No tengo apuro por tener televisor. No tengo idea de qué se ve en la televisión de los últimos años. Eso sí, si hay algún partido interesante (lo cual es raro) rajo a alguna casa a mirarlo.

2° A la mesa, me siento casi siempre sobre mi pierna izquierda apoyada sobre la silla y flexionada debajo de la derecha, lo cual me ha reportado más de una cara de baja espalda en mi vida profesional.

3° Desconfío de los hombres vestidos con traje. Y de mí mismo en las (escasas) ocasiones en que me ha tocado vestirlo. Que se me acerque alguien vestido de traje me produce la misma sensación que a mucha gente le produce cuando se le acerca un linyera.

4° Duermo en un colchón sobre la alfombra. Sin palabras.

5° Hace años que no me peino. Está bien que no queda gran cosa, pero...

6° Me levanto muy temprano, por lo general una hora y media o dos antes de entrar a las siete a trabajar. Esto es para leer algo tranquilo y tomarme el tiempo para los amargos en paz antes de las carreras cotidianas.

7° En algunas cosas soy terriblemente perfeccionista y en otras insoportablemente dejado o indiferente. La rareza consiste en que esto sucede sin un criterio común o coherente que pueda encontrar como patrón de comportamiento.

Bueno, ya está, hice la tarea. Si alguien tiene ganas de llevarse el regalito, hágalo, era para ese alguien. Eso sí, no más de 7 (siete), por favor...

¡Gracias, María Fernanda!