ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
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miércoles, 5 de agosto de 2026

Breviario del viajante sideral

Caer así, inopinadamente en un lugar, por más que hayas estudiado todos los mapas y leído todas las reseñas, no deja de ser un cuenco para el asombro, que es lo que nos mantiene vivos, según mis maestros.

Quizás sean las sombras -el paso de los soles sobre la cabeza- que van modelando diferentes paisajes según realce tonos pálidos, brillos, ocres o irisados. Quizás los habitantes o los artefactos que a cada paso nos incitan a arrebujarnos en nuestros atuendos que tal vez instintivamente insinúan protección. O quizá el pisar un nuevo paisaje estudiado, inteligido, pero que no ha zaherido nuestros ojos, ni irritados nuestras pieles y de pronto osa atravesarnos en un lance impúdico y sajante.

Eso que algunos llaman sorpresa, que no es más que una insigne muerte a lo conocido y ajado, un pequeño parto racional a lo nuevo, es parte del rito iniciático, de otro Jordán que nos renueva y de casi cualquier cachetada sin aviso.

Por más enciclopedias que leas, nada te prepara para migrar. Ni siquiera el capitán de la nave, ni los instructores, ni el aviso siempre recurrente de la madre que pone una prenda de más.  

Y aun cuando ensayes pasos, idiomas, dialectos, giros y gestos no serás capaz de ser uno más hasta que cierto hartazgo como el conocido de la tierra que dejas aparezca azuzado por un ocaso que no se apura en declinar.

Y tal vez, en ese vértigo lento del asombro cotidiano, un día el hastío te haga sentir uno más del paisaje y de lo que algunos trasnochados llaman cultura.

Así, viajante sideral, comenzarás a comprender las lealtades y traiciones que tú mismo cometerás en esa tarea infinita de ser uno más apenas diferenciado de quienes quisiste -en un somnoliento delirio- conquistar. 

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Este texto medio rarongo aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura  sobre PRIMER CONTACTO. Allí encontrarás más y mejores relatos. 

domingo, 27 de octubre de 2024

Carlitos

Con once años son otros los horrores, efectivamente.
Jugar a las escondidas se podría considerar casi normal una tarde de primavera; jugar en grupo, en las veredas gritando y chillando como chicos que solo le temen a los castigos de los grandes, pero había otros miedos más profundos. Miedos que aparecían en las conversaciones a media voz de las mujeres y el silencio casi obstinado de los tipos que, metalúrgicos y marrones como mi viejo, ya no podían reconocer un lugar como propio. Fascinado y aterrorizado, desde la ventanita de la puerta de casa vi -vimos- llegar con mi familia, la larga caravana que invadía la ciudad. Parecía sacado de una película de guerra, el grueso llegaba por la Ruta 9 (hoy Ruta 21). Los veíamos apostarse en todo el predio de Las Dos Rutas, atrincherarse en las grandes cunetas del Chapuy al frente de casa, comunicarse por radio. Yo no decía nada, nadie decía nada. Sólo esperaba que de un momento al otro apareciera un enemigo que simplemente no existía. Entonces, por las noches, las corridas por los techos –de soldados, creíamos—nos obligaron a mi hermano y a mí a dormir en la pieza de la Nona, que no daba a la escalera como la nuestra.

Es que Villa estaba invadida. Mis viejos no me dejaban hacer refugios para juegos en los baldíos, ni correr cuando veíamos un extraño, no sea cosa que los fachos nos peguen un tiro. Yo me imaginaba los fachos como alguna especie de monstruos de película, que no tenían contemplaciones con los seres humanos… finalmente no estaba tan equivocado…

A Carlitos Ruescas –que vivía en la cuadra de atrás- lo vigilaban, a Manuel Duarte –que vivía a la vuelta— lo vigilaban. Había tipos raros dando vueltas por el barrio, se apoyaban en los tapiales y de vez en cuando hablaban por radio o charlaban con otros que se acercaban en auto. Los vecinos ni siquiera se atrevían a salir a la vereda en esos casos. Mis viejos me decían que si preguntaban por alguien dijera que no lo conocía o que no sabía nada, pero nunca me preguntaron, aunque sí a otros chicos.

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Pero otra dimensión del miedo nos iba a traspasar una tarde de primavera jugando a las escondidas con el Jole y dos o tres de los chicos del barrio. Marcelito Ruescas no estaba con nosotros, hacía un tiempo que no lo veíamos, pero igual jugábamos en el tapial de Prunes, frente a su casa. Sin prestarle demasiada atención vimos llegar un Renault 12 naranja y un Falcon negro. Pero si los autos no decían nada, los tipos que venían en ellos, sí y las armas que traían, mucho más. Ahí nomás dejamos de jugar y sin pensarlo demasiado nos sentamos al solcito contra el tapial a ver a qué venían por el barrio.
Bajaron tres o cuatro de los seis o siete que eran. Al mando se veía un tipo más petiso y robusto, de poco pelo, con anteojos negros que nos miró como con asco y luego haciendo caso omiso de nuestra presencia. Abrieron el portillo y golpearon la puerta. Como tardaban en responder se impacientaron, dieron algún golpe con la culata de un arma y algo dijeron en tono imperativo, pero mi fascinado horror no me permite recordar palabra alguna, más que entender que se estaba bañando y por eso tardaba. Al final, salió Carlitos, sin sorpresa en el rostro, pero con expresión triste. Lo llevaron a uno de los autos  con el revólver a la cabeza y una ametralladora por la espalda.

Al volver a casa y contar, mi mamá no podía creer. Carlitos y Mabel su esposa eran conocidos de toda la vida desde que vino a Villa desde su pueblo. Mabel vivía a la vuelta de la casa que alquilaban antes de casarse. Ambas y con otras amigas disputaban divertidos carnavales con Carlitos y otro muchachos, como se estilaba. Carlitos era incapaz de portar un arma y menos de usarla. Era un buen tipo, nada más ni nada menos que eso, con la única culpa de pensar que vale la pena el compañero de trabajo, que valen la pena los compañeros.

Cuando mi tío Tristán vino con la noticia unos días después, mi vieja se puso a llorar a mares y mi viejo se hundió más y más en su triste silencio. Habían encontrado a Carlitos, a Julio Palacios y a la abogada María Concepción De Grandis horriblemente asesinados con una saña increíble en una zona rural.

Yo apoyé los brazos sobre la mesa y la cabeza en ellos y repasaba mentalmente la tarde fatal en que se llevaron a Carlitos, fuimos los últimos del barrio en verlo con vida, una vida que él seguramente sabía que se le iba, que se la robaban. Cuando le tocó a Manuel -eran los mismos tipos- sus familiares alcanzaron a decirles que no estaba en la casa. Mientras los entretuvieron, Manuel salía por el fondo a casa de otros vecinos y de allí al exilio en el propio país, en la propia tierra varios años…

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Villa estaba invadida, la muerte se hacía cotidiana y cercana. Pero no la muerte de la vida que llega a su culmen, la muerte de la vida segada inútil y cruelmente.
Aún hoy, ese tapial, esa casa del barrio, me traen invariablemente el doloroso recuerdo de los que no están, del sufrimiento de mi vieja y el hondo silencio de mi viejo que nunca más tuvo ganas de ir a truquear con sus amigos al club, no sé si por otros conocidos asesinados en un bar, si por temor a dejarnos solos en las tardecitas o algún otro miedo y, la verdad, nunca me atreví a preguntar aquel porqué.
Nunca volví a ver a Marcelito Ruescas, no sé si pudo ser luego alguna vez el pibe alegre, con esa insolencia inocente y esa picardía desbordante que tenía. No creo… Con once años, son otros los horrores, efectivamente… definitivamente.

viernes, 27 de julio de 2012

Use y abuse de la palabra

El prolífico licenciado Emilio Notuyo, cuya profusa obra no será divulgada aquí por motivos varios -que no dejan de incluir cierta trivialidad- sigue escribiendo de las suyas y nos ha hecho llegar su nueva obra Use y abuse de la palabra que, a no dudarlo, verifica que su autor ha hecho gala de la segunda parte del título.
Nuevamente la fina pluma de Notuyo nos inspira a la reflexión. Consideramos que Use y abuse de la palabra es un nuevo acierto comercial haciendo caso omiso de quienes no dudan en sugerir que la editorial Libros de Autor -que produce a nuestro escritor- resulta ser propiedad de su tía abuela Irene Secarro. Eludiendo la tentación que esto nos impone, asumiremos que algunos extractos de Use y abuse de la palabra podrían ser útiles para movilizar la reflexión de nuestros queridos lectores.

"No siempre se las lleva el viento
Res, non verba. Así reza un proverbio latino que se suele traducir (¡ay, traduttore traditore!) como hechos, no palabras
Del dicho al hecho hay mucho trecho.
A las palabras se las lleva el viento.
Parole, parole... y muchos más ejemplos nos muestran la inferioridad o trivialidad de las palabras cuando se trata de hacer efectivo su decir. Es infinita la literatura al respecto, por lo que este autor omitirá cansar al lector y encarecer la edición desarrollando sus incontables corolarios.
Sin embargo, habrase de reconocer que hay -como suele suceder- espacios, archipiélagos de aconteceres, en que las palabras adquieren un valor absoluto. Sí, absoluto. Piénsese aunque más no sea en el tan denostado juego del truco -al que se le achaca ser un compendio de compadradas y vivezas criollas decadente, comentario que no suele rozar al poker, vaya uno a saber por qué- como ejemplo de valor absoluto de la palabra. Haga usted la prueba de sentarse en una mesa de truco y cantar una falta envido para luego decir que fue una broma. Tendrá allí una noción clara de lo que intento explicar. Ni hablar si por haberse quemado la lengua con una papa caliente y -en una mesa de desconocidos- canta ¡tluco!
El juego del truco, como muchos otros ejemplos que se le ocurrirán al noble lector, entre los que se pueden incluir las bolitas, la arrimadita con sus cantos que se convierten en conjuros: ¡último!, ¡al lao!, ¡al lao, al lao!, ¡toda buena para el tirador!, etc.

El poder de la palabra
No deja de resultar cuanto menos llamativo el poder de ciertas palabras. Cáncer es un término más cuando refiere a un signo del zodíaco, mas jamás de lo utiliza a viva voz para comentar entre vecinos que alguien lo padece. Es preferible utilizar una enfermedad mala, algo jodido o expresiones tan felices como estas para referirse al mismo.
Curioso es que los medios de comunicación la utilizan indiscriminadamente a fin de hacer notar que el cuarto poder está por encima de la palabrita que no repetiré. Es que evidentemente la palabra de referencia parece tener el poder de atraer cierta maldición sobre quien la menciona en una conversación. Investigadores del Conicet se encuentra sumidos en la tarea de desentrañar si el poder de la misma consiste en atraer la enfermedad sobre quien la menciona. Por las dudas, en sus extensos informes no se la menciona. Esto ha acarreado ciertos inconvenientes a la hora de publicar los resultados de la investigación, como se puede inferir.

Todos conocemos el valor de los conjuros. Cierto es que mientras nuestra racionalidad occidental nos alerta -y nos hace proferir diatribas- contra las supersticiones y las creencias en los conjuros, por lo bajo tomamos muy en serio cuando nos dicen que alguien cree que las cosas le van mal porque le hicieron un daño. Y esto no es secundario, las más aquilatadas de las religiones dieron y dan un valor absoluto a algunas fórmulas rituales y hasta la identifican con el ser supremo. Exorcismos, indulgencias, absoluciones, bendiciones y maldiciones varias se cimentan en la palabra poderosa y portadora de efectos tan contundentes como los de un martillo.

Extracto de la conclusión
...la palabra es un hecho. Y tan es así que la palabra nos hace humanos, del mismo modo que los artefactos. Que jamás veamos un mundo donde lo sutil e intangible sea menospreciado o minusvalorado.
Use y abuse de la palabra, será usted un ser humano..."

Dejamos aquí al escritor con sus delirios de escaparate. Conocemos de sobra sus fútiles intentos de arrinconarnos con vocablos dudosamente entretejidos. Aunque tal vez, bajo la escoria abundante e inconsistente encontremos algunos retazos que valga la pena repasar o al menos no arrojar a las llamas de próximo asado, sobre todo para evitar indigestiones inoportunas.


martes, 20 de julio de 2010

Jactancia

[de uno que le escapa al día del amigo]
Si hay algo de lo que no me puedo jactar, es de mis amigos.
Van algunos de los comentarios que me ha  tocado oír a lo largo de mis años.

Con amigos como esos no vas a ir a ningún lado.
Tenés de juntarte con gente importante, influyente, no con fulano o mengano que no son nadie en la vida.
¿Y qué querés?, es tu amigo...
Tus amigos te agarran de boludo.
No tienen iniciativa, viven de recuerdos.
Muy ocupado/a no debe estar, está conectado/a todo el día...
Tomá, ahí tenés, vos te lo elegiste.
Se la pasan diciendo/escribiendo boludeces.
¿No había mejores..?
¿Ese/a pavo/a, (boludo/a, cornudo/a, trucho/a, inútil, vago/a, etc...) es amigo/a tuyo? 

Y créase o no, no recuerdo un solo elogio relativo a mis amistades.
Jamás un
¡Qué suerte, qué buenos amigos tenés!
Ojalá yo tuviera amigos como los tuyos.
Vos sí que sabés elegir amigos
¡Qué bueno, tenés nuevos amigos!
o expresiones por el estilo.

Sin embargo, esa manga de atorrantes
me banca,
me perdona,
me abraza,
me aguanta,
me presta guita,
me ceba mate,
me visita aunque yo no,
se ríe de mis chistes pavos,
de mis infantilidades,
de mis debilidades,
me dice que no cuando es no,
me dice que sí cuando lo necesito,
me dice que cuenta conmigo,
intuye cuando me siento solo,
triste,
se alegra con mis alegrías.

No quiero amigos importantes, influyentes, decentes, presentables, inteligentes, exitosos, condescendientes... Quiero a los que son capaces de enfrentarme conmigo mismo a través de su propia verdad.
Si hay algo de lo que me puedo jactar, es de tener esos amigos.

sábado, 8 de mayo de 2010

Sana, sana, Susana (dislate del tomate)

Sana, sana, Susana, la confusa difusa musa profusa, quería hacer de su vida una vida vital, vívida y vivible. Sentía que moría de muerte -mortal suerte- cada vez que se dirigía a su trabajosamente a su trebejoso trabajo.
Sospechaba sospechar sospechosas intuiciones que intuía intuir intuyendo, pero se quedaba quedada y quedadamente quedaba cada vez más quedada.
Lo cual indicaba índices indicadores de algunas percibidas percepciones y ni aun así osaba asir a su ascetismo a su lado. A su vez se azuzaba a sí misma, asimismo a sí misma se ensimismaba en su hacinamiento social, total, qué mal cabal, abacial, abdominal, podría acabar acaso acabando acá, acaracolados ácaros acalorados a calor, acalambrados acarreos a carros académicos, endémicos, sistémicos, si este mico chico, sin pico ni rico, ni agónico, lacónico, porque los monos no hablan, ablandan a blusero Blas, blanco, blandiendo blasfemias, blindado, blusa bloqueada, bledo interesa que Teresa la abadesa, esa profesa inconfesa a frambuesa finlandesa, obesa, gruesa, tiesa a la mesa, se siente, miente, consiente, simiente malediscente, iridiscente, gente demente de mente ausente.
Sana, sana, Susana, nirvana de lana, enana cercana. Cerca, Ana cerca cerdos lerdos. Cuerdo, pierdo recuerdos izquierdos y ya no me acuerdo. Ni siquiera si quiera que muera la nuera que no era la que era la que espera. La pera le hicieron, jodieron, dieron que hacer a ser vil servil ,civil inmóvil, que busca incisivos motivos lascivos -vivos- para seducir, reducir, conducir, introducir, no reproducir. Sólo saciar, gozar, alcanzar al abalanzar alabanza -sin templanza- alianza con pujanza de lanza que da en el blanco ni manco ni lento, macilento, corpulento con talento aunque está lento y no violento ni viole entonces once bronces.
Sana, sana, Susana, su sana costumbre, lumbre sin pesadumbre ni podredumbre que vislumbre y se deslumbre.
Sana, sana, Susana mulata, si sus anales de plata dilata, dislata y mata de culata cuando pienso en denso incienso ese descenso -soy propenso- y tenso, extenso, inmenso, lo dejo en suspenso.
Sana, sana, Susana, tengo pretexto, largo sexto texto en este contexto y ando cerrando considerando que va durando y dejo para el fin el final del fin del delfín que finalizó, fingidas finanzas, fina finta en la finca del fin.
Fin.

domingo, 19 de julio de 2009

Bicho raro

Visto que la amiga María Fernanda (Humo) ha considerádome un bicho raro otorgándome este regalito
PREMIO RAREZAS
y considerando que quien lo recibe debe contar 7 (siete) rarezas propias y pasarlo a otros 7 (siete) beneficiarios, resuelvo responder de la siguiente manera:
- contaré mis 7 (siete) rarezas aun quedándome corto;
- dejaré al libre albedrío de mis escasos lectores llevarse el girasolete. Eso sí, sepan que está para agarrarlo libremente. Eso sí, otra vez, no se excedan de los 7 (siete) manoteadores...
Considerando además que lo que a uno le parece rareza, a otro le puede parecer no serlo, o peor aún, puede parecerle trivialidad o simplemente estupidez. A riesgo de que me califiquen demasiado objetivamente, van las rarezas:

No tengo televisor. No tengo apuro por tener televisor. No tengo idea de qué se ve en la televisión de los últimos años. Eso sí, si hay algún partido interesante (lo cual es raro) rajo a alguna casa a mirarlo.

A la mesa, me siento casi siempre sobre mi pierna izquierda apoyada sobre la silla y flexionada debajo de la derecha, lo cual me ha reportado más de una cara de baja espalda en mi vida profesional.

Desconfío de los hombres vestidos con traje. Y de mí mismo en las (escasas) ocasiones en que me ha tocado vestirlo. Que se me acerque alguien vestido de traje me produce la misma sensación que a mucha gente le produce cuando se le acerca un linyera.

Duermo en un colchón sobre la alfombra. Sin palabras.

Hace años que no me peino. Está bien que no queda gran cosa, pero...

Me levanto muy temprano, por lo general una hora y media o dos antes de entrar a las siete a trabajar. Esto es para leer algo tranquilo y tomarme el tiempo para los amargos en paz antes de las carreras cotidianas.

En algunas cosas soy terriblemente perfeccionista y en otras insoportablemente dejado o indiferente. La rareza consiste en que esto sucede sin un criterio común o coherente que pueda encontrar como patrón de comportamiento.

Bueno, ya está, hice la tarea. Si alguien tiene ganas de llevarse el regalito, hágalo, era para ese alguien. Eso sí, no más de 7 (siete), por favor...

¡Gracias, María Fernanda!

domingo, 19 de abril de 2009

Sin pensar dos veces

Yo, que anduve tantos caminos,
buscando, quién sabe, oscuros destinos,
cruzando los mares, las nieves eternas,
sin pensar dos veces
me quedo con el de tus piernas.

Yo, que presencié mil batallas,
la muerte cercana de cruenta metralla,
la dura derrota, algún triunfo ufano,
sin pensar dos veces
me quedo con la de tus manos.

Yo, que visité mil palacios,
boato, lujos, rubíes, topacios,
y el barrio donde la miseria toca,
sin pensar dos veces
me quedo con el de tu boca.

Yo, que estuve bajo mil soles,
hollando arenas, trepando las moles,
ante el templo diurno postrado de hinojos,
sin pensar dos veces
me quedo con los de tus ojos.

Yo, que acaricié mil quimeras,
de pelear utopías sembrando las eras,
mordiendo los labios, sorbiendo la hiel,
sin pensar dos veces
me quedo con la de tu piel.

martes, 24 de marzo de 2009

Palabras que nadie leerá


Ya tengo el agua en el termo y empiezo los amargos. No hay nada por hacer. Bajo la parra del patio de ladrillos asentados me espera la reposera del viejo. Antes de sentarme a matear libero los jilgueros y el corbatita. Sí, he dudado un instante, si los agarra un gato... Los libero igual. La jaula oscila marcando el escaso tiempo que me queda. Me quedo mirándola. Mi mente vaga vacía al comienzo y reflotando viejas sensaciones después. Tiempos idos. Demasiado idos.

Y vuelve mi viejo desde la penumbra menguante a decirme esa frase que soltaba cada vez que la oportunidad se daba: Todos somos dignos por igual. Y me dan ganas de plantarme y echarle en cara la mentira cuando largas lágrimas me devuelven la confusión del día.

Un extraño silencio apagado por un murmullo hosco.

Vienen, ya sé que vienen.

Ya los escucho en mi vereda, pasos tenues, trotes, improperios.

Ya se atropellan. Ya putean por lo bajo, los siento bufar maldiciones terribles proferidas en nombre de quién sabe qué principio.

Ya nombran a Dios como si les perteneciera, como si su nombre alcanzara para ampararlos, semejante idiotez.

Tengo una tarea que cumplir, acaso la última. Algo que decir. Cuando cede la puerta camino mate en mano hasta el zaguán. El ruido violento del último sorbo los amedrenta y los enfurece más. Siento el primer golpe al preguntarme el primer por qué. Y sé que algo dije, ojalá pudiera recordarlo.

No entiendo demasiado las acusaciones, pero sí sus motivos, su necesidad de justificar lo atroz. Hace frío aquí, mucho frío.

Vienen de nuevo, me preguntan, ceremoniosos, si estoy listo. Les pido cinco minutos para escribir estas palabras que nadie leerá, por el honor de mi viejo. Todos somos dignos por igual.

viernes, 20 de marzo de 2009

Tócala de nuevo, John

Hoy no voy a jugar a hacerme el escritor. Sólo quiero recordar un acontecimiento: la encamada (bed in) de John Lennon y Yoko Ono. John y Yoko se casaron el 20 de marzo de 1969 en Gibraltar. Quiero dejar de lado mi sentimiento de beatlemaniático insoportable, es decir, no fustigar a Yoko como en parte lo merece sino centrarme en lo simbólico todo lo que pueda.
Luego del casamiento, pasaron dos encamadas de dos semanas cada una en Amsterdam y Montreal con doce horas abiertas a la prensa por día. Giro mediático, autopublicidad, egolatría... como se quiera. Pero el mundo estuvo pendiente de dos pelilargos que hablaban de paz y las cámaras de la televisión mundial, por única vez durante el conflicto les dedicaron horas a quienes suplicaban por que se termine la guerra en Vietnam.
La consigna, hoy archiconocida, hacer el amor, no la guerra se propagó al mundo y miles de espectadores se convirtieron en activos reclamantes por la paz, por los derechos de las naciones de autogobernarse, por decidir su futuro. Plazas céntricas enteras en las grandes capitales dedicadas a acariciarse y darse cariño a la vista de preocupados agentes de bolsa, ministros y militares que ejercían su poder desde sombríos edificios.
John, consciente de que los Beatles estaban entre las personas más escuchadas del mundo -sino las más-, levantó la proclama y dio que hablar, vaya si lo dio.

Hoy, a cuarenta años, me pregunto si habremos aprendido algo de la osadía de los públicos amantes. Me pregunto si el anecdotario me devuelve una sonrisa compasiva por la ilusión de la paz posible. Me pregunto cuántas encamadas serían necesarias para lograr la paz. Me pregunto, qué haría John si estuviera vivo. ¿Volvería a encamarse o, como a fines de los setenta se encerraría a ver cómo crece su hijo? Cavilaciones y más cavilaciones.

Sin embargo, no creo que todo haya sido en vano. Basta con creer que el amor puede salvar el mundo, pero como dice el refrán: con el mazo dando. El amor que salva, intuyo, es una tarea, no sólo un suspiro. Impone ensuciarse las manos para trasformar la materia en arte. Para lograr la sonrisa de un niño...

Una cosa más, una bella tarea, la próxima vez que acaricies a quien tienes cerca, pensá que estás aportando una gotita al mar de una humanidad más unida, más plena. Que sólo es una gota, pero que no puede faltar, porque otra no la sustituye. Tal vez, en la próxima mirada profunda, descubras otra vez que hay que hacer el amor, no la guerra... aunque existan muchos marks.

sábado, 14 de febrero de 2009

Con don Wally

Esta vez no voy a pretender engatusar sensibilidades con un relato o un forzado poema.
En el blog llamado Los deseos de la carne (recomiendo su lectura, si es que alguien puede tomarme en serio), su autora -Lascivia- me ha obsequiado este Meme (¿queloqué?) simpaticón, el cual interpreto como un condón awallyzado.
Resulta que el simpatico artefactito requiere ser obsequiado a su vez a otros cinco blogs, pero la consigna incluye decir cinco -interpreto- cosas sobre uno mismo.

Acá vamos:
1.- Soy un sufrido hincha del glorioso San Lorenzo
2.- Tengo dos hijas que, por suerte, toman sus propias decisiones.
3.- Me cuesta mucho escribir y cada escrito es un parto, eso cuando se me ocurre algo...
4.- Me gusta mucho escribir, tal vez porque charlando no puedo hilvanar veinte palabras seguidas sin provocar el bostezo de mi interlocutor/a.
5.- Tengo algunas virtudes (creo)

y ahora que estoy con don Wally, lo obsequiaré a cinco blogs, cuatro por lo menos de los autores de los cuales querrán machacar mi traste a puntapiés, pero tal vez por discreción no lo hagan:

1.- El primero es Netomancia ya que el Neto es un gran escritor y un gran tipo a quien admiro y mucho. Tiene la virtud de crear universos con sólo cerrar los ojos y eso no es para cualquiera.

2.- El segundo es para El Desgraciosaurio de Álvarez y no porque Clarín lo haya mencionado, sino porque (va mi honra) sabe cuánto lo admiro desde aquella vez que me caricaturizó cuando compartimos algún laburo (¿?) años atrás.

3.- El tercero es para Mi Camino a la Locura, de Luzzy Durán, porque nadie describe sus sensaciones como ella según mi entender.

4.- El cuarto es para Silvina.com.ar de Sil, por su personalísima forma de escribir, sus versos precisos y contundentes como martillos. Eso sin contar que tuvo la insania de dedicarme un poema.

5.- El quinto para el Taller Literario Kapasulino de Villa Constitución, unos chicos que escriben como dioses del taller -que es su olimpo- y riegan de bellas palabras y fuertes sensaciones la ciudad.

Estemmm, no creo que alguien me tilde de localista si tres de los cinco blogs premiados son de mi ciudad. Sucede que a muchos de ellos los conocía por otras razones (Villa es una ciudad de algo más de 50 mil habitantes) y por este medio descubro que están llenando el firmamento de estrellas con sus creaciones. Va mi admiración en esto.

Dicho esto, me falta agradecer a Lascivia (y no Lasilvia como dijo mi sobrinita...) y pasar la posta.

domingo, 4 de enero de 2009

Monólogo del macho argento

¿Quién entiende a las mujeres?
No, la verdad que nadie. Hace más de veinte años que me casé y yo pensé que a mi mujer la conocía de cabo a rabo, je. Te juro que todo bien, yo laburaba, ella en casa, obvio. Pero no sé que le pasó, le atacó a la loca. Viste, al fin son todas iguales, uno les da todo y ellas son como la gata flora.

Un día se le dio por laburar, bárbaro dije yo, hago menos horas extras en la fábrica y te doy una mano en la casa, total los pibes ya están criados. Qué boludo, lo peor que pude hacer. Le agarró el gustito la guacha. Para qué te voy a contar.
Viste, yo venía de la fábrica y me iba al club a tomar una cervecita y hacer un par de trucos. ¿Con qué arrancó? Ya te digo. Negro, vengo reventada de la oficina, me arreglo un poco y me voy con la Mariela a tomar algo. Está bien, dije yo y pensé quién entiende a las mujeres, ésta antes reventaba en la casa y me esperaba con la cena; ahora se rasca en la oficina esa -que no hacen nada- y viene reventada...
Claro, pero después arrancó: Negro, vos te vas a pescar con los muchachos algunos fines de semana; yo me voy a ir unos días a las termas con las chicas, de vez en cuando nomás. Y dale, qué le puedo decir, lo hace para hacerme doler la hija de remil putas.

Negro, viste que vos tenés la peña de los viernes, con las chicas vamos a salir, pero no te aflijas llego más o menos a la misma hora que vos. Nooo, me mató... ¿Y si se van de joda por ahí? ¿y si se la levantan? No está tan fea la guacha, capaz que conoce un pendejo que hace fierros y a la mierda, cornelio a esta edad. ¿Se habrá enterado que andamos por los cabarutes con la barra?

La cuestión que Negro de acá, Negro de allá, quiere hacer todo lo que hago. No se da cuenta que soy hombre y que tengo que hacer estas cosas, la naturaleza manda... Está tarada la guacha, la mato. Claro, pero si le pongo una mano encima voy en cana.
Un día de estos, un día de estos me hago trolo, así sufre la inmunda. Ah, querés que te dé, no, vaya con la Mariela de joda, el pajarito se durmió. Va a ver lo que es bueno.

De hoy no pasa, va a ver esta...

Ayer no me animé, pero le voy a decir, que qué te creés y etcétera, etcétera, etcétera...

Hija de puta, no tuvo tiempo de hablar, sale con la Mariela...

El sábado sí, de acá no salís...

Qué domingo de mierda, ¿a qué hora piensa llegar esta guacha..?

Cuando me diga de ir a tomar algo con las chicas la surto...

Y bue, me cocino solo por hoy nomás...


(Importado de Villeraturas, 19/04/08)

sábado, 5 de abril de 2008

Sueña la niña

para mi Virginia

Sueña la niña que la sueñan y en el sueño sólo sueña que la sueñan.

Y en un suspiro leve vuelve a recorrer los ratos de misterio que florecen en su piel.

Y sueña que cuando sueña la miran bella e insolente.

Y no hay dolor ni pesar ni duele tanto lo perdido.

Recuerda el futuro y no lo abarca,

lo ve inmenso y se acurruca y sólo sueña que la sueñan.


jueves, 20 de marzo de 2008

Elogio de la lluvia


Me gusta la lluvia. Me gusta el sonido de la lluvia retintina a veces, violenta otras. Me gusta que acalle las voces diarias y repentinamente se cuele entre las grietas del blindaje que llevamos puesto o que construimos como los caracoles y nos ablande un poco. Me gusta cuando apaciblemente se deja caer despreocupada, insolentemente vertical definiendo lugares y cobijos.

Es hermoso caminar bajo la lluvia, así, tan vulgar como las letras que escribo puedo declarar y manifestar que es bárbaro mojarse lentamente. Las primeras gotas salpican destellos en tu pelo suave y sediento, se quedan como esperando adornar aun más tu sonrisa; pronto son arrastradas por otras más presurosas, diluidas y tan pronto como caen se transforman en un sólo paño confuso. Muchas intentan penetrar por debajo de tu abrigo para besar tu piel y lo logran y te besan y se funden en la tibieza de tu cuerpo. Y yo las imagino y envidio un poquito la naturalidad con que te acarician.

Otras quedan en los árboles y cuando para la lluvia siento la tentación irresistible de darle un golpe seco al tronco para que se moje un poco mi hermano como en los viejos tiempos. Las más llegan al suelo, conocen perfectamente su camino de ir siempre, deshacerse, reunirse, penetrar hasta lo más hondo y un poco más.

Después de estos delirios te diré que sigue siendo bella y lo sería, quizás, sin que nadie la observe y piense cosas como éstas o aun peores.
La lluvia nos desnuda, nos muestra indefensos. Y más le teme el más encumbrado, el que toma tantas precauciones en su vida que sufre el barro que lo refleja y amenaza: Vos sos yo y yo soy vos. El mundo artificial teme demudarse con la lluvia. Por eso amo tu rostro sereno realzado por el agua virginal que opta por seguir tus rasgos suaves sólo un instante antes de perder la vida en la caída. Porque saben esas gotas que después de haberte acariciado merece la pena la muerte, que ya no es la muerte.

Entonces pareciera que todas eligen recorrerte y besarte. Incluso las que quedan en mis manos reclaman la caricia de tus mejillas caudalosas y ellas, descorriendo sutiles velos, roban en sus dedos el brillo de tus ojos y lo ofrendan a la lluvia serena y majestuosa de la tarde. Y veo aquellas que contornean exactamente tus labios trémulos y sedientos en procesión infinita y devota y sospecho que me llaman. Dudo entre besarte o mirarte cuando ambas cosas son una sola y cuando tus ojos dicen más que tus silencios mientras el agua corre y corre y ninguno de los tres extraña la presencia del sol que presintiendo lo que sucede bajo el manto nuboso decide ocultarse sin sonrojo esta vez.

La noche llega sin avisar porque fue llegando todo el día. Entonces adoro rodear tu cálida cintura embebida firmemente para que te adviertas más segura. Y caigo en vaga fascinación cuando espero que te estremezcas sobrecogida entre destellos y truenos que pugnan por verte.

Y cuando no estás... Cuando no estás el gris propicio enmarca las miradas largas y horizontales que te reclaman. No desesperan porque como ayer, como siempre llegarás en abril o setiembre con las tenues lluvias que preludian tus pasos. Entonces sonrío y puedo ver más allá de tus ojos. El paisaje de tu rostro mojado permanece en el rostro del paisaje mojado. Algunos corren, otros se detienen y refugian. Niños felices chapotean sus reflejos fugaces en los charcos o atisban detrás de las ventanas respirando hondamente el aire fresco sintiéndose vivos. No hay pesar ni tristeza, la caída constante y hasta parsimoniosa de las rectilíneas gotas insinúa eternidades y sugiere otras miradas. Aquí estoy y allí estás. Entonces salgo y me dejo besar por la misma lluvia que acaricia tu piel que es mía.

viernes, 14 de marzo de 2008

Rivero sosteniendo el arbolito


Juro y rejuro que mientras esté Rivero sosteniendo el arbolito en el frente de su casa, el mundo no se va a caer. La verdad es que nunca sabremos qué hace este tipo mirando pasar años, mujeres del barrio y perros vagabundos, allí, sin inmutarse, sin que su tiempo transcurra.

Recuerdo años de mi infancia y me parece ver tan patente como ahora a Rivero sosteniendo el arbolito, con el mismo aire lejano, sin despeinarse, con esos anteojos cuadrados y verdes, tan verdes como las bolitas de vidrio de sifón.

Juro y rejuro también que no conozco el color de sus ojos ni su expresión, jamás los he visto y si alguna vez alcancé a divisarlos fue hace tanto tiempo que no me llamaba la atención aquel Rivero sosteniendo el arbolito.

El hombre no envejece y para mis adentros temo que sea aquel famoso héroe de leyenda traducida a mis días por El Tony, Fantasía o D'Artagnan -no me pregunten cuál-, sublime y misterioso Gilgamesh, el Inmortal.

Un día, quizás cuando llegue el fondo de mi existencia, veré a Rivero sosteniendo el arbolito, sin envejecer y esperando renovar una vez más su stock de transeúntes casuales o cotidianos.

Cada vez que paso lo saludo unas veces más atentamente que otras (él apenas mueve la cabeza y en ella los labios) y casi nunca me pregunto qué hace Rivero sosteniendo el arbolito, en qué piensa.

A veces me asalta una duda, qué fue de su mujer, esa mujer amable que en décadas anteriores solía conversar animadamente en la vereda con los vecinos, que unos años atrás sólo asomaba por la ventana su rostro inclinado sobre las costuras que parecían subyugarla, someterla cada día más, mientras Rivero sosteniendo el arbolito permanecía inmutable. Qué fue de ella que no se la ve más, y me estremezco.

La silueta de Rivero sosteniendo el arbolito es la misma que veinticinco años atrás: erguido, la postura lo ayuda, vientre prominente casi cayendo sobre el cinto ajustado, un pie apenas más adelante que el otro. La posición idéntica, un brazo sosteniendo el arbolito y el otro en tres o cuatro posiciones predefinidas por el uso cotidiano. El color del cabello, la no-expresión de su rostro, sus pocas arrugas, hasta sus camisas rayadas o a cuadros parecen no cambiar. Hace ya años que no lo veo entrar o salir de su casa, está Rivero sosteniendo el arbolito o -de noche o con mal tiempo- no está, pero nunca entra o sale. Creo que un día voy a espiar desde la esquina un rato para ver el misterioso horario clave en que se dispone a entrar en su casa, para ver nomás. Para ver si tiene un brazo más largo que el otro, o si debajo de los pies tiene rueditas y lo sacan hasta la vereda, o si sólo es un robot o, por qué no, alguna clase de extraterrestre

Juro y rejuro que pienso y repienso y no encuentro en mi memoria otra imagen del tipo que no sea la perenne de Rivero sosteniendo el arbolito.

Héroe supralunar, desubicadamente griego, descarado atlas para sí mismo, creo que puede abrir la puerta y no quiere.