Quizás sean las sombras -el paso de los soles sobre la cabeza- que van modelando diferentes paisajes según realce tonos pálidos, brillos, ocres o irisados. Quizás los habitantes o los artefactos que a cada paso nos incitan a arrebujarnos en nuestros atuendos que tal vez instintivamente insinúan protección. O quizá el pisar un nuevo paisaje estudiado, inteligido, pero que no ha zaherido nuestros ojos, ni irritados nuestras pieles y de pronto osa atravesarnos en un lance impúdico y sajante.
Eso que algunos llaman sorpresa, que no es más que una insigne muerte a lo conocido y ajado, un pequeño parto racional a lo nuevo, es parte del rito iniciático, de otro Jordán que nos renueva y de casi cualquier cachetada sin aviso.
Por más enciclopedias que leas, nada te prepara para migrar. Ni siquiera el capitán de la nave, ni los instructores, ni el aviso siempre recurrente de la madre que pone una prenda de más.
Y aun cuando ensayes pasos, idiomas, dialectos, giros y gestos no serás capaz de ser uno más hasta que cierto hartazgo como el conocido de la tierra que dejas aparezca azuzado por un ocaso que no se apura en declinar.
Y tal vez, en ese vértigo lento del asombro cotidiano, un día el hastío te haga sentir uno más del paisaje y de lo que algunos trasnochados llaman cultura.
Así, viajante sideral, comenzarás a comprender las lealtades y traiciones que tú mismo cometerás en esa tarea infinita de ser uno más apenas diferenciado de quienes quisiste -en un somnoliento delirio- conquistar.
-------
Este texto medio rarongo aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura sobre PRIMER CONTACTO. Allí encontrarás más y mejores relatos.









