ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Volví

Volví. Sin pedir permiso. Como vuelve a la cárcel quien no tiene otro techo que lo espere. Como esas estrellas que tímidas van perforando el añil en el ocaso y que relumbran a destajo teniendo por certeza que el alba las enviará por un buen rato al olvido diurno.
Volví sin dudarlo, a sabiendas de que me punzará el desprecio, como cuando insistí en cortejar a Margarita plantada en sus negativas y yo en mi tenacidad obcecada porque no habría otra como ella en las cortes legendarias como en la vera del albañal. Solo ella me erizaba la piel.
Volví para adelante, porque no soy el mismo. Conocí el sur industrial, el aceite quemado emplastando mis pisadas y el reseco óxido cuarteando mis fosas ya sin mucosas.
Conocí el lamento de las grúas y el traquetear cansino de los camiones calentando motores.
Pero también el arroyo ocre que baja pacífico al Paraná mientras me preguntaba si alguna vez fue cristalino como contaban las historias de los abuelos a los niños y que yo disfrutaba haciéndome el dormido allá cuando esta casa fue un hogar.

Y volví aunque ya no lo es. Ya no escucho el bochinche de los pequeños en mis entresueños. El desprecio es la melodía que suena en el aire. Por eso no me fue extraño que encintara la caja de cartón que era mi cuna. Que me alzara y me guardara junto con su vergüenza en el baúl de su coche para abandonarme entre los matorrales del arroyo más allá de la zona fabril antes de su ingreso al trabajo.
No desesperé porque la caja de cartón es cuna, pero no jaula. Porque el abandono es humillación, pero no la muerte. Y la distancia es sufrimiento, pero no destino.
Volví y lo espero. Durmiendo sobre su cama, ofreciéndole calor y compañía a cambio de sus insultos y sus golpes. Volví, tal vez, porque prefiero el maltrato cotidiano a la muerte inopinada en manos de quien no sabe siquiera nombrarme.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Tu lado más animal en Lazos y Raíces, el blog de Dorotea

miércoles, 31 de octubre de 2018

Mirando vidrieras, como...

Se me acercó, como quien mira vidrieras sin ver nada más que colores y formas. Precisamente yo hacía lo mismo sin pensar en nada, dejando correr el tiempo. La presión laboral me impulsó a poner en blanco mi mente. En la ciudad no hay arroyitos cristalinos, sauces arrepentidos ni espléndidos atardeceres que a uno lo rediman. Las vidrieras. Un modo fácil y frágil de intentar poner la mente en blanco.
Rozó mi portafolios, como esa brisa que apura subrepticiamente volándonos el sombrero. Disculpe, creo que dije, y en lugar de mirar de quién se trataba, levanté mis ojos para buscar su imagen en la vidriera. En el cambalache de cachivaches, lásers chinos y pantallas que prometían sensuales caribes no alcancé a distinguir figura humana alguna. Así que me volví para mostrarme gentil con quien había coincidido en sutil colisión.
Se detuvo y me miró a los ojos, como quien sabe lo que sucederá o lo intuye. O como si le hubiera sucedido tantas veces -a lo Sísifo rodándole la piedra- y fuera inevitable lo siguiente.
Era una mujer contundente, como una granizada violenta, con piernas demasiado largas y una indefinible melancolía en la expresión.
¿Te hice mal?, susurró, como liberando las sílabas de un encierro secular. Y yo, que ya estaba turbado, me incomodé más, sentí que me acorralaba y que sus ojos asaeteaban mis cansadas ojeras y no tuve más remedio que responder, entre gracioso y ridículo: al contrario, me hiciste bien.
Se quedó a mi lado, como esperando que empiece a caminar para ponerse a mi lado. Levanté un pie, pero trastabillé apenitas aún azorado, aunque enseguida me recompuse y empecé a caminar. Y ella conmigo.
Mientras trataba de conversar amable, como si mis ojos fueran esos pequeños leds de computadoras que indican febril procesamiento, pasaban por mi mente mis amores truncos, la despedida de Amalia, que no me quería más, el perro que me espera en el balcón y las fumatas de mi padre en el patio.
De cuando en cuando relojeaba las vidrieras, como cajero que desconfía de un billete grande para mirar su imagen, es que no me animaba a contemplarla en su estupenda figura. Pero los maniquíes, las licuadoras y las ofertas no me devolvían su silueta.
Tomé coraje, como quien no tiene más remedio que enfrentar una jauría en un callejón sin salida, y le pedí que se detuviera simulando estar interesado en el vestidor con espejo de una mueblería bien iluminada. Nos paramos enfrente, como para bromear en mi tonto estilo qué tan armónicos estábamos para pareja. Solo devolvió mi ridícula imagen sacando el codo como para colgar paraguas.
Creo que enloquecí, como si se hubiera deshecho un hormiguero dentro mío. No puedo decir mucho más. A la tardecita, cuando el sol ya está cansado, salgo a mirar vidrieras -hago caso omiso a las burlas de los muchachos y las sospechas de las comadronas- y me detengo en la mueblería, porque sé que algún día volverá esa malévola mujer a tomarse de mi brazo y caminar a algún averno que no sea el de mi mente, o a un paraíso que se parezca al que mis ojos contemplaron.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Criaturas malignas en ¿Y qué te cuento?   el blog de Juan Carlos Celorio

jueves, 11 de octubre de 2018

Fin del verano

Por qué no habría de terminarse el verano, si como todas las cosas cumple un ciclo y es de desear que así sea, como la vida, como los imperios y las mariposas. Esta pregunta, que es una afirmación, deja de ser una columna del templo de Apolo cuando la vida, los imperios y las mariposas campean en la sangre turbulenta de quien cae en la cuenta que ha vivido algún verano momentos que llevará hasta la muerte si no es que ellos lo llevan a uno a la muerte. Porque no es frecuente que esa muchacha del fogón del lago busque apoyar su espalda en tus piernas y te pregunte el nombre y ruegue que cantes Confesiones de invierno y te pida nombrar estrellas y les invente nombres y con sus manos dibuje su vía láctea en tu pecho.
Y cuando los veranos se truequen en otoños de lustros sepas que alguna vez pariste tu propia modernidad cuando creías que siempre serías medioevo. Y esa lágrima furtiva que sabe qué hacer te dicte aunque te resistas, lo dejes y vuelvas, poemas que escribiste más de una vez.

Más de una vez

Más de una vez quise ponerte nombre
y saber quién eras, qué escondías,
qué duendes te atrajeron a mis brazos,
don del bosque, del círculo en las toscas.
De fogón desquiciado a orillas del lago,
del sueño imposible en que buscabas amparo.
Mujer innoble que empañaste la guitarra,
del cabello perfumado por el humo de la leña.

Más de una vez quise volver al sitio,
acariciar las rocas, llorar en las orillas,
sentir el latigazo de tus uñas,
el latir en tu cuello, el sabor de tu nuca,
la fría madrugada que eterniza
el amparo de tus piernas,
el permiso interminable de tus manos
en la caricia digna de fugaz estrella.

Más de una vez quise tenerte aquí,
escribiendo a mi lado tus promesas,
en el dulce abrazo de tus brazos,
en el límpido cielo del verano.
En la desesperada lucha de los cuerpos,
como al alba junto al verde lago,
con el fulgor inmediato de tu vientre
buscándome por siempre sin reparos.


Más y mucho más interesantes relatos basados en El final del verano en Molí del Canyer

domingo, 30 de septiembre de 2018

Filosa

Cuentan quienes han vivido que en uno de los caminos rurales que cruzan desde Villa Constitución hasta Pavón no pocas veces ha aparecido al ciclista o caminante distraído una mujer entrada en años y asentaderas que a primera vista semeja una administrativa municipal, pero que a pesar de esta desgraciada apariencia no se trata más que de alguien que busca la paz deambulando entre las vías y el arroyo con el único propósito de consumar la única actividad que le produce un inexplicable placer.

Quien se atreve a levantar su vista y mirarla por el sencillo expediente de un saludo gentil, descubre que en sus ojos de gorgona arde el reflejo que revela el error cometido. La mujer blande una larga lengua de dos filos que en una presta estocada se introduce inopinadamente por una de las orejas del malhadado transeúnte. Es posible, o no, imaginar la atrocidad de este suplicio del mismo modo en que se hace casi imposible visualizar la transformación de tan infortuna aparición. Voces cultas de años coinciden en afirmar que la transformación de una bella princesa en un maligno monstruo de indecible fealdad es cosa de todos los días en los relatos universales de fantasía o que incentivan al lector u oyente a aceptar una moraleja como verdad ineluctable. Sin embargo, pocas veces se encuentra una atrocidad tal como la mutación de una indolente empleada pública en un ser capaz de penetrar todo escudo de indiferencia al punto de lastimar la mente con ramalazos de dolor difíciles de describir.

Quedan en nuestra ciudad (quien sabe si) afortunadamente vivos algunos que atravesaron tal crudelísimo tormento. Las secuelas no son visibles para el lego, pero quien ha sobrevivido siente en su carne ocasionalmente sajarse a sí mismo distintos sectores de su cavidad bucal. Y el irrefrenable impulso de convertir su propia lengua en martirio para los oídos ajenos.

Yo mismo, alguna vez en mi juventud cuando la vida valía menos que una justa causa donde exponerla, osé desafiar al monstruoso ser. Preparé mi walkman con pilas alcalinas nuevas y un cassete de La Biblia según Vox Dei y enfilé para los campos del noroeste de la ciudad rogando a los cielos cruzarme con ella y salir de alguna manera airoso. No sé cuál fue el motivo. Tal vez mi exagerada propensión a descreer de esas leyendas que solo infunden temor, tal vez por tener a mano una hazaña que contar a mis nietos en el siglo que estaba próximo a venir, no lo sé. Sí colijo que como otras veces en que me gana cierta euforia me pertreché con lo que creía indispensable -y apto para una posible huída en atropellada- y sin darle vueltas al asunto busqué el encuentro cara a cara.

Pasé el puentecito entrando a la zona de bañados, porque me parecía que una leyenda de esas no andaría por caminos más prosaicos como los de las parcelas de criadores de chanchos. Nada. Tuve que decidirme por los caminos que se acercaban a la ruta. Y cuando ya me estaba convenciendo de que había perdido una tarde persiguiendo una ilusión la vi. Si no apareció de la nada estuvo agachada detrás de unos matorrales espesos. Da lo mismo, porque la sangre se me espesó al punto que creí morir de espanto. Efectivamente vestía como una abúlica empleada municipal espeluznante. Sus anteojos caían sobre la naríz abultada por los años. Su rostro gomoso me traía vagas reminiscencias de algún dibujo animado de la infancia. Paralizado, no tuve más que esperar a que se acerque. Al caer en la cuenta de que sonaba la balada Profecías y no Guerras o algo medianamente potente, subí el volumen del walkman. Ya muy cerca mío levantó la mirada y supe que el terror paralizante de Medusa era algo que sucedía dentro de la víctima.

Cuando observé un inconfundible estiramiento de las fláccidas mejillas me preparé para la fatal estocada aumentando la rigidez de mis músculos. Entreabrió los labios seguramente para proferir alguna especie de conjuro. Desde el fondo de sus fauces, a pesar de que el Sol estaba a sus espaldas, un brillo metálico parecía crecer. La temible lengua de dos filos de la que tanto había oído estaba ante mí, amenazante, centelleando sedienta de martirio ajeno.
Fue como un latigazo, como el aguijón artero de una avispa furiosa. Duró la fracción de segundo necesaria para que cayera en la cuenta de que no había pasado nada. Cerré los ojos mientras atronaba Vox Dei sintiendo en mis mejillas ráfagas de aire como si un filoso objeto pasara muy cerca de ellas a gran velocidad. Los abrí cuando cesó la ventolina.

La mujer me miraba fijamente mientras sus ojeras parecían profundizarse y con ellas amainar mi terror.
Se puso de costado como para dar un giro y retirarse, pero con ademán de decir unas palabras. Entonces, sin bajar el volumen me quité los auriculares. Tarde comprendí mi error, dejando indefensas mis orejas. Pero la mujer terminó de entornarse hacia el oeste de cara al Sol, se encogió un poco más y murmuró algunas frases poco entendibles como vas a ver... estás en mi poder... si yo quisiera sería tu ruina... 

Anocheciendo pisé las primeras calles pavimentadas con tanto alivio que no volví a ponerme los auriculares. Desde ese día hablo muy poco, quizás menos de lo necesario. Me siento triunfante y derrotado a la vez y prefiero no enojarme demasiado delante de la gente que aprecio. No sea cosa que esos cortes que de vez en cuando me hacen sangrar la boca se conviertan en presagio y muestra de una espada que no quiero blandir.


viernes, 13 de julio de 2018

Génesis osuna

Desmiento categóricamente cualquier versión infundada que refiera mi apodo a la contextura física que porto.
Allá en mi infancia me resultaba extraño no tener apodo. Mis amigos eran Peluca, Chanchupe, Jole, Turco, Petronilo, Cordobés, Enano... Pero yo, salvo que me cayera algún Nestro, Cabezón o Diarrea ocasional -siempre por referencias más bien difusas- no tenía. En cierta forma prefería que algún día me quedara algo más o menos tradicional como Tito (por Nestito) o Nes y listo, antes que algún mote oprobioso.

Así empecé la secundaria técnica, privada y católica, solo varones. Uniforme: pantalón gris, camisa celeste, corbata y saco azul. Para el taller, el clásico mameluco azul. A la semana tuvieron que llevarme al médico, el diágnóstico -análisis de por medio- dio hepatitis. Eso significaba alrededor de un mes de cama, dieta especial, cuidados y vuelta a los implacables análisis. Volví luego a la escuela apenas un poco más rellenito que el escuálido chico de un mes atrás, ya el mameluco no me quedaba holgado como para durar tres años. Conocía a pocos de mis compañeros; por empezar, ninguno de la primaria, pero algunos chicos de mi barrio cursaban conmigo. En el taller me tocó iniciar con carpintería, en uno de esos juegos a espaldas del maestro mi cinta métrica voló debajo de un banco de trabajo vecino y yo -tratando de congraciarme con mis compañeros- fui a buscarla en cuatro patas sin doblar las rodillas. Alguien, creo que el Cholo Palacio -que era bastante jetón- gritó: ¡Mirá, parece un oso panda! Los demás rieron con ganas. Bastó que repitieran la comparación un par de veces para que me quede, aunque a las semanas desapareció el panda y quedó el oso.

Y así, de la escuela pasó a mis amigos, de mis amigos a mis compañeros de trabajo, de mis compañeros de trabajo a mis alumnos, tan es así que hasta en ocasional aparición en los medios gráficos locales se me ha mencionado como Néstor "Oso" Marinozzi.
Es por ello que diez años atrás al intentar poner por escrito algunas de las pavadas que se me ocurren, no tuve mejor idea que Los Apuntes del Oso con el íntimo juego de palabras de utilizar "apuntes" por un lado como nota o escrito, por otro como el momento de apuntar para disparar.
Con el tiempo y para finalizar, debo decir dos cosas: Por un lado, que fui tomando forma y cadencia osuna solo para combinar con mi nombre. Por el otro, ya no uso mayúsculas en la O. Siento tan definitivo este nombre que se me hizo sustantivo. Es decir, ya no llevo el apodo, para quien se le ocurra mirarme no me llaman el oso, soy el oso.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Hablemos de nuestro nick en De Raíces y Alas.

jueves, 5 de julio de 2018

Quedó en la historia

El año pasado para estas fechas, quién sabe para qué cuernos andaba yo dando vueltas por el Fonavi (el barrio se llama Domingo Troilo, pero le quedó el simpático mote por Fondo Nacional de Vivienda, que lo construyó allá lejos en el tiempo) mirando los apiñados departamentos otrora de color acanariado, hoy con matices casi siempre de una forzosa melancolía.
Tal vez lo buscaba, tal vez se dio así como así, lo cierto es que terminé tropezando con el mismísimo Adonis Torre en una de las retorcidas escaleras.
Algo más de una veintena de años ha, Adonis fue amablemente conducido por las topadoras municipales a partir de su ranchito en calle Pampa a una promesa de vivienda al sur del sur de la ciudad. Supe luego que recaló en el Fonavi y allí mismo tropecé con él.
Los mates fueron su abrazo y la charla su don, ese que siempre me falta.
Que se acerca el 9 de Julio, que en 1816 en Tucumán "declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera". Que los argentinos somos contradictorios, elegimos un pelele como presidente, que en el Bicentenario de la Independencia pronunció estupideces como: "[los líderes de la independencia] deberían tener angustia de tomar la decisión, querido rey, de separarse de España"...
Mate va, mate viene, Adonis de pronto se puso solemne, como atisbando la distancia detrás del delgado muro salpicado por todo revoque y soltó unas frases que no me atreví a interrumpir.

El 9 de Julio quedó en la historia, querido oso. Pero no en la historia cristalizada, esa de los libros.
Quedó en tu historia, la mía, la nuestra, como un grano en el culo bicentenario que está ahí, molesta, duele según como te pongas y te obliga a decidir siempre de qué lado ponerte.
Quedó como señal de lo que no aprendimos a ser, lo que inauguramos y no dejamos crecer.
Quedó como las cuatro escuelas de Belgrano, que nunca se concretaron.
Quedó como parto que gestó algo nuevo, pero olvidado como horizonte hacia el que andar.
Quedó como pueblo que hoy hace revoluciones y mañana se esconde en el ala paternalista del poderoso (el de afuera, el latifundista, el gran empresario, el sindicalista eterno y político mesiánico).
Quedó como la gran gesta sin héroe que reclama desde los actos escolares, las banderitas y el dolor del pueblo aquello que nos debemos: emanciparnos.

Me fui a la tardecita, sin la gloria ni el honor de constatar si la Silvana después de casi dos décadas continuaba siendo el gallardo símbolo de libertad que encendía la sangre de Adonis en las frías noches de calle Pampa y las veredas a su paso. Comenzaba a helar cuando sonreí fugazmente al imaginarme caminando con dos lágrimas congeladas que me impedían cerrar los párpados.



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jueves, 14 de junio de 2018

Ensimismado

Por las calles arboladas de Mondongolia andaba Sofío con la cabeza gacha y una bolsa de papel en la mano, abstraído en sus propios pensamientos, dándole vueltas quizás a una idea, una duda, quién sabe.
Los vecinos lo veían pasar y se quedaban unos minutos mirándolo tal era el magnetismo que producía la imagen del sabio entre quienes apenas lo cruzaban. Tenía fama de ser capaz de indagar en la conciencia de las personas con apenas intercambiar unas pocas palabras. Sus intervenciones en la corte habían dejado boquiabiertos a los consejeros del rey y a los acomodaticios cortesanos, incluso algunos se habían sentido avergonzados de su propio comportamiento cuando Sofío los dejó al desnudo en sus intenciones.
Mientras andaba por las barriadas, los lugareños lo veían con simpatía y trataban de llamar su atención para desearle buena estancia por esos lares. Pocos lo lograban ese día, porque Sofío parecía caminar apenas entreabriendo los ojos para no tropezar con una piedra o evitar ser atropellado por un carro.
En cambio al llegar a los empedrados del centro de la capital la disposición de los vecinos -por lo general, funcionarios del reino y cortesanos- se manifestaba diferente.
Los que trabajaban arreglando las calles aceleraban sus brazos, quienes hacían tiempo bebiendo en una tasca apuraban sus copas y volvían a sus tareas. Las muchachas que conversaban en la esquina con sus papeleos de la corte rápidamente retomaban su trabajo.
Sofío caminaba igual de metido en sus pensamientos, sin prestar atención a los apuros que generaba su sola presencia ensimismada. Cuanto más encumbradas resultaban las gentes con las que se encontraba, más parecían evitarlo.
Tan concentrado estaba en lo suyo que llegó quizás sin proponérselo a las escalinatas del palacio real. El sol entibiaba suavemente los peldaños invitándolo a tomar un descanso en uno de ellos.
El rey, que salía con su comitiva a pasear, alcanzó a verlo cuando los guardias se acercaron para obligarlo a ponerse de pie en su presencia.
- ¡Déjenlo! No molesten a ese hombre sabio.
- ...
- Mi estimado Sofío, ¿qué inquietud te condujo a sentarte en estas escalinatas?
- Ninguna, mi señor, nada mejor que disfrutar del tibio sol cuando la mente está ocupada.
- ¿Pensabas en la muerte, o en si existe una divinidad, en el comienzo de los tiempos..? 
- Nada de eso, señor.
- Evidentemente será una ocupación preocupante. Mis informantes me han dicho que paseabas abstraído en tus pensamientos. Y que en las barriadas buscaban saludarte, algunos sin fortuna. En cambio, en el centro de la ciudad todos se apuraban para seguir con sus tareas y evitaban tu mirada. Los que no estaban cumpliendo con su deber enseguida se abocaron a sus tareas...
- ¿Cambiaban su conducta por mi presencia?
- Así es.
- No lo noté, majestad.
- ¡Qué increíble! No eres consciente de los cambios que produces con tu sola presencia, sabio Sofío.
- Evidentemente esta gente ya tenía el cambio en germen o se avergonzaba de su estado, cualquiera sea este. Me presencia nada más fue una especie de excusa para permitirse el cambio.
- ¿No puede ser que tu pensamiento se transmitió de alguna forma, tu energía, tus ondas..?
- No lo creo. Solo buscaba un lugar cómodo al sol para sentarme a comer estos panecillos.
Y abrió la bolsa de papel ofreciéndole al rey compartir su contenido.




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