Solo unos años después, en mi adolescencia, fui cayendo muy progresivamente en la cuenta de que no todo el mundo usaba las mismas expresiones para referir a las cosas, a las situaciones cotidianas.
Los intercambios de frases, por lo general cortas, solían constituir el lenguaje de las transacciones familiares, ir a la escuela, ayudar en la casa o hacer mandados, alimentarse.
En casa éramos el Rica, el Néstor, y los amigos el Gordo, la Geli, la Ali, el Jole, pero cuando empezaron a aparecer los nuevos amigos del secundario y preguntaban “¿está Néstor?” en lugar de “¿está el Néstor?” también comenzó a reconfigurarse el lenguaje casero. Parecía ser que misteriosamente el artículo anteponiendo al nombre no quedaba bien y había que ajustar el lenguaje para encajar o al menos para no resaltar por la negativa. O tal vez, sencillamente todo el mundo fue mutando hacia ese estilo vocativo
"Es de lo que no hay" (pronunciado “édeloquenohay”) refería a alguien pícaro o travieso cuyas acciones u omisiones causaban incomodidad o estragos sin más a su alrededor.
Me causaba mucha gracia escuchar a una tía que utilizaba en todas sus oraciones “tomodo” o “tocaso” según la conversación, las cuales remitían indudablemente o no tanto a “de todos modos” o “en todo caso”.
“Te voy a hacer saltar los chocolates” era una reconvención amistosa que propugnaba la inmediata cesación de cierta conducta, pues el sopapo subsiguiente podría hacerme sangrar por boca o nariz. Esto nunca sucedía, pero la admonición tenía sus efectos.
“Vamos a probar, dijo Grime (o Grimi, o quién sabe qué apellido) y se comió todo el queso”, más sencillamente utilizada a diario cuando se servía en la mesa algo digno de chuparse los dedos. Con el tiempo y el uso, la frase se cortó en Grime, porque todos conocíamos su significado.
Había otra expresión curiosa, que repetían los vecinos de la edad de mis padres –sobre todo los hombres— que era “caúno, caúno, cacual, cacual”, que se podría interpretar como “cada uno es cada uno y cada cual es cada cual”. Esta expresión cerraba conversaciones acerca de otros ausentes, por lo general y establecía que los demás tienen derechos a comportarse de cierta forma, dado que son otros y no uno mismo y que por ser otros tienen decisiones propias.
Cuando la cuestión compartida con algún viejo compadre italiano era la de construir paredes de una casa, que podía ser de alguno de los hijos de amigos o conocidos, mi viejo compartía con ellos algunas frases de ocasión. Una de ellas era “echale poroto al palo”. Nunca me animé a preguntar su significado, porque creo haberlo captado aunque dudo si en su profundidad. La utilizaban cuando se estimulaban entre ellos a cargar la máquina hormigonera, a poner más ladrillos en la pared o darle una palada más a la cuneta para llenar los cimientos.
Utilizaban un argot interminable e indefinido que remitía a anécdotas añejas, por lo general risueñas.
Otro dicho común era “me acomodé, dijo Pité”, que muchos completaban con “y entró de barrendero”. Era habitual utilizarlo en juegos de cartas, por ejemplo al chinchón cuando uno completaba una escalera. También en su sentido original, que es ufanarse por conseguir algo que no resulta gran cosa.
Con el fluir de los años, comencé a percibir que el mundo presenta diferentes capas de sentido. Bolsones de comprensión entre propios. Que un idioma no termina de decirlo todo. O, mejor dicho, que un idioma en común no es garantía de comunicación, de sentidos compartidos. Que mucho de lo dicho en familia solo tiene sentido y valor en la familia. Que mucho de lo dicho en un grupo solo tiene sentido y valor en el grupo. Que mucho de lo dicho en la escuela solo tiene sentido y valor en la escuela.
Y que quien no ha mamado de las ubres del tiempo compartido, quien no ha llorado el infortunio vecino, quien no ha disfrutado del triunfo ajeno, poco o nada comprende, vive o siente.
Este texto medio nostalgioso aporta a la Convocatoria Juevera de Campirela sobre FRASES CÉLEBRES Y REFLEXIVAS. Allí encontrarás más y mejores relatos.






