En casa de un obrero no hay bañadera, pontificó mi padre alguna vez, como si fuera una sentencia repetida por las calles aunque no la escuché en otras bocas. La referencia es obvia, una bañadera —bañera, si uno pertenece a la raza fifí— era una especie de lujo para quienes no tenían premura para salvar el día. Mi hermano y yo de vez en cuando atacábamos preguntando cuándo sería el día que pudiéramos disfrutar de una bañadera, así como de un televisor para nosotros además del que con tanto esfuerzo en cuotas se exhibía en la cocina de casa y, en la más loca de las ilusiones, una pista de autitos eléctricos.
Los días revelaban que nada de eso sucedería ni cerca ni lejos, cuando había algo de dinero era para mejorar la casa, cambiar el autito por uno un poco menos viejo, nunca para lujos.
La bañadera era signo y concreción de estar por encima de los apurones diarios en un mundo donde escaseaba una vez el aceite, otra el azúcar, cuando no la harina. Donde ya habíamos conseguido un salto de felicidad pasando del baño en la palangana de aluminio que alguna vez abolló una granizada feroz —aclimatado con una taza enlozada con alcohol de quemar encendido en las cercanías— a la ducha con lluvia. Pero la bañadera seguía demasiado lejos.
Por eso no fue difícil asociar al envase del nuevo dulce de leche SanCor con una bañadera. Era de plástico, rectangular, con aristas redondeadas excepto en la cubierta, que venían cerradas con esas clásicas láminas metálicas que aún se ven en yogures o flancitos. Ese dulce de leche era distinto al San Ignacio, que era la otra marca común de los almacenes del barrio, fondo azul y una imagen de la misión jesuítica homónima. El SanCor era más espeso y oscuro (y tal vez algo más caro), por lo que siendo de suyo una delicia cualquier dulce de leche, éste remedaba la fantasía inconseguible de la bañadera blanca. Y por si fuera poco, tenían en la tapa metálica un dibujo de cucharada de cremoso dulce que invitaba a segregar ingentes cantidades de saliva preanunciando el goce, nada de viejas misiones guaraníticas que eluden cualquier relación con las papilas infantiles.
La prohibición familiar de comerlo a cucharadas —que por otro lado se veía en televisión— o con los dedos sin más le daba ese sabor a liturgia que hace que parezca que los curas se deleiten saboreando la masita de pan ázimo. El dulce había que untarlo y dada su alta viscosidad solo admitía ser untado con cuchillo aplastándolo fuertemente contra el pan incluso a riesgo de que este se desgranara y una bola de dulce quede pendiendo de la cáscara o vuele por los aires sobre la ropa o al piso sin remedio.
Como queda a las claras, la bañadera entró en casa de un obrero en insospechada forma, la de un contenedor del más preciado de los manjares de la niñez argentina: el dulce de leche.
El agostarse de los años con sus huellas a cuestas nos fue empañando la fascinación por el dulce de leche. Vendrían otras ensoñaciones y otros sueños incumplidos a guarecerse bajo la piel con los sucedáneos posibles de las quimeras que están destinadas a otros héroes o semidioses. Y nosotros, rastreros mortales comunes, quizás nos encontremos más humanos cada vez que un artefacto hecho por otros humanos o por otras máquinas que fueron armadas por otras máquinas que fabricaron sus partes ideadas tal vez por otros artilugios. Y en la punta de la cadena, creándola, el chico que segregaba abundante saliva y se regodeaba solo con imaginar una bañadera.
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Escribí este relatiro con la intención de aportar a la Convocatoria Juevera de Ibso en Camino a utopía sobre El objeto, la idea o el sentimiento que no debería existir. Allí encontrarás más y mejores relatos.








