ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bañadera

En casa de un obrero no hay bañadera, pontificó mi padre alguna vez, como si fuera una sentencia repetida por las calles aunque no la escuché en otras bocas. La referencia es obvia, una bañadera —bañera, si uno pertenece a la raza fifí— era una especie de lujo para quienes no tenían premura para salvar el día. Mi hermano y yo de vez en cuando atacábamos preguntando cuándo sería el día que pudiéramos disfrutar de una bañadera, así como de un televisor para nosotros además del que con tanto esfuerzo en cuotas se exhibía en la cocina de casa y, en la más loca de las ilusiones, una pista de autitos eléctricos.
Los días revelaban que nada de eso sucedería ni cerca ni lejos, cuando había algo de dinero era para mejorar la casa, cambiar el autito por uno un poco menos viejo, nunca para lujos.

La bañadera era signo y concreción de estar por encima de los apurones diarios en un mundo donde escaseaba una vez el aceite, otra el azúcar, cuando no la harina. Donde ya habíamos conseguido un salto de felicidad pasando del baño en la palangana de aluminio que alguna vez abolló una granizada feroz —aclimatado con una taza enlozada con alcohol de quemar encendido en las cercanías— a la ducha con lluvia. Pero la bañadera seguía demasiado lejos.

Por eso no fue difícil asociar al envase del nuevo dulce de leche SanCor con una bañadera. Era de plástico, rectangular, con aristas redondeadas excepto en la cubierta, que venían cerradas con esas clásicas láminas metálicas que aún se ven en yogures o flancitos. Ese dulce de leche era distinto al San Ignacio, que era la otra marca común de los almacenes del barrio, fondo azul y una imagen de la misión jesuítica homónima. El SanCor era más espeso y oscuro (y tal vez algo más caro), por lo que siendo de suyo una delicia cualquier dulce de leche, éste remedaba la fantasía inconseguible de la bañadera blanca. Y por si fuera poco, tenían en la tapa metálica un dibujo de cucharada de cremoso dulce que invitaba a segregar ingentes cantidades de saliva preanunciando el goce, nada de viejas misiones guaraníticas que eluden cualquier relación con las papilas infantiles.
La prohibición familiar de comerlo a cucharadas —que por otro lado se veía en televisión— o con los dedos sin más le daba ese sabor a liturgia que hace que parezca que los curas se deleiten saboreando la masita de pan ázimo. El dulce había que untarlo y dada su alta viscosidad solo admitía ser untado con cuchillo aplastándolo fuertemente contra el pan incluso a riesgo de que este se desgranara y una bola de dulce quede pendiendo de la cáscara o vuele por los aires sobre la ropa o al piso sin remedio.

Como queda a las claras, la bañadera entró en casa de un obrero en insospechada forma, la de un contenedor del más preciado de los manjares de la niñez argentina: el dulce de leche.
El agostarse de los años con sus huellas a cuestas nos fue empañando la fascinación por el dulce de leche. Vendrían otras ensoñaciones y otros sueños incumplidos a guarecerse bajo la piel con los sucedáneos posibles de las quimeras que están destinadas a otros héroes o semidioses. Y nosotros, rastreros mortales comunes, quizás nos encontremos más humanos cada vez que un artefacto hecho por otros humanos o por otras máquinas que fueron armadas por otras máquinas que fabricaron sus partes ideadas tal vez por otros artilugios. Y en la punta de la cadena, creándola, el chico que segregaba abundante saliva y se regodeaba solo con imaginar una bañadera.

 

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Escribí este relatiro con la intención de aportar a la Convocatoria Juevera de Ibso en Camino a utopía sobre El objeto, la idea o el sentimiento que no debería existir. Allí encontrarás más y mejores relatos.  

 

martes, 1 de septiembre de 2026

Hoy no juego


Los colchones tienen que tener la consistencia justa para asegurar un buen sueño y no arrancar el día caminando maltrecho. El mío se debe haber vencido, me sentía adolorido, tanto que hasta costaba desperezarme. Era uno de esos días en que uno no sabe con certeza si acaba de despertarse o el sueño continúa en una especie de semisonambulismo.

Arrastrando los pies me dirigí al baño. Qué cosa curiosa es el sueño, había olvidado que estoy en un hotel u hospedaje. Ahora entiendo, me despertó un toc toc en la puerta. -¡Robert! ¡Robert! ¡Vamos!
Quise responder que se dejara de molestar, que me llamo Jorge y que no quiero ir a ningún lado. Pero me salió algo en un inglés con inflexiones yanquis. Creo que dije: -Ya voy, padre cura. Caminé unos metros tratando de adivinar la entrada del baño. Levanté la vista buscando que el espejo me devolviera unas ojeras espantosas y mi largo cabello retorcido como mis barbas de músico de reggae que no llega al estrellato por más que se lance en un cohete estratosférico. Pero el espejo estaba tan confuso como yo y me devolvió otra imagen, mientras boquiabierto trataba de reconocerme. Tuve que apoyarme en el lavabo y volver a subir lentamente la cabeza porque el mareo, el vértigo que me produjo la visión de Bobby Fischer en el espejo fue demasiado atropello para mi frágil subjetividad. Cuando pude corrí a la cama, no había restos de una fumata como mis habituales, ni pastillas alucinógenas. Una biblia en inglés me miraba, unos libros más y un par de fotos. A un costado un tablero de ajedrez con una posición que vagamente reconocía: un alfil en h2 encerrado por los peones rivales. Pero... ¡eso sucedió en 1972!
– ¡Robert! ¡Bobby! ¡Por el amor de Dios! ¡Llegaremos tarde!
– ¿Adónde, padre cura?
– ¡Por las barbas de Steinitz! ¡A la partida!

El cura seguía imprecando, dando voces detrás de la puerta. Mi aturdimiento llegaba al paroxismo. Y él trataba de mostrar en sus inflexiones una calma que evidentemente no poseía.
– Faltan minutos nada más, Bobby. Anteayer regalaste la partida, hoy tienes que ganar con blancas.

 Claro, ahora lo recuerdo. En la primera partida del match de 1972 en Rejkiavik, Bobby llegó tarde, jugó muy nervioso y ejecutó un Axh2 en la jugada 29 con negras que sorprendió al mundo. Los telex se bloquearon por la noticia mundial. ¡El genio de Fischer cometió un error de principiante! Después vendrían los análisis de expertos que daban posibilidades de empate si Fischer hacía gala de una precisión absoluta. Las computadoras confirmaron que era un error, pero el campeón Spassky debía jugar como una máquina para ganar. En fin, con el nerviosismo del combate, pudo haber sido tablas. Pero fue para el ruso.

El sacerdote Lombardy por fin irrumpió en la habitación y me encontró a medio vestir, con la vista en el horizonte. Y peor, creyendo que yo era Bobby Fischer. Pretendía llevarme a jugar la segunda partida por el Campeonato del Mundo. A mí, un aficionado que no duraría ni quince jugadas ante el gran Boris Spassky. Utilizaba palabras dulces, pero firmes con el fin de convencerme. Intenté decirle que yo no era Bobby Fischer, sino Jorge Mariotti, músico de reggae fumanchero de la peatonal de Rosario a comienzos del siglo XXI, pero el tipo no escuchaba, solo quería arrastrarme a la sala de juego.
Como no entraba en razones, fui hasta la mesita, pateé el tablero y me metí en la cama.
–Hoy no juego, padre cura– fueron mis últimas palabras ese día. Necesitaba dormir. Total, después ganaría el Campeonato del Mundo con completa autoridad en la partida 21.



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No sé si este relato aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura sobre Mi máquina del tiempo., dado que tal vez no sea el caso, pero bue, es lo que salió. Allí encontrarás más y mejores relatos.  



miércoles, 26 de agosto de 2026

En tu mirar


 
 
 

Cuando la oriental porcelana de ese cuenco
vencido por los siglos de agonía
clame al cielo su destino final de polvo en letanía
de agrios pasados y porfía se cumpla 
y en cumplir halle destino
tus ojos serán aquel estanque en que fulgure el terso
tacto cóncavo de blancura.

Yo sé que tu mirada abre un libro
que aguarda sin su sello acordonado,
manan de ella los momentos sutiles 
de historia asaz encadenados.
 
Veo fatales imperios desmoronar,
calamidades que cunden sin alivio,
libros que se queman, veo murallas
decidiendo el rumbo de ese vino.
 
Babilónicos jardines de asombro,
cumpleaños de ancianos preguntones,
en rondas de remeras argentinas 
se cuece una ilusión con galardones.
 
Tremebunda vanidad de los espejos,
que la vida atraviesa en el sendero
incapaces de otro discernimiento 
allende el calabozo del reflejo.
 
Veo alejarme hollando tan poquito
que no hace contrapeso en la balanza,
y el sostén de la mano de tus ojos
será savia por gracia de las hadas.  

Y contemplando la firme blandura que solo se funde 
en la profunda foz de tu mirada, quedaré allí 
y en el soslayo del caer la arena confinada 
buscaré una vez más la sutil marquita que rubrica la pintura
solo para recordar que la viva porcelana es remedo falto,
luz mortecina, tibia medianía, romance pálido,
concierto desalmado, guerrero anodino de las horas,
bolsa de arpillera que se pliega, circo sin luces ni aserrín,
tapera abandonada, pobre calleja
que no alcanza semejanza en tu mirar.

 

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Este poemita inconexo aporta a la Convocatoria Juevera de Neogéminis  sobre Mucho más que una mirada. Allí encontrarás más y mejores relatos.  

    
 

lunes, 10 de agosto de 2026

Desde el diario

Ya no se puede creer ni en los diarios, rezaba una viñeta de cuarenta años atrás. Y no le faltaba razón, se venían esas épocas en que los editores comenzaban a preocuparse con quién quedar bien y con quién quedar mal; a posicionar a cierto candidato exaltando dudosas virtudes y defenestrar a otros denunciando supuestas maniobras fraudulentas.

Tanto, tanto es así que hemos llegado a pasar el primer cuarto de siglo (¡de milenio!) y mientras creemos haber evolucionado hasta ubicarnos en el pináculo del desarrollo sapiens, andamos extrañando los viejos gloriosos momentos del faber, cuando nacíamos desprovistos de toda posibilidad de sobrevivir solitos en el mundo, alguien o algunos nos cuidaba o cuidaban hasta que empezábamos a vivir del modo en que se vivía entonces: ocupar toda la jornada en llegar vivos a la noche. Ayudar a construir refugios, afilar lanzas, mantener el fuego vivo y así hasta el día siguiente, previendo las nuevas amenazas: heladas, tigres, vecinos hostiles. En el medio y en cuanto fuera posible reír, amar, jugar y no mucho más por lo que preocuparse. Entonces nos moríamos por las heridas, la comida malsana y el frío, pero nunca por la depresión, la hipertensión o la diabetes, supongo.

Volviendo a los diarios y a su carácter de infame bitácora de la vida de otros, qué puñalada resulta la constatación de la evidencia de que ya no son confiables. Automáticamente resulta sinónimo de esta posibilidad de enfermarse por todo del hombre moderno que vive su modernidad.

Caminaba plácidamente por Avenida Dorrego gozando, o intentando hacerlo, del sol de la mañana. Sorteando la farmacia y agradeciendo no necesitar por ahora medicación alguna, crucé la calle para otear en el kiosco de Franco los números salidores en la lotería. Todo para qué, para encontrarme con la portada del Semanario La Corneta, que voceaba con cierta estridencia un titular inequívoco: “El señor Mario Farías es un garca”. Uno espera y tal vez desea aparecer en un diario como una celebridad, un deportista exitoso, cantante glorioso, ganador de la lotería, empresario que ostenta un récord productivo o simplemente favorecido en una rifa de chanchomóvil, pero nunca, jamás de los jamases imagina que su nombre será defenestrado por el titular de un semanario local, de esos que leen las viejas arrancando desde los obituarios y los mequetrefes desde el horóscopo.

Compré un ejemplar rogando que el viejo Franco no se hubiera detenido a leer el titular. Cayendo en la cuenta de cuadras hasta las oficinas donde se redacta y edita el semanario, no dudé en enfilar hacia allí. La mañana invitaba a la caminata, así que no me costó aspirar hondo y dirigirme al lugar desde donde se publicó ese vergonzante titular. La tranquila caminata iba trocando en un tranco sostenido y largo y hasta diríase un trote bajo, para no llamar demasiado la atención de los transeúntes. En un par de bocacalles, estuve a punto de ser atropellado, pero no me preocupó, porque en el peor de los casos no iba a haber titular, sino una pequeña nota en policiales donde ni siquiera me iban a mencionar por mi nombre completo sino haciendo caso a la asquerosa denominación por iniciales.

Por fin llegué a la puerta acezando, me hice registrar y pedí hablar con el editor jefe. Me dijeron que no estaba, por lo que accedí a entrevistarme con el cargo más alto que estuviera presente.

Salió el jefe de redacción y sin mediar protocolo, mostrando el titular de marras y sacudiendo el papel le espeté: ¿Cómo van a poner un vocablo tan vulgar como “garca” en la portada? ¿Dónde quedó la cultura escrita? ¿No son capaces de seguir un manual de estilo?

Y revoleando hojas por toda la oficina, me retiré apenas aliviado por mi descargo.

 

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Este texto medio pavote aporta a la Convocatoria Juevera de Artesanos de la palabra  sobre JUEVES NOTICIOSOS. Allí encontrarás más y mejores relatos.  

 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Breviario del viajante sideral

Caer así, inopinadamente en un lugar, por más que hayas estudiado todos los mapas y leído todas las reseñas, no deja de ser un cuenco para el asombro, que es lo que nos mantiene vivos, según mis maestros.

Quizás sean las sombras -el paso de los soles sobre la cabeza- que van modelando diferentes paisajes según realce tonos pálidos, brillos, ocres o irisados. Quizás los habitantes o los artefactos que a cada paso nos incitan a arrebujarnos en nuestros atuendos que tal vez instintivamente insinúan protección. O quizá el pisar un nuevo paisaje estudiado, inteligido, pero que no ha zaherido nuestros ojos, ni irritados nuestras pieles y de pronto osa atravesarnos en un lance impúdico y sajante.

Eso que algunos llaman sorpresa, que no es más que una insigne muerte a lo conocido y ajado, un pequeño parto racional a lo nuevo, es parte del rito iniciático, de otro Jordán que nos renueva y de casi cualquier cachetada sin aviso.

Por más enciclopedias que leas, nada te prepara para migrar. Ni siquiera el capitán de la nave, ni los instructores, ni el aviso siempre recurrente de la madre que pone una prenda de más.  

Y aun cuando ensayes pasos, idiomas, dialectos, giros y gestos no serás capaz de ser uno más hasta que cierto hartazgo como el conocido de la tierra que dejas aparezca azuzado por un ocaso que no se apura en declinar.

Y tal vez, en ese vértigo lento del asombro cotidiano, un día el hastío te haga sentir uno más del paisaje y de lo que algunos trasnochados llaman cultura.

Así, viajante sideral, comenzarás a comprender las lealtades y traiciones que tú mismo cometerás en esa tarea infinita de ser uno más apenas diferenciado de quienes quisiste -en un somnoliento delirio- conquistar. 

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Este texto medio rarongo aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura  sobre PRIMER CONTACTO. Allí encontrarás más y mejores relatos. 

miércoles, 22 de julio de 2026

Caúno, caúno, cacual, cacual (y otras frases no tan célebres)


Solo unos años después, en mi adolescencia, fui cayendo muy progresivamente en la cuenta de que no todo el mundo usaba las mismas expresiones para referir a las cosas, a las situaciones cotidianas.

Los intercambios de frases, por lo general cortas, solían constituir el lenguaje de las transacciones familiares, ir a la escuela, ayudar en la casa o hacer mandados, alimentarse.
En casa éramos el Rica, el Néstor, y los amigos el Gordo, la Geli, la Ali, el Jole, pero cuando empezaron a aparecer los nuevos amigos del secundario y preguntaban “¿está Néstor?” en lugar de “¿está el Néstor?” también comenzó a reconfigurarse el lenguaje casero. Parecía ser que misteriosamente el artículo anteponiendo al nombre no quedaba bien y había que ajustar el lenguaje para encajar o al menos para no resaltar por la negativa. O tal vez, sencillamente todo el mundo fue mutando hacia ese estilo vocativo

"Es de lo que no hay" (pronunciado “édeloquenohay”) refería a alguien pícaro o travieso cuyas acciones u omisiones causaban incomodidad o estragos sin más a su alrededor.
Me causaba mucha gracia escuchar a una tía que utilizaba en todas sus oraciones “tomodo” o “tocaso” según la conversación, las cuales remitían indudablemente o no tanto a “de todos modos” o “en todo caso”.
“Te voy a hacer saltar los chocolates” era una reconvención amistosa que propugnaba la inmediata cesación de cierta conducta, pues el sopapo subsiguiente podría hacerme sangrar por boca o nariz. Esto nunca sucedía, pero la admonición tenía sus efectos.
“Vamos a probar, dijo Grime (o Grimi, o quién sabe qué apellido) y se comió todo el queso”, más sencillamente utilizada a diario cuando se servía en la mesa algo digno de chuparse los dedos. Con el tiempo y el uso, la frase se cortó en Grime, porque todos conocíamos su significado.

Había otra expresión curiosa, que repetían los vecinos de la edad de mis padres –sobre todo los hombres— que era “caúno, caúno, cacual, cacual”, que se podría interpretar como “cada uno es cada uno y cada cual es cada cual”. Esta expresión cerraba conversaciones acerca de otros ausentes, por lo general y establecía que los demás tienen derechos a comportarse de cierta forma, dado que son otros y no uno mismo y que por ser otros tienen decisiones propias.
Cuando la cuestión compartida con algún viejo compadre italiano era la de construir paredes de una casa, que podía ser de alguno de los hijos de amigos o conocidos, mi viejo compartía con ellos algunas frases de ocasión. Una de ellas era “echale poroto al palo”. Nunca me animé a preguntar su significado, porque creo haberlo captado aunque dudo si en su profundidad. La utilizaban cuando se estimulaban entre ellos a cargar la máquina hormigonera, a poner más ladrillos en la pared o darle una palada más a la cuneta para llenar los cimientos.
Utilizaban un argot interminable e indefinido que remitía a anécdotas añejas, por lo general risueñas.

Otro dicho común era “me acomodé, dijo Pité”, que muchos completaban con “y entró de barrendero”. Era habitual utilizarlo en juegos de cartas, por ejemplo al chinchón cuando uno completaba una escalera. También en su sentido original, que es ufanarse por conseguir algo que no resulta gran cosa.

Con el fluir de los años, comencé a percibir que el mundo presenta diferentes capas de sentido. Bolsones de comprensión entre propios. Que un idioma no termina de decirlo todo. O, mejor dicho, que un idioma en común no es garantía de comunicación, de sentidos compartidos. Que mucho de lo dicho en familia solo tiene sentido y valor en la familia. Que mucho de lo dicho en un grupo solo tiene sentido y valor en el grupo. Que mucho de lo dicho en la escuela solo tiene sentido y valor en la escuela.
Y que quien no ha mamado de las ubres del tiempo compartido, quien no ha llorado el infortunio vecino, quien no ha disfrutado del triunfo ajeno, poco o nada comprende, vive o siente.


Este texto medio nostalgioso aporta a la Convocatoria Juevera de Campirela sobre FRASES CÉLEBRES Y REFLEXIVAS. Allí encontrarás más y mejores relatos.

miércoles, 15 de julio de 2026

Dislate orate (Sana sana, Susana) v. 2


Donde ronde el vizconde, esconde y no responde lo que corresponde. Evade y va de aquí para allá, granalla canalla. Amalaya, desconcierto. Por cierto, algo se ha abierto, subvierto, pervierto mis sentires, solo convierto en palabras la macabra abracadabra, cabra que descalabra los sentidos idos, hervidos nidos, fornidos rugidos despido bebido aunque poco haya sorbido, he temido ser agresivo, abusivo, intempestivo, por permisivo, divo cautivo de mi cultivo sativo y no de olivo. Activo libo la miel sobre su piel, fiel evito la hiel quedando en el riel, líbrame Gabriel, ángel bueno, del feo deseo ateo que empleo al ver obsceno seno moreno sereno que pleno se presenta, atenta la lenta cuenta que aumenta cruenta, calienta y contenta la opulenta figura de estatura que cura la dura natura y apura la simiente silente fluyente del doliente ente ardiente indecente.
Sana, sana, Susana, la confusa difusa musa profusa, quería hacer de su vida una vida vital, vívida y vivible. Sentía que moría de muerte -mortal suerte- cada vez que se dirigía trabajosamente a su trebejoso trabajo.
Sospechaba sospechar sospechosas intuiciones que intuía intuir intuyendo, pero se quedaba quedada y quedadamente quedaba cada vez más quedada.
Lo cual indicaba índices indicadores de algunas percibidas percepciones y ni aun así osaba asir a su ascetismo a su lado. A su vez se azuzaba a sí misma, asimismo a sí misma se ensimismaba en su hacinamiento social, total, qué mal cabal, abacial, abdominal, podría acabar acaso acabando acá, acaracolados ácaros acalorados a calor, acalambrados acarreos a carros académicos, endémicos, sistémicos, si este mico chico, sin pico ni rico, ni agónico, lacónico, porque los monos no hablan, ablandan a blusero Blas, blanco, blandiendo blasfemias, blindado, blusa bloqueada, bledo interesa que Teresa la abadesa, esa profesa inconfesa frambuesa finlandesa, obesa, gruesa, tiesa a la mesa, se siente, miente, consiente, consciente simiente maledicente, iridiscente, gente demente de mente ausente.
Sana, sana, Susana, nirvana de lana, enana cercana. Cerca, Ana cerca cerdos lerdos. Cuerdo, pierdo recuerdos izquierdos y ya no me acuerdo. Ni siquiera si quiera que muera la nuera que no era la que era la que espera. La pera le hicieron, jodieron, dieron que hacer a ser vil servil, civil inmóvil, que busca incisivos motivos lascivos -vivos- para seducir, reducir, conducir, introducir sin reproducir. Sólo saciar, gozar, alcanzar al abalanzar alabanza -sin templanza- alianza con pujanza de lanza que da en el blanco ni manco ni lento, macilento, corpulento con talento aunque lento, no violento ni viole entonces once bronces.
Sana, sana, Susana, su sana costumbre, lumbre sin pesadumbre ni podredumbre que vislumbre y se deslumbre.
Sana, sana, Susana mulata, si sus anales de plata dilata, dislata y mata de culata cuando pienso en denso incienso ese descenso -soy propenso- y tenso, extenso, inmenso, lo dejo en suspenso.
Sana, sana, Susana, tengo pretexto, largo sexto texto en este contexto y ando cerrando considerando que va durando y dejo para el fin el final del fin del delfín que finalizó, fingidas finanzas, fina finta en la finca del fin.
Fin.

 

Este textito loquito aporta a la Convocatoria Juevera de Artesanos de la palabra  sobre DALE VIDA A TUS PERSONAJES. Allí encontrarás más y mejores relatos.
Aclaro que es una revisión de un texto viejito que preparé para el Mundial de Escritura y espero no asuste ni moleste (tanto). 

 

viernes, 3 de julio de 2026

Desde el baño

Maneras de comenzar el día, muchas. Maneras que me ocurren a mí, menos. Por lo general, mates tranquilo, las palabras justas con la familia antes de que cada uno tome su destino diario consabido. Trabajo, escuelas, gimnasio… Después, lo de siempre, trámites, clientes, requerimientos, cuentas. Pero hay días, como decirlo, hay días en que no sé si el destino viene cruzado, si dios se levantó juguetón o ni se acostó porque no es domingo o quién sabe qué portal cósmico se abre, en que los momentos se viven raros, como extraídos de otro cuento o vividos en otra dimensión.
Me disculpé y fui al baño. Los mates, el frío matinal, el apuro por no llegar tarde, no sé. Baño vacío, mingitorios libres, a dejar escurrir esos nervios previos a la jornada laboral por el curso ambarino del alivio. Astuto, elegí el del medio para no andar codeando pared alguna. Pero el sino es más astuto, lo demuestra el abrirse de la puerta inmediatamente cuando ya es imposible abortar la misión. Un tipo alto y ancho, de los menos deseados en el baño. Se hizo lugar con un pequeño codazo o pechazo para que yo entienda que era necesario compartir estrecheces. Se lo veía un poco nervioso, por lo que inopinadamente arrancó conversación.
—Fresco día, ¿no? Todo se achica…
Mientras enrojecía, solté: —Buenas. Tal vez no tanto, ¿no?
Creo que de reojo sospeché que también revoleaba las pupilas. Entonces me envalentoné y arremetí. 
—Sufre mucho el frío, ¿no?— Casi suelto una risotada al notar que todas las frases enunciadas terminaban en la pregunta que da pie para continuar conversando.
—Sufro el frío, pero también sufro lo vacuo de la existencia, dijo alguna vez Schopenhauer, jo jo jo— en un dudoso y risueño “yopenjauar”.
Quise ponerme gracioso, pero nunca me sale: —La existencia vacuna es sufrida, sabiendo que van al matadero tarde o temprano.
—Como todos, amigo, como todos— pontificó.
Dando por agotada la instancia filosófica del lento drenar, comencé a ejecutar las maniobras consabidas que anunciaban la finalización de la tarea. Con aire filosófico continuó: —Más de dos es… ja ja ja, usted ya sabe.
No me arredré. —Depende de la geometría del problema entre manos.
—Em.
—No sé si me explico. Lo oblongo no quita lo complejo.

Rió, como quien no entiende el chiste, pero no quiere quedar estulto. —¡Ja! ¡Oblongo Nghé!— trayendo a Les Luthiers al mingitorio.
—Algo así, amigo— espeté mientras enfilaba hacia la puerta.
—Aguante, que voy para allá— replicó.
Mientras ejecutaba pesadamente los últimos pasos de guardado y realiño dejó caer una especie de confesión. —Usted me agrada. No lo tome a mal, pero esta breve charla orinal ha sido más animada que cualquier noche con mi mujer. Usted sabe…
Y no, yo no sabía ni quería saber. Entre el halago por lo animado de la breve conversa y la declaración de incómodo silencio con la esposa, ya estaba convenciéndome de que lo mejor sería desaparecer en ese mismo instante de la vista del grandote. Por compromiso, tiré lo que consideraba la última frase de salida.
—No es fácil la convivencia. Unos más, otros menos, todos lidiamos con el peso de lo cotidiano.
—Yo ya no convivo, por así decirlo. Mi esposa decidió hacer del silencio su postura eterna. Las deudas, las discusiones… Allí quedó, mutando en aspecto, olores y colores sobre la cama que no volveremos a compartir.

Tragué saliva o eso quise, aunque juro que lo intenté, tieso como estaba. Y continuó retomando algo de la conversación previa: —Todos al matadero, unos antes, otros después. Ahora le toca al gerente de este infame banco, amigo—, sacando un grueso revólver. —Y después a mí. ¿Sabrá usted en qué oficina lo encuentro?
—¡Grap!, creo que la tercera a la izquierda.
Y lo mandé al escritorio del subgerente Ferroni, que me hace la vida imposible por sus celos profesionales. Mientras buscaba ganar la calle a los trompicones, al empleado de la caja dos se le ocurrió llamarme: —¡Señor gerente, necesito una firma!
Solo queda escuchar el disparo.

jueves, 2 de julio de 2026

Pisar el alquitrán


Ya no me molesta pisar el alquitrán. Ni respirar la caliginosa niebla dulzona de los tugurios que alguna vez fueron asombro y excitación. No me siento tentado a acariciar la gastada culata de mi revólver ni me sobresaltan los frágiles quejidos de pisadas que se fingen desacompasadas.
Mirella sabe que colgar el grueso sobretodo y cambiarlo por una campera inflada dice mucho más de mí que cualquier descripción farragosa de un autor aburrido ante el teclado. Intuye que el paisaje que veré ya no será el atravesado por pupilas dilatadas en esfuerzo por atisbar lo distinto entre lo igual, lo ocre entre lo pardo y lo rojo de esa mancha que se expande bajo un cuerpo aún tibio.
Cómo sonará el leve desinflar de un pliegue de mi campera cuando una bala lo atraviese, me pregunto. Cuál será la ultima palabra que diré. En el último aliento, ¿pensaré en mi seguro de vida a nombre de Mirella?, ¿en las luminosas tardes abandonadas por el camino de las sustancias que convenían repartirse a la noche ?, ¿en las miradas fijas que quedaron en quienes se atrevieron a desafiarme? 

Ya no me molesta pisar el alquitrán ajustando el ala de la gorra con gesto ampuloso, con la mirada que se fuerza torva para espantar palomas. 
Detective o criminal, qué más da. Ya no me interesa elegir un lado, hasta sospecho que todos sufren y pierden más o menos por igual. La damisela sugerente que sonríe a pesar de las cachetadas, el rufián que juega a la ruleta rusa de la confianza con un nuevo jefe, el policía que gana menos que poco y busca alguna cometa miserable mientras viene de azotar a una jubilada que reclama no se sabe bien por cuál de los maltratos de los de turno, el pibe soldadito que te mata de un tiro para sacarte un poquito, el que pierde aun ese poquito que le sacó el otro. Todos sufren y pierden.

Ya no me molesta pisar el alquitrán si no trae sorpresas. Salvo mi cambio de abrigo, la noche en este infame barrio es la de siempre. Si acaso atravesara las callejas sin que la perrada crea que le disputo su lastimosa pitanza y no aparece nadie que se erija como acreedor de dinero, tiempo o vida, los brazos de Mirella serán cobijo seguro para una bestia nocturna como yo.

Dejo de pisar el alquitrán, abro la reja y golpeo dos veces. La puerta se torna y me ilumina la cálida luz de unas velas. Estoy seguro de que Mirella alcanzó a oír el leve desinflar de mi campera.

 
 
 
 
Escribo este apurado relato corto para participar de la convocatoria juevera INTRIGA EN LA GRAN CIUDAD en https://neogeminis.blogspot.com/2026/07/intriga-en-la-gran-ciudad-lista-de.html, por puesta por Mónica 

domingo, 27 de octubre de 2024

Carlitos

Con once años son otros los horrores, efectivamente.
Jugar a las escondidas se podría considerar casi normal una tarde de primavera; jugar en grupo, en las veredas gritando y chillando como chicos que solo le temen a los castigos de los grandes, pero había otros miedos más profundos. Miedos que aparecían en las conversaciones a media voz de las mujeres y el silencio casi obstinado de los tipos que, metalúrgicos y marrones como mi viejo, ya no podían reconocer un lugar como propio. Fascinado y aterrorizado, desde la ventanita de la puerta de casa vi -vimos- llegar con mi familia, la larga caravana que invadía la ciudad. Parecía sacado de una película de guerra, el grueso llegaba por la Ruta 9 (hoy Ruta 21). Los veíamos apostarse en todo el predio de Las Dos Rutas, atrincherarse en las grandes cunetas del Chapuy al frente de casa, comunicarse por radio. Yo no decía nada, nadie decía nada. Sólo esperaba que de un momento al otro apareciera un enemigo que simplemente no existía. Entonces, por las noches, las corridas por los techos –de soldados, creíamos—nos obligaron a mi hermano y a mí a dormir en la pieza de la Nona, que no daba a la escalera como la nuestra.

Es que Villa estaba invadida. Mis viejos no me dejaban hacer refugios para juegos en los baldíos, ni correr cuando veíamos un extraño, no sea cosa que los fachos nos peguen un tiro. Yo me imaginaba los fachos como alguna especie de monstruos de película, que no tenían contemplaciones con los seres humanos… finalmente no estaba tan equivocado…

A Carlitos Ruescas –que vivía en la cuadra de atrás- lo vigilaban, a Manuel Duarte –que vivía a la vuelta— lo vigilaban. Había tipos raros dando vueltas por el barrio, se apoyaban en los tapiales y de vez en cuando hablaban por radio o charlaban con otros que se acercaban en auto. Los vecinos ni siquiera se atrevían a salir a la vereda en esos casos. Mis viejos me decían que si preguntaban por alguien dijera que no lo conocía o que no sabía nada, pero nunca me preguntaron, aunque sí a otros chicos.

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Pero otra dimensión del miedo nos iba a traspasar una tarde de primavera jugando a las escondidas con el Jole y dos o tres de los chicos del barrio. Marcelito Ruescas no estaba con nosotros, hacía un tiempo que no lo veíamos, pero igual jugábamos en el tapial de Prunes, frente a su casa. Sin prestarle demasiada atención vimos llegar un Renault 12 naranja y un Falcon negro. Pero si los autos no decían nada, los tipos que venían en ellos, sí y las armas que traían, mucho más. Ahí nomás dejamos de jugar y sin pensarlo demasiado nos sentamos al solcito contra el tapial a ver a qué venían por el barrio.
Bajaron tres o cuatro de los seis o siete que eran. Al mando se veía un tipo más petiso y robusto, de poco pelo, con anteojos negros que nos miró como con asco y luego haciendo caso omiso de nuestra presencia. Abrieron el portillo y golpearon la puerta. Como tardaban en responder se impacientaron, dieron algún golpe con la culata de un arma y algo dijeron en tono imperativo, pero mi fascinado horror no me permite recordar palabra alguna, más que entender que se estaba bañando y por eso tardaba. Al final, salió Carlitos, sin sorpresa en el rostro, pero con expresión triste. Lo llevaron a uno de los autos  con el revólver a la cabeza y una ametralladora por la espalda.

Al volver a casa y contar, mi mamá no podía creer. Carlitos y Mabel su esposa eran conocidos de toda la vida desde que vino a Villa desde su pueblo. Mabel vivía a la vuelta de la casa que alquilaban antes de casarse. Ambas y con otras amigas disputaban divertidos carnavales con Carlitos y otro muchachos, como se estilaba. Carlitos era incapaz de portar un arma y menos de usarla. Era un buen tipo, nada más ni nada menos que eso, con la única culpa de pensar que vale la pena el compañero de trabajo, que valen la pena los compañeros.

Cuando mi tío Tristán vino con la noticia unos días después, mi vieja se puso a llorar a mares y mi viejo se hundió más y más en su triste silencio. Habían encontrado a Carlitos, a Julio Palacios y a la abogada María Concepción De Grandis horriblemente asesinados con una saña increíble en una zona rural.

Yo apoyé los brazos sobre la mesa y la cabeza en ellos y repasaba mentalmente la tarde fatal en que se llevaron a Carlitos, fuimos los últimos del barrio en verlo con vida, una vida que él seguramente sabía que se le iba, que se la robaban. Cuando le tocó a Manuel -eran los mismos tipos- sus familiares alcanzaron a decirles que no estaba en la casa. Mientras los entretuvieron, Manuel salía por el fondo a casa de otros vecinos y de allí al exilio en el propio país, en la propia tierra varios años…

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Villa estaba invadida, la muerte se hacía cotidiana y cercana. Pero no la muerte de la vida que llega a su culmen, la muerte de la vida segada inútil y cruelmente.
Aún hoy, ese tapial, esa casa del barrio, me traen invariablemente el doloroso recuerdo de los que no están, del sufrimiento de mi vieja y el hondo silencio de mi viejo que nunca más tuvo ganas de ir a truquear con sus amigos al club, no sé si por otros conocidos asesinados en un bar, si por temor a dejarnos solos en las tardecitas o algún otro miedo y, la verdad, nunca me atreví a preguntar aquel porqué.
Nunca volví a ver a Marcelito Ruescas, no sé si pudo ser luego alguna vez el pibe alegre, con esa insolencia inocente y esa picardía desbordante que tenía. No creo… Con once años, son otros los horrores, efectivamente… definitivamente.

viernes, 29 de marzo de 2024

De cómo participar en política partidaria y no ser un miserable

 Unas palabras para quienes se interesan en participar e política partidaria.Escribo estas líneas a propósito de una entrevista que un medio local realizó a un joven de corta experiencia política que busca posicionarse desde su espacio. Y recibió múltiples comentarios en las redes sociales.

 La política es el modo en que individuos y agrupaciones toman decisiones y operan sobre la vida en común. La política no es necesaria. Sucede, acontece, porque se gesta desde el accionar humano colectivo. Es inevitable, ineluctable, porque es el resultado y la acción de un conjunto de operaciones, no una cosa que se tiene o no. Hasta podría pensarse como propiedad emergente de un sistema de relaciones humanas. Las vecinales “hacen política”. También las iglesias, las escuelas, los funcionarios, los políticos, las instituciones de cualquier tipo. La expresión “está haciendo política”, utilizada para denostar ciertos accionares, si no viene acompañada de aclaraciones no dice nada más de lo que ya sabemos y casi casi es natural.  

De esto se sigue que cualquier discurso que denigre la política está denigrando el accionar colectivo y sus consecuencias, por lo que también está prefiriendo evitar la política para resolver los problemas comunes. De allí no hace falta ser una luz para concluir que para evitar la política será necesario que alguien tome las decisiones en lugar de la respuesta colectiva. La conclusión no puede ser más interesante.

He elegido ser docente. La política está en el meollo del accionar escolar y en todo el sistema educativo. Las constituciones nacionales y provinciales son una propuesta política, las leyes, el sistema educativo y, de un modo especial, los planes de estudio, que cristalizan en un documento de aplicación la propuesta educativa del gobierno de turno. En cuanto a los directivos, el modo en que organizan la escuela, el trato con alumnos, familias y comunidad, el modo de gestión que propone a sus docentes, las decisiones cotidianas resolviendo problemas constituyen la política escolar. No los discursos. Estos suelen ser más ideológicos que políticos, es decir responden más a un ideario que se pretende estable e intenta una explicación de la realidad.
Por ello, pedir a un docente que no haga política es pedirle a un médico que no hable de salud. Esto no habilita al docente a imponer su ideología. No hace falta recordar la asimetría del vínculo entre docentes y alumnos, en los variados aspectos que esto incluye. Pero sí obliga al docente y a la escuela a “hacer pensar”, a poner en interjuego el sistema de valores y creencias de su hogar con los de su comunidad y con la sociedad en general[1]. Esto es una función indelegable de la escuela moderna.

La participación en política partidaria es otra cosa. Es la asunción de que un grupo de personas de ideología medianamente compatible a través de la puja de poderes puede proponerse para direccionar la política según sus convicciones, sus intereses o las convicciones e intereses de algún otro ente que considera de rango superior.
Muchos hemos alentado a nuestros alumnos a participar en política, —partidaria o no— hemos generado, sostenido o promovido centros de estudiantes, cooperativas escolares y agrupaciones de todo tipo. Es decir, a no ser ni sentirse ajenos o indiferentes a las decisiones colectivas. Y nos hemos sentido felices de su participación en partidos políticos, en cualquiera durante o posterior a su paso por la escuela.

Vemos con agrado que no solo desean cambiar el mundo (grande o chiquito) sino que tomen uno de los modos más contundentes de hacerlo, el de la participación política partidaria. Meterse en este juego implica aprender el poder del poder[2], el alcance y las limitaciones de la ideología, la puja con los partidos rivales y la puja por un lugar de decisión entre los propios. Las alianzas y desalianzas, la traición como evento y/o —en algunos casos— como cultura.

Un mundo apasionante y difícil en el que hay que bancar mucho e influir poco las más de las veces, pero que hace a la construcción política de la sociedad.

Sin embargo, (paso a un tono personal) pretender participar en política no te convierte automáticamente en un miserable. No es una condición necesaria para participar en política. Uno elige o no ser un miserable.

Cuando elegiste participar en política partidaria (casi) seguramente pensaste en que tu participación es buena porque hay mucho que cambiar. Cambiar un estado de cosas que legitima la corrupción, o el privilegio de quien ostenta un cargo o el curro de quienes pueden recibir ventajas por otorgar cierta licitación o la posición prebendaria de quien compra conciencias repartiendo dádivas. Cosas que la mayoría pensamos que deberían cambiar.

Bueno, nada de esto se puede cambiar siendo un miserable.

Sos un miserable si entre tus actividades principales está revolear pudrición en las redes sociales.
Sos un miserable si cuando te ponen un micrófono adelante todo lo que tenés que decir es cuánto se equivocan los demás.
Sos un miserable si te desvela la promoción de los propios a cualquier costo, más si promovés a un inepto o un corrupto y premiás a quien ha demostrado serlo a lo largo de su gestión.
Sos un miserable si denostás tus orígenes, tus espacios sociales, tu escuela, tu barrio, por reyertas partidarias.
Sos un miserable si te llenás la boca hablando de políticos ejemplares mientras tirás zancadillas a los que querés derribar.
Sos un miserable si enseñás a vivir porque tenés una posición privilegiada o la lente de una cámara enfrente. Y peor si nunca tuviste que rajarte el lomo laburando para otros.
Sos un miserable si privilegiás los negocios a la salud y la educación pública.
Sos un miserable si propiciás cárcel y garrote al necesitado y hacés la vista gorda con el garca que se la lleva toda en negro o el que gestiona puertos impunes.
Sos un miserable si tu discurso en defensa de los obreros, los pobres, las minorías contrasta con la opulencia de tu vida o el trono en que te sentás.
Sos un miserable si el insulto es tu forma de relacionarte con los que piensan distinto. Y te regodeás en la mordacidad en tus diatribas de redes sociales.
Y está visto que cualquier miserable puede acceder a cualquier cargo político, desde integrar una comisión de fomento hasta la presidencia. Y quedarse.

Si vas a elegir ser un miserable, por favor, no te dediques a la política. No hay más espacio ni queremos más de esos. Están codeándose todo el tiempo: algunos para hacerse lugar a costa de otros, los demás se codean celebrando sus rastreros triunfos personales, que son lo contrario de lo que intentaron promover cuando decidieron participar en política partidaria.

Pero ojo, que esto no significa que todos quienes se dedican a la política partidaria sean unos miserables. Muy por el contrario, tengo la alegría de conocer a personas íntegras, comprometidas con su causa entendiendo que su causa en definitiva son personas, comunidades. Militantes —de diferentes partidos— convencidos de que no hay futuro sin los otros, de que hay que ser dignos en lo grande y en lo chico.

Resumo: Si te dedicás a la política partidaria recordá que ser un miserable es una elección no una condición. Si no, estás a tiempo de retirarte por el bien común que pregonás.
 

[1] Un ejemplo un tanto extremo puede iluminar. En un hogar de ambiente aislado, semirrural, el padre prostituye a su hija prestando servicios sexuales a sus compañeros de trabajo por dinero. La hija crece con esta normalidad. En la escuela comprende que esta “normalidad” no es tan normal al contrastar su vida y su cotidianidad con la de otras compañeras y con las reflexiones generadas en clases de ESI o en charlas con docentes.


[2] No me maten, quise decirlo en pocas palabras.

lunes, 28 de noviembre de 2022

La casa de la esquina sin ochava

Consigna del Mundial de Escritura: Descifrar el misterio detrás de una mujer que un día se encerró en su casa, en la mayor oscuridad posible y que frecuentemente se veía visitada por cuervos, lechuzas y gatos...

 

 

 

En los barrios populosos no faltan esas casonas vetustas con aristas derruidas y un fluir río arriba de hiedras insolentes. Casas que ya no son otros hogares que de personas de paso que buscan guarecerse de una tormenta o hacen noche sorprendidos en su deambular intemporal, pero ineluctablemente continúan su derivar al alba o mucho antes cuando el pavor las asaetea. O que se convierten en cobijo quizás hasta amigable de cuervos, gatos rapaces y alguna lechuza que se aposta en sus vigas enseñoreándose a sus anchas para advertir los males que pueden abatirse sobre un inopinado incauto que atraviese sus dinteles.
 

Como la casa sin ochava de la esquina que da al club del barrio, esa que dicen fue del primer farmacéutico del pueblo, que un día reunió a su familia y decidió marcharse dios sabe dónde, sin siquiera molestarse en alquilarla o vender. A más de ochenta años de la partida, el pueblo se hizo ciudad y la ciudad comenzó a semejarse a un burgo medieval con sus transacciones en las calles, en locales privados y en las alcobas ajenas. Y floreció una pequeña industria de envases, calzado, vestimenta y alimento, que avivando la llama del pujante medrar comercial, a su vez fue alejando a las gentes de las pueriles preocupaciones religiosas o místicas. Como se sabe, los dioses aprueban complacientes el progreso mercantil.
 

La casona sin ochava contaba las semanas y los años casi sin más cambios que un deterioro apenas perceptible en el tiempo aunque la carcoma y el óxido hacían su lento trabajo químico entre sus paredes.
Algunos de los tantos días iguales fue testigo de una mujer que buscó, como muchos otros en otros días tan iguales, refugio entre sus paredes. Viejos truqueros del club la vieron llegar envuelta en una manta gris, como su piel, como la medianoche que la bañaba, como el raído bolso que arrastraba como todo su tesoro.
La pálida lechuza revoloteó por un ventiluz cuando la pesada puerta gimió grave al entornarse, dio un par de vueltas casi sin aletear hasta que decidió retornar. Los parroquianos fijaron los ojos en los ventanales, que seguían obturados por gruesas celosías pero parecían complacidos de dejar escapar entre sus agrietados bordes algunos ramilletes de una luz macilenta proveniente de alguna indefinida fuente.
 

Y así noche, tras noche, aunque los cuervos iban y venían, los gatos merodeaban por los tejados y la lechuza emprendía algún que otro vuelo de reconocimiento, la casa pareció respirar el resplandor incisivo que refulgía y menguaba de a ratos como si alguien pasara por delante suyo o si se tratara de un fuego fatuo indeciso.
Alguien comentó que la mujer entró, pero no salió más. Otro, que era la nieta del farmacéutico misteriosamente fugado. Quizás una vecina conjeturó que recibió una herencia y adquirió la propiedad. Y alguien más que se alimentaba de los cuervos y gatos ya que no salía para hacer las compras. ¡Que no compraba! Inadmisible. En una ciudad cuya prosperidad dependía del comercio, había en una esquina sin ochava una misteriosa mujer que no hacía las compras, que no participaba de las transacciones burguesas como cualquier ciudadano honorable, cuando todos saben que no existe dios alguno que apruebe tal comportamiento.
Las sospechas trajeron un comentario tras otro y algún cascote hizo mella en el tejado. No faltaron los palos con que los borrachines apalancaban puertas y ventanales para discernir la fuente de luz, fuente también del comportamiento herético y la posta de guardia permanente en la vereda.
 

La casa de la esquina sin ochava se mantuvo en pie todo los que sus carcomidos puntales aguantaron los embates y sin emitir queja alguna se derrumbó un viernes por la tardecita víspera de un feriado comercial, mientras cuervos y gatos se desbandaban y la lechuza se sostenía en el aire antes de ascender hasta que una nube pudorosa la cubrió.
Los curiosos, con parsimonia, primero un par, luego por decenas, se entretuvieron revolviendo entre los escombros tal vez con la esperanza de encontrar a una mujer aplastada por los restos de la casona, tal vez hurgando en busca de la luz mortecina. Pero nada.
 

Pasado un tiempo, el intendente y el concejo municipal acordaron instalar un lujoso centro de compras en la esquina frente al club, acorde a la pujanza de la ciudad, al que llamaron Nuevo Burgo, con la bendición de los dioses que dieron su beneplácito.
Nadie comenta que algunas noches una lechuza entra planeando por los altos respiraderos, quizás a encender una lucecita macilenta que parece venir del centro mismo del majestuoso edificio menguando de a ratos como si alguien pasara delante suyo.