ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

SU ATENCIÓN, POR FAVOR, INCAUTOS (Y ESCASOS) LECTORES

Impulsado por un patadón en el traste que ligué, participé del Mundial de Escritura. La participación consiste en escribir durante 12 jornadas narraciones de un mínimo de 3000 caracteres que obedezcan a consignas que se dan en el día y deben realizarse en el mismo tiempo. Me encantó el juego, que me obligó a retomar la escritura, aunque sea apurada e inconexa. Voy a ir publicando mis textos en el blog, de paso no se pierden.

domingo, 25 de julio de 2021

Don Alves

Este es mi texto del octavo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: escribir una historia en la que
descubramos a un personaje a través de un gesto.

 Eran esos años en los que los vecinos salían con una tacita a pedir un poco de harina, azúcar o aceite a otros vecinos. Modesta solicitud que sería recompensada luego con unas tortas fritas o pastelitos los días de lluvia. Costumbre de campo adaptada al formato rectangular de la ciudad con sus esquinas y veredas, que confinaban toda nueva construcción al formato de un solo frente y con escaso margen de elección para el aprovechamiento del sol y la sombra. Los días de lluvia gran parte de los trabajos del campo se imposibilitaban. Los peones se refugiaban en los galpones, reparaban herramientas, acomodaban un poco, pero sobraba tiempo. Ponerse a hacer tortas fritas era un entretenimiento a la par que una forma de alimentarse sin demasiada demanda de recursos.

La aparición de las grandes metalúrgicas transformó al pueblito en ciudad y a la ciudad en una telaraña de nuevas relaciones, nuevos oficios, nuevas economías. Los venidos del campo, de lugares más agrestes, con oficios rurales debían adaptarse, aunque este término no significara nada para ellos. Su adaptación consistía en ir aprendiendo en el día a día el ajuste a ritmos impuestos cada vez menos por la naturaleza y cada vez más por otros relojes. Pero también consistía en enseñarle a la ciudad ciertos rasgos de hidalguía, cierta parsimonia dulce, ciertas costumbres que la vida en el campo les había impreso. Pedir prestadas herramientas, útiles de cocina y hasta la bicicleta eran situaciones usuales y que no conllevaban vergüenza ni se respondían con una cascada de cuidados a tener en cuenta.

El hombre pasaba los ochenta, había capeado demasiadas tempestades, sabio de trabajos camperos con el manual tallado en las formas angulosas del rostro y en algunas cicatrices a la vista y muchas de las bravas prudentemente ocultas. Pero no contaba demasiado, había que tirarle mucho la lengua para que suelte dos o tres frases o recuerdos. Otros paisanos eran más dicharacheros, tenían un “dicho” para cada ocasión y cualquier excusa la tomaban como puntapié inicial del minucioso desgranar de una anécdota.  Don Alves era más bien reservado, pero no taciturno. Contaba poco de su historia, aunque solía ser buen conversador con los vecinos. Los años que llevaba encima, en conjunción con la soledad de los últimos ocho, le impedían a veces salir a hacer las compras.

No encontraba su palo de amasar, toda una deshonra. Se llegó hasta nuestro hogar, que no era lindero, pero estaba en la cuadra. Mi madre, solícita, buscó el suyo, le sacudió un poco la harina pegada de la última amasada, que le salgan ricos esos ravioles, no hay apuro por el palo. Don Alves agradeció y al encaminarse hacia la puerta el Morro salió desde atrás de una cortina y tras un salto de cazador avezado lo mordió en el tobillo. Sin mediar lapso de tiempo, un palazo deslizante revolcó al gato al sitio de dónde venía. Mi madre quedó atónita, la rapidez de la reacción del viejo, el movimiento de su muñeca desde la posición en la que estaba hasta dar el sablazo, la fantástica transformación de un hombre decadente en un elástico ser de algún heroico linaje, parecieron transformar la escena en un relato mítico.

Los segundos que siguieron no vieron mimos al gato asustado por parte de mi madre, sino un aluvión en su mente de frases y breves relatos que Don Alves rara vez fue soltando en las décadas de vecindad. Vida en el noreste santafesino, Las Toscas, o Tacuarendí o Florencia o en todos ellos. Peón rural en lugares donde los obrajes se confunden con el monte y este con los bañados y los cañaverales. Donde el sudor es el temple para el cuero trigueño que remonta los años en los pagos raleados, en el rancho de quincha, en la furia de las sabandijas que ven asolada su tierra. Donde el tabaco no era tabaco si no alcanzaba y la danza del chupe barato remozaba la peonada con la temprana ida de los menos recios. Cuando venir al sur era promesa de empleo, de horario de trabajo y de descanso, de sueldo fijo y con suerte una casita de material para la mujer y los hijos. De amontonarse en el tren y embelesarse con el ondular del trigo y la firmeza del maíz.

En ese breve y espontáneo ensueño estaba mi madre cuando Don Alves agachándose lo que el cuerpo le daba intentó estirarse para acariciar al Morro, que huyó como si se le acercara un dogo satánico, pero tan lentamente que quedó a mitad de camino, mientras intentaba disculparse: –perdone, me vino a la mente una yarará– y, abriendo la puerta de calle mientras miraba el palo de amasar:  –como si fuera el machete.

Mi madre que hoy tiene la edad de Don Alves en la ocasión, suele contar esta historia tan terrena y trivial una y otra vez a sus nietos. Parece advertir que hay ocasiones en que las personas despiertan una magia que no saben que poseen, magia que es tan propia como las dichas y desdichas de su vida pero que en un destello lo iluminan todo, incluso lo que no se dice o se escribe.

lunes, 19 de julio de 2021

Autoayuda de bolsillo

Este es mi texto del undécimo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: recomendar tres libros de autoayuda
que no existen y que quisiéramos leer.


Pocos objetos son tan preciados como los libros de autoayuda. Sus lectores suelen leerlos y convertirlos en puntales necesarios para sostener una vida que incomprensiblemente se había sostenido bastante antes de su aparición. Sin embargo, la llegada de un libro de autoayuda será un detector de la existencia de esa necesidad hasta el momento poco advertida.
Dejando de lado el trillado chiste de que un libro de autoayuda funciona si se vende mucho dado que su autor consiguió ayudarse económicamente —los ejemplos sobran— es probable que formen parte del conglomerado de raigones a los que aferrarse cuando los fantasmas del modo de vida actual prometen precipicios a cada paso.

Difícil resulta diferenciar, clasificar y valorar iniciativas como el coaching, la astrología, el tarot, las constelaciones familiares, el espiritismo, el yoga, de la misma manera que puede ser complicado hoy día clasificar las religiones tradicionales
Sin embargo, están aquí y para quedarse, como los dolores articulares de quien ha vivido. El lector distraído puede suponer que estas líneas se construyeron como una diatriba contra el género. Nada más lejos de la realidad, lo que podrá verificar si las frases anteriores no han conseguido arredrarlo. Sin mediar más prólogos ni advertencias se procederá a recomendar la lectura de los siguientes dubious sellers a través de las reseñas que se ofrecen a continuación:

- “Autoayuda de liberación”, de la autora checa Ester Raplanista. Un compendio que recorre las distintas formas y maneras de llegar a la liberación de cuerpo y espíritu de la opresión que la vida actual impone al individuo que no logra despojarse de las ataduras. Se destacan especialmente algunos capítulos que se han convertido en clásicos del género. Cap. 5 “De cómo si la Tierra fuera esférica nuestra mente estaría atada a la gravedad”, Cap. 12 “Del avistaje de ovnis como terapia ambulatoria”, Cap. 27 “Del modo en que ser hincha de San Lorenzo prepara para soportar los avatares de la vida”, Cap. 53 “De los chakras: cómo reconocer el ganado ovino del bovino”.
Fascinante compilación post mortem de la reconocida autora —valga el término acuñado por quienes tuvieron que reconocerla cuando decidió arrojarse bajo las ruedas de un tren— al lograr así la liberación definitiva.

- “Ayúdame que te ayudaré”, de los sacros gurúes Ivana Garparme y Johnny Laburo. Estos discípulos dilectos del Maharishi Mahesh Yogi explican con lujo de detalles cómo el aferrarse a los bienes materiales produce una afición adictiva a los mismos. Es por ello que proponen desposeerse de dichos bienes; dado que nos son vitales en la sociedad de hoy, proponen hacerlo en forma simbólica depositando mensualmente una suma de dinero en una cuenta administrada por los autores cuyo fin es aportar a la FIASCO, Fundación Internacional de Autoayuda, Sociedad Comunitaria. Los testimonios de los autores son conmovedores. No es un material bibliográfico más, sus seguidores se cuentan por miles. Incluso se han producido tremendos toletoles callejeros entre dos facciones: aquellos que admiran y aspiran a la vida relajada de los autores y aquellos que reclaman la devolución de su óbolo a tan auspiciosa causa.

- “Manual de autoayuda”, de la coach y sexóloga Analía Cavallo: La autora pone en la mano de los lectores un amplio vademécum por la autosatisfacción de las necesidades más profundas y vitales del ser humano. Las ilustraciones son elocuentes e inspiradoras. No se recomienda que el libro esté al alcance de menores. Incluso sus más feroces detractores han reconocido que seguir paso a paso —o mejor dicho, mano a mano— las instrucciones y recomendaciones del libro han trocado su necesidad de satisfacción por una sonrisa bucólica e indolente debido a una correcta canalización de las energías y los fluidos elementales en búsqueda de terminar con la deseada armonía.

Estas recomendaciones oficiarán al modo en que una brújula conduce al navegante al seguro puerto que ofrece el correcto uso de los instrumentos y el desarrollo de la intuición educada para capear los temporales más recios que propone la posmodernidad. Sin el correcto libro de autoayuda en sus manos, el desnudo ser humano corre el riesgo de vivir mirando a los ojos a quienes lo rodean y tendiéndoles la mano en la trepada para ayudar, en la caída para proteger y en el llano para sentir y sentirse uno con el otro.

 

lunes, 5 de julio de 2021

Laberinto de Greta

Este es mi texto del segundo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: cerrar una casa.
Fue elegido por los compañeros para representar al equipo Koh-i-noor suculento,
al que pertenecí, sin lograr quedar entre los diez finalistas.

Los pasos medidos, eligiendo dónde poner el otro pie con la vaga guía de una claridad que languidece. La ventana del recibidor da al camino. La guardia de álamos, dudosas columnas minoicas, se pierde hacia el punto de fuga en la tranquera que parece hundirse en el rojizo horizonte. Una luz demasiado oblicua atraviesa la ventana y sugiere sombras tangibles, macizas.
Cajas apiladas y bolsas enmarcan un retorcido pasillo que solo es tal cuando se lo distingue de una miríada de objetos dispersos por el piso de mosaicos de granito. Se habrá sentido muy sola Greta para irse de esa manera. Puede verse tanto la pulcritud con la que empaquetó algunas cosas como la desidia, el desdén o acaso el apuro que clama del desparramo de otras, el contraste abofetea al espectador.

El laberinto de Greta, sonríe, y pierde varias décadas ensoñándose devenido en un Teseo con celular, sin cobertura, pero con celular al fin. Se detiene un instante alelado al recordar el nombre de Ariadna –legendaria compañera del héroe ateniense– y deja fluir la comparación con el de Adriana, su esposa, quien le encomendó la tarea de clasificar los bultos y llevar a su hogar lo que pudiera ser útil. Al fin y al cabo, Adriana había compartido con su hermana unos buenos años en la casa de campo.
Algunas cajas y bolsas están rotuladas con caligrafía apurada, se puede leer vajilla, ropa de cama, juegos de mesa, en rectángulos de papel adheridos con cinta transparente ancha. Greta había sido una mujer prolija, con la casa siempre presentable, lo cual no es de extrañar sin la presencia de críos o un marido descuidado. Andando por el modesto laberinto trata de evitar las zonas con objetos esparcidos e inventariarlos solo de lejos. Se dice que puede haber lauchas o ratas, minotauros decadentes que gustan de los montones, las sombras y los desechos. A distancia distingue revistas de moda y actualidad, libros de distinto grosor y antigüedad, bolsos vacíos o a medio llenar, un cofrecito de madera con cierre de latón, parlantes de computadora, un par de cuernos de carnero que alguna vez estuvieron colgados en la pared del recibidor, pequeños candeleros. Vuelve al cofrecito sintiendo que se eriza su piel cervical, se siente confundido, agita la mano derecha frente a su rostro espantando sin fortuna algún fantasma tenaz que lo obliga a salirse del camino seguro de cajas apiladas y adentrarse en el tembladeral que las sombras de la tarde ya truecan en indescifrable.

Enciende la linterna del teléfono móvil al tiempo que cae golpeándose con varios trastos en una carambola que en otro momento le hubiese arrancado una carcajada. Un poco de sangre en un muslo, maldito cuerno, se va a manchar el asiento del auto. Otro en un raspón en el codo izquierdo. Ante sus ojos el cofre que obsequió a Greta cuando sellaron sus labios para el mundo exterior a su laberinto compartido. En un rincón cercano, un par de lauchas ladinas atisban huidizas, demasiado alboroto, no hay razón para no volver más tarde.
Se pone de pie mascullando bronca y decide llevarse un par de cajas nada más. Algo de vajilla de valor y un par de acolchados contentarán a su esposa. Lo demás, muy comido por las ratas dirá, no vale la pena. Con un bolso viejo improvisa una venda para su pierna, que parece obstinada en sangrar.

Saliendo, recuerda al laberinto cretense, aborrece su estulticia, la tonta atracción del cofrecito que solo era remedo de un tiempo ya muerto y comprende que no hay monstruo que matar que no sea el que lleva bajo su piel, ni hilo que se constituya en su guía ya que todo lo usó para enredar a su esposa. Un minúsculo chapoteo lo lleva a conectar su sangre con el ovillo de Ariadna y con el remanido cuento del cordón rojo mientras trata infructuosamente de escudriñar el otro extremo imaginándolo real. Y apura hacia la puerta.
La noche cae como telón que todo lo sepulta. Solo falta que el auto no arranque, que se transforme en un barco de velas negras y que la flamígera corona de estrellas de Teseo –al levantar la vista– sea la última visión de quien solo tenía que cerrar una casa.

sábado, 26 de junio de 2021

Logo erróneo del Mercosur

Este es mi texto del tercer día del Mundial de Escritura.
La consigna era: narrar la derrota más grande que hemos tenido.

Soy un experto en derrotas propias. Pero no en narrarlas.
Vamos, no me vengan a decir que a ustedes les resulta sencillo andar contando con florida literatura las desventuras propias, dejemos eso para un caballero de triste figura, que bien lo hizo, o para otros que bien lo hacen. En cuanto a mí, puede verificarse que soy un hombre de alto rendimiento, me he rendido muchas veces en las más diversas circunstancias.
Sin extenderme en fatua retórica y a pedido de los lectores y, sobre todo, de mi exigente conciencia paso a narrar la cronología difusa de un hecho o una sucesión de los mismos relativos al título de este escrito.
No me pidan precisiones de nombres y fechas, no porque no los tenga. Pueden los atentos lectores tipear en su navegador preferido los acontecimientos, objetos, entidades y personalidades que se refieren aquí. Por mi parte deseo mantener este texto ajeno a tanta gente que se ofende por ofensas que no le han hecho, tal la característica de estos tiempos.

Unos años atrás, en ocasión de una de las innumerables reuniones que dieron origen al Mercosur (Mercado Común del Sur, para los inadvertidos) se decidió organizar un concurso para definir su logotipo, iniciativa común para este tipo de entidades que intenta fijar una identidad antes de tenerla, si me explico.
El concurso se difundió como se difunden estas cosas, entre expertos y reconocidos artistas y diseñadores y, como corresponde al parecer, no llegó a conocimiento de los geniales muralistas urbanos o ignotos pintores del interior y menos a las escuelas. Como soy un tipo curioso y de no pocas amistades tomé conocimiento del mismo en un asado con amigos. Uno de ellos trabajaba –si corresponde el término– como lacayo de un diputado nacional de estos rincones del país. Mencionó el tema y ahí nomás salté como leche hervida: ¡quiero participar! Me explicó las dificultades concernientes a la participación de un certamen de tan alto nivel y trató de evadir el compromiso de contactarme con algún funcionario que lo facilitara. Pero soy tenaz, duro como turrón de oferta, y conseguí mi propósito.

Con el formulario en mis manos a pocos días del cierre del concurso traté de inspirarme. Todo me parecía muy obvio: un contorno de los países participantes, una geometrización, algo figurativo pero no tanto. Me emborraché por las dudas de que en un sopor me llegue la revelación. Remezclé las iniciales, jugué con danzas y trajes típicos, forcé elementos comunes en la cultura, tambores o bombos, pájaros, árboles autóctonos, pobreza, sometimiento, nada me resultaba inspirador. Hice varios borradores. No creía que pasasen una primera selección. Al filo de la fecha subí a la terraza de mi departamento, durante un apagón general. Pensé que el apagón sería un buen símbolo, pero se reirían de mí al recibir un logo de negro sobre negro. Cuando mis ojos se acomodaron a la oscuridad cayó entero el cielo sobre mí y no pude evitar estremecerme, el espectáculo era sobrecogedor, me sentía cada vez más pequeño. Una vez repuesto busqué las Tres Marías y ahí estaban, fulgentes, como si hubieran emergido del Paraná, siguiendo su línea encontré a Sirio y más al sur Canopus, las dos estrellas más brillantes del cielo. Caí en la cuenta que el cielo del Sur es muchísimo más bello que el del Norte, están las constelaciones más brillantes y hermosas y debo decir que sentí un poquito de pena por los grandes del mundo. Me pregunté dónde estará la Cruz del Sur, que no la veía. Como no soy un experto estuve a punto de confundirme con otras disposiciones de estrellas similares, pero menos elegantes y bien definidas que la verdadera. Me llevó unos segundos encontrarla sobre el horizonte, parcialmente oculta por unas casas y árboles. Y me llegó la iluminación. El logo debía ser la Cruz del Sur como la vi, con el crucero mayor casi vertical sobre un terreno, porque el Mercosur es terreno. El terreno debía ser algo indefinido, ni montaña ni playa, ni siquiera las Cataratas del Iguazú, que me tentaron enseguida. Bajé a mi mesa, dibujé las cuatro estrellas de la Cruz y debajo una curva, un terreno indefinido. Me pareció genial.

No lo mostré a nadie, cumplí los requisitos de participación y lo envié al jurado. Varias semanas después se publicó el logo ganador. ¡Era exactamente igual al mío! Bueno, con una diferencia. El crucero menor estaba más cerca del extremo superior del largo, en mi logo era más cercano al extremo inferior. Me calenté y decidí apelar. Se preguntarán por qué apelar. Sencillamente porque ante diseños similares, prácticamente iguales, el mío reflejaba más fielmente lo que se observa en el cielo.
Mi amigo, el lacayo del legislador, consiguió —no sin recibir duras amenazas de quien suscribe—  una entrevista con éste. No era un legislador cualquiera, casi mano derecha del ejecutivo. Por supuesto, me preparé investigando un poco sobre astronomía y, confieso, algo de astrología –para que ningún charlatán me agarre de sorpresa– para la entrevista.
Le expliqué que aceptar ese logo era claudicar horriblemente, resignar el germen primario del Mercosur, esa pretensión de mirar el mundo desde nuestro punto de vista sureño y dejar de lado la eterna elección de la dependencia. Que, como dijo Guillermo Magrassi en una entrevista alguna vez: “Depender es conocer mucho del otro y nada de mí mismo y de lo que de mí mismo sé, es lo que el otro dice que soy”. Insistí en que en ningún lugar del Mercosur la Cruz del Sur se ve así como en el logo que hoy es oficial, paradita como la de Jesús sobre el Gólgota. Bueno, aquí flotando como aquella. Ninguno, eh, atenti.
El diputado miró a su asistente —mi amigo—, carraspeó, volvió a mirar a su asistente, esta vez con un odio indecible por la idiotez de traerle semejante fanático a interpelarlo en su despacho, volvió a carraspear, hizo correr su mano por el bordillo interno del saco y al voltear la vista sobre el escritorio se detuvo sobre el logo y respondió: –Qué interesante, sería una cruz invertida. Lo voy a plantear, lo llamamos luego.
Supe que me estaba despidiendo. Antes de salir, como aferrándome a la última posibilidad de vida, solté apenas levantando la voz: -¿Sabe desde dónde puede verse la Cruz del Sur como en el logo ganador? Desde la Ciudad de México. Y si me apuran, desde Miami. ¿No le sugiere nada? Le ruego lo comunique a la presidencia, no puede quedar así.
La amplia sonrisa del tipo me dijo todo luego del consabido juego de carraspeos y miradas nerviosas. Entonces me retiré en silencio.

Unos días después me llegó una carta del mismísimo ejecutivo nacional. Agradecía mi servicio y dedicación puestos en la tarea. Que no podía oponerse o reclamar en la cumbre del Mercosur lo dispuesto por un grupo de expertos seleccionados por lo más selecto de la cultura de nuestros países. Que, casi confidencialmente, a todos encantó la multiplicidad de simbolismos del logo oficial. Y que invertir la cruz hubiese generado una turbamulta de opiniones de fanáticos religiosos convencidos de que un signo satanista había logrado colarse en lo más alto del gobierno de nuestra región. Y muchos blablablases más.

Como ya dije, mi vida ha sido una rica y variada colección de derrotas. Esta, la más humillante. Por más que hayan pasado carradas de años no puedo quitarme de encima esta derrota colectiva, simbólica, pero derrota al fin. Más dura que cualquier derrota deportiva o amorosa. O que cualquier otra diría, si no hubiera vivido en este sufrido país. Porque en los símbolos nos decimos, nos definimos, nos reflejamos y —por convalidar una torpeza— la misma declaración de hermandad y de identidad ante el mundo de nuestros países lleva consigo su propia derrota.
Ah, también porque perdí a mi amigo, después de la bravata con su jefe. Y porque por esa manga de burros con poder no gané un cuantioso premio que merecía.

Logo oficial del Mercosur

Mi logo

lunes, 21 de junio de 2021

Un mail a Caroline Herschel

Este es mi texto del primer día del Mundial de Escritura.
La consigna era: escribir un mail que nunca se enviará.


de: eloso@yimail.com
para: caroline_lucretia_herschel@uranet.com

Estimada Caroline:
Me comunico con usted a los efectos de hacerle conocer los esfuerzos que estoy realizando para llevar a la pantalla grande su vida, si es posible condensar en el formato del cine o de las series los avatares que ha vivido. No escapa al conocimiento público que este año la Unesco ha propuesto destacar su figura y la de su hermano con diversas actividades educativas.
A mí, que soy un poco inquieto, se me ha ocurrido la realización de una película o una serie basadas en su vida.

Claro, las dificultades no son pocas. Usted recordará películas como Ágora –con Rachel Weisz en el rol de Hipatia– o la actual Madame Curie –con Rosamund Pike en la piel de Maria Sklodowska– donde bellísimas mujeres lucen en sus protagónicos. Es cierto que destacan el papel de la mujer en la ciencia, qué más. Y aunque no podríamos conocer la fisonomía de Hipatia, dudamos de su parecido con la Weisz tanto como distanciamos a la Pike de las fotos que nos recuerdan a Maria.

En su caso las cosas son diferentes y aquí me permito una brutal honestidad. Sabemos que usted es una mujer fea. Y cuando escribo “fea” refiero a ciertos cánones de belleza entronizados en el siglo XX, como lo son: mediana a alta estatura, marcada cintura, cierta voluptuosidad de formas, elegancia y elementos de seducción como lo son gestos, mohines... Cánones de belleza al parecer no demasiado distantes a los que en su vida le han negado establecerse, aun cuando ha prodigado algunos hijos. La marcas de viruela en su rostro de niña y el tifus que no le permitió crecer más que un lomo de burro –al decir de su madre– no sugieren en usted la imagen deseada por una cinematográfica. Ya que mencionamos a su madre, mutter Anne Ilse, ha sido una mujer severa que la destinó a fregar en su hogar y luego en el de su hermano Fritz, devenido en William al mudarse de Hannover a Inglaterra.

Mi desconocimiento de la industria del cine es supino, así que rebuscando en mi memoria recordé cuántas cintas había visto con el logo de Argentina Sono Film y dirigí mi búsqueda a esta prestigiosa e histórica firma. La encontré –o creí haberla encontrado– y ahí nomás desistí de mi propuesta. Ya no es lo que fue, si usted me comprende.

Me dirigí luego a productoras de contenido cultural ofreciéndoles la idea sin ningún interés pecuniario de mi parte. Cada vez que pronunciaba (en mi sospechoso alemán) “Herschel” me respondían ¡salud! y daban un paso atrás. Debe ser que con barbijo se confunde fácilmente una expresión foránea con un estornudo. En una reconocida productora me espantaron como a perro sarnoso porque usted no es nacional y por más que les propuse que tomara mate, dada su coincidencia temporal con la época colonial y hasta la Vuelta de Obligado por lo menos, no hubo caso. El responsable de una de estas productoras me propuso intentar algo con una modelito en ascenso, una especie de musical. Me apresuré en consignar que su hermano William fue un destacado compositor y usted muchas veces hizo gala de una admirable voz de soprano. Saqué el celular y le hice escuchar el comienzo de su Sinfonía para cuerdas Nº8 en do menor: bostezó en los primeros compases del allegro assai y sugirió que sería mejor algo al estilo Ilarié. No tuve más que marcharme mascullando procacidades.

Los que me conocen saben de mi obcecación cuando una ocurrencia fulgente como una estrella ilumina mis andares. Tanto es así que no arrugué y decidí apuntar más alto. Apelé a la teoría de los seis grados de separación aspirando encontrarme con directivos de Netflix Argentina. Mi enjundia dio resultado, llegué a contactar a un encumbrado gerente.

Le conté mi idea, adornada por la celebración de este año con todo el entusiasmo que me fue posible. Cuando me preguntó quién demonios es esa Caroline Herschel, le conté del descubrimiento de Urano y de los cometas, de cómo la Royal Society no tuvo más que reconocer su mérito, del movimiento del Sol, de su buceo por el espacio profundo… Me sugirieron que me conecte con la gente del History Channel, pero me resisto tenazmente a mezclar su apasionante vida con la pretensión de que para construir Machu Picchu fueron necesarios un par de arquitectos venidos precisamente del algún satélite de Urano. Su memoria no me lo permitiría.

Para no extender este mail, le diré que esta misma mañana mirando el cielo mientras la Luna menguaba en cercanías de Saturno pensé en usted y su hermano rebuscando más allá del ornado astro hasta dar con un nuevo planeta y luego más allá de este descubriendo y catalogando centenares de nebulosas y cúmulos, diseñando y construyendo telescopios, alternando de igual a igual con Laplace, Cugnot y Gauss. En definitiva, empedrando el camino del cielo para que quienes vinieran después asciendan sobre seguro en el conocimiento de quiénes somos y dónde estamos. Y recordé, casi sin querer, su epitafio: Los ojos de ella, en la gloria, están vueltos hacia los cielos estrellados. 

No llegará usted a ser una estrella del cine. Pero ninguna de ellas brillará como su aporte al conocimiento.
Mis saludos y mis respetos.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Hay un dios en mi sánguche de mortadela


Hay un dios en mi sánguche de mortadela. Caí en la cuenta unos segundos atrás, cuando lo sumergí en el mate cocido caliente y dulce que me preparó la nona esta tarde como todas las tardes.

Un dios de modesta epifanía: unos círculos de grasa que se unen formando otros mayores o se descomponen en una pléyade de pequeños que se buscan y rebuscan obedeciendo más al dios del sánguche que a las órdenes de Robert Brown, por más Einstein que lo respalde. A propósito, cuando la húmeda miga del pan, verdosa por la absorción de una porción del mate cocido, se despegó del pelo del líquido, habilitó la caída de una parte de ella por efecto gravitatorio con agregados de la grasa de la mortadela licuada por la tranferencia de calor de la infusión (a mayor temperatura) a los componentes del sánguche (a menor temperatura) en una inconsciente búsqueda del equilibrio térmico.

A propósito de Einstein, retomo, descreo que haya modo de predecir con exactitud la masa y distribución de goterones grasosos. De igual modo me pregunto si la naturaleza de esta distribución será al azar o sigue un patrón que desconozco. Solo la presencia de un dios en mi sánguche puede eliminar este horror temere, dado que dios no juega a los dados, valga la repetición.

Confirmada esta presencia me pregunto si este será un dios bondadoso y paternal, un demiurgo juguetón que habita en el pleroma (una especie de más allá) o en Hurlingham o Villa Constitución (una especie de de más acá), un genio maligno (que no describiré aquí) o un picaresco mandinga de las tradiciones populares criollas.

Sea cual fuere su naturaleza y su rango, aquí habita, desde las formas que adoptan las untuosas manchas me habla y sospecho que me cuenta más pesares que glorias supremas, más dolores de parto que manifestaciones ostentosas de poder. Pero al fin y al cabo un dios que calma el hambre con el más delicioso de los manjares que remonta al extasis contemplativo por provenir de las sagradas manos de la nona, quien ha creado su mundo con alguna fe al gran otro, que dicen ha hecho todo.

Un dios de pan y mortadela, alimento de los niños que vuelven de jugar a la pelota, maná cotidiano de las cosas simples del templo del hogar, que se ofrece sabroso a la pancita y se sacrifica exigiendo el culmen del rito antes de que termine de enfriarse el mate cocido revelador. A sopar con una reverencia.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Hay un dios en mi sandwich en Soñando uno de tus sueños, el blog de Roxana

miércoles, 19 de agosto de 2020

El metempsicorganón

 Me pregunté si ese artefacto además podría volar. A primera vista se trataba de una especie de batiscafo, una de esas naves para la exploración de fosas marítimas. Se lo veía tan reluciente y tan endeble a la vez que las preguntas se atragantaban antes de salir. Por eso preferí que Frederick se explayara en su relato y sus explicaciones a gusto. 

Las había oído muchas veces y las más de ellas se me entremezclaban con las fábulas que desde siempre hemos oído, que Newton fue una reencarnación de Galileo casi automática después de la muerte de este, que Trump es Nerón y que el Conde de Saint Germain, bueno... se reencarna siempre en sí mismo.

Frederick gesticulaba y no paraba de hablar mientras ponía a punto su artilugio. Lo llamaba metempsicorganón, con él pretendía explorar las continuidades de ciertos espíritus en distintos armazones corporales. El método conjugaba -según sus palabras- lo más exquisito de la ciencia con lo más osado de la tecnología disponible, pero también supo contratar médiums, analistas de constelaciones familiares, exorcistas destacados y astrólogos intachables como consultores.

Calculó que debía sumergirse y hacer girar a velocidades asombrosas en las cercanías de un volcán submarino activo, por eso estábamos en un sofisticado laboratorio camuflado como pesquero en las costas de la isla de El Hierro, en Canarias.

El metempsicorganón -decía- consta de dos compartimientos. En uno de ellos debe colocarse en un recipiente material genético de quien queremos analizar su secuencia de mudanza espiritual. En el otro, comfortably numb, conectado al corazón del sistema se instala el observador, el verdadero medium de la posmodernidad, quien tendrá la posibilidad de visualizar la secuencia. La computadora central guarda datos fiables de un par de millones de personajes relevantes de todo el mundo. Cuando ella detecta en la secuencia alguien de la base, comienza su trabajo de comparación y organización de datos.

Para facilitar la experiencia, sumerge al observador en una recreación digital, al modo de realidad virtual, de la vida, muerte y revivicación, que podrá adelantar y retrasar a su merced con los dedos de su mano derecha.

Jamás sospeché lo que vendría. Yo sería el observador del viaje iniciático. No fue difícil extraer algo de mi material genético. Me adormecía mientras sentía sumergirse el artefacto y trabajar frenéticamente la computadora y los analizadores electroquímicos.

Aquí me hallo, recorriendo mi vida como parte de otras vidas. Una nebulosa revuelve mi diferenciación de un antepasado simiesco. Esclavo en Súmer, capitán de Aníbal Barca, copista de los LXX, domesticador de papas en Pisac, guillotinado en París revolucionario y obrero de saladero en Argentina.

También fui mujer, me sorprendo criando ganado en China, esposada a los siete años con un señor de las islas de donde no se pone el Sol, arquera en Masada, prostituta en Rouen, cocinera en Lima.

Pierdo toda referencia temporal. ¿Estuve una hora aquí? ¿Minutos o días? No logro diferenciar. Mientras mis dedos juegan tamborileando las idas y vueltas de mi espíritu comprendo que no volveré a ver la luz del día y que el tiempo de mis mudanzas debe ser lo que llaman eternidad. Y me siento en paz. O al menos la deseo.




Más y mucho más interesantes relatos basados en Steampunk en La Trastienda del Pecado, el blog de Mag