Cuando la oriental porcelana de ese cuenco
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Este poemita inconexo aporta a la Convocatoria Juevera de Neogéminis sobre Mucho más que una mirada. Allí encontrarás más y mejores relatos.
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Tanto, tanto es así que hemos llegado a pasar el primer cuarto de siglo (¡de milenio!) y mientras creemos haber evolucionado hasta ubicarnos en el pináculo del desarrollo sapiens, andamos extrañando los viejos gloriosos momentos del faber, cuando nacíamos desprovistos de toda posibilidad de sobrevivir solitos en el mundo, alguien o algunos nos cuidaba o cuidaban hasta que empezábamos a vivir del modo en que se vivía entonces: ocupar toda la jornada en llegar vivos a la noche. Ayudar a construir refugios, afilar lanzas, mantener el fuego vivo y así hasta el día siguiente, previendo las nuevas amenazas: heladas, tigres, vecinos hostiles. En el medio y en cuanto fuera posible reír, amar, jugar y no mucho más por lo que preocuparse. Entonces nos moríamos por las heridas, la comida malsana y el frío, pero nunca por la depresión, la hipertensión o la diabetes, supongo.
Volviendo a los diarios y a su carácter de infame bitácora de la vida de otros, qué puñalada resulta la constatación de la evidencia de que ya no son confiables. Automáticamente resulta sinónimo de esta posibilidad de enfermarse por todo del hombre moderno que vive su modernidad.
Caminaba plácidamente por Avenida Dorrego gozando, o intentando hacerlo, del sol de la mañana. Sorteando la farmacia y agradeciendo no necesitar por ahora medicación alguna, crucé la calle para otear en el kiosco de Franco los números salidores en la lotería. Todo para qué, para encontrarme con la portada del Semanario La Corneta, que voceaba con cierta estridencia un titular inequívoco: “El señor Mario Farías es un garca”. Uno espera y tal vez desea aparecer en un diario como una celebridad, un deportista exitoso, cantante glorioso, ganador de la lotería, empresario que ostenta un récord productivo o simplemente favorecido en una rifa de chanchomóvil, pero nunca, jamás de los jamases imagina que su nombre será defenestrado por el titular de un semanario local, de esos que leen las viejas arrancando desde los obituarios y los mequetrefes desde el horóscopo.
Compré un ejemplar rogando que el viejo Franco no se hubiera detenido a leer el titular. Cayendo en la cuenta de cuadras hasta las oficinas donde se redacta y edita el semanario, no dudé en enfilar hacia allí. La mañana invitaba a la caminata, así que no me costó aspirar hondo y dirigirme al lugar desde donde se publicó ese vergonzante titular. La tranquila caminata iba trocando en un tranco sostenido y largo y hasta diríase un trote bajo, para no llamar demasiado la atención de los transeúntes. En un par de bocacalles, estuve a punto de ser atropellado, pero no me preocupó, porque en el peor de los casos no iba a haber titular, sino una pequeña nota en policiales donde ni siquiera me iban a mencionar por mi nombre completo sino haciendo caso a la asquerosa denominación por iniciales.
Por fin llegué a la puerta acezando, me hice registrar y pedí hablar con el editor jefe. Me dijeron que no estaba, por lo que accedí a entrevistarme con el cargo más alto que estuviera presente.
Salió el jefe de redacción y sin mediar protocolo, mostrando el titular de marras y sacudiendo el papel le espeté: ¿Cómo van a poner un vocablo tan vulgar como “garca” en la portada? ¿Dónde quedó la cultura escrita? ¿No son capaces de seguir un manual de estilo?
Y revoleando hojas por toda la oficina, me retiré apenas aliviado por mi descargo.
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Este texto medio pavote aporta a la Convocatoria Juevera de Artesanos de la palabra sobre JUEVES NOTICIOSOS. Allí encontrarás más y mejores relatos.
Quizás sean las sombras -el paso de los soles sobre la cabeza- que van modelando diferentes paisajes según realce tonos pálidos, brillos, ocres o irisados. Quizás los habitantes o los artefactos que a cada paso nos incitan a arrebujarnos en nuestros atuendos que tal vez instintivamente insinúan protección. O quizá el pisar un nuevo paisaje estudiado, inteligido, pero que no ha zaherido nuestros ojos, ni irritados nuestras pieles y de pronto osa atravesarnos en un lance impúdico y sajante.
Eso que algunos llaman sorpresa, que no es más que una insigne muerte a lo conocido y ajado, un pequeño parto racional a lo nuevo, es parte del rito iniciático, de otro Jordán que nos renueva y de casi cualquier cachetada sin aviso.
Por más enciclopedias que leas, nada te prepara para migrar. Ni siquiera el capitán de la nave, ni los instructores, ni el aviso siempre recurrente de la madre que pone una prenda de más.
Y aun cuando ensayes pasos, idiomas, dialectos, giros y gestos no serás capaz de ser uno más hasta que cierto hartazgo como el conocido de la tierra que dejas aparezca azuzado por un ocaso que no se apura en declinar.
Y tal vez, en ese vértigo lento del asombro cotidiano, un día el hastío te haga sentir uno más del paisaje y de lo que algunos trasnochados llaman cultura.
Así, viajante sideral, comenzarás a comprender las lealtades y traiciones que tú mismo cometerás en esa tarea infinita de ser uno más apenas diferenciado de quienes quisiste -en un somnoliento delirio- conquistar.
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Aclaro que es una revisión de un texto viejito que preparé para el Mundial de Escritura y espero no asuste ni moleste (tanto).
Ya no me molesta pisar el alquitrán ajustando el ala de la gorra con gesto ampuloso, con la mirada que se fuerza torva para espantar palomas.
Detective o criminal, qué más da. Ya no me interesa elegir un lado, hasta sospecho que todos sufren y pierden más o menos por igual. La damisela sugerente que sonríe a pesar de las cachetadas, el rufián que juega a la ruleta rusa de la confianza con un nuevo jefe, el policía que gana menos que poco y busca alguna cometa miserable mientras viene de azotar a una jubilada que reclama no se sabe bien por cuál de los maltratos de los de turno, el pibe soldadito que te mata de un tiro para sacarte un poquito, el que pierde aun ese poquito que le sacó el otro. Todos sufren y pierden.
Ya no me molesta pisar el alquitrán si no trae sorpresas. Salvo mi cambio de abrigo, la noche en este infame barrio es la de siempre. Si acaso atravesara las callejas sin que la perrada crea que le disputo su lastimosa pitanza y no aparece nadie que se erija como acreedor de dinero, tiempo o vida, los brazos de Mirella serán cobijo seguro para una bestia nocturna como yo.
Dejo de pisar el alquitrán, abro la reja y golpeo dos veces. La puerta se torna y me ilumina la cálida luz de unas velas. Estoy seguro de que Mirella alcanzó a oír el leve desinflar de mi campera.
Con once años son otros los horrores, efectivamente.
Jugar a las escondidas se podría considerar casi normal una tarde de primavera; jugar en grupo, en las veredas gritando y chillando como chicos que solo le temen a los castigos de los grandes, pero había otros miedos más profundos. Miedos que aparecían en las conversaciones a media voz de las mujeres y el silencio casi obstinado de los tipos que, metalúrgicos y marrones como mi viejo, ya no podían reconocer un lugar como propio. Fascinado y aterrorizado, desde la ventanita de la puerta de casa vi -vimos- llegar con mi familia, la larga caravana que invadía la ciudad. Parecía sacado de una película de guerra, el grueso llegaba por la Ruta 9 (hoy Ruta 21). Los veíamos apostarse en todo el predio de Las Dos Rutas, atrincherarse en las grandes cunetas del Chapuy al frente de casa, comunicarse por radio. Yo no decía nada, nadie decía nada. Sólo esperaba que de un momento al otro apareciera un enemigo que simplemente no existía. Entonces, por las noches, las corridas por los techos –de soldados, creíamos—nos obligaron a mi hermano y a mí a dormir en la pieza de la Nona, que no daba a la escalera como la nuestra.
Es que Villa estaba invadida. Mis viejos no me dejaban hacer refugios para juegos en los baldíos, ni correr cuando veíamos un extraño, no sea cosa que los fachos nos peguen un tiro. Yo me imaginaba los fachos como alguna especie de monstruos de película, que no tenían contemplaciones con los seres humanos… finalmente no estaba tan equivocado…
A Carlitos Ruescas –que vivía en la cuadra de atrás- lo vigilaban, a Manuel Duarte –que vivía a la vuelta— lo vigilaban. Había tipos raros dando vueltas por el barrio, se apoyaban en los tapiales y de vez en cuando hablaban por radio o charlaban con otros que se acercaban en auto. Los vecinos ni siquiera se atrevían a salir a la vereda en esos casos. Mis viejos me decían que si preguntaban por alguien dijera que no lo conocía o que no sabía nada, pero nunca me preguntaron, aunque sí a otros chicos.
Con once años son otros los horrores, efectivamente. Pero otra dimensión del miedo nos iba a traspasar una tarde de primavera jugando a las escondidas con el Jole y dos o tres de los chicos del barrio. Marcelito Ruescas no estaba con nosotros, hacía un tiempo que no lo veíamos, pero igual jugábamos en el tapial de Prunes, frente a su casa. Sin prestarle demasiada atención vimos llegar un Renault 12 naranja y un Falcon negro. Pero si los autos no decían nada, los tipos que venían en ellos, sí y las armas que traían, mucho más. Ahí nomás dejamos de jugar y sin pensarlo demasiado nos sentamos al solcito contra el tapial a ver a qué venían por el barrio.
Bajaron tres o cuatro de los seis o siete que eran. Al mando se veía un tipo más petiso y robusto, de poco pelo, con anteojos negros que nos miró como con asco y luego haciendo caso omiso de nuestra presencia. Abrieron el portillo y golpearon la puerta. Como tardaban en responder se impacientaron, dieron algún golpe con la culata de un arma y algo dijeron en tono imperativo, pero mi fascinado horror no me permite recordar palabra alguna, más que entender que se estaba bañando y por eso tardaba. Al final, salió Carlitos, sin sorpresa en el rostro, pero con expresión triste. Lo llevaron a uno de los autos con el revólver a la cabeza y una ametralladora por la espalda.
Al volver a casa y contar, mi mamá no podía creer. Carlitos y Mabel su esposa eran conocidos de toda la vida desde que vino a Villa desde su pueblo. Mabel vivía a la vuelta de la casa que alquilaban antes de casarse. Ambas y con otras amigas disputaban divertidos carnavales con Carlitos y otro muchachos, como se estilaba. Carlitos era incapaz de portar un arma y menos de usarla. Era un buen tipo, nada más ni nada menos que eso, con la única culpa de pensar que vale la pena el compañero de trabajo, que valen la pena los compañeros.
Cuando mi tío Tristán vino con la noticia unos días después, mi vieja se puso a llorar a mares y mi viejo se hundió más y más en su triste silencio. Habían encontrado a Carlitos, a Julio Palacios y a la abogada María Concepción De Grandis horriblemente asesinados con una saña increíble en una zona rural.
Yo apoyé los brazos sobre la mesa y la cabeza en ellos y repasaba mentalmente la tarde fatal en que se llevaron a Carlitos, fuimos los últimos del barrio en verlo con vida, una vida que él seguramente sabía que se le iba, que se la robaban. Cuando le tocó a Manuel -eran los mismos tipos- sus familiares alcanzaron a decirles que no estaba en la casa. Mientras los entretuvieron, Manuel salía por el fondo a casa de otros vecinos y de allí al exilio en el propio país, en la propia tierra varios años…
Con once años son otros los horrores, efectivamente. Villa estaba invadida, la muerte se hacía cotidiana y cercana. Pero no la muerte de la vida que llega a su culmen, la muerte de la vida segada inútil y cruelmente.
Aún hoy, ese tapial, esa casa del barrio, me traen invariablemente el doloroso recuerdo de los que no están, del sufrimiento de mi vieja y el hondo silencio de mi viejo que nunca más tuvo ganas de ir a truquear con sus amigos al club, no sé si por otros conocidos asesinados en un bar, si por temor a dejarnos solos en las tardecitas o algún otro miedo y, la verdad, nunca me atreví a preguntar aquel porqué.
Nunca volví a ver a Marcelito Ruescas, no sé si pudo ser luego alguna vez el pibe alegre, con esa insolencia inocente y esa picardía desbordante que tenía. No creo… Con once años, son otros los horrores, efectivamente… definitivamente.
Unas palabras para quienes se interesan en participar e política partidaria.Escribo estas líneas a propósito de una entrevista que un medio local realizó a un joven de corta experiencia política que busca posicionarse desde su espacio. Y recibió múltiples comentarios en las redes sociales.
La política es el modo en que individuos y agrupaciones toman decisiones y operan sobre la vida en común. La política no es necesaria. Sucede, acontece, porque se gesta desde el accionar humano colectivo. Es inevitable, ineluctable, porque es el resultado y la acción de un conjunto de operaciones, no una cosa que se tiene o no. Hasta podría pensarse como propiedad emergente de un sistema de relaciones humanas. Las vecinales “hacen política”. También las iglesias, las escuelas, los funcionarios, los políticos, las instituciones de cualquier tipo. La expresión “está haciendo política”, utilizada para denostar ciertos accionares, si no viene acompañada de aclaraciones no dice nada más de lo que ya sabemos y casi casi es natural.
De esto se sigue que cualquier discurso que denigre la política está denigrando el accionar colectivo y sus consecuencias, por lo que también está prefiriendo evitar la política para resolver los problemas comunes. De allí no hace falta ser una luz para concluir que para evitar la política será necesario que alguien tome las decisiones en lugar de la respuesta colectiva. La conclusión no puede ser más interesante.
He elegido ser docente. La política está en el meollo del accionar escolar y en todo el sistema educativo. Las constituciones nacionales y provinciales son una propuesta política, las leyes, el sistema educativo y, de un modo especial, los planes de estudio, que cristalizan en un documento de aplicación la propuesta educativa del gobierno de turno. En cuanto a los directivos, el modo en que organizan la escuela, el trato con alumnos, familias y comunidad, el modo de gestión que propone a sus docentes, las decisiones cotidianas resolviendo problemas constituyen la política escolar. No los discursos. Estos suelen ser más ideológicos que políticos, es decir responden más a un ideario que se pretende estable e intenta una explicación de la realidad.
Por ello, pedir a un docente que no haga política es pedirle a un médico que no hable de salud. Esto no habilita al docente a imponer su ideología. No hace falta recordar la asimetría del vínculo entre docentes y alumnos, en los variados aspectos que esto incluye. Pero sí obliga al docente y a la escuela a “hacer pensar”, a poner en interjuego el sistema de valores y creencias de su hogar con los de su comunidad y con la sociedad en general[1]. Esto es una función indelegable de la escuela moderna.
La participación en política partidaria es otra cosa. Es la asunción de que un grupo de personas de ideología medianamente compatible a través de la puja de poderes puede proponerse para direccionar la política según sus convicciones, sus intereses o las convicciones e intereses de algún otro ente que considera de rango superior.
Muchos hemos alentado a nuestros alumnos a participar en política, —partidaria o no— hemos generado, sostenido o promovido centros de estudiantes, cooperativas escolares y agrupaciones de todo tipo. Es decir, a no ser ni sentirse ajenos o indiferentes a las decisiones colectivas. Y nos hemos sentido felices de su participación en partidos políticos, en cualquiera durante o posterior a su paso por la escuela.
Vemos con agrado que no solo desean cambiar el mundo (grande o chiquito) sino que tomen uno de los modos más contundentes de hacerlo, el de la participación política partidaria. Meterse en este juego implica aprender el poder del poder[2], el alcance y las limitaciones de la ideología, la puja con los partidos rivales y la puja por un lugar de decisión entre los propios. Las alianzas y desalianzas, la traición como evento y/o —en algunos casos— como cultura.
Un mundo apasionante y difícil en el que hay que bancar mucho e influir poco las más de las veces, pero que hace a la construcción política de la sociedad.
Sin embargo, (paso a un tono personal) pretender participar en política no te convierte automáticamente en un miserable. No es una condición necesaria para participar en política. Uno elige o no ser un miserable.
Cuando elegiste participar en política partidaria (casi) seguramente pensaste en que tu participación es buena porque hay mucho que cambiar. Cambiar un estado de cosas que legitima la corrupción, o el privilegio de quien ostenta un cargo o el curro de quienes pueden recibir ventajas por otorgar cierta licitación o la posición prebendaria de quien compra conciencias repartiendo dádivas. Cosas que la mayoría pensamos que deberían cambiar.
Bueno, nada de esto se puede cambiar siendo un miserable.
Sos un miserable si entre tus actividades principales está revolear pudrición en las redes sociales.
Sos un miserable si cuando te ponen un micrófono adelante todo lo que tenés que decir es cuánto se equivocan los demás.
Sos un miserable si te desvela la promoción de los propios a cualquier costo, más si promovés a un inepto o un corrupto y premiás a quien ha demostrado serlo a lo largo de su gestión.
Sos un miserable si denostás tus orígenes, tus espacios sociales, tu escuela, tu barrio, por reyertas partidarias.
Sos un miserable si te llenás la boca hablando de políticos ejemplares mientras tirás zancadillas a los que querés derribar.
Sos un miserable si enseñás a vivir porque tenés una posición privilegiada o la lente de una cámara enfrente. Y peor si nunca tuviste que rajarte el lomo laburando para otros.
Sos un miserable si privilegiás los negocios a la salud y la educación pública.
Sos un miserable si propiciás cárcel y garrote al necesitado y hacés la vista gorda con el garca que se la lleva toda en negro o el que gestiona puertos impunes.
Sos un miserable si tu discurso en defensa de los obreros, los pobres, las minorías contrasta con la opulencia de tu vida o el trono en que te sentás.
Sos un miserable si el insulto es tu forma de relacionarte con los que piensan distinto. Y te regodeás en la mordacidad en tus diatribas de redes sociales.
Y está visto que cualquier miserable puede acceder a cualquier cargo político, desde integrar una comisión de fomento hasta la presidencia. Y quedarse.
Si vas a elegir ser un miserable, por favor, no te dediques a la política. No hay más espacio ni queremos más de esos. Están codeándose todo el tiempo: algunos para hacerse lugar a costa de otros, los demás se codean celebrando sus rastreros triunfos personales, que son lo contrario de lo que intentaron promover cuando decidieron participar en política partidaria.
Pero ojo, que esto no significa que todos quienes se dedican a la política partidaria sean unos miserables. Muy por el contrario, tengo la alegría de conocer a personas íntegras, comprometidas con su causa entendiendo que su causa en definitiva son personas, comunidades. Militantes —de diferentes partidos— convencidos de que no hay futuro sin los otros, de que hay que ser dignos en lo grande y en lo chico.
Resumo: Si te dedicás a la política partidaria recordá que ser un miserable es una elección no una condición. Si no, estás a tiempo de retirarte por el bien común que pregonás.
[1] Un ejemplo un tanto extremo puede iluminar. En un hogar de ambiente aislado, semirrural, el padre prostituye a su hija prestando servicios sexuales a sus compañeros de trabajo por dinero. La hija crece con esta normalidad. En la escuela comprende que esta “normalidad” no es tan normal al contrastar su vida y su cotidianidad con la de otras compañeras y con las reflexiones generadas en clases de ESI o en charlas con docentes.
[2] No me maten, quise decirlo en pocas palabras.
En los barrios populosos no faltan esas casonas vetustas con aristas derruidas y un fluir río arriba de hiedras insolentes. Casas que ya no son otros hogares que de personas de paso que buscan guarecerse de una tormenta o hacen noche sorprendidos en su deambular intemporal, pero ineluctablemente continúan su derivar al alba o mucho antes cuando el pavor las asaetea. O que se convierten en cobijo quizás hasta amigable de cuervos, gatos rapaces y alguna lechuza que se aposta en sus vigas enseñoreándose a sus anchas para advertir los males que pueden abatirse sobre un inopinado incauto que atraviese sus dinteles.
Como la casa sin ochava de la esquina que da al club del barrio, esa que dicen fue del primer farmacéutico del pueblo, que un día reunió a su familia y decidió marcharse dios sabe dónde, sin siquiera molestarse en alquilarla o vender. A más de ochenta años de la partida, el pueblo se hizo ciudad y la ciudad comenzó a semejarse a un burgo medieval con sus transacciones en las calles, en locales privados y en las alcobas ajenas. Y floreció una pequeña industria de envases, calzado, vestimenta y alimento, que avivando la llama del pujante medrar comercial, a su vez fue alejando a las gentes de las pueriles preocupaciones religiosas o místicas. Como se sabe, los dioses aprueban complacientes el progreso mercantil.
La casona sin ochava contaba las semanas y los años casi sin más cambios que un deterioro apenas perceptible en el tiempo aunque la carcoma y el óxido hacían su lento trabajo químico entre sus paredes.
Algunos de los tantos días iguales fue testigo de una mujer que buscó, como muchos otros en otros días tan iguales, refugio entre sus paredes. Viejos truqueros del club la vieron llegar envuelta en una manta gris, como su piel, como la medianoche que la bañaba, como el raído bolso que arrastraba como todo su tesoro.
La pálida lechuza revoloteó por un ventiluz cuando la pesada puerta gimió grave al entornarse, dio un par de vueltas casi sin aletear hasta que decidió retornar. Los parroquianos fijaron los ojos en los ventanales, que seguían obturados por gruesas celosías pero parecían complacidos de dejar escapar entre sus agrietados bordes algunos ramilletes de una luz macilenta proveniente de alguna indefinida fuente.
Y así noche, tras noche, aunque los cuervos iban y venían, los gatos merodeaban por los tejados y la lechuza emprendía algún que otro vuelo de reconocimiento, la casa pareció respirar el resplandor incisivo que refulgía y menguaba de a ratos como si alguien pasara por delante suyo o si se tratara de un fuego fatuo indeciso.
Alguien comentó que la mujer entró, pero no salió más. Otro, que era la nieta del farmacéutico misteriosamente fugado. Quizás una vecina conjeturó que recibió una herencia y adquirió la propiedad. Y alguien más que se alimentaba de los cuervos y gatos ya que no salía para hacer las compras. ¡Que no compraba! Inadmisible. En una ciudad cuya prosperidad dependía del comercio, había en una esquina sin ochava una misteriosa mujer que no hacía las compras, que no participaba de las transacciones burguesas como cualquier ciudadano honorable, cuando todos saben que no existe dios alguno que apruebe tal comportamiento.
Las sospechas trajeron un comentario tras otro y algún cascote hizo mella en el tejado. No faltaron los palos con que los borrachines apalancaban puertas y ventanales para discernir la fuente de luz, fuente también del comportamiento herético y la posta de guardia permanente en la vereda.
La casa de la esquina sin ochava se mantuvo en pie todo los que sus carcomidos puntales aguantaron los embates y sin emitir queja alguna se derrumbó un viernes por la tardecita víspera de un feriado comercial, mientras cuervos y gatos se desbandaban y la lechuza se sostenía en el aire antes de ascender hasta que una nube pudorosa la cubrió.
Los curiosos, con parsimonia, primero un par, luego por decenas, se entretuvieron revolviendo entre los escombros tal vez con la esperanza de encontrar a una mujer aplastada por los restos de la casona, tal vez hurgando en busca de la luz mortecina. Pero nada.
Pasado un tiempo, el intendente y el concejo municipal acordaron instalar un lujoso centro de compras en la esquina frente al club, acorde a la pujanza de la ciudad, al que llamaron Nuevo Burgo, con la bendición de los dioses que dieron su beneplácito.
Nadie comenta que algunas noches una lechuza entra planeando por los altos respiraderos, quizás a encender una lucecita macilenta que parece venir del centro mismo del majestuoso edificio menguando de a ratos como si alguien pasara delante suyo.
-Te llamaré Gineoide, androide mujer, trabajaré en tu perfeccionamiento hasta que puedas darme hijos dignos de tu belleza, mas no de mi imperante conformación física, poco digna de los dioses. Y así seré yo mismo un dios, un creador deforme pero magnánimo, capaz de desarrollar seres con la maravillosa potestad de ensombrecer a la propia naturaleza.
El mutante se agitaba febrilmente en el laboratorio de aquí para allá, ora insertando ínfimos circuitos subcutáneos, ora realizando ensayos de elasticidad y transferencia osmótica en la piel artificial que se encontraba perfeccionando con la pretensión de conseguir un material tal asombroso como el de la piel humana. No como la suya, apenas reconocible como tal por la serie de mutaciones genéticas que sufrieron sus padres y las suyas propias acaecidas en el mismo laboratorio de la Fundación GeneSys, creada por los gobiernos de los países centrales en un solapado anexo del CERN irrigado por fondos de las megaempresas capaces de forjar un mundo a la medida de sus intereses.
GeneSys construyó los laboratorios genéticos y robóticos más sofisticados del globo. Variados proyectos hurgaban en lo más profundo de la naturaleza física de los seres vivos para mejorar sus posibilidades, imitar sus propiedades y diseñar habilidades combinadas nuevas y más potentes. Sin embargo, la prolongación de conflictos armados europeos, de mayor o menor magnitud, fueron restando el apoyo a una iniciativa que redundaría en beneficios cuya espera se prolongaba en el tiempo más que los ciclos de los CEOs financistas y GeneSys pasó a un estado de funcionamiento mínimo, con los mutantes campeando en las instalaciones, que resultaban aún seguras y oclusas.
-Gineoide, mi creación, serás además mi secretaria eficiente, llevarás el registro de todo lo que logre crear y de mis fracasos, que espero breves e intrascendentes. Me darás los cuidados que necesite cuando los necesite, dada la precariedad de mi salud de inestable mutante. Y serás, claro, mi amante, mi consuelo en estas horas oscuras y largas que se prolongan y prolongarán más allá de lo imaginable. Te estoy dotando de los más sofisticados sistemas cibernéticos imbricados con los materiales orgánicos necesarios para las funciones vitales. Y, si puedo conseguirlo tanto como lo deseo, algún día serás madre. Una Eva de este tiempo capaz de engendrar la vida que este dios mutante escondido de los soberbios humanos inseminará en tu perfeccionada naturaleza. Mi organismo, hoy extraño, resucitará en formas de perfeccionada maravilla.
Contrariamente a lo sospechado, el cerebro de Gineoide no ofreció mayor dificultad, dado que su cuerpo de circuitos, chips y bits era mucho más estudiable y predecible que el organismo humano y que los sentidos de los que estaba dotada eran capaces de recortar las sensaciones entrantes para no desperdiciar potencia de cálculo. De hecho, el dolor no formaba parte de su programación, los estímulos que recibían sus sensores se filtraban y acotaban a lo útil y agradable. Y de hecho, eso era Gineoide, lo útil y agradable.
-Y serás el androide más feliz de cuantos hubieron existido. Las sensaciones que percibirás permitirán que tu cerebro las decodifique como felicidad, dado que eso es lo que hallaré a tu lado. Y algún día, cuando yo muera, serás plena al recordar que mi malogrado cuerpo mutante se destinará a enriquecer la escasa superficie de tierra que se dispone en los jardines de este paraíso de creación.
El tiempo, ese que es breve o interminable según sus deseos, transcurrió veloz. En pocos años, Europa llegó a un estado de paz y prosperidad, acogiendo migrantes y sanando sus heridas. En la apertura a nuevos desarrollos de lo que fue GeneSys, los pimeros científicos que llegaron para reflotar la experiencia oyeron desde los pasillos que conducían al jardín una dulce y alegre voz que relataba un cuento en forma de canción infantil. Se acercaron. Parada delante de ella, una figura pequeña de poco más de medio metro de altura y aspecto humanoide cuya apariencia obligaba a quitar la vista inmediatamente. A un costado, los restos de un cuerpo a medio enterrar fertilizando la tierra. La canción repetía en su estribillo: felices los ojos que te ven, hermosa criatura de mi vientre gineoide.
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Con el sol en alto insinuando un leve declinar, se encaminó luego de recogerse el cabello al hermoso quincho vidriado del fondo del terreno. Tomó el plumero y repasó los tres cuadros pintados por su mano. Se detuvo con algún asombro al notar que el paso de las enormes plumas de ñandú no obedecía a las regulaciones del cariño por aquellos hijos amados como gustaba de llamarlos. Cuándo se produjo ese cambio, quizás hoy mismo. Se alarmó brevemente antes de preferir continuar, plumerear la mesada y dedicar algunos minutos a una mirada general del espacio. Tal vez el fin de semana venga alguno de los hijos, los abrace, les pida algún dinero o el auto. Tal vez.
Al salir del quincho, volviendo hacia la casa, accedió a contemplarse en el portalón vidriado. Recordó aquel día en que el futuro era un borbotón de sueños y ella la princesa que tendría su noche de brillos tan deseada. Un rápido giro de la cabeza a ambos lados verificándolos despejados fue todo el permiso que se otorgó para volver a tomar el volado de su vestido de quince y con más pudor que antes contonear suavemente las caderas al ritmo de un vals que de algún lado parecía venir. Contemplarse no hizo más que comprobar una vez más lo que todos le decían: había sido —y acaso lo seguía siendo— una bella mujer.
Los caprichosos fulgores que asaeteaban un par de laureles la impregnaban de un aura magnifica y cenicienta. Se volvió, ahora sí, a la casa con una gracia renovada, casi sonriendo.
Él leía, ajeno al mundo, apenas cambiando de posición, aprovechando la clara oblicuidad, tendido en un sillón. Las enarcadas cejas prometían especulaciones con ligeros movimientos de elevación correspondientes a comprensiones más o menos súbitas promovidas —necesariamente, daba a entender— por la erudición de la lectura entre manos. Se llamaba Pedro, pero Petrus le sentaba bien entre su círculo de amistades, quienes adoraban pasar los jueves a las diecisiete para debatir un par de horas sus últimas lecturas con jerez rojo y masas de La Puissance.
Evitaban momentos compartidos, desde cuándo para ella, por qué no, para él. Sentencia que cobra visos de afirmación toda vez que compartir momentos signifique palmo a palmo, codo a codo, afrontar tareas comunes, desafíos o miradas que entrecruzar allende la concordancia. Comían juntos, dormían juntos, miraban series juntos, como misión necesaria para concebir un escaso archipiélago de convivencia tenue como el cortinado de seda.
Con el sol pujante de la mañana, Mariela repasaba mentalmente las tareas pendientes, quizás plumereando su arcano impulso de pintar el mundo y sus temores de período gris en el estilo. Petrus, azuzado por el renovado brío, acometía abriendo los muslos del libro en su marcador. Vendrían quizás los suyos el sábado. Pero antes estaba el jueves de jerez.
La amabilidad campeaba sobre las diferencias y estas sobre las pulsiones. Las prendas nuevas renovaban el debate de tonos más o menos pasteles. Las frecuencias eran la vida y la vida los pedruscos seguros donde no trastabillar. Supieron sepultar la pasión con respeto y la insinuación con suficiencia.
Esta tarde, pasadas las diecisiete, se fundó la Orden de los Caballeros de Plumero y Jerez, club de lectura y sofismas, según sus fundadores. Ninguno de ellos observó la salida de una mujer cuyos largos cabellos sueltos remedaban la Duncan eufórica antes de la tragedia, pero sin enredarse esta vez.