ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

lunes, 28 de noviembre de 2022

La casa de la esquina sin ochava

Consigna del Mundial de Escritura: Descifrar el misterio detrás de una mujer que un día se encerró en su casa, en la mayor oscuridad posible y que frecuentemente se veía visitada por cuervos, lechuzas y gatos...

 

 

 

En los barrios populosos no faltan esas casonas vetustas con aristas derruidas y un fluir río arriba de hiedras insolentes. Casas que ya no son otros hogares que de personas de paso que buscan guarecerse de una tormenta o hacen noche sorprendidos en su deambular intemporal, pero ineluctablemente continúan su derivar al alba o mucho antes cuando el pavor las asaetea. O que se convierten en cobijo quizás hasta amigable de cuervos, gatos rapaces y alguna lechuza que se aposta en sus vigas enseñoreándose a sus anchas para advertir los males que pueden abatirse sobre un inopinado incauto que atraviese sus dinteles.
 

Como la casa sin ochava de la esquina que da al club del barrio, esa que dicen fue del primer farmacéutico del pueblo, que un día reunió a su familia y decidió marcharse dios sabe dónde, sin siquiera molestarse en alquilarla o vender. A más de ochenta años de la partida, el pueblo se hizo ciudad y la ciudad comenzó a semejarse a un burgo medieval con sus transacciones en las calles, en locales privados y en las alcobas ajenas. Y floreció una pequeña industria de envases, calzado, vestimenta y alimento, que avivando la llama del pujante medrar comercial, a su vez fue alejando a las gentes de las pueriles preocupaciones religiosas o místicas. Como se sabe, los dioses aprueban complacientes el progreso mercantil.
 

La casona sin ochava contaba las semanas y los años casi sin más cambios que un deterioro apenas perceptible en el tiempo aunque la carcoma y el óxido hacían su lento trabajo químico entre sus paredes.
Algunos de los tantos días iguales fue testigo de una mujer que buscó, como muchos otros en otros días tan iguales, refugio entre sus paredes. Viejos truqueros del club la vieron llegar envuelta en una manta gris, como su piel, como la medianoche que la bañaba, como el raído bolso que arrastraba como todo su tesoro.
La pálida lechuza revoloteó por un ventiluz cuando la pesada puerta gimió grave al entornarse, dio un par de vueltas casi sin aletear hasta que decidió retornar. Los parroquianos fijaron los ojos en los ventanales, que seguían obturados por gruesas celosías pero parecían complacidos de dejar escapar entre sus agrietados bordes algunos ramilletes de una luz macilenta proveniente de alguna indefinida fuente.
 

Y así noche, tras noche, aunque los cuervos iban y venían, los gatos merodeaban por los tejados y la lechuza emprendía algún que otro vuelo de reconocimiento, la casa pareció respirar el resplandor incisivo que refulgía y menguaba de a ratos como si alguien pasara por delante suyo o si se tratara de un fuego fatuo indeciso.
Alguien comentó que la mujer entró, pero no salió más. Otro, que era la nieta del farmacéutico misteriosamente fugado. Quizás una vecina conjeturó que recibió una herencia y adquirió la propiedad. Y alguien más que se alimentaba de los cuervos y gatos ya que no salía para hacer las compras. ¡Que no compraba! Inadmisible. En una ciudad cuya prosperidad dependía del comercio, había en una esquina sin ochava una misteriosa mujer que no hacía las compras, que no participaba de las transacciones burguesas como cualquier ciudadano honorable, cuando todos saben que no existe dios alguno que apruebe tal comportamiento.
Las sospechas trajeron un comentario tras otro y algún cascote hizo mella en el tejado. No faltaron los palos con que los borrachines apalancaban puertas y ventanales para discernir la fuente de luz, fuente también del comportamiento herético y la posta de guardia permanente en la vereda.
 

La casa de la esquina sin ochava se mantuvo en pie todo los que sus carcomidos puntales aguantaron los embates y sin emitir queja alguna se derrumbó un viernes por la tardecita víspera de un feriado comercial, mientras cuervos y gatos se desbandaban y la lechuza se sostenía en el aire antes de ascender hasta que una nube pudorosa la cubrió.
Los curiosos, con parsimonia, primero un par, luego por decenas, se entretuvieron revolviendo entre los escombros tal vez con la esperanza de encontrar a una mujer aplastada por los restos de la casona, tal vez hurgando en busca de la luz mortecina. Pero nada.
 

Pasado un tiempo, el intendente y el concejo municipal acordaron instalar un lujoso centro de compras en la esquina frente al club, acorde a la pujanza de la ciudad, al que llamaron Nuevo Burgo, con la bendición de los dioses que dieron su beneplácito.
Nadie comenta que algunas noches una lechuza entra planeando por los altos respiraderos, quizás a encender una lucecita macilenta que parece venir del centro mismo del majestuoso edificio menguando de a ratos como si alguien pasara delante suyo.

6 comentarios:

  1. Algo que que se presenta como algo costumbrista. Hasta que se presenta el misterio de esa mujer.
    Un misterio no resuelto, incluso aumentado con el reemplazo de la casa por un centro de compras.
    Yo sospecho que la lechuza es la mujer que se transforma.
    Muy bien contado.

    Tal vez sea muy insistente pero extraño Los caso de Leo Damier, con Inés Perta.

    Saludos.

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    1. Gracias, Demiurgo! Sepa que yo también extraño esos casos!
      Saludos

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  2. Inquietante. Esa dama que no salió de la mansión sigue por allí, sin duda.

    Un abrazo

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    1. Tal vez sea así, quién sabe... Hay casas que deparan sorpresas. Gracias!

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    1. Evidentemente el Dr. Itua no ha encontrado una solución herbal para los boludos que emiten publicidades en comentarios de blogs...

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