ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
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domingo, 27 de octubre de 2024

Carlitos

Con once años son otros los horrores, efectivamente.
Jugar a las escondidas se podría considerar casi normal una tarde de primavera; jugar en grupo, en las veredas gritando y chillando como chicos que solo le temen a los castigos de los grandes, pero había otros miedos más profundos. Miedos que aparecían en las conversaciones a media voz de las mujeres y el silencio casi obstinado de los tipos que, metalúrgicos y marrones como mi viejo, ya no podían reconocer un lugar como propio. Fascinado y aterrorizado, desde la ventanita de la puerta de casa vi -vimos- llegar con mi familia, la larga caravana que invadía la ciudad. Parecía sacado de una película de guerra, el grueso llegaba por la Ruta 9 (hoy Ruta 21). Los veíamos apostarse en todo el predio de Las Dos Rutas, atrincherarse en las grandes cunetas del Chapuy al frente de casa, comunicarse por radio. Yo no decía nada, nadie decía nada. Sólo esperaba que de un momento al otro apareciera un enemigo que simplemente no existía. Entonces, por las noches, las corridas por los techos –de soldados, creíamos—nos obligaron a mi hermano y a mí a dormir en la pieza de la Nona, que no daba a la escalera como la nuestra.

Es que Villa estaba invadida. Mis viejos no me dejaban hacer refugios para juegos en los baldíos, ni correr cuando veíamos un extraño, no sea cosa que los fachos nos peguen un tiro. Yo me imaginaba los fachos como alguna especie de monstruos de película, que no tenían contemplaciones con los seres humanos… finalmente no estaba tan equivocado…

A Carlitos Ruescas –que vivía en la cuadra de atrás- lo vigilaban, a Manuel Duarte –que vivía a la vuelta— lo vigilaban. Había tipos raros dando vueltas por el barrio, se apoyaban en los tapiales y de vez en cuando hablaban por radio o charlaban con otros que se acercaban en auto. Los vecinos ni siquiera se atrevían a salir a la vereda en esos casos. Mis viejos me decían que si preguntaban por alguien dijera que no lo conocía o que no sabía nada, pero nunca me preguntaron, aunque sí a otros chicos.

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Pero otra dimensión del miedo nos iba a traspasar una tarde de primavera jugando a las escondidas con el Jole y dos o tres de los chicos del barrio. Marcelito Ruescas no estaba con nosotros, hacía un tiempo que no lo veíamos, pero igual jugábamos en el tapial de Prunes, frente a su casa. Sin prestarle demasiada atención vimos llegar un Renault 12 naranja y un Falcon negro. Pero si los autos no decían nada, los tipos que venían en ellos, sí y las armas que traían, mucho más. Ahí nomás dejamos de jugar y sin pensarlo demasiado nos sentamos al solcito contra el tapial a ver a qué venían por el barrio.
Bajaron tres o cuatro de los seis o siete que eran. Al mando se veía un tipo más petiso y robusto, de poco pelo, con anteojos negros que nos miró como con asco y luego haciendo caso omiso de nuestra presencia. Abrieron el portillo y golpearon la puerta. Como tardaban en responder se impacientaron, dieron algún golpe con la culata de un arma y algo dijeron en tono imperativo, pero mi fascinado horror no me permite recordar palabra alguna, más que entender que se estaba bañando y por eso tardaba. Al final, salió Carlitos, sin sorpresa en el rostro, pero con expresión triste. Lo llevaron a uno de los autos  con el revólver a la cabeza y una ametralladora por la espalda.

Al volver a casa y contar, mi mamá no podía creer. Carlitos y Mabel su esposa eran conocidos de toda la vida desde que vino a Villa desde su pueblo. Mabel vivía a la vuelta de la casa que alquilaban antes de casarse. Ambas y con otras amigas disputaban divertidos carnavales con Carlitos y otro muchachos, como se estilaba. Carlitos era incapaz de portar un arma y menos de usarla. Era un buen tipo, nada más ni nada menos que eso, con la única culpa de pensar que vale la pena el compañero de trabajo, que valen la pena los compañeros.

Cuando mi tío Tristán vino con la noticia unos días después, mi vieja se puso a llorar a mares y mi viejo se hundió más y más en su triste silencio. Habían encontrado a Carlitos, a Julio Palacios y a la abogada María Concepción De Grandis horriblemente asesinados con una saña increíble en una zona rural.

Yo apoyé los brazos sobre la mesa y la cabeza en ellos y repasaba mentalmente la tarde fatal en que se llevaron a Carlitos, fuimos los últimos del barrio en verlo con vida, una vida que él seguramente sabía que se le iba, que se la robaban. Cuando le tocó a Manuel -eran los mismos tipos- sus familiares alcanzaron a decirles que no estaba en la casa. Mientras los entretuvieron, Manuel salía por el fondo a casa de otros vecinos y de allí al exilio en el propio país, en la propia tierra varios años…

Con once años son otros los horrores, efectivamente. Villa estaba invadida, la muerte se hacía cotidiana y cercana. Pero no la muerte de la vida que llega a su culmen, la muerte de la vida segada inútil y cruelmente.
Aún hoy, ese tapial, esa casa del barrio, me traen invariablemente el doloroso recuerdo de los que no están, del sufrimiento de mi vieja y el hondo silencio de mi viejo que nunca más tuvo ganas de ir a truquear con sus amigos al club, no sé si por otros conocidos asesinados en un bar, si por temor a dejarnos solos en las tardecitas o algún otro miedo y, la verdad, nunca me atreví a preguntar aquel porqué.
Nunca volví a ver a Marcelito Ruescas, no sé si pudo ser luego alguna vez el pibe alegre, con esa insolencia inocente y esa picardía desbordante que tenía. No creo… Con once años, son otros los horrores, efectivamente… definitivamente.

domingo, 28 de abril de 2019

Por ahora gritan fuerte

Villa Constitución tiene su Zona Franca (que es la que corresponde a la provincia de Santa Fe). Pero aquello que creímos iba a ser una fuente de crecimiento se ha convertido desde sus inicios en un espacio de negociados turbios donde se pone en juego la salud de la población, acopiando nitrofertilizantes peligrosos -aun cuando toda legislación lo prohíbe- con la connivencia del gobierno municipal y provincial.
Un grupo, denominado Villa Sin Venenos, logró obtener y superar el número de firmas necesario para que se realice una consulta popular que defina si los habitantes de la ciudad aceptan tamaño riesgo por seis puestos de trabajo,
Como homenaje a esta lucha, los del Dúo Menos Dos compusimos esta simple chacarerita, que ya fue cantada en el acampe de quienes resisten a aumentar la cantidad de veneno que ya está matando silenciosamente a nuestra población.
De paso, escribo algo en el blog, que no fue abandonado sino que pacientemente espera momentos un poco menos turbulentos.

Momento previo a la marcha por la salud



POR AHORA GRITAN FUERTE 

Con el verso del laburo
‘tamos todo’ anestesiados,
nos descargan más basura,
y nos piden que aplaudamos.

Y el aire que se respira,
pesadito ya de plomo,
con quién sabe qué veneno
te sigan arqueando el lomo.

Que no ves que con el cuento
del funcionario versero
se nos cuela lo que nadie
quiere en su patio trasero.

Los muertos que vos matás
gozan de buena salud,
por ahora gritan fuerte:
¡somos mucho más que dos!
¡somos mucho más que vos!

Que las leyes, que el gobierno,
que el mercado, que la suerte,
no te cieguen y los fiches:
son cómplices de la muerte.

Que los sueños de los pibes
que corretean jugando,
sean para todos siempre
y no de Don Especulando.

No te calles, juntá voces,
hace más ruido un gritón
que cien mil amargados
que se callan por temor.

Los muertos que vos matás
gozan de buena salud,
por ahora gritan fuerte:
¡somos mucho más que dos!
¡somos mucho más que vos!



La grabación es con celu y es la primera, por eso es medio chota. Ya la redondearemos mejor.


domingo, 30 de septiembre de 2018

Filosa

Cuentan quienes han vivido que en uno de los caminos rurales que cruzan desde Villa Constitución hasta Pavón no pocas veces ha aparecido al ciclista o caminante distraído una mujer entrada en años y asentaderas que a primera vista semeja una administrativa municipal, pero que a pesar de esta desgraciada apariencia no se trata más que de alguien que busca la paz deambulando entre las vías y el arroyo con el único propósito de consumar la única actividad que le produce un inexplicable placer.

Quien se atreve a levantar su vista y mirarla por el sencillo expediente de un saludo gentil, descubre que en sus ojos de gorgona arde el reflejo que revela el error cometido. La mujer blande una larga lengua de dos filos que en una presta estocada se introduce inopinadamente por una de las orejas del malhadado transeúnte. Es posible, o no, imaginar la atrocidad de este suplicio del mismo modo en que se hace casi imposible visualizar la transformación de tan infortuna aparición. Voces cultas de años coinciden en afirmar que la transformación de una bella princesa en un maligno monstruo de indecible fealdad es cosa de todos los días en los relatos universales de fantasía o que incentivan al lector u oyente a aceptar una moraleja como verdad ineluctable. Sin embargo, pocas veces se encuentra una atrocidad tal como la mutación de una indolente empleada pública en un ser capaz de penetrar todo escudo de indiferencia al punto de lastimar la mente con ramalazos de dolor difíciles de describir.

Quedan en nuestra ciudad (quien sabe si) afortunadamente vivos algunos que atravesaron tal crudelísimo tormento. Las secuelas no son visibles para el lego, pero quien ha sobrevivido siente en su carne ocasionalmente sajarse a sí mismo distintos sectores de su cavidad bucal. Y el irrefrenable impulso de convertir su propia lengua en martirio para los oídos ajenos.

Yo mismo, alguna vez en mi juventud cuando la vida valía menos que una justa causa donde exponerla, osé desafiar al monstruoso ser. Preparé mi walkman con pilas alcalinas nuevas y un cassete de La Biblia según Vox Dei y enfilé para los campos del noroeste de la ciudad rogando a los cielos cruzarme con ella y salir de alguna manera airoso. No sé cuál fue el motivo. Tal vez mi exagerada propensión a descreer de esas leyendas que solo infunden temor, tal vez por tener a mano una hazaña que contar a mis nietos en el siglo que estaba próximo a venir, no lo sé. Sí colijo que como otras veces en que me gana cierta euforia me pertreché con lo que creía indispensable -y apto para una posible huída en atropellada- y sin darle vueltas al asunto busqué el encuentro cara a cara.

Pasé el puentecito entrando a la zona de bañados, porque me parecía que una leyenda de esas no andaría por caminos más prosaicos como los de las parcelas de criadores de chanchos. Nada. Tuve que decidirme por los caminos que se acercaban a la ruta. Y cuando ya me estaba convenciendo de que había perdido una tarde persiguiendo una ilusión la vi. Si no apareció de la nada estuvo agachada detrás de unos matorrales espesos. Da lo mismo, porque la sangre se me espesó al punto que creí morir de espanto. Efectivamente vestía como una abúlica empleada municipal espeluznante. Sus anteojos caían sobre la naríz abultada por los años. Su rostro gomoso me traía vagas reminiscencias de algún dibujo animado de la infancia. Paralizado, no tuve más que esperar a que se acerque. Al caer en la cuenta de que sonaba la balada Profecías y no Guerras o algo medianamente potente, subí el volumen del walkman. Ya muy cerca mío levantó la mirada y supe que el terror paralizante de Medusa era algo que sucedía dentro de la víctima.

Cuando observé un inconfundible estiramiento de las fláccidas mejillas me preparé para la fatal estocada aumentando la rigidez de mis músculos. Entreabrió los labios seguramente para proferir alguna especie de conjuro. Desde el fondo de sus fauces, a pesar de que el Sol estaba a sus espaldas, un brillo metálico parecía crecer. La temible lengua de dos filos de la que tanto había oído estaba ante mí, amenazante, centelleando sedienta de martirio ajeno.
Fue como un latigazo, como el aguijón artero de una avispa furiosa. Duró la fracción de segundo necesaria para que cayera en la cuenta de que no había pasado nada. Cerré los ojos mientras atronaba Vox Dei sintiendo en mis mejillas ráfagas de aire como si un filoso objeto pasara muy cerca de ellas a gran velocidad. Los abrí cuando cesó la ventolina.

La mujer me miraba fijamente mientras sus ojeras parecían profundizarse y con ellas amainar mi terror.
Se puso de costado como para dar un giro y retirarse, pero con ademán de decir unas palabras. Entonces, sin bajar el volumen me quité los auriculares. Tarde comprendí mi error, dejando indefensas mis orejas. Pero la mujer terminó de entornarse hacia el oeste de cara al Sol, se encogió un poco más y murmuró algunas frases poco entendibles como vas a ver... estás en mi poder... si yo quisiera sería tu ruina... 

Anocheciendo pisé las primeras calles pavimentadas con tanto alivio que no volví a ponerme los auriculares. Desde ese día hablo muy poco, quizás menos de lo necesario. Me siento triunfante y derrotado a la vez y prefiero no enojarme demasiado delante de la gente que aprecio. No sea cosa que esos cortes que de vez en cuando me hacen sangrar la boca se conviertan en presagio y muestra de una espada que no quiero blandir.


viernes, 13 de julio de 2018

Génesis osuna

Desmiento categóricamente cualquier versión infundada que refiera mi apodo a la contextura física que porto.
Allá en mi infancia me resultaba extraño no tener apodo. Mis amigos eran Peluca, Chanchupe, Jole, Turco, Petronilo, Cordobés, Enano... Pero yo, salvo que me cayera algún Nestro, Cabezón o Diarrea ocasional -siempre por referencias más bien difusas- no tenía. En cierta forma prefería que algún día me quedara algo más o menos tradicional como Tito (por Nestito) o Nes y listo, antes que algún mote oprobioso.

Así empecé la secundaria técnica, privada y católica, solo varones. Uniforme: pantalón gris, camisa celeste, corbata y saco azul. Para el taller, el clásico mameluco azul. A la semana tuvieron que llevarme al médico, el diágnóstico -análisis de por medio- dio hepatitis. Eso significaba alrededor de un mes de cama, dieta especial, cuidados y vuelta a los implacables análisis. Volví luego a la escuela apenas un poco más rellenito que el escuálido chico de un mes atrás, ya el mameluco no me quedaba holgado como para durar tres años. Conocía a pocos de mis compañeros; por empezar, ninguno de la primaria, pero algunos chicos de mi barrio cursaban conmigo. En el taller me tocó iniciar con carpintería, en uno de esos juegos a espaldas del maestro mi cinta métrica voló debajo de un banco de trabajo vecino y yo -tratando de congraciarme con mis compañeros- fui a buscarla en cuatro patas sin doblar las rodillas. Alguien, creo que el Cholo Palacio -que era bastante jetón- gritó: ¡Mirá, parece un oso panda! Los demás rieron con ganas. Bastó que repitieran la comparación un par de veces para que me quede, aunque a las semanas desapareció el panda y quedó el oso.

Y así, de la escuela pasó a mis amigos, de mis amigos a mis compañeros de trabajo, de mis compañeros de trabajo a mis alumnos, tan es así que hasta en ocasional aparición en los medios gráficos locales se me ha mencionado como Néstor "Oso" Marinozzi.
Es por ello que diez años atrás al intentar poner por escrito algunas de las pavadas que se me ocurren, no tuve mejor idea que Los Apuntes del Oso con el íntimo juego de palabras de utilizar "apuntes" por un lado como nota o escrito, por otro como el momento de apuntar para disparar.
Con el tiempo y para finalizar, debo decir dos cosas: Por un lado, que fui tomando forma y cadencia osuna solo para combinar con mi nombre. Por el otro, ya no uso mayúsculas en la O. Siento tan definitivo este nombre que se me hizo sustantivo. Es decir, ya no llevo el apodo, para quien se le ocurra mirarme no me llaman el oso, soy el oso.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Hablemos de nuestro nick en De Raíces y Alas.

jueves, 5 de julio de 2018

Quedó en la historia

El año pasado para estas fechas, quién sabe para qué cuernos andaba yo dando vueltas por el Fonavi (el barrio se llama Domingo Troilo, pero le quedó el simpático mote por Fondo Nacional de Vivienda, que lo construyó allá lejos en el tiempo) mirando los apiñados departamentos otrora de color acanariado, hoy con matices casi siempre de una forzosa melancolía.
Tal vez lo buscaba, tal vez se dio así como así, lo cierto es que terminé tropezando con el mismísimo Adonis Torre en una de las retorcidas escaleras.
Algo más de una veintena de años ha, Adonis fue amablemente conducido por las topadoras municipales a partir de su ranchito en calle Pampa a una promesa de vivienda al sur del sur de la ciudad. Supe luego que recaló en el Fonavi y allí mismo tropecé con él.
Los mates fueron su abrazo y la charla su don, ese que siempre me falta.
Que se acerca el 9 de Julio, que en 1816 en Tucumán "declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera". Que los argentinos somos contradictorios, elegimos un pelele como presidente, que en el Bicentenario de la Independencia pronunció estupideces como: "[los líderes de la independencia] deberían tener angustia de tomar la decisión, querido rey, de separarse de España"...
Mate va, mate viene, Adonis de pronto se puso solemne, como atisbando la distancia detrás del delgado muro salpicado por todo revoque y soltó unas frases que no me atreví a interrumpir.

El 9 de Julio quedó en la historia, querido oso. Pero no en la historia cristalizada, esa de los libros.
Quedó en tu historia, la mía, la nuestra, como un grano en el culo bicentenario que está ahí, molesta, duele según como te pongas y te obliga a decidir siempre de qué lado ponerte.
Quedó como señal de lo que no aprendimos a ser, lo que inauguramos y no dejamos crecer.
Quedó como las cuatro escuelas de Belgrano, que nunca se concretaron.
Quedó como parto que gestó algo nuevo, pero olvidado como horizonte hacia el que andar.
Quedó como pueblo que hoy hace revoluciones y mañana se esconde en el ala paternalista del poderoso (el de afuera, el latifundista, el gran empresario, el sindicalista eterno y político mesiánico).
Quedó como la gran gesta sin héroe que reclama desde los actos escolares, las banderitas y el dolor del pueblo aquello que nos debemos: emanciparnos.

Me fui a la tardecita, sin la gloria ni el honor de constatar si la Silvana después de casi dos décadas continuaba siendo el gallardo símbolo de libertad que encendía la sangre de Adonis en las frías noches de calle Pampa y las veredas a su paso. Comenzaba a helar cuando sonreí fugazmente al imaginarme caminando con dos lágrimas congeladas que me impedían cerrar los párpados.



Más (y mucho más interesantes) relatos basados en Independencias grandes y pequeñas en Lazos y raíces


martes, 22 de agosto de 2017

El planificador


Cuentan las viejas lenguas -que como es harto conocido, más que contar, recrean- conocedoras de décadas y décadas de este lugar, las razones por las cuales somos como somos y vivimos como vivimos. Claro, cuentos cuyas razones no resisten análisis ni elucubraciones de gente leída sino que vienen como si fueran oleadas atávicas conectadas al aparato fonador y salen desprovistas del implacable cedazo de esa entelequia que llamamos veracidad.
Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que toman forma en la mano de quien las intenta reunir. Textos inconexos que no se encuentran en los libros de Lischetti ni en las antologías de anecdotarios de otros autores locales.
Se ha podido oír por las calles aquella especie rescatada hace casi una década por este blog en Catálogo (demasiado incompleto) de mitos locales II que reza: "Ciertos maledicentes se atreven a postular que, mientras en todo el mundo civilizado se encuentra prohibido girar a la izquierda en una avenida sin semáforo u otro artilugio que lo permita, en Villa esta regla se encuentra en suspenso en la avenida principal -calle San Martín- generando infinitos trastornos cuando no llanos accidentes de tránsito. Consultados doctos habitantes no dan respuesta; ancianos centenarios adjudican tal comportamiento a los influjos del fantasma del único planificador urbano que pisó estas calles cuando el siglo pasado nacía.
Unos pocos consignan que fue ejecutado en la plaza pública con el beneplácito de los vecinos, versión que no hemos podido corroborar."



A propósito, nadie ha sido capaz de encontrar registro alguno de la existencia y unicidad del planificador urbano que según datos de vereda escoba en mano se menciona a media palabra y por lo bajo como Armando Amado Catastro. Se cuenta que bastante más de una mano de décadas atrás Catastro recaló en estos parajes convocado para asesorar al gobierno local respecto del diseño deseable de la inexorable transformación futura del pueblo a un formato de ciudad progresista y pujante. El planificador -según refieren en las mesas de truco y chinchón de las cantinas del Sacachispas y del Club Los Andes- estuvo un tiempo sin recorrer el poblado; se acomodó como pudo a la sombra de los árboles de la Plaza[1] para ver el comportamiento de los habitantes que por la zona céntrica circulaban. Luego comenzó a recorrer la Avenida San Martín, sus bares, sus negocios, sus personajes típicos. Al tiempo fue saliendo a los barrios. Dejó para el final la zona portuaria.

Parece ser que el informe de Armando Catastro no solo estuvo lejos de conformar a las autoridades sino que al darse a proclama pública para su evaluación por parte de notables del pueblo, comerciantes y prestamistas logró el enardecimiento de la alta burguesía local. Bastó con que la policía se retirase de la plaza para que la primera piedra o libraco del informe (en esto no se ponen de acuerdo los chimenteros) impacte en la sien del planificador antes de la lluvia de palazos y patadas que siguió. Sin mediar acomodaron el cadáver en un ataúd de segunda mano, lo pasaron por la iglesia para hacer las cosas bien y le dieron un ignoto destino.

Desconocemos el contenido del infausto informe de Armando Amado Catastro. Pero sí podemos aseverar que su fantasma comenzó a recorrer la localidad incidiendo en las decisiones de las autoridades y, claro está, en la aparentemente soberana voluntad popular de las urnas. Quién será capaz de referir esa voz que oye toda vez que un ciudadano se interna en el cuarto oscuro torciendo la concienzuda reflexión elaborada a partir de las propuestas de los candidatos, para terminar llevando a los cargos públicos a personas fácilmente influenciables por el remanente espectro de Catastro.

Se dirá que no puede ser, que los fantasmas no existen o que no pueden interactuar así como así con la materia. Precisamente, la más irrefutable prueba de la presencia del fantasma del planificador Armando Amado Catastro es que no se refiere a voces, sino que se dice por lo bajo. Como las infidelidades, como los mercantes de falopa, como los que votaron al Carlo, como los retruécanos de ocultos amantes, todos lo saben: no se proclaman a viva voz, suenan entre susurros y si no son verdades estadísticas, se constituyen en verdades por sus efectos.
Estos efectos, lo saben los añosos de los barrios, resultan innumerables. Consignemos unos pocos, demasiados pocos, a fin de ilustrar escasamente este breviario:

- Los villenses eligen un intendente, el cual hace de escoba nueva y trata de acomodar un poco las cuentas y el desbarajuste dejado por el anterior. Pasado un período, decide postularse de nuevo ahora sí para llevar adelante las propuestas que no logró en el período previo debido a la pésima gestión anterior. Luego volverá a postularse con algún discurso elaborado ad hoc. Y así sucesivamente. ¿Hasta cuándo? Precisamente hasta que el fantasma de Catastro lo libere de la sisífica tarea asignada: confundir soberanamente a la burguesía local que lo condenó a muerte. No hay duda acerca de esta conjetura inductiva que se repite invariablemente.

- Los villenses eligen como concejales a personajes simpáticos con un desconocimiento supino de las necesidades de la gente. Su principal carta de presentación es haber recorrido los barrios oyendo a la gente. Esta declaración de atroz ignorancia del candidato es asumida insólitamente como meritoria. ¿No es prueba suficiente de la obnubilación producida por algún espectro -en este caso el del planificador- que luego la gente los vote?

- Los villenses se inundan en una ciudad con una veintena de metros de cota superior al río sobre el que se asienta. ¿No será que el fantasma de Catastro los mueve a confusión?

- Los villenses adoran los líderes carismáticos. Para bien o mal. Los evalúan según el espacio político que representan, los defienden o atacan no por sus cualidades personales, por la aptitud para la misión o por la ideología manifestada en sus actos sino por pertenecer a los nuestros o a los otros. Así, defenderán a un funcionario inepto, a uno con actitudes fascistas, otro que negocia para sí con los servicios públicos, otro que compra y vende hasta a su madre si pertenecen al partido de sus simpatías. Con esto, el espectro de Catastro logra que más se sostengan en sus cargos quienes menos pueden hacer por las mayorías.

- La ciudad creció a modo de manchones inconexos de barriadas útiles para invadir los años impares con carteles y propuestas que llegan desde el centro. Cuando al fantasma de Catastro se le antoja, motiva a las autoridades locales a negociar con empresas de oscuros orígenes e intenciones para lotear saltando las veces que sea necesario por sobre las legislaciones que ellas mismas promovieron a fin de preservar los sagrados propósitos de los poderosos.

- Los villenses gozan con la contaminación por infectos polvillos de cereal, de la caca fluyendo desde aguas arriba, con el plomo en el aire, con los nitratos en el agua y se pronuncian felices cuando una instalación de depósitos de arcanos agroquímicos proveniente de más arcanos orígenes financieros promete algo de mano de obra. El filibustero espectro hace, es evidente, de las suyas a plena luz del día con el beneplácito de sus habitantes.

- Los villenses veneran los monumentos en las entradas de la ciudad. Uno, alegórico al puerto y la industria que se encuentra en la entrada desde la autopista. Los otros, abandónicos y bauhausianos contenedores verdes con acondicionadores de aire en sendas entradas por la ruta 21. Así, el juguetón espectro de Armando Amado Catastro sugiere las correspondientes jerarquías apreciadas desde el centro.

- Los villenses rinden pleitesía a una gran empresa. Muchos hacen lo indecible para conchabarse en ella. Llegar a entrar a planta significa para muchos asegurar un sueldo digno para sí y los suyos. Y también una presea que se lleva con orgullo. Históricamente, las autoridades locales aceptan sin chistar las decisiones de la empresa, aceptan los beneficios que derrama sobre la ciudad cuando su magnanimidad lo desea y tratan con reverencia a quienes mancillan cada vez que lo exigen las circunstancias la dignidad de sus habitantes, con hambre o sangre no importa. El espectro de Catastro, dicen las vecinas, insinúa que termina siendo mejor el plomo en las narices que en las tripas.

Detenemos aquí los ejemplos que circulan a calladas voces. Quedan para los estudiosos de las artes ocultas el discernir la presencia del retozón espectro del planificador Armando Amado Catastro en los giros a la izquierda permitidos en la avenida principal, las incoherentes pintadas de amarillo en cualquier zona, los cruces de semáforo en rojo por patrulleros, la distribución y adecuada obstrucción de cloacas y desagües y un frondoso catálogo de etcéteras.
No vengan los foráneos -repito de otras veces- a enseñar a los villenses cómo vivir. Absténganse los eruditos de gesticular esas risillas piadosas que emergen cuando es cosa de la sabiduría popular que se cuela a la sombra del impiadoso sol de racionalidad la existencia palmaria, ineluctable, triscadora y vitanda del único planificador urbano con que contó alguna vez la ciudad: Armando Amado Catastro. Para bien o para mal, su muerte a manos de la cabreada población se ha de revelar por mucho tiempo como el pandorístico evento que hoy explica la enrevesada existencia villense colectiva.

 


Notas:
1 : "La Plaza", así, sin más, denota la Plaza de la Constitución, emplazada como corresponde frente a la "parroquia del centro" (única en la época de Catastro), la Jefatura de Policía y el Palacio de Gobierno.

sábado, 11 de junio de 2016

Soli

Hay días en que uno tiene una preocupación que da vueltas por la sesera y no deja pensar en otra cosa. Pero uno es un pedazo de cabeza dura que le da y le da para adelante y hace como que puede con la vida que lleva y con esos problemas que se apersonan para sacudirlo y apoderarse de sus horas. En eso, juro que en eso, iba por la vereda olisqueando ese guisardo comprador victorioso de alguna cocina envaporada que se arremolinaba para encontrar refugio seguro en el porchecito de mi casa. Cómo se hace para conservar la estricta lógica que uno pretende cuando tiene un dilema que resolver si se encuentra inopinadamente arrastrado por esa corriente de mágico fluir de olla.

Empecé a decirme o, mejor dicho, a sacar conclusiones, apresuradas inferencias del origen de esa seguramente artemisítica oleada nasal. Será de la vieja casa de tejas de doña Soli, me dije, que dicen que cocina como los dioses del olimpo si estos se lo propusieran. Dicen, nada más, nada que haya logrado empíricamente corroborar dada la absoluta infranqueabilidad de esa casi centenaria puerta de madera gruesa como un cabio de techo. Los mayores, aquellos que han compartido más tiempo de tortas fritas en las tardes lluviosas, de mate bajo los aleros o en la vereda, los pocos que van quedando de vez en cuando desgranan en sus labios gastados algún elogio recargado de palabras de aquella vecina cocinera que apenas salía a la luz cuando entibiaba el tímido solcito matinal.

La pesada puerta se abrió algunas veces para mí, cinco, diez, tal vez alguna más, no lo sé. Casi todas en esa infancia donde los dolores de panza requerían sí o sí que alguna comadre curara el empacho con el centímetro de la costura, ese que más de una vez llevaban colgado al cuello como insignificante bufanda. Entrabas a esa casa como entrando a un santuario de un tiempo que se postula feliz para darle sentido a un presente regularón. Los muebles, siempre oscuros, tenian patas que remedaban unos a otros. Aquí una cómoda con patitas cabriolé, allá un trinchante con pie de bollo y a lo sumo la primera mesita de madera para el tele con patas torneadas. Y pará de contar. Las sillas de la cocina tenían patas que se afinaban conforme bajaban a los mosaicos de granito bien moteados que duran para siempre y disimulan si hoy no se barrieron. Y estaban tapizadas con un grueso cobertor plástico -bien modernas, decían- corrugado en cuyas costuras asomaba un festón cilíndrico blanco, ávido de ser arrancados por las uñas de los niños cuando los grandes se distraen hablando precisamente de cosas de grandes. Las fotos que adornaban la cómoda, quizás reflejaban hasta los fantasmas de abuelos de doña Soli. No, abuelos no creo, tíos mayores con suerte, no habría fotos de ese pasado decimonónico. Los cuadros eran más adustos, prominentes, intimidaban al visitante declarando un linaje que pasaba de la campiña a la pequeña ciudad industrial como blasón de ascendencia.

Los santos, vírgenes y cristos sufrientes poblaban todo lugar que no enrostraba una foto. Detrás de la puerta de entrada un San Cayetano medio escondido provocaba la curiosidad suficiente para preguntarse qué miércoles está haciendo con una espiga reseca atada con esa cinta roja que además cumplía la función de sostenerlo a una bisagra o sencillamente a una tachuelita o una chinche retorcida. Retorcida o no, cumplía su función, porque el santito impertérrito flameaba de lo lindo al abrirse la pared de madera y volvía a acomodarse quietecito. Parecía gozar con las briznas de aire fresco, libre de los pesados olores de casa antigua y poblada por un eterno matrimonio, que quizás se fueron antes de la fecha de defunción porque no se avivaron -ni pudieron hacerlo- de que la vida de la ciudad era más larga que en el campo, aunque los momentos fuesen más cortos.

Franquear la puerta era adentrarse en ese mundo donde veías salir al encuentro a doña Soli invariablemente cocinando y secándose las manos en el delantal, o lavando y secándose las manos en el delantal, o haciendo cualquier tarea doméstica y secándose las manos en el delantal. Si el motivo era empacho -uno de los dos posibles; el otro llevar tortas fritas si antes trajiste prestada un poco de harina o azúcar, que siempre escaseaba o el garroneo oportuno de azúcar o harina en una tacita que indicaba no más que eso, pero tampoco menos por favor- luego de secarse las manos te acomodaba en el medio de la cocina paradito, se descolgaba el centímetro del cuello y persignándose y santiguándose varias veces pronunciaba unos mágicos conjuros mientras apoyaba el codo en el extremo de la cinta numerada -que había apoyado antes en tu ombligo y ordenaba que la retengas- y bajaba el antebrazo hasta tomar sutilmente con los dedos índice y mayor el lugar de la cinta donde llegó la maniobra y repetir el procedimiento hasta que al acortarse la cinta, la mano que bajaba como barrera te dé en en ombligo si no estabas empachado, o más arriba hasta posiblemente en la frente si lo estabas en alto grado. A veces lo hacía también de espaldas, sabe Dios en qué casos. Si la cosa era brava, te hacía ir al otro día para volver a curarte. Vos cavilabas sobre la mecánica del procedimiento, el porqué de que la repetición de movimientos sobre una cinta de longitud constante daba a distintas alturas en distintas oportunidades, el cómo hacía para que los santos convocados respondieran de modo que todo termine en una curación. Pero al final desistías, porque te rendías a la evidencia de lo mágico, tarde o temprano te curabas y la razón racional era la curación de doña Soli, que no fallaba.

Las medias hasta debajo de la rótula, enrolladito el sobrante, eran perennes. La pollera ancha, como ella, siempre con grises. La cara hexagonal que llevaba los anteojos como un accidente geográfico más. La caminada gringa, pesada, que no sabía de apuros o no respondía a ellos. Doña Soli un día quedó al cuidado de uno de sus hijos. Don Esteban se fue de un ataque al corazón, como se decía. Ella lloró un poco, pero los parientes lloraron más demostrándole de una vez por todas un cariño enorme se ve que bien guardado. Y un día -años o pocos meses después- partió ella. No estaba muy apurada en irse y así entretuvo a hijos, sobrinos y vecinos un tiempo, quizá solamente para enseñarles a ovillar y desovillar manojos de paciencia como la suya, que era de quejarse del tiempo y nada más.
Se llamaría Isolina, afirmo para mí, mientras la corriente de tomate y laurel remezclados me cachetea inclemente. El sol hace lo que puede para trepar en el cielo de junio, pero hasta media altura llegó su amor y en unas horas se desplomará desinteresándose de la cocina, empachado de frío.
El recuerdo de un velorio concurrido es promesa de vuelta a ese darse cuenta que en alguna otra casa de la cuadra se guisa al modo de doña Soli mientras sonrío cuando caigo al corriente de que nadie podrá ya curarme el empacho si me doy una panzada.
No hay caso, no se puede conservar la estricta lógica para acometer los problemas de la vida si persiste alguna magia de guiso del inexorable invierno que se avecina.

jueves, 14 de enero de 2016

Los perdedores

Los veranos calurosos invariablemente me traen aquellos de más de veinte años atrás cuando andaba más seguido por los ranchos y la tierra de calle Pampa que por mi cuadra. Habíamos arrancado con una misión del estilo de los grupos de parroquia que hacen apostolados y a poco nos olvidamos de (casi) todo eso para transformarnos en parte del paisaje cotidiano.
La clave era Jovino, de quien ya escribí bastante, aunque tengo claro que nunca será demasiado. Pero también había otros personajes, de alguno de ellos nunca escribiré, seguramente por temor a que lleguen a leer esto.
Hay otros que perdí de vista con la extirpación de ese molesto apéndice que era calle Pampa -una villa de emergencia a pasos del centro de la ciudad y demasiado a la vista del recién llegado- o con la muerte de Jovino. Al Carancho lo ví una o dos veces luego, a Numerito varias, pero lo esquivaba como en los buenos tiempos. Adonis Torre se mudó a un departamento que alguien le cedió en el Fonavi local.
Jovino era el borracho que lucha contra su destino, mitad estudiando y buscando un buen laburo, mitad en su mundo de fantasía de aquella herencia infausta que creía merecer y seguramente merecía.
El Carancho era el sentido común de quien asume que ninguna lucha o golpe de suerte lo va a sacar de esa pobreza, que no es pobreza hasta que te abofetea el rostro uno que puede y que no merece más esfuerzo que el justo para ir tirando.
Adonis era el filósofo, al menos para mí. Tenía una elaboración discursiva de todo lo que transcurría ante él. Y no esa adquirida en la tele o en las revistas que por ahí le llegaban a las manos. Contaba historias o pequeños relatos que siempre eran referidos a otro, pero costaba poco inferir que la mayoría eran autorreferentes, pero por pudor o por algún temor no revelaba como propios.  A veces decía cosas como:

El tipo se jugaba. Por un momento creyó que la taba se daba vuelta.
Lo sintió, allí donde se sienten esas cosas. Entre el pecho y la panza.
Lo creyó y lo sintió porque el sol decidió iluminar más que abrasar. Porque las chicharras se decidieron de una vez cantar con el coro afinado. Y porque había prendido luces de colores acá y repasó los muebles allá.
Iba por el aire y respiraba hondo y limpio y escuchaba la letanía de ruidos de la ciudad repintada con esas hilachas de tierra macilenta que cruzan por la avenida.
La veía curvarse hacia el suelo como sonriendo de reojo punzándole ese tremor desconcertante y furioso del chico que se ve por primera vez en la tele. Creía y sentía, porque algo había cambiado. Y por qué no iba a ser. 
La taba, estaba seguro, sintió como en fugaces centésimas de segundo sus dedos uno a uno la fueron soltando. Se asumió libre de decidir su destino en un rodar alocado sobre el suelo. Pero percibió en ese soltar de dedos un vibrar intencionado, un código morse de apretones y aflojones de la mano que mientras la arrojaba transmitía una esperanza y un ruego. Era una taba vieja, lo había sentido otras veces, pero ahora volaba parabólica con renovado brío. En el primer toque contra el piso quiso comenzar a estabilizarse. A lo mejor, como dicen, el universo entero se las arregló para que sea suerte de una vez por todas. En la última voltereta sin tocar con nada, en un último tris de equilibrio le relumbró la puta libertad que le decía que era taba y la taba no obedece las leyes de los hombres sino que muestra el culo cuando se le canta. Y lo mostró.
El tipo dijo ¡la pucha! y comprendió. Lo volvería a intentar alguna vez.

Qué duda cabe que se refería a sí mismo. Torre, que supo tener en su catre a la mina más linda del barrio, era un perdedor. Tal como refiere Umberto Eco en Número Cero: "Los perdedores, como los autodidactas, tienen siempre conocimientos más vastos que los ganadores. Si quieres ganar tienes que saber una cosa sola y no perder tiempo en sabértelas todas; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno, es que peor le han ido las cosas".
Y uno se pone a pensar en una parva de cosas y casos referidos más o menos a lo mismo. A propósito, tengo un amigo que siempre asevera que hay gente que resulta exitosa en algún aspecto porque se concentra solo en ello y se caga en el resto. Por ejemplo, refiere que en el ámbito local hay personajes que nunca han reportado un trabajo -esos de cumplir horario y esforzarse- y visten siempre de traje y desarrollan una parla más o menos abundante, pero que se han concentrado siempre en construirse una imagen de consultor necesario o asesor. En una breve conversación deslumbran con una verborragia y agudeza brillante y logran seducir tanto a la audiencia como a señoritas anestesiadas. A poco de profundizar se verifica invariablemente que se trata de un nabo que remite solo a un puñado de frases hechas que vuelven a repetirse convenientemente disimuladas y aseveraciones tan obtusas que no resisten análisis alguno. Este amigo siempre deja caer un pañuelo de sentida envidia de estos tipos, quienes obviamente tienen más éxito que él.
Tal vez sea en ese sentido en que Eco hace referencia a los perdedores y por consiguiente a los ganadores.
No me deja de abrumar y dejar sin palabras, mientras el furioso calor me sigue remitiendo a esos agresivos olores rancios que manaban por igual de ranchos y gentes sin futuro.

domingo, 2 de agosto de 2015

La ilusión del Carancho

La neblina postergaba el amanecer. El sol porfiaba igual, sin fortuna intentaba colarse entre los eucaliptos. Había menos leña que en años anteriores, pero a veces les permitían entrar al predio de la textil para recoger las ramas que el viento desperdigaba generoso y los fogoncitos se repetían. Adonis Torre, el filósofo de calle Pampa, había acondicionado un viejo lavarropas Biarritz redondo como hogarcito para que la Silvana mantenga el patiecito y la pared del rancho con calor para la penosa mañana de invierno. Jovino y el Carancho no eran tan ingeniosos, con un pocito de menos de una cuarta les alcanzaba para poner un manojo de leña que alcanzaría para calentar la pava y hervir grasa con retazos de carne que servían un poco para llenar la panza, otro poco para entretenerse. Usaban la rejilla de una estufa destartalada como parrilla.
No hacía mucho frío, pero la humedad jugaba lo suyo; Jovino, triunfal, levantó la voz: - Carancho, tengo harina, pedile sal a la Silvana que hago tortas fritas.
- ¿Harina? ¿Diánde, si no tenés un mango?
- Me la dio la vieja del almacén de calle Santiago... está vencida.
- Podrida, será...
- No, vencida, apenas dos o tres gorgojos.
- Pucha digo, se me va a enfriar el culo si lo saco del cajón.
- Peor es que cruja el bagre. Andá, dale...
Desganado, el Carancho se arrimó al tejido de alambre desvencijado. Al verlo a Adonis se ahorró la modesta vergüenza de pedirle a una mujer. Y peor a una mujer mucho más joven.
- ¡Che, Adoni! Prestame un poco de sal si tené. Apenas pueda te la devuelvo.
La última frase era una especie de convención. Solo significaba agradecimiento y reafirmaba que cuando cambiaran las escaseces, él estaría dispuesto a ceder algo de lo suyo para compartir la carencia.
- Gruesa nomás me queda.
- ¡Justo! Es pal Jovino que se le dio por las tortas fritas.
- Bueno, mientras alguna caiga de este lado del tejido...
Adonis movió la puerta de chapa de su rancho y no rechinó en lo más mínimo. El Carancho pensó un par de segundos en la dulzura de este hombre tan parecido a él, pero tan distinto. Su rancho era mil veces más digno y limpio. Y dentro de él una morocha como la de sus sueños. Pensó en la suerte del filósofo y pensó que eran sus méritos los que le regalaban dormir cada noche con ella y sus mieles. Se le ocurrió que él también podría ser dulce y amable. Y bañarse seguido. Y acomodar el rancho si una mujer como la Silvana o como la mitad de linda que la Silvana... y entonces él sería...
- ¡Eu! Te quedaste duro, Carancho.
El Carancho salió de su sortilegio, ante sus ojos Torre extendía un pocillito con sal gruesa, menos de la que esperaba, pero sal al fin.
- Es... estaba pensando...
- Hace bien pensar. Congelate más seguido, je...
- Viste, como que yo me ilusiono. Me la paso ilusionándome, pero no pego una. En cambio, vos, por ejemplo...
- Es preferible en algunos casos sucumbir a una ilusión entregando el alma en la búsqueda, que una lúcida estulticia.
- ¿Estul..?
- Estupidez, ponele. A veces la ilusión te hace vivir mejor que el conocimiento. A veces.
- A mí no. Seguro.
- Mirá a Jovino. Tiene la ilusión de que va a recibir una herencia millonaria. Eso lo mueve, es su religión, le da sentido a su vida. Incluso se anotó para seguir la secundaria nocturna y a veces deja de chupar por unos días. El día que se convenza de que la herencia es ilusoria, ¿qué va a hacer?
- ...
- Ahora, ponete en su lugar. ¿Es mejor saber así como así que lo que le queda de vida va a ser un miserable? Es mejor la esperanza.
- ¿Aunque sea ilusión?
- Ojalá de la ilusión pase a una esperanza mejor, pero no se sabe. Una esperanza mejor es la del tipo que tiene un trabajo decente o al menos lo busca, por ejemplo. Esa esperanza en un cimiento.
- Ah, ¿y la lucidez?
- Decime para qué sirve.
- A vos al menos para tener a la Silvana al lado. Con respeto...
Jamás el Carancho mencionaría la mujer de un amigo sin respeto, sin esa consabida intocabilidad y ese rojo tabú en las mejillas. Podían estar en sus peores noches con Jovino mano a mano apuñalándose con el vino más rasca que no había forma de que la Silvana se les cruzase en mente. No era un código de caballeros ni mucho menos, porque los tabúes no lo son. Son, a secas. Simplemente la mujer del amigo formaba parte de esas cosas de las que no hace falta hablar porque no tiene sentido hablar de eso. Como matar un hijo, como abusar de una hermana, la mujer del amigo era sagrada. Adonis sentenció:
- El amor no es cosa de lucidez, que te quede claro.
No terminó la oración, que el Carancho se retorció cuando un caracú volador le azotó la pierna desde atrás.
- ¡Dale, Carancho, la pucha digo, que me quedo sin leña y ni empezamos! ¿Qué te quedás a hablar comadreando con el otro ahí? ¡Traé esa sal, caramba!
Jovino se impacientaba y decidió llamar la atención a su modo. El Carancho friccionándose el muslo relojeó a Jovino, pero volvió a mirar a los ojos de Adonis.
- ¿Vos estás seguro?
Torre cerró los ojos, como mirando para adentro repasando tal vez los callejones sin salida a los que más de una vez lo llevó una dolorosa lucidez.
- No, para nada, pero lo sospecho.
El Carancho llevó el pocillito primorosamente entre sus toscas manos temblequeantes. Mientras amasaba con agua de la canilla pública repasaba su última ilusión, la que aún le timbaleaba el corazón. Tratando de ordenar la cabeza farfullaba un no era para mí como un mantra. Ella era de otro barrio, con clase, con pavimento y un trabajo decente. Y tal vez con un amante que desconocía. Se incorporó y le llevó a Jovino una para probar la temperatura de la grasa, que hervía. Jovino, que lo conocía bien, inquirió:
- ¿Qué te pasa que estás así, pensativo?
-  Qué culo tienen algunos, ¿no?
- ¿Será que se lo merecen? Aunque hay cada hijo de puta que...
El Carancho hizo ademán de que la leña humeaba y se le irritaban demasiado los ojos. Entonces señaló la cacerolita de lata.
- Dale, pavo, sacala antes que se queme.

martes, 10 de febrero de 2015

Gatito del Chapuy

Hay una ruta muy particular y especial para los villenses. Nace en el corazón de la ciudad, en el cruce que llamamos Las Dos Rutas -barrio del que tanto he intentado escribir- y termina en la Ruta Nacional Nº 8 cerca del pequeño pueblo de Chapuy, a unos kilómetros de Venado Tuerto. Por eso se lo llamó sin mucha originalidad camino a Chapuy, de ahí el nombre propio con el que lo conocemos los villenses y toda la región: el Chapuy. De nada sirvieron los eternos cambios de nombres o bautismos oportunistas de la calle en la ciudad (San Luis, Av. Centenario, actualmente Av. Presidente Juan Domingo Perón) ni la variedad de bautismos de sus tramos (Ruta Nacional Nº 177 y Ruta Provincial Nº 90), para todos y a lo largo de su recorrido se llama el Chapuy.

Otrora único acceso de los camiones cerealeros de la cuenca al puerto de la ciudad, hoy es más un camino de pueblos y de acceso a la autopista Rosario-Buenos Aires. Como sea, el Chapuy siempre se caracterizó por tener algunas zonas escabrosas o hundidas y peores remiendos -algunos, alevosos afanos al bolsillo del que aporta- que hacen de su recorrido una verdadera aventura. Y también se caracterizó y caracteriza por presentar unos maravillosos paisajes rurales de pampa húmeda imposibles de representar con palabras.
Va el mapita para quien quiera seguirlo.

Y como con mi amigo Fernando queríamos componer un gato -que es una danza con métrica propia-, escribí unos versos con ese formato tratando de darle la sencillez propia de las letras de los gatos y él redondeó una hermosa melodía, que algún día compartiremos con quien se atreva a escucharla.

Gatito del Chapuy
               I
Cuando ya te falte el aire
y te vayas en suspiros,
cuando ya te falte el aire
y te vayas en suspiros

si querés sentirte vivo
agarrá por el Chapuy.

Si el amor partió en fuga,
solo, en banda te dejó;
si te faltan emociones,
sobresaltos y acción,

no te quedes, arriesgate,
agarrá por el Chapuy.

La, la, lara...

Si querés sentirte vivo
agarrá por el Chapuy.


               II
Y salite por Empalme,
llegate a Rueda o Godoy,
Y salite por Empalme,
llegate a Rueda o Godoy,

persiguiendo el horizonte,
a rodar por el Chapuy.

Santa Teresa a un costado
y en Alcorta una ilusión,
sembrados entre cañadas,
flamencos en Melincué.

y con suerte llegarás,
si agarrás por el Chapuy.

La, la, lara...

Si querés sentirte vivo
agarrá por el Chapuy.
Comienzo del Chapuy en Las Dos Rutas

y con suerte llegarás si agarrás por el Chapuy...
no te quedes, arriesgate...


típica imagen de la ruta
sembrados entre cañadas

flamencos en Melincué

llegate a Rueda o Godoy

Ruta 8 donde termina el Chapuy (a la derecha)


Entrada de Villa Constitución por el Chapuy

viernes, 26 de julio de 2013

Zamba de calle Pampa

Hoy me encontré recorriendo casi sin querer calle Pampa. El frío amanecer invernal me atravesaba tanto como el recuerdo de los cincuenta ranchos de quincha en fila siguiendo el zanjón, achicando la callecita de tierra. Hace años que la ciudad se encargó de esconderlos, civilizando a pescadores y changarines lejos de las calles principales. Hay un resabio amargo que no me puedo quitar y salpica el cálido recuerdo de cuando estábamos convencidos de que el mundo cambiaba bajo nuestros pasos. Y tal vez esta zambita lo ayude a endulzar...

 
Comienzo de calle Pampa, sobre la Ruta 21
 Zamba de calle Pampa

Quién te ha visto, quién te ve,
ya no están las parras menguando el calor,
el sol quema desechos,
bañando gorriones en polvo nomás.

Lucianita, pimpollito,
que mira en la punta la ruta hormiguear,
se enredan en tu pelo
hojitas humildes de jacarandá.

Chicharrón y grasa aroman la leña,
eucalipto señorial.
Jovino cobra su herencia,
habrá fiesta eterna en calle Pampa,
detrás de la última zamba
salen alpagatas a chamamecear.

En los ojos de José
se caen las promesas del circo local.
Arrancando raíces
para que los yuyos no crezcan más.

Fin de curva, en el puente
Rosa Abrigo mira hombros que se van,
regala lagrimitas
para hacer la quincha en barro fatal. 

Chicharrón y grasa aroman la leña,
eucalipto señorial.
Jovino cobra su herencia,
habrá fiesta eterna en calle Pampa,
detrás de la última zamba
salen alpagatas a chamamecear.

Amanecer invernal en calle Pampa




domingo, 9 de junio de 2013

Con el Gringo

para el Gringo
- No paro de hacer cagadas, ¿podés creer?
- Sos un animal, Gringo, le partiste la cabeza al Neblina, ahora le sacás el ojo al Mario. ¡La puta madre! ¡Qué frío que hace!
- ¡No se lo saqué, Cabeza! Se lo aflojé un poco para afuera, nada más.
- ¡Claaaaro, no fue nada!
- ¿Y qué querés? Si el tipo saltó a cabecear conmigo.
- ¡Y vos le aleteaste en la cara! ¡Le metiste el dedo por abajo del ojo!
- Ufff, siempre yo. Nadie más va a querer jugar conmigo...
- Nadie quiere jugar con vos desde hace rato.
- Bueno, che, soy así, Cabeza, ¿qué querés? Se me congela el culo en este tapial...
- Que no seas tan pelotudo. Después le andás queriendo soplar la novia al Destartalado, ni bola te va a...
- ¿La Negra? ¡No es la novia todavía!
- Todavía... ¿porque no fue a la casa? Bien que se metieron en la Cilsa a chapar. Y a vos ni te juna. A mí no me digas que no son novios.
- Eso de la Cilsa es invento de la Cabra, porque se quedó calentito. Y viste que él es calentón...
- ¿Calentito con qué?
- Con el cinco a cuatro.
- Pero, ¿vos sos pelotudo o qué te pasa? Eso fue el año pasado.
- Sí, en octubre. ¿Te acordás? Ganábamos dos a cero. Después nos metieron cuatro seguidos.  Ese sorete de Potente metió dos. Pero después Morete hizo dos y se fueron llorando de la cancha de Vélez. Está caliente porque le tiré cinco rompeportones en la cochera de la casa. Pero se lo merecía.
- ¿Y por qué se lo merecía? ¡Qué frío la puta que lo reparió! La radio dio uno bajo cero, ¡al mediodía!
- Porque cuando Boca hizo el cuarto le pidió permiso a mi vieja -yo me estaba bañando- fue y golpeaba la puerta del baño así tac, tac, tac, tac, y decía en cada golpe Curioni, Ponce, Potente, Potente. Y después se fue. ¡Claro! No me había dado cuenta que Ríver había empatado. Él escuchó la radio de mi viejo y rajó el cagón.
- Y al final...
- ¡Al final Morete les hizo tragar el sorete! Pero lo de los rompeportones no me lo perdona. ¡Cinco le tiré! Le iba a escribir en un papel Mastrángelo, Mastrángelo, Más, Morete y Morete, pero no le puse nada. Que se cague...
- ...
- Y por eso anda inventando lo del Destartalado con la Negra. ¡Mierda! Está todo nublado y hace un frío de cagarse.
- Lo que pasa es que vos estás chiflado.
- ¿Chiflado? ¿Por?
- A ver... cabeza partida del Neblina, ojo afuera del Mario, vidriera de la joyería rota de un pelotazo...
-¡Pará! ¡Pará, Cabeza! Eso fue de casualidad...
- Todas fueron de casualidad... Sigo, ¡ah! brazo quebrado del Joselo.
- Mmmm, no me acordaba. Eso fue en mi casa. Y bueno, ¿qué querés..?
- Ah, la del viejo Armando.
- ¿Armando?
- Alberto Jota Armando, cuando vino a las Dos Rutas, ahí a la Virgen.
- ¿Qué quérés? ¿Que no le grite Armando cago blando? ¿Qué mierda tiene que venir a hacer a mi barrio?
- Bueno, es el presidente de Boca...
- Por eso salí a gritarle todo vestidito de Ríver, así, con bandera y todo.
- Che, estoy temblando... ¿Y cómo te fue?
- Me cascotearon, pero eso no me dolíó.
- ¿Y qué te dolió?
- Me dieron quince patadas en el culo.
- ¿Quince? ¿Las contaste?
- Callate, una por cada año que no salimos campeones. Dos grandotes me tenían y otro me daba ¡una!, ¡dos! y así.
- ¡Ja! Gringo, te lo merecés por metido. Tenés razón, no parás de hacer cagadas.
- Mirá, encima que hace un frío de cagarse, se vienen las cenizas de la aceitera.
- Ma' qué ceniza si ni humo hay, son tan pavos que ni fuego prendieron... Llovizna.
- Y qué mierda es eso que tenés en la campera. Eso no es llovizna, es ceniza.
- No, boludo, es nieve. Bah, debe ser nieve.
- ...
- ...
- ¡¿Nieve?!
-  Nieve, Gringo. Nunca vi esto. Mirá. ¡Mirá!
- ¡Si nunca nevó acá en la puta vida! Si es nieve te juro que se muera la vieja Ciccone que nunca más me mando una cagada. ¡Pará! Corrijo. Si es nieve y podemos hacer muñecos como en la tele y todas esas cosas... nunca más me mando una cagada.
- ¡Uh, sí... mirá vos!
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- Che, Cabeza, ¿dónde vas con el saco de la escuela?
- Ni me hablés, voy a acompañar a mi vieja, todo por culpa tuya. ¿Ves que sos un reverendo pelotudo?
- Claaaro, cuatro días encerrado con anginas y me mandé una cagada a distancia. Claaaro...
- Y sí, laputaqueterremilyeguaparió, Gringo, la vieja Ciccone salió tan contenta a jugar con la nieve que le agarró un ataque. Y anoche palmó. Me lleva mi mamá al velorio, porque no le gusta ir sola. Después me deja a un costado y se pone a chusmear con las otras viejas.
- Pero, ¿será posible, Cabeza? Ni enfermo en casa paro de hacer cagadas.
- Ni enfermo en casa, Gringo. Ni enfermo.

jueves, 11 de abril de 2013

Ganar y ganas

 Los riesgos de matear a la nochecita con Adonis Torre, el filósofo de calle Pampa, consistían en una corta enumeración de lo posible: uno se queda hasta la madrugada hablando con él (sobre todo hablando él), uno sale del rancho de Adonis y es atajado por Jovino con ganas de contar cómo hará para obtener la fortuna que le espera en el sur brasileño, uno sale y es atajado por Numerito, ese que te dice bsss, bsss, Jorge (o cualquier otro nombre que no sea el de uno) comprame bsss una rifita de un chancho asado, bsss, tengo pocos numeritos, bssss, dale que no tengo pa comer o uno se deja ensartar por el puñal frío y vertical de la cruz del sur si es invierno y se va a la casa pensando en a quién carajo se le ocurrió que valía la pena un mundo así.
Si uno decide -o le toca en suerte- la primera, podrá oír -entre cabezazos de duermevela- palabras como estas o peores:
  
Ganar, lo que se dice ganar, no me importaba. Ni me importaba demasiado perder. Sí, sentir esa emoción potente de poner en juego todas las ganas. Y, qué curioso, ahora que lo pienso ganar y ganas se escriben casi igual. Bueno, se acentúan diferente también y eso las diferencia un poco más.
Ganar... ganas... Demasiado cerca para que no me resuenen en esta madrugada en que el mate se cansó de acompañarnos.
Ganar nunca fue para mí. Eso era para otros, como si en la lista de los que iban a ganar las cosas interesantes, los primeros lugares ya estuviesen asignados. Y eso que salí primero, ni sé cómo decirlo, en muchas cosas. Pero salir primero pocas veces equivale a ganar. Recuerdo como si fuera ahora las veces en que obtuve algún primer puesto o que gané en algún partido de fútbol chivo. Hasta me corría la vergüenza de usurpar el lugar que era de otro. Porque los que ganaban eran otros y no todos los otros. Esos otros, los que siempre ganaban. Los lindos, los simpáticos, los que no necesitaban un marcador más alto para ser, otra vez, ganadores.
Pero lo peor llega cuando uno sospecha que la taba no dio culo. Y se le mojan los labios con miel. Cuando uno engancha la mina más linda, por ejemplo. Y no me vengan con esa salida fácil del refrán de la yunta de bueyes. Uno siente que de una vez por todas todo tiene sentido y que por más taimado que sea el destino, uno está orejeando el as de espadas.
Y aunque no me crean, no me importaba ganar. Pero véame, acá estoy, sin vitrina porque el trofeo era de arena.

Y ganas le puse. Qué no le voy a poner, ¿no se da cuenta que si no le pone ganas es mejor tirarse al río? Todo lo que queda es poner ganas. Hasta Numerito le pone ganas para vender esa rifa que anota en la libretita y que nadie gana nunca. Pero qué me importa, si estoy acostumbrado a no ganar. Él sabe que le saca una chirola a usted, una a la vieja de la esquina y una al del taller y con eso va tirando. Sabe que miente en su promesa de la rifa, no hay premio. Pero, ¿dónde ha visto usted que haya premio? Por eso le pongo ganas a esto -señalando el rancho humilde, pero barrido-, a la Silvana, que no tiene donde ir, yo la cuido y ella me calienta la cama, a las changas que agarro... Juro que le pongo ganas, aun cuando ya sé que la taba que me toca es de dos culos.

Entonces, uno podrá irse del rancho de Torre con la firme intención de contar cuántos culos tiene la taba que le toca tirar. Y de evaluar si se decide a ponerle ganas aunque sepa que no va a ganar.



sábado, 16 de febrero de 2013

Bataraza

El cordobés era bueno para el fútbol. Gracioso como todos los cordobeses. El cantito cordobés siempre causa gracia entre los sursantafesinos. Pero gracia en el sentido de generar inmediata simpatía, no en el de comicidad; lo que no va en desmedro de que los cordobeses son cómicos y contagiosos en esa comicidad.
Hincha de Ríver, pero de los que no llevan camiseta con el último anunciante, sino esas tan viejas y gastadas que el rojo y el blanco se confunden en unas gamas de raro ocre, hacía comentarios que nos despanzaban de risa a los que teníamos un par de años menos. Con un juego largo de gambetas abiertas, capaz de jugar y hacer jugar al más matungo, pronto el cordobés se convirtió en uno de los primeros en ser elegidos en la pisadita: el cordobés pa mí, sonaba siempre al comienzo del reparto de jugadores.

Vivía al lado del Gabri, a una cuadra de las Dos Rutas. Un día apareció con otro pibe un poco menor, un sobrino. El gordo, que tenía un ojo privilegiado para los apodos, enseguida le puso Bataraza, ya que tenía un par de mechoncitos blancos entre sus negras matas de pelo hirsuto. Y tal vez porque daba por descontado que sería otra gallina riverplatense. Éramos muchos y daba para tres o cuatro equipos de siete. Y el Gabri, que siempre se tentaba en ventajear, quiso atajar y hacer la pisadita para sumar al Bataraza antes que los demás. Si el cordobés era bueno, el sobrino tendría que serlo invariablemente.
Fue uno de esos días que a la distancia y la vuelta de los lustros, uno quisiera haber retenido como se hace hoy en fotos o videos. El Gabri perdió en la pisadita, adrede pienso. Quedó tercero. El primero eligió al Edu, que siempre la rompía; el gordo, segundo, al cordobés y él, relamiéndose: pasá pa mí, Bataraza...

Apenas empezado el partido llegó la revelación fatal. Era malísimo, difícil de describir con palabras. Era de esos que le dan con la canilla porque la pelota venía picando. De esos que cuando alcanzan a duras penas a dominarla, se la pasan al rival mejor acomodado. Tan malo que daba lástima retarlo. El Gabri, frustrado en su inocente ventajeada, lo mandó a la defensa: ¡si no le pegás a la pelota, pegale al que te pase cerca!
En el primer córner, la pelota venía alta. El Bataraza era malo para el fútbol, pero encomioso en la tarea asignada, así que levantó la derecha como un karateca justo para sacudirle la oreja al Gabri, que ya la tenía grandota antes del patadón.

No sé si el Gabri estaba colorado por la patada o por el fracaso, por las risas de todos dirigidas al él, pero de reojo al Bataraza, que de las más altas expectativas pasó a delinearse como perfecto inútil.
A un costado, el cordobés no se reía, pensativo. Tal vez evaluando que hubiese sido mejor avisar antes de la condición futbolística del sobrino. Tal vez humillado en el orgullo familiar. O tal vez sospechando que el Bataraza nunca ocuparía un lugar de consideración como el suyo en un barrio en el que estaba de paso.

Alguna vez lo volví a ver y me pregunté si en alguna otra pisadita lo habrían vuelto a elegir entre los primeros; él, que siempre quedaba para el final después de la fatídica tarde en que el cordobés lo presentó. Pero no me respondí, me limité a poner la cabeza en otra cosa, en una de esas para no contabilizar las veces en que la vida, como a todos, me regaló la posibilidad de ser el último del reparto, como el orejón que mira la boca del tarro desde el fondo esperando que una mano lo redima, aunque lo lleve a la muerte.

domingo, 7 de octubre de 2012

Los patos

Eran dos hombres, mayores ya, que pasaban a diario por esa calle, que no es calle ni vereda ni pasaje ni cosa tal que pueda definirse así como así, que está frente a casa. Vestían siempre unos harapos raídos y seguramente harían changas de albañiles o limpiarían terrenos o alguna tarea de esas que no se condecían con el progreso obrero del barrio.
Tenían una particularidad bastante especial. Iban uno detrás del otro. Siempre el mismo adelante. El de atrás parecía como que le faltaba un golpe de horno y si no un tornillo, al menos había perdido una arandela. Pasaban como yendo de los barrios hacia el centro y solo a veces al revés. O quizás el solo a veces indica que solo los veía a veces. Las vecinas los conocían como los patos, por su forma de desplazarse, uno siguiendo al otro.
El de adelante tenía más pinta de patriarca. Barba encanecida y sin recortar, cabello ralo, hombros vencidos y mirada al frente, horizontal. De cuando en cuando llevaba gorra y casi siempre una campera liviana de color indefinido
El de atrás, que juzgábamos hijo bobo o hermano bobo de el de adelante, siempre llevaba una boina que alguna remota vez había sido negra. Creo que también un chaleco sobre una camisa a cuadros prendida hasta el cuello y seguramente no registraba bien el clima ya que iba igual de abrigado en verano que en invierno. O tal vez anduviera siempre con lo puesto, quién sabe.
No es difícil concluir que les resultaba imposible ir charlando siempre que no se llevaran tan mal que una conversación descompensara una vida que incluso para niños como nosotros era fácil de sospechar.
La distancia entre ellos variaba. Tres metros cuando menos, unos diez cuando más. Pero jamás a la par.
Sé que para hacer una crónica decente debería preguntar a quienes retuvieran memoria anterior a la mía desde cuándo los patos pasaban por la calle, que no es calle. Pero mis recuerdos me dicen que por lo menos quince o veinte años hollaron la cuadra siempre iguales. Cada vez más viejos, lentos y gastados, pero siempre iguales, perpetuos, silenciosos.
Rara vez, lo que constituía una génesis de sonrisas recortadas, el de atrás saludaba con un movimiento de cabeza y alguna frase ininteligible.
Como era de esperar, no les teníamos miedo. Pero sí un extraño respeto. Ninguno de los chicos del barrio los molestaba ni les ponía un soberano pelotazo, claro que de casualidad, como les sucedía a otros transeúntes indeseables.

Como puede inferirse sin esfuerzo, alguna vez los patos dejaron de pasar. Muchas veces abrigo una sospecha: cambiamos tanto el mundo que alguna gente ya no tiene lugar. No se me ocurriría nunca imaginar a los patos en estos días. Me cuesta elucubrar qué clase de respeto -ese concepto que suelo entender como fecundado y alimentado por quienes detentan alguna clase de poder o quienes desearían tenerlo para ordenar el mundo a su gusto- les correspondería hoy. Desde la denuncia por crotos consuetudinarios a la llana sospecha de que todo lo que falta en el barrio necesariamente ha sido sustraído por ellos, desde la  cerradura y la reja a las advertencias a las jovencitas acerca de su peligrosidad, desde un pasado que se adivina a un futuro de muerte solitaria que también se adivina. Desde su patética imagen, derrotados, tal vez malolientes, cansados. No, ya no hay lugar para los patos en este aquí y ahora. Inventen esos señores, el de atrás y el de adelante, otro mundo si quieren lugar. O disfrácense de otra clase de bichos. Y no vayan a quejarse de los pelotazos...

lunes, 27 de agosto de 2012

Aventurillas 05: Autorreferencias

Nuestras limitadas crónicas, circunscriptas siempre al taquito de Santa Fe, versan acerca de fenómenos que suceden en la fracción de territorio comprendida entre los arroyos Pavón y Del Medio, el río Paraná y una difusa frontera sudoeste. Innecesaria pero ocasionalmente útil información suministrada por un cronista tan local que descree de la existencia de míticos parajes supuestamente santafesinos con inverosímiles denominaciones. Poblados como Chañar Ladeado, Malabrigo, Elortondo, Pozo Borrado, Venado Tuerto, Arroyo Seco, Berabevú, Los Quirquinchos o Godeken, sencillamente no pueden existir.
Valga esto como muestra y advertencia de que todo cuanto aquí se diga tiene validez dentro de los límites arriba descritos. Módica aventura, se dirá, pero vayamos al grano...

Los villenses somos autorreferentes.
El lector notará que la oración anterior es una  desembozada autorreferencia. Esto no es extraño si consideramos correcto el aserto que precede.
Tampoco resultará extraño escuchar en cualquier conversación expresiones de esta naturaleza: "como yo siempre digo...", "vos tenés que hacer como yo, que...", "a mí no me pasa lo mismo que al bobo de tal, yo en su lugar...".
Uno tendrá la oportunidad de oír a respetables políticos invitados a programas de radio manifestar curiosas autorreferencias en tercera persona. El distinguido señor Fulano Fulanetti, verbigracia, dirá: "el Fulo... bueno, el Fulo era un excelente jugador de fútbol, bla, bla, bla... el Fulo se convirtió de pronto en alguien que se sentaba la mesa de reconocidos... y así fue que el Fulo llegó a ser..." Curiosísimo.
Uno verá en la tele a la funcionaria Mengana Menganazzi expresarse más o menos así: "Lo digo para que no se diga que la Menganazzi dijo tal o cual cosa, por lo tanto recurro a ustedes para que se difunda la verdad sobre mi labor al frente de...". Notable.
Consultado sobre el repertorio que desplegará en la peatonal, algún cantante dirá: "el mismo que realicé en mi gira por Paraguay", por las dudas de que el reportero -y la audiencia- no hubiera tomado debida nota en su momento. Cierto pudor del reportero le impedirá seguir haciendo preguntas.
"¡Yo ya lo denuncié! Si me hubieran hecho caso a mí...", exclamará indignado un vecino más preocupado porque quede claro que dijo algo interesante que por el problema que parece referir.
En el ámbito académico, todo trabajo de investigación o informe producido por uno o más villenses se destacará -esto es obvio ya- por las autorreferencias. Qué autor villense se resignará a elaborar un informe que carezca de alguna autorreferencia bibliográfica. Ningún docente o investigador en sus cabales dejará de citarse si ya tiene publicaciones anteriores. Impensable. Y si no las tiene desesperará por publicar un primer trabajo, para poder autorreferenciarse debidamente luego.

Somos autorreferentes. Y nos encanta. No vengan ahora voces foráneas a adoctrinarnos con que reconozcamos que esto pasa en otros ámbitos. Quién va a sugerir que alguien que habite parajes innombrables o de existencia no acreditada haga una autorreferencia... Reclamamos el derecho de ser únicos en esto. Como siempre digo, ya vendrán otros a copiarle -no digan que no les avisé- a este cronista que, como se aprecia con nitidez, odia ser autorreferente.

viernes, 17 de agosto de 2012

Canuto y Juvenal

Cierto es que las canchas florecían en cualquier baldío -esto ya lo dijimos- porque la ciudad era incipiente, porque los dolores y los placeres eran otros. Las tardes se antojaban infinitas bajo el manto de denso humo que bajaba de la chimenea de la aceitera. Las cascaritas en cenizas de girasol remedaban grises nevadas de progreso. Pero no nos importaba.
El rito del fútbol, el de las escondidas, el del hoyo pelota... se celebraba en la diáfana conciencia de que jugar era sagrado. Y más sagrado el mandato familiar de volver para la cena.

Canuto venía solo los viernes. Tenía nuestra edad, pero trabajaba. Por eso parecía más grande y más serio. Y tal vez más triste. Raro, pero no era el Canuto, era Canuto, a secas. Siempre con una camisa ombú que era de otro difunto, seguramente, con alguna mancha de grasa. En el bolsito llevaba un par de alpargatas que usaba para los partidos y seguramente las cargaba solo los viernes, cuando aparecía a patear por las Dos Rutas. O, quién sabe, tal vez Canuto fuera cada día a patear a canchas distintas, porque de eso no hablaba. Otros -y juro que lo hacían- que trabajaban venían a jugar con los botines de punta de acero, para que nadie se les cruce, seguramente. Canuto, por su parte, se cambiaba los tamangos por unas raídas alpargatas bigotudas.

Los partidos, como se sabe, pueden tener diferentes personalidades. A quienes leíamos entonces las columnas de Juvenal -y otros- en El Gráfico nos llamaba muchísimo la atención esta palabra en negrita que encabezaba el comentario del periodista. Era toda una sentencia, una revelación completa que alcanzaba para definir por comprensión un partido que no salía en la tele. "Discreto. El equipo local no logró hacer valer esa condición..." "Intenso. Desde el primer minuto Chacarita apostó al contragolpe ante un Ferro Carril Oeste dispuesto a..." De alguna misteriosa manera esos calificativos podían redondear en una sola palabra todo un evento futbolístico, que como puede intuirse guarda un inabarcable cúmulo de muestras de condiciones humanas. La destreza, la cobardía, la generosidad, el heroísmo, el empeño, la conciencia comunitaria, el honor, todos presentes en noventa minutos persiguiendo el santo grial blanquinegro.

Canuto, que siempre terminaba con la cabeza estallada en rulos inexistentes antes del partido, cerraba la tardecita del viernes con una sentencia a lo Juvenal. Aplastante, si habíamos goleado. Aburrido, si el cero a cero hacia eterna la tarde. Deplorable, si perdíamos por goleada. Y así. Con Canuto aprendimos muchos términos, algunos -y por lo general- ni siquiera salían en El Gráfico, aunque a veces echaba mano a los clásicos de Juvenal. Utilizaba palabras difíciles como aberramte, pésimo, inobjetable, elogioso... Con el tiempo nos convencimos de que Canuto era un culto, porque alguien lo dijo. No teníamos la menor idea de qué o quién era un culto, pero ciertamente Canuto lo era. Como Juvenal.
Y admirábamos a un culto. Cosa extraña, me digo. Pero así era.
Así era aunque no teníamos la menor idea de dónde Canuto aprendía esas cosas, que seguramente no era en el taller. No tenía pinta de lector, más bien de pibe atorrante al que mandan a laburar.
No había duda, de alguna misteriosa manera Canuto era un culto. Como Juvenal.
Y eso, por supuesto, nos enorgullecía.