ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
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miércoles, 29 de enero de 2014

Algo de fútbol

Cuando la pelota entra en la vida de un pibe define tantas cosas que sería imposible ponerlas todas en palabras. Y no me refiero a las pelotas con cascabeles como un chiche más de los bebés. Me refiero a la pelota que se patea. Cómo explicarles a quienes no pudieron apasionarse nunca en una cancha lo que es el fútbol. El fútbol -escribió alguna vez Dolina- es el juego perfecto.

Los ídolos futbolísticos, lejos de gozar de las perfecciones de los seres de ficción, suelen ser tipos que alternan buenas y malas tanto en un partido como en su carrera. Uno, hoy, no se pone a ver un partido con la esperanza de que Messi esté maravillándolo noventa minutos continuos. Y si lo hace con esa expectativa no conoce mucho el juego. El Gringo Scotta hizo 60 goles en la temporada de 1975 -el record nacional-, sin embargo, fueron eternos los intervalos entre un gol y otro.
Hay deportes en que se hacen decenas de tantos o aciertos o puntos y las emociones festejables se suceden a cada instante, por ejemplo el básquet. El fútbol es otra cosa. El gol es una rara avis en un partido, de ahí esa tensión contenida que se libera tanto en el jugador como en el hincha  cada vez que se produce. De ahí la profunda decepción cuando la pelota entra en la valla propia. Cuando hay un gol todos tienen la sensación de que es posible que sea el único del partido y no sólo posible, es bastante probable.

Yo jugué mucho al fútbol aun no siendo muy bueno. Tuve en algún momento la suerte de que un grupo de amigos me aceptase entre sus filas y cosechamos nuestros modestos éxitos de barrio, incluso con partidos memorables o hazañosos que traemos a las conversaciones luego de décadas. En ese equipo jugué mis mejores partidos, conocían mis muchas limitaciones y mis escasas virtudes disimulando unas y potenciando las otras. Y quizás en ese equipo recibí los abrazos más honestos y agradecidos cuando me tocó marcar algún gol relevante.
Creo en parte que de esas dos cosas se trata: que el grupo potencie la individualidad y que las limitaciones y los errores de los individuos se disuelvan y resuelvan en la solvencia del grupo. Y de los abrazos. El día en que los jugadores no se abracen más tras un gol el fútbol habrá muerto.

Dejo para el final el risueño recuerdo de un grande que tal vez jamás pateó una pelota. Como el mundo del fútbol le era ajeno por inasible, él abolió el fútbol de su mundo. Sin embargo, aun así, se confesaba hincha de San Lorenzo de Almagro. Tan sorprendente adhesión de su parte, la había tomado en aquella misma biblioteca del barrio de Almagro, ya casi Boedo.
“Cierta vez me preguntaron a mí qué cuadro prefería, y yo pensé que se referían a telas o a óleos, y les expliqué que como no veía bien, la pintura no me interesaba demasiado. Pero parece que no: se referían al cuadro de fútbol. Entonces yo les dije que no sabía absolutamente nada de fútbol, y ellos me dijeron que ya que estábamos en ese barrio de Boedo y San Juan, yo tenía que decir que era de San Lorenzo de Almagro. Yo aprendí de memoria esa contestación, siempre decía que era de San Lorenzo, para no ofender a mis compañeros. Pero pronto noté que San Lorenzo de Almagro casi nunca ganaba. Entonces yo hablé con ellos y me dijeron que no, que el hecho de ganar o perder era secundario –en lo que tenían razón.-, pero que San Lorenzo era el cuadro más científico de todos. Eso me dijeron, sí… Se ve que no sabían ganar, pero lo hacían metódicamente”.
Parece que el tal Borges presentía y -ojalá- vivía en carne propia el eterno destino sufriente de los hinchas cuervos, los que hoy festejamos -rara avis una vez más- un campeonato.

sábado, 15 de junio de 2013

Descensos

Nunca voy a olvidar el día que en una reunión entre amigos y otros no tanto, en casa, un asistente -dedicado hoy a la carrera política- postulaba sus principios de hincha de fútbol. Decía algo así como: -Yo a los gallinas los cargo antes de los partidos. Tengo un arsenal de argumentos y cargadas. Si después ganamos, la sigo. Si perdemos, ni me importa, ya los hice reventar antes. En el fútbol uno es más cuando los otros son menos. Clarito.
Yo nunca supe muy bien por qué, pero esos postulados -y otros parecidos- me revuelven el estómago. Y no porque odie el fútbol o cosas por el estilo. Me anoto en la lista de los que opinan que el fútbol es el juego perfecto. O casi perfecto. O en todo caso uno de los dos que me parecen los mejores, con el ajedrez. El folclore del fútbol también está bueno y acompaña y en mi país es palabra mayor. Las cargadas son parte de eso y parte de la fiesta popular. Y está bien que así sea. Porque muchos nos sentimos felices o desdichados según nos vaya bien o mal en el fútbol.

Esto escribe uno que se ha sentido más veces desdichado que feliz. Con mucha diferencia entre ambas sensaciones. Pero que ha sido inmensamente feliz en esos ratos más o menos prolongados en que le ha tocado el triunfo. Y que no cambia por nada a San Lorenzo.
Alguna vez mi cuadro se fue al descenso. Y volvió con una gloriosa temporada en la B. Gloriosa. Con el tiempo -y zafando varias veces de la pérdida de categoría- no me pareció tan dramático el descenso. En el mundo grandes clubes descienden y después vuelven. O no. En mi país el descenso es un drama. Exagerado, creo hoy.

Alguien pensará sangran por la herida o, como se dice ahora, la tienen adentro. Probablemente hinchas de Boca -menciono aquí a Arsenal, que comparte esa condición, pero no tiene hinchas en la zona-, que nunca perdió la categoría u otra gente sin memoria.  Y digo sin memoria por aquella manganeta ignominiosa de agregar un año más al ya dudoso promedio antes de terminar el campeonato del ochenta y cuatro. Son las cosas del poder.
Y hablando de poder, voy a arriesgar una hipótesis personal. Hay bastante de juego de poder en los postulados de muchos hinchas (y periodistas). Pero no de poder como potencialidad, sino como facultad de sojuzgar.
Curiosamente, mucha de la gente que pontifica acerca de la igualdad, de principios libertarios, solidarios, que milita en política, arte, cultura agitando banderías de los humildes, son quienes más cerrilmente se empecinan en humillar, sojuzgar al rival, al que ama otros colores. Y opino que no es sólo un juego o el folclore del fútbol. Gozan con el sufrimiento ajeno y salan las heridas. Prerrogativas de los poderosos. O de los que aspiran a serlo y encuentran en esto un buen lugar de práctica. Tal vez sea demasiado borrosa la frontera entre la cargada y la humillación. O tal vez esté delirando demasiado al escribir en caliente.

Descender puede ser una lección de humildad, si de algo vale hoy esa expresión. Tengo para mí que hay hinchas de Ríver que la aprendieron. Quiero creer que en esto los cuervos somos más avezados -fuimos el primero de los llamados grandes del país en descender- y ojalá más sabios.

Vaya para mis amigos de Independiente, y cualquier otro diablo rojo que lea- este abrazo en palabras. A los de Ríver les deseo que hayan aprendido y a los de Boca, el sano ejercicio de la memoria. Que las estrellas no les impidan ver un cielo que es de todos.
Y al fútbol, salud.

domingo, 9 de junio de 2013

Con el Gringo

para el Gringo
- No paro de hacer cagadas, ¿podés creer?
- Sos un animal, Gringo, le partiste la cabeza al Neblina, ahora le sacás el ojo al Mario. ¡La puta madre! ¡Qué frío que hace!
- ¡No se lo saqué, Cabeza! Se lo aflojé un poco para afuera, nada más.
- ¡Claaaaro, no fue nada!
- ¿Y qué querés? Si el tipo saltó a cabecear conmigo.
- ¡Y vos le aleteaste en la cara! ¡Le metiste el dedo por abajo del ojo!
- Ufff, siempre yo. Nadie más va a querer jugar conmigo...
- Nadie quiere jugar con vos desde hace rato.
- Bueno, che, soy así, Cabeza, ¿qué querés? Se me congela el culo en este tapial...
- Que no seas tan pelotudo. Después le andás queriendo soplar la novia al Destartalado, ni bola te va a...
- ¿La Negra? ¡No es la novia todavía!
- Todavía... ¿porque no fue a la casa? Bien que se metieron en la Cilsa a chapar. Y a vos ni te juna. A mí no me digas que no son novios.
- Eso de la Cilsa es invento de la Cabra, porque se quedó calentito. Y viste que él es calentón...
- ¿Calentito con qué?
- Con el cinco a cuatro.
- Pero, ¿vos sos pelotudo o qué te pasa? Eso fue el año pasado.
- Sí, en octubre. ¿Te acordás? Ganábamos dos a cero. Después nos metieron cuatro seguidos.  Ese sorete de Potente metió dos. Pero después Morete hizo dos y se fueron llorando de la cancha de Vélez. Está caliente porque le tiré cinco rompeportones en la cochera de la casa. Pero se lo merecía.
- ¿Y por qué se lo merecía? ¡Qué frío la puta que lo reparió! La radio dio uno bajo cero, ¡al mediodía!
- Porque cuando Boca hizo el cuarto le pidió permiso a mi vieja -yo me estaba bañando- fue y golpeaba la puerta del baño así tac, tac, tac, tac, y decía en cada golpe Curioni, Ponce, Potente, Potente. Y después se fue. ¡Claro! No me había dado cuenta que Ríver había empatado. Él escuchó la radio de mi viejo y rajó el cagón.
- Y al final...
- ¡Al final Morete les hizo tragar el sorete! Pero lo de los rompeportones no me lo perdona. ¡Cinco le tiré! Le iba a escribir en un papel Mastrángelo, Mastrángelo, Más, Morete y Morete, pero no le puse nada. Que se cague...
- ...
- Y por eso anda inventando lo del Destartalado con la Negra. ¡Mierda! Está todo nublado y hace un frío de cagarse.
- Lo que pasa es que vos estás chiflado.
- ¿Chiflado? ¿Por?
- A ver... cabeza partida del Neblina, ojo afuera del Mario, vidriera de la joyería rota de un pelotazo...
-¡Pará! ¡Pará, Cabeza! Eso fue de casualidad...
- Todas fueron de casualidad... Sigo, ¡ah! brazo quebrado del Joselo.
- Mmmm, no me acordaba. Eso fue en mi casa. Y bueno, ¿qué querés..?
- Ah, la del viejo Armando.
- ¿Armando?
- Alberto Jota Armando, cuando vino a las Dos Rutas, ahí a la Virgen.
- ¿Qué quérés? ¿Que no le grite Armando cago blando? ¿Qué mierda tiene que venir a hacer a mi barrio?
- Bueno, es el presidente de Boca...
- Por eso salí a gritarle todo vestidito de Ríver, así, con bandera y todo.
- Che, estoy temblando... ¿Y cómo te fue?
- Me cascotearon, pero eso no me dolíó.
- ¿Y qué te dolió?
- Me dieron quince patadas en el culo.
- ¿Quince? ¿Las contaste?
- Callate, una por cada año que no salimos campeones. Dos grandotes me tenían y otro me daba ¡una!, ¡dos! y así.
- ¡Ja! Gringo, te lo merecés por metido. Tenés razón, no parás de hacer cagadas.
- Mirá, encima que hace un frío de cagarse, se vienen las cenizas de la aceitera.
- Ma' qué ceniza si ni humo hay, son tan pavos que ni fuego prendieron... Llovizna.
- Y qué mierda es eso que tenés en la campera. Eso no es llovizna, es ceniza.
- No, boludo, es nieve. Bah, debe ser nieve.
- ...
- ...
- ¡¿Nieve?!
-  Nieve, Gringo. Nunca vi esto. Mirá. ¡Mirá!
- ¡Si nunca nevó acá en la puta vida! Si es nieve te juro que se muera la vieja Ciccone que nunca más me mando una cagada. ¡Pará! Corrijo. Si es nieve y podemos hacer muñecos como en la tele y todas esas cosas... nunca más me mando una cagada.
- ¡Uh, sí... mirá vos!
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- Che, Cabeza, ¿dónde vas con el saco de la escuela?
- Ni me hablés, voy a acompañar a mi vieja, todo por culpa tuya. ¿Ves que sos un reverendo pelotudo?
- Claaaro, cuatro días encerrado con anginas y me mandé una cagada a distancia. Claaaro...
- Y sí, laputaqueterremilyeguaparió, Gringo, la vieja Ciccone salió tan contenta a jugar con la nieve que le agarró un ataque. Y anoche palmó. Me lleva mi mamá al velorio, porque no le gusta ir sola. Después me deja a un costado y se pone a chusmear con las otras viejas.
- Pero, ¿será posible, Cabeza? Ni enfermo en casa paro de hacer cagadas.
- Ni enfermo en casa, Gringo. Ni enfermo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Bataraza

El cordobés era bueno para el fútbol. Gracioso como todos los cordobeses. El cantito cordobés siempre causa gracia entre los sursantafesinos. Pero gracia en el sentido de generar inmediata simpatía, no en el de comicidad; lo que no va en desmedro de que los cordobeses son cómicos y contagiosos en esa comicidad.
Hincha de Ríver, pero de los que no llevan camiseta con el último anunciante, sino esas tan viejas y gastadas que el rojo y el blanco se confunden en unas gamas de raro ocre, hacía comentarios que nos despanzaban de risa a los que teníamos un par de años menos. Con un juego largo de gambetas abiertas, capaz de jugar y hacer jugar al más matungo, pronto el cordobés se convirtió en uno de los primeros en ser elegidos en la pisadita: el cordobés pa mí, sonaba siempre al comienzo del reparto de jugadores.

Vivía al lado del Gabri, a una cuadra de las Dos Rutas. Un día apareció con otro pibe un poco menor, un sobrino. El gordo, que tenía un ojo privilegiado para los apodos, enseguida le puso Bataraza, ya que tenía un par de mechoncitos blancos entre sus negras matas de pelo hirsuto. Y tal vez porque daba por descontado que sería otra gallina riverplatense. Éramos muchos y daba para tres o cuatro equipos de siete. Y el Gabri, que siempre se tentaba en ventajear, quiso atajar y hacer la pisadita para sumar al Bataraza antes que los demás. Si el cordobés era bueno, el sobrino tendría que serlo invariablemente.
Fue uno de esos días que a la distancia y la vuelta de los lustros, uno quisiera haber retenido como se hace hoy en fotos o videos. El Gabri perdió en la pisadita, adrede pienso. Quedó tercero. El primero eligió al Edu, que siempre la rompía; el gordo, segundo, al cordobés y él, relamiéndose: pasá pa mí, Bataraza...

Apenas empezado el partido llegó la revelación fatal. Era malísimo, difícil de describir con palabras. Era de esos que le dan con la canilla porque la pelota venía picando. De esos que cuando alcanzan a duras penas a dominarla, se la pasan al rival mejor acomodado. Tan malo que daba lástima retarlo. El Gabri, frustrado en su inocente ventajeada, lo mandó a la defensa: ¡si no le pegás a la pelota, pegale al que te pase cerca!
En el primer córner, la pelota venía alta. El Bataraza era malo para el fútbol, pero encomioso en la tarea asignada, así que levantó la derecha como un karateca justo para sacudirle la oreja al Gabri, que ya la tenía grandota antes del patadón.

No sé si el Gabri estaba colorado por la patada o por el fracaso, por las risas de todos dirigidas al él, pero de reojo al Bataraza, que de las más altas expectativas pasó a delinearse como perfecto inútil.
A un costado, el cordobés no se reía, pensativo. Tal vez evaluando que hubiese sido mejor avisar antes de la condición futbolística del sobrino. Tal vez humillado en el orgullo familiar. O tal vez sospechando que el Bataraza nunca ocuparía un lugar de consideración como el suyo en un barrio en el que estaba de paso.

Alguna vez lo volví a ver y me pregunté si en alguna otra pisadita lo habrían vuelto a elegir entre los primeros; él, que siempre quedaba para el final después de la fatídica tarde en que el cordobés lo presentó. Pero no me respondí, me limité a poner la cabeza en otra cosa, en una de esas para no contabilizar las veces en que la vida, como a todos, me regaló la posibilidad de ser el último del reparto, como el orejón que mira la boca del tarro desde el fondo esperando que una mano lo redima, aunque lo lleve a la muerte.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Los de Boca contra los de Ríver

El fútbol es un deporte particular. La avalancha negociera de los noventas, que goza de la mejor de las saludes, no pudo apagar algunas cualidades inapreciables de lo que hoy se suele llamar folclore del fútbol. El que no demasiado solapadamente exacerban los medios de comunicación para beneplácito de unos pocos que jamás sudaron una camiseta.

En Villa Constitución era común que al encontrarse los muchachos en las Dos Rutas se organicen en dos equipos: los de Boca contra los de Ríver, como una forma rápida y eficiente de organización de partidos. Si no había tiempo para la pisadita, lo mejor era dividir las aguas por simpatías, lo que de paso aseguraba un partido peleado.
Lógicamente había otras formas de dividir los jugadores. La popular solteros contra casados no tenía lugar en el barrio porque la mayoría de los que jugaban eran solteros. Supongo innecesario aclarar que al día de hoy un grupo de quince o dieciséis entusiastas podrían armar seis o siete equipetes para jugar solamente a las cabezas o a los penales: Solteros, Casados, Divorciados, Arrimados, Cornudos Conscientes... lo cual hace engorrosa cualquier organización de evento según una clasificación por estado, por lo cual la misma quedó caduca.

Por esos azares del destino, los partidos entre los de Boca contra los de Ríver eran bastante parejos y los resultados solían ser inciertos siempre. Entre los de Boca, el Héctor, el Gabri, el Vinchuca, el Gordo Pérez eran infaltables. Entre los de Ríver, el Gringo, el Eduardo, el Cati y mi hermano no fallaban.
Un caso particular era el de los mellizos Pascua. Uno de Ríver, el Carlos, y otro de Boca, el Antonio. Llegaban juntos y se iban juntos, como corresponde a mellizos bien entrazados. Pero durante el partido se azotaban como Merlo y Pernía. O como Monzón y Briscoe.

Claro es que en la multitud había un resto -en el que me contaba- de los que no éramos de Boca ni de Ríver. Los de Independiente, Racing y San Lorenzo íbamos a completar el equipo que menos tenía. Era muy raro, pero del todo posible, que apareciera algún hincha de Central o Ñuls para complicar el reparto. Algunas veces me tocaba rascar bosteros que se creían Curioni o Potente y otras veces pelearles a los émulos del Beto Alonso o Morete. Pero lo que brillaba siempre en unos o en otros era esa extraña fidelidad al compromiso asumido. Si te tocaba jugar en cualquiera de los dos, dejabas la vida, por el honor de tus compañeros.

Hubo más. Alguna vez, cuando inauguraban quién sabe qué clase de reforma en la plazoleta de las Dos Rutas, se corrió la bolilla de que en la comitiva venía Alberto J. Armando, el eterno presidente de Boca. El Gringo se vistió completito de Ríver. Armó una bandera con una caña larga y otra camiseta de la banda roja, se afirmó a unos veinte metros de la comitiva y empezó a cantar cánticos de hinchada mechados con el consabido Armando, cago blando con el que las gallinas insultaban al presidente de Boca. Creo que todavía está escondido en algún rincón de su casa por la corrida que le pegaron.

Otro detalle de época era la espera, paciente y sacrificada, aun con mal tiempo, de los colectivos que pasaban por las Dos Rutas embanderados de Boca o Ríver, para ir a jugar a Rosario en aquellos años en que la autopista era una promesa de futuro grande y de argentina potencia. Si pasaban colectivos embanderados de un equipo, los pibes rivales se comían una o dos horas de espera para acometerlos luego a tomatazo limpio -podrido, mejor dicho- sólo para dar a entender que no eran bien recibidos en las Dos Rutas. Pero jamás una piedra. A ninguno se le hubiese ocurrido cascotear los colectivos, porque así como eran rivales sin tregua en la cancha y en las bromas, los colectivos con hinchas eran sagrados. Un monstruo, pero un monstruo sagrado. Esos a los que había que demostrarles que no se les tenía miedo. Pero que no había que destruir. Porque la gloria consistía en tener rivales y a veces ganarles o ganar más que ellos. No en aniquilarlos.

Me llama tristemente la atención el modo de rivalidad futbolística que existe en muchos lugares hoy. Pareciera que la consigna es aniquilar al rival. Si no existe, mejor. Veo con desazón cómo en Rosario, por ejemplo, los hinchas leprosos o canayas se desesperan por pintar las columnas, los cordones de las veredas, los árboles,  con sus colores. El sentimiento de inferioridad expresado es tan grande que sólo advierten como posibilidad llenar todo lo posible el espacio con sus colores de manera que el otro parezca no existir. Y si no existe, mejor.

Afortunadamente los rivales existen y son otros en los cuales nos miramos. Otros que nos ayudan a reconocernos como nosotros. Otros que de alguna manera remiten al Gran Otro, diferente pero gracias al que somos nosotros, eso que buscan las religiones -algunas más osadas aseguran haberlo encontrado y que les pertenece- y le rinden culto. El Gran Desconocido que se busca a través de diferentes manifestaciones y ritos. Ese al que tal vez sin saberlo remiten en los estadios miles de personas que aspiran a la gloria. Ese que quizás haya mirado con ternura cómo los tomatazos a los colectivos y la guadaña certera al delantero rival que se escapa eran expresiones de la búsqueda de la gloria -cuanto más eterna, mejor- de reconocernos en un nosotros que invita al abrazo múltiple del festejo. Y de agradecimiento al rival, que está ahí, enfrente, mostrándonos cómo somos y tal cual somos.

martes, 7 de diciembre de 2010

El cuatro

Se acercó a la raya y escupió fuera de la cancha.
Sangre.
El deté lo vio y le hizo un gesto de te cambio. Se hizo el desentendido pasándose la manga por la nariz. En un arranque repentino fue a trabar bien abajo con el once que se le iba. Puntual, preciso, el botín tocó apenas la pelota que se detuvo bajo un pie amigo, mientras el once se despatarraba simulando un foul que no existió bajo el papel picado de la grama arrancada con violencia.
La hinchada lo amaba y ovacionaba cada intervención suya, todas certeras. Había pasado casi todo el campeonato sin que pudiera rival alguno tirar un centro desde la izquierda. No iban a salir campeones ni mucho menos, pero el equipo esperanzaba al pueblo. Estar entre los primeros a dos años de entrar en la Regional era un orgullo y vaya si lo era.
Ganarle a los grandes de las ciudades también era un orgullo. Pelear de igual a igual con los que de vez en vez remaban duro en el Argentino del Interior alimentaba la vanidad de boliche a la tardecita, esos de truco y chinchón.
El cuatro escupía sangre en cada córner que pateaba, en cada lateral. Desde la otra banda, los del banco lo querían sacar para cuidarlo. Pero jamás lo harían sin su conformidad, más por temor a la hinchada que por reverencia al marcador de punta.
En la manga derecha del cuatro, se oscurecían las franjas longitudinales que enumeraban los tiros libres con tiempo para limpiarse.
Se va a morir, pensé. Y sellé el maleficio. El correr las agujas del muñocero reloj acrecentaba esa sensación funesta. Ya no quería mirarlo. Sentía pugnar en mí las convicciones razonables, humanas, religiosas, con las que me educaron contrariando a la necesidad, casi un deseo morboso, de que mi presagio se cumpliese. Estaba eufórico. Si se moría habría robado un cacho de poder divino para decidir sobre la vida y la muerte sin más armas que la curiosidad y el deseo. Si no pasaba nada, nada pasaba.
Hubo un cruce, bastante fuerte en el área. La rodilla del nueve golpeó el cuello del cuatro, me dijeron. Camilla, tipos corriendo, el cuatro afuera.
No supe cómo hacer para ocultar la eufórica carcajada. Tan henchido de furor me sentía que tuve que salir. Lo mató, dijeron, sólo para corroborar todo.
Cambio. La boca del túnel se tragó como una sepultura al cuatro y a sus ángeles del destino.
Entre insultantes cánticos las tribunas se saludaban. Me hice lugar tratando de ganar la salida. Fui yo, me resonaba entre los rugidos de la afición. Busqué el auto en el estacionamiento y esperé el final del partido. Seguro de la muerte del cuatro, lancé una plegaria por compromiso.
Cuando ya no quedaba nadie, ante el gesto imperativo del sereno, puse en marcha el auto y salí lentamente.
A dos cuadras, la luna salpicaba de cal el asfalto. Caminando al lado de la raya iba el cuatro, bolsito al hombro, rengueando cansinamente por el esfuerzo del partido. Entonces aceleré, pero más que el once...

viernes, 9 de julio de 2010

Neblina

para Neblina
El gordo Pérez le encontró el apodo justo, Neblina. Como para no serlo, aquella fría mañana de sábado no se veía a más de cinco metros y aunque a pesar de ellos era imposible perderse la cita de patear un rato en las Dos Rutas, esta tenía un condimento extra. Había aparecido quien recibiría el mote por la difusa confusión entre su cabello blanquecino y la espesa bruma reinante. No había partido, éramos pocos y la visibilidad obligaba al invisible árbitro colectivo a suspender el encuentro y hacer unos pases con jueguitos antes de tocarla a otro. Un reducido stonehenge de entusiastas que se agrandaba al sumarse uno más o se achicaba cuando la hora de hacer los mandados lo tornaba inevitable para algunos entre los que me incluía.
Y Neblina -el flaquito de a la vuelta que se prendía en las escondidas, la guerra, el hoyo pelota, pero nunca en el fútbol- apareció con una número cinco nuevita con todos los cascos hexa y pentagonales tan blancos como su flequilluda cabeza. Ahí nomás dejamos a un costado, humillada, mi número tres de cascos rectangulares rojos y azules como de gamuza, claro indicador del poder adquisitivo de mi viejo.

Todo iba bien hasta que apareció el Gringo, de varios años más que nosotros. Cada vez que recibía la pelota tardaba en devolverla, porque quería demostrar esa dudosa habilidad de los prepotentes. Hasta violaba el círculo con alguna gambeta fuera de contexto entre desganadas piernas que no oponían resistencia esperando que de una vez pase el trago para seguir con el cansino circo de jueguitos suaves y toques.
Pero el Gringo estaba decidido a hacer de aquella mañana su jornada de gala con la pelota nueva, inmaculada. Al fin, cansado de tanto pará, basta che, tocala, morfón, consideró rematar su actuación con una chilena para que se vaya lejos, con la intención de fastidiar el grupo yéndola a buscar al otro lado del zanjón.
Pero Neblina, asustado como estaba, no quería más que llevarse su esférico para mimarlo un rato más en solitario en su casa. No sé si el Gringo lo hizo adrede o si confundió la blancura de la pelota con la redonda testa de Neblina, pero el impacto fue entre ceja y ceja.
Sangre y llanto. La pelota apoyada en la cintura y defendida con el brazo izquierdo. Y a casa. Y el Gringo a la velocidad del rayo. Y nosotros a jugar con la redimida número tres.

Neblina no apareció más por las Dos Rutas. Su familia se mudó. Les empezó a ir bien, se compraron una casa.

Habrán pasado diez años... El estadio no cambió mucho. Nosotros sí. No fuimos pocos los que lo vimos llegar. No había neblina ni era de mañana. Ni se parecía a aquel flaquito lamentable el grandulón con músculos hasta en la oreja que traía la pelota blanca entre el brazo y la cintura. Era casi tan ancho como alto. Ante la vista de todos, que casi casi paramos el partido, el tipo de la cicatriz en la frente -con corte y forma schwarzenegger- saludó sólo levantando la mano, apoyó la pelota contra el arco y empezó a trotar alrededor de la cancha con la concentración que lo hacía el cabezón Sánchez. Movimientos gimnásticos que desdecían su férrea arquitectura hacían ver que Neblina había vuelto para la revancha. Metía miedo. Aunque el Gringo no estaba porque ya era un muchacho de esos que tenían un trabajo decente en la fábrica, Neblina se quería redimir con el resto.

En el segundo tiempo se hizo un hueco y entró. Sacaron y se la dieron. Nadie se acercaba a marcarlo. Con gesto de gladiador cubierto de sudor se acercó al área. Los rivales se gritaban pero no se le acercaban intentando evitar una muerte prematura. Levantó la vista, midió el arco y pateó. El arquero, que se aovilló, gritando una futbolera plegaria de piedad, nunca vio que la pelota salió a cinco metros del arco. Era más fácil hacerlo que errarlo. ¡Vamos, Neblina!, le gritaron pensando que estaba frío y por eso marró. Sacaron desde el fondo para Marcelito. Neblina, que hacía pressing, salió a marcarlo. Marcelito me la da y Neblina se me vino encima como una tromba. No sé cómo lo esquive, pero cuando abrí los ojos, ya se había repuesto y estaba otra vez enfrente mío. Los valientes de mis compañeros estaban a quince metros por lo menos, por si las moscas. No me quedó otra, lo encaré y se comió un caño. Mientras iba elaborando mi genialidad esperaba la artera patada de atrás que nunca llegó.

En síntesis, Neblina jugaba horrible. Le fuimos perdiendo el miedo, pero él jamás perdía la paciencia mientras se comía caños y sombreritos varios. Pero nunca, nunca pegó una patada o hizo valer su impresionante físico.
Ahí estuvo su venganza, esa que estaba grabada en su frente con los tapones del Gringo. Venganza que consistió en mostrar que cada músculo marcado era un paquete de ternura. Que bajo su apariencia de guardaespaldas asesino estaba el pibito que tuvo que dejar de jugar hace tiempo, cuando su cabeza fue pelota, el mismo pibito que quiso redimirse en una tarde con goles que le fueron esquivos. Al revés que las palmadas en los hombros al terminar el partido.
Esas que le dejaron una marca más profunda que la bestialidad del Gringo.

jueves, 11 de marzo de 2010

Aventurillas 03: ¡Allá vienen!

para Yus
- Dale, vamos a patear.
- Perá que pregunto si mi mamá me deja. Me parece que tiene miedo que pase algo.
- ¿Qué va a pasar?
- Va a haber policías, seguro.
- No pasa nada, mi mamá va a mirar también.

El almuerzo había sido tenso, las gargantas anudadas, la incertidumbre. Los chicos rodeando la mesa intuyendo que algo extraño acaecía en los ojos de madres y abuelas, en sus largos silencios y respuestas esquivas. Demasiado seguido los mayores murmuraban por lo bajo. En los chinchones de sábado a la noche, mientras los grandes valores repetían una y otra vez sus cansinos y demacrados tangazos llorones, se cruzaban algunas palabras que los chicos memorizaban como mantras. Algo pasa y es algo grande.
Y jugar a la pelota, qué otra cosa para los chicos. La pelota, los soldaditos con su fuerte, la gomera, las escondidas, todo aquel mundito enorme que pugnaba por permanecer ajeno a las preocupaciones que se vivían.

- ¡Pateá, dale!
- Sí, pero acomodá el arco, que se va a la cuneta...
- Mirá cuánta gente viene, mirá.
- Ufa, que no se metan en la cancha.
- ¿Ya vendrán?
- Mmm, no creo, es temprano.

No eran pocos los que se acercaban, bicicletas, amas de casa secándose las manos en el delantal. Era raro ver las Dos Rutas con tanta gente acercándose. No era procesión de la inmaculada. Todos se acercaban lentamente, mientras los pibes peloteaban tratando de que no les invadieran la cancha.
Un auto con llamativas banderas pasó bocineando hacia el centro. En la esquina de la farmacia de González había policías. En la escuela comercial también.

- ¿Viste Ricardo del Campo? No lo aguanto.
- ¡Cómo lo jode al Zorro!
- ¡Gooolll de Scotta!
- ¡Alto! ¡Fue alto! ¡¿Qué va a ser gol?!
- ¡Si no saltaste!

Conocidos y extraños, de uno y otro lado de la gran alcantarilla donde cazar ranas era el delirio. Donde la pelota se revestía de agua podrida sin inquietud porque igual la iban a cabecear. Donde había que agarrarse de un miserable yuyito para traerla al borde y acercarla con la punta de la zapatilla, proeza para valientes.

- ¡Allá vienen!, gritó alguien.
- Dale pateá el último.
- Pará, vamos a ver.

Era el dieciséis de marzo del setenta y cuatro. Miles de obreros marchando desde la zona fabril con el sol bañando las frentes perladas. Cantando, conversando, expectantes... Momento culminante de la gran aventura villense.
Y aplausos y manos levantadas y algunos pañuelos al aire.
Pibes arrimados al zanjón tratando de identificar -con esa orgullosa ignorancia que da la inocencia cuando se viste de intuición- a sus padres entre el gentío.

Algo grande estaba pasando.
Pero no iba a quedar así...


[Publicado también en Villeraturas, 11/03/10]

miércoles, 3 de febrero de 2010

Don Pérez en las Dos Rutas

Retomando mis visitas a los blogs amigos, me topé con Escenas cotidianas de las tardes en la canchita del maestro Neto. Al leer acerca de Jacinto enseguida me vino a la mente Don Pérez, el hombre que vivía en la esquina frente a la cancha de las Dos Rutas, y -antes de que otra vez se me espanten los recuerdos (y el entusiasmo) se me ocurrió escribir algunas líneas acerca de este personaje. ¡Chagracia, Neto!

En aquellos años Villa estaba sembrada de canchas y canchitas -bastante canchotas, la mayoría-, por lo menos una en cada barrio. Claro, algunos tenían dos o tres canchas, en general de distintas dimensiones para jugar según el número de jugadores de la ocasión. La cancha de las Dos Rutas era bastante particular. Más que cancha era una manzana entera sobre la que se podían disponer dos o tres canchas y jugar simultáneamente los grandes y los chicos. O hacer dos partidos y enfrentar los ganadores. De vez en cuando, en ocasión de un torneíto barrial, se cavaban pozos para poner unos arcos de caño -ocasionales lujos- o simples palos verticales, los que a veces ostentaban algunas cintas, cordones, incluso alambres como travesaño.

Don Pérez, o el Viejo Pérez, vivia en la esquina de la cortada que daba a la cancha. Esquina de alquiler con pieza, baño excusado y galponcito. Tenía un casalito de hijos con el pibe medio matungo pero que se defendía en el arco. No había tarde en que el viejo no saliera con su radio portátil por la que vociferaba Muñoz los domingos o se desgranaban tangazos lóbregos el resto de los días. Alto, trigueño, casi calvo, anteojos y las infaltables pantuflas de cuerina negra labraban las formas de este don fulgencio, como lo llamaban de entrecasa los mayores del barrio. Se acercaba a la cancha, buscando sombrita, esperando que alguna pelota descarriada se rindiera a sus plantas rogando una caricia, aquella de un jueguito que resultaba glorioso sólo en la ilusión del recuerdo inventado. Invariablemente el rito terminaba con la redonda en una cabriola ajena a los modestos movimientos del viejo que siempre alguno aplaudía con desgano.

A veces se arrimaba con el mate, porque Don Pérez tenía termo, qué joder. Y mate en mano, ayudaba en los sorteos o recomendaba cómo pintar las líneas de cal para que no salgan chuecas.
Sus comentarios se limitaban al fútbol, a qué otra cosa iba a ser. Jamás verdugueaba a un pibe patadura, en esos casos se limitaba a la piadosa sonrisa condescendiente y callar para sus adentros.

En la vereda de su ochava -esa que servía para el fusilamiento a los perdedores del hoyo pelota-, de sombra a la tarde, nos amontonábamos para escuchar alguno de los partidos que se relataban ese domingo. Uno solo, siempre clásicos. Hasta Manina, el borracho amigo de los pibes,  tenia un lugar en la esquina cuando sudado del modo en que llegaba siempre caía vertical como el sol del verano con el lomo contra la pared para no patetizar su sentada.

Se sentía cómodo entre los pibes y era a quien recurríamos cuando alguna duda terrible nos asaltaba, entonces le preguntábamos: ¿es un jilguero o un misto? Y el viejo, con eterna paciencia nos sacaba las dudas, jamás con ese aire de paternalista superioridad con que los adultos solemos tratar a los chicos, sino con esa fascinación de quien sabe que sabe para los demás.

Domador de tortugas, Don Pérez se arrimó cuando el remolino de pibes se maravillaba en las alcantarillas de Chapuy y Belgrano alrededor de un tortugón de agua de más de medio metro de diámetro que alguna lluvia brutal había traído. La colocó en el reciente pavimento de Belgrano, se paró encima del caparazón y con hábiles movimientos de sus empantuflados pies se hizo llevar hasta la puerta misma de su casa por el inocente quelonio que luego volvió a sus andurriales pensando quién sabe qué carajo de la gente que aplaudía.


El viejo se ganó mi eterno agradecimiento cuando, enterado de que me había hecho de San Lorenzo -fascinado por el imponente despliegue del Lobo Fischer- el fatídico veintidós de diciembre del setenta y uno cuando perdimos dos a uno la final del Nacional contra Central en cancha de Ñuls, me regaló una camiseta de piqué a rayas rojas y azules junto con el póster salido en la Goles del glorioso subcampeón. Nunca me importó que los envidiosos de siempre batieran que la camiseta era de Tigre, porque sus rayas eran un poco más finas; allí el viejo subió al pedestal de mi olimpo para dormirse en los eternos laureles que el olvido atroz se empeña en barrer.

Poco importa que el hijo, de bostero cabal, hoy sea socio de Ríver.
Tampoco importa que alguna vez haya estado prohibido jugar en las Dos Rutas cuando los milicos lo consideraron peligroso y Don Pérez se arrebataba con la vista horizontal en tardes solitarias. Pocos extrañan el denso humo de la aceitera que caía sobre la cancha y el barrio y las quemazones de pastos que hacíamos cuando crecían demasiado.
Ni siquiera importa que ya casi no queden canchas barriales, porque en las Dos Rutas se sigue jugando, de noche o de día, con lluvia o sol. No molesta el inmenso escenario precosquinero, el baño de mierda que tapa la visual ni la torre de iluminación que decora el predio. El viejo, desde la tribuna que no se ve sale a las tardecitas con su radio y se queda hasta la madrugada gozando con el espectáculo futbolero de la muchachada que grita goles y fules con esa furia genuina que sólo la pelota produce. Sentado allá con Manina, Pascuita y varios más, espera esa pelota que se va a las nubes de un rechazo violento para devolverla con algún jueguito torpe que ya nadie aplaude, pero tampoco le importa. Porque en las Dos Rutas se sigue jugando...



[Publicado también en Villeraturas, 03/02/10]

lunes, 25 de mayo de 2009

Argumentos para finales (Homenajete a blogueros)

[A veces se me ocurren pavadas, otras no se me ocurre nada. Sin embargo, pasando revista y a falta de una puntita de inspiración se me vino a la mentita cómo serían finales de la misma historia hechos por diferentes blogueros. Los que aparecen o no aparecen no se me ofusquen, puse a los primeros que se me ocurrió... ¡Ah, (me voy atajando) valga como homenaje de admiración! ¡Tomá!]

-¡Noooo, qué hice!-

La hinchaba atronaba, maledicente. Miguel, el ídolo del club, pateó el penal a las nubes. Iban cero a cero, tiempo de descuento, final del campeonato...
Pero Miguel, en el último instante, donde no hay tiempo para pensar, vio el rostro de su amada, Laura, y no pensó en otra cosa que dedicarle el penal de su vida... Era gol seguro y la gloria, pero no fue.

Argumentos para finales
Neto: Hace salir a los amantes por la noche oscura, Laura decide pagar con amor lo que cree que es su culpa. Miguel la mata cuando todo hacía pensar que la redención era un hecho; esto creyendo acertar la próxima vez al arco. El espectro de Laura lo sigue perturbando y quizás se suicide.

Passion: Laura, para descomprimirlo, esa noche le enseña los secretos milenarios del sexo tántrico. Al cabo de lo cual Miguel deja el fútbol, se muere de hambre, pero lo pasa bárbaro con la profe Laura.

Cynthia: Miguel, desilusionado, vuelve a casa, se asea, se acicala y espera bajo un farol esquinero la oleada del destino. Laura se acerca, tacos y minifalda. De fondo se oye un bandoneón o una verdulera que tose acordes canyengues. No importa ya el fútbol, se unen en una milonga memorable.

Sil: Laura le escribe versos crípticos, pero de una belleza sin par. Al principio lo saca de su espasmo. Al final lo sume en la desorientación. Los versos son como martillos que dicen con maestría cuando quieren y esconden con astucia cuando se lo proponen. Si cada uno sigue su camino o se funden en uno no es relevante.

Nina: Miguel y Laura no tienen por qué encontrarse. No tienen nada en común. En tres frases contundentes y filosas termina el relato.

Diego: Laura le muestra a Miguel un diario viejo, con la misma fecha, pero de cincuenta años atrás donde un Miguel Sosa, idéntico a él, le hace un gol a Antonio Roma en la final del ascenso. Abajo, en la viñeta, hay una publicidad de El Eternauta.

Humo: Se quieran o no, hace que sus mutuas presencias sean poemas vitales para el otro. Ambos comprenden los secretos de la vida viéndose en los ojos del otro.

Lascivia: Miguel aprende a enfrentar las adversidades, la rema desde abajo. Laura aprende a enfrentar las adversidades, la rema desde abajo. Lucharán siempre por ser felices.

Martirio: Miguel y Laura descubrirán que el amor y el dolor son una sola cosa. Pero que vale la pena.

Magah: Miguel entra en la casa de Laura, que está en semipenumbras. Se sienta, agotado, en uno de los amplios sillones. Laura pasa envuelta en una túnica por el fondo del pasillo sin mirarlo, varias veces, con movimientos sensuales, mientras las ventanas se agitan por la brisa marina. Cuando el deseo de Miguel se hace incontenible, ve la silueta de Laura alejándose en la playa.

Sole: Con un fondo de Pimpinela, bailan un vals. Poco a poco la familia se reúne en torno a ellos. Se ven caras felices.

Galán: Miguel se va a jugar al barrio y cosecha elogios en Mística Barrial. Gana el premio Maradona todos los domingos. Somosa y Arrieta llegan para contratarlo, pero no acepta. Laura lo mira embelesada desde la tribunita y a nadie le importa si yerra. Juega entre amigos y es feliz.

domingo, 4 de enero de 2009

El festejo

Un poco abrazados, un poco a los saltos, cruza una barra diagonalmente la vieja cancha de Talleres, de alambrado caído y gramilla castigada por el invierno que comienza sin timidez a cubrir la ciudad. La tarde cae, solitaria hasta hace un rato, aturdida ahora. Duda entre irse hasta mañana o quedarse a contemplar el festejo. Dándose vuelta muchas veces, opta por retirarse al poniente, su naturaleza le exige, le ordena la retirada inexorable y ella, para mostrar su descontento tiñe de rojo las nubes bajas, los pocos edificios de altura y el gran eucalipto junto a la vía. En la esquina siguiente se unen a otros tres y llegando a 14 de febrero ya suman unos doce. Hasta unas horas antes algunos no se conocían, otros no se saludaban por la calle, pero ahora parecen esos conocidos de barrio que se ignoran cotidianamente y encontrados casualmente de vacaciones en un lugar distante hablan como amigos de toda la vida para, vueltos a sus hogares, volver a ignorarse. Como hormiguero revuelto, la ciudad despierta enloquecida, sobresaltada y de todas las puertas surgen saltando y gritando unos, con ojos grandes y sonrientes otros. Es momento de soltar algunas ocultas angustias reprimidas.
Hace sólo unos momentos, la calle muerta se había estremecido con un acorde profundo y gutural multiplicado indefinidamente. Por debajo del pelambre amarillento del viejo león se escabullía la presa, resuelta, ufana, a salvo de las enormes garras crispadas luego contra el suelo, rugido doliente. Con el grito provocado por la estocada profunda y decidida del cordobés la catarsis fue tan terrible que diríase un trueno inoportuno y sorpresivo en la tarde dominguera. Volvió el silencio luego y se profundizó a la hora exacta y el lejano estadio porteño se transformó de fiesta en una moneda dura y mellada sin metal donde entrechocar. Los ojos enrojecidos... si lo peor llegaba a suceder... si llegaba a suceder... se multiplicaron las promesas y los pilatos. Nunca pudo entender ese palo derecho, de dónde llegó el golpe bajo, por qué faltó la protección justa de las alas del criollo pato volador y comenzó a respirar de nuevo entrecortadamente sabiendo que todos lo miraban y veían enrojecer de orgullo y vergüenza. Lentamente los latidos reaparecieron para estallar de nuevo con la bravuconada brutal del campeador ante los sablazos la anaranjada alfombra arremolinada bajo su paso implacable, y otra vez el león herido de muerte mordiendo la hierba aplastada esta vez. Y el malón del final, toques mágicos, imposibles ráfagas ante las expresiones azoradas de los rostros de la desazón. Así fue y reventó la algarabía.
Allí va Héctor, entonces, confundido entre el grupo exultante que a las pocas cuadras confluye en una marea humana increíble, nunca antes vista. Y la misma calle San Martín de siempre, la de las procesiones de ocho de diciembre con los regordetes obispos rosarinos a la cabeza, la del villazo, de las manifestaciones obreras, la de los desfiles militares y de guardapolvos en fiestas patrias lo recibió envuelto en la bandera que creyó defender en la colimba, unos años atrás y que por suerte lo vio partir de baja antes del golpe.
Desde el sur dos líneas viborean hacia el centro, una gruesa de autos, camiones y motos embanderados por la ruta y otra delgada unas veces, abultada otras por el camino lateral de las bicicletas que llega hasta la zona fabril. Al final del partido, Silvia había desnudado su piel para vestirla con la gloriosa seda campeona y los cortos pantaloncitos negros de tres tiras blancas. Una larguísima vincha al tono recogía no todos sus negros mechones. Con varias amigas de atavíos festivos treparon a un camión volcador cuya bocina sonaba, perpetua, “La cucaracha”, tratando de llegar antes al centro y, además, procurando evitar una larga caminata con los endemoniados botines de su hermano a medio atar. La ayudaron a subir manos amigas, algunas excesivamente amigas, pero no le importó demasiado, era un día como para no amargarse.
Allí va Silvia, pues.
San Martín estaba impresionante, esto se esperaba desde el miércoles anterior, de los seis a los peruanos. En el fragor del festejo la vio, así como la vio desaparecer un segundo después en la turba. Sin saber cómo y menos por qué se empezó a deslizar entre los desaforados saltimbanquis de la desesperación festiva. La volvió a ver un instante demasiado corto y pensó esta es la argentina que quiero: una bella mujer desnuda bajo la tela celeste y blanca, así la quiero, sí, libre, sensual, hermosa como se la mire… y botines rematando el par de firmes piernas.
Hay que decir que ella lo vio. Qué hace este loco meditabundo como fuera de la algarabía general. Lo abrazaban amigos y desconocidos, lo estrujaban de felicidad y el tipo en la luna, como buscando algo entre la gente. Necesitará algo…
Se acercó sin que se diera cuenta, mientras él miraba la vereda del bar San Martín en busca de ella, que no lo sabía. Sus ojos estaban perdidos ya y el velo de la desazón le pedía volver al festejo, su libre y bella argentina era una ilusión, pero no lo eran los tres a los holandeses, la copa y el charco de alegría en el reseco país de los dinosaurios.
Cuando ella lo tomó del brazo y le susurró: ¿estás bien? sólo pudo decir, con la garganta paralizada, ahora sí. Ella no entendió demasiado, pero él sí, la bella y libre argentina lo tomaba de la cintura lo impulsaba a cantar; él, vamos, vamos argentina, la abrazó y a saltar con todos, vamos, vamos a ganar y a mirar de reojo los vaivenes sensuales de la camiseta y la turbación de los largos cabellos negros en sus ojos, que esta barra quilombera y el perfume celestial de la morocha que no te deja, no te deja de alentar.
Esa noche Héctor comprendió que la bella y libre argentina era posible. Mientras no dormía ni quería se regocijaba en su cama fría y singular tejiendo y destejiendo esa tarde, creyendo en la piel que había tocado con todos los sentidos a los saltos, en la promesa de verse, en la promesa de salir de la puta malaria del no ser cotidiano.
La bella y libre argentina creyó en él, en su búsqueda, en su deseo profundo, salvaje y sincero, en sus ojos tristes que querían brillar pidiendo permiso a los suyos.
Es todo lo que sabemos, trivial y fecunda como la historia de gente común con esperanzas y ojos limpios.

(Importado de Villeraturas, 06/04/08)

San Lorenzo


Espero comprendan este capricho personal, pero hoy el San Lorenzo de mis amores cumple 100 años. Fue el día del 1908 en que el cura Lorenzo Massa accedió a que su nombre figurara en el del club que fundó -Almagro no podía faltar en el nombre por una condición de Federico Monti, el líder de la barra de pibes-. Por el cura, el apodo de cuervos. Un club chico entre los grandes y grande entre los chicos.
Mi amor por el Ciclón tiene fecha: 22 de diciembre de 1971. Por ser hincha del bendito San Lorenzo, tiene que coincidir con una desgracia. Final del Nacional 71. Central 2 - San Lorenzo 1. Perdimos, pero gané. Ese día me enamoré perdidamente del Ciclón y no me defraudó: bicampeón en el 72, campeón nacional en el 74.
Después vino la caída, el descenso, la gloriosa campaña en la B -que sólo para el Ciclón resultó así de gloriosa- llenando todas las canchas, la deshonra de la pérdida del estadio.
La vuelta a primera, mis primeras incursiones a las canchas rosarinas cuando venía. El 6 a 0 a Ñuls que fuimos a ver con el Vermis -según Víctor Hugo, la expresión más perfecta de fútbol que vio en su vida-. Las semifinales de América perdidas con el mismo Ñuls... El canto de la hinchada en derrota que nadie olvidará, con el ritmo de Todavía cantamos: Aquí está la gloriosa hinchada de San Lorenzo, la que no tiene cancha, la que se bancó el descenso y a pesar de los años, los momentos vividos, siempre sigo a tu lado San Lorenzo querido... Los 21 años sin cosecha, la nunca acariciada Libertadores.
Los nudos atragantados siempre, eso es San Lorenzo. El desahogo que nunca llega. Algún que otro festejo y el romanticismo de la hinchada más creativa... La vuelta olímpica del 95 en Central el día de mi cumpleaños. El campeonato del 2001 con Pellegrini y los 11 troncos. El del año pasado, con Ramón a quien no quería demasiado, pero trepó un par de escalones.
Tanta es la mufa del Ciclón que identifican a los hinchas con un tarado mercenario que grita en la tele. No voy a hacer la lista de grandes hinchas, me basta con que se me caigan las lágrimas mientras escribo esto.
(Importado de El Hueco del Vermis, 01/04/08)