Los veranos calurosos invariablemente me traen aquellos de más de veinte años atrás cuando andaba más seguido por los ranchos y la tierra de calle Pampa que por mi cuadra. Habíamos arrancado con una misión del estilo de los grupos de parroquia que hacen apostolados y a poco nos olvidamos de (casi) todo eso para transformarnos en parte del paisaje cotidiano.La clave era Jovino, de quien ya escribí bastante, aunque tengo claro que nunca será demasiado. Pero también había otros personajes, de alguno de ellos nunca escribiré, seguramente por temor a que lleguen a leer esto.
Hay otros que perdí de vista con la extirpación de ese molesto apéndice que era calle Pampa -una villa de emergencia a pasos del centro de la ciudad y demasiado a la vista del recién llegado- o con la muerte de Jovino. Al Carancho lo ví una o dos veces luego, a Numerito varias, pero lo esquivaba como en los buenos tiempos. Adonis Torre se mudó a un departamento que alguien le cedió en el Fonavi local.
Jovino era el borracho que lucha contra su destino, mitad estudiando y buscando un buen laburo, mitad en su mundo de fantasía de aquella herencia infausta que creía merecer y seguramente merecía.
El Carancho era el sentido común de quien asume que ninguna lucha o golpe de suerte lo va a sacar de esa pobreza, que no es pobreza hasta que te abofetea el rostro uno que puede y que no merece más esfuerzo que el justo para ir tirando.
Adonis era el filósofo, al menos para mí. Tenía una elaboración discursiva de todo lo que transcurría ante él. Y no esa adquirida en la tele o en las revistas que por ahí le llegaban a las manos. Contaba historias o pequeños relatos que siempre eran referidos a otro, pero costaba poco inferir que la mayoría eran autorreferentes, pero por pudor o por algún temor no revelaba como propios. A veces decía cosas como:
El tipo se jugaba. Por un momento creyó que la taba se daba vuelta.
Lo sintió, allí donde se sienten esas cosas. Entre el pecho y la panza.
Lo creyó y lo sintió porque el sol decidió iluminar más que abrasar. Porque las chicharras se decidieron de una vez cantar con el coro afinado. Y porque había prendido luces de colores acá y repasó los muebles allá.
Iba por el aire y respiraba hondo y limpio y escuchaba la letanía de ruidos de la ciudad repintada con esas hilachas de tierra macilenta que cruzan por la avenida.
La veía curvarse hacia el suelo como sonriendo de reojo punzándole ese tremor desconcertante y furioso del chico que se ve por primera vez en la tele. Creía y sentía, porque algo había cambiado. Y por qué no iba a ser.
La taba, estaba seguro, sintió como en fugaces centésimas de segundo sus dedos uno a uno la fueron soltando. Se asumió libre de decidir su destino en un rodar alocado sobre el suelo. Pero percibió en ese soltar de dedos un vibrar intencionado, un código morse de apretones y aflojones de la mano que mientras la arrojaba transmitía una esperanza y un ruego. Era una taba vieja, lo había sentido otras veces, pero ahora volaba parabólica con renovado brío. En el primer toque contra el piso quiso comenzar a estabilizarse. A lo mejor, como dicen, el universo entero se las arregló para que sea suerte de una vez por todas. En la última voltereta sin tocar con nada, en un último tris de equilibrio le relumbró la puta libertad que le decía que era taba y la taba no obedece las leyes de los hombres sino que muestra el culo cuando se le canta. Y lo mostró.
El tipo dijo ¡la pucha! y comprendió. Lo volvería a intentar alguna vez.
Qué duda cabe que se refería a sí mismo. Torre, que supo tener en su catre a la mina más linda del barrio, era un perdedor. Tal como refiere Umberto Eco en Número Cero: "Los perdedores, como los autodidactas, tienen siempre conocimientos más vastos que los ganadores. Si quieres ganar tienes que saber una cosa sola y no perder tiempo en sabértelas todas; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno, es que peor le han ido las cosas".
Y uno se pone a pensar en una parva de cosas y casos referidos más o menos a lo mismo. A propósito, tengo un amigo que siempre asevera que hay gente que resulta exitosa en algún aspecto porque se concentra solo en ello y se caga en el resto. Por ejemplo, refiere que en el ámbito local hay personajes que nunca han reportado un trabajo -esos de cumplir horario y esforzarse- y visten siempre de traje y desarrollan una parla más o menos abundante, pero que se han concentrado siempre en construirse una imagen de consultor necesario o asesor. En una breve conversación deslumbran con una verborragia y agudeza brillante y logran seducir tanto a la audiencia como a señoritas anestesiadas. A poco de profundizar se verifica invariablemente que se trata de un nabo que remite solo a un puñado de frases hechas que vuelven a repetirse convenientemente disimuladas y aseveraciones tan obtusas que no resisten análisis alguno. Este amigo siempre deja caer un pañuelo de sentida envidia de estos tipos, quienes obviamente tienen más éxito que él.
Tal vez sea en ese sentido en que Eco hace referencia a los perdedores y por consiguiente a los ganadores.
No me deja de abrumar y dejar sin palabras, mientras el furioso calor me sigue remitiendo a esos agresivos olores rancios que manaban por igual de ranchos y gentes sin futuro.






