ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
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jueves, 14 de enero de 2016

Los perdedores

Los veranos calurosos invariablemente me traen aquellos de más de veinte años atrás cuando andaba más seguido por los ranchos y la tierra de calle Pampa que por mi cuadra. Habíamos arrancado con una misión del estilo de los grupos de parroquia que hacen apostolados y a poco nos olvidamos de (casi) todo eso para transformarnos en parte del paisaje cotidiano.
La clave era Jovino, de quien ya escribí bastante, aunque tengo claro que nunca será demasiado. Pero también había otros personajes, de alguno de ellos nunca escribiré, seguramente por temor a que lleguen a leer esto.
Hay otros que perdí de vista con la extirpación de ese molesto apéndice que era calle Pampa -una villa de emergencia a pasos del centro de la ciudad y demasiado a la vista del recién llegado- o con la muerte de Jovino. Al Carancho lo ví una o dos veces luego, a Numerito varias, pero lo esquivaba como en los buenos tiempos. Adonis Torre se mudó a un departamento que alguien le cedió en el Fonavi local.
Jovino era el borracho que lucha contra su destino, mitad estudiando y buscando un buen laburo, mitad en su mundo de fantasía de aquella herencia infausta que creía merecer y seguramente merecía.
El Carancho era el sentido común de quien asume que ninguna lucha o golpe de suerte lo va a sacar de esa pobreza, que no es pobreza hasta que te abofetea el rostro uno que puede y que no merece más esfuerzo que el justo para ir tirando.
Adonis era el filósofo, al menos para mí. Tenía una elaboración discursiva de todo lo que transcurría ante él. Y no esa adquirida en la tele o en las revistas que por ahí le llegaban a las manos. Contaba historias o pequeños relatos que siempre eran referidos a otro, pero costaba poco inferir que la mayoría eran autorreferentes, pero por pudor o por algún temor no revelaba como propios.  A veces decía cosas como:

El tipo se jugaba. Por un momento creyó que la taba se daba vuelta.
Lo sintió, allí donde se sienten esas cosas. Entre el pecho y la panza.
Lo creyó y lo sintió porque el sol decidió iluminar más que abrasar. Porque las chicharras se decidieron de una vez cantar con el coro afinado. Y porque había prendido luces de colores acá y repasó los muebles allá.
Iba por el aire y respiraba hondo y limpio y escuchaba la letanía de ruidos de la ciudad repintada con esas hilachas de tierra macilenta que cruzan por la avenida.
La veía curvarse hacia el suelo como sonriendo de reojo punzándole ese tremor desconcertante y furioso del chico que se ve por primera vez en la tele. Creía y sentía, porque algo había cambiado. Y por qué no iba a ser. 
La taba, estaba seguro, sintió como en fugaces centésimas de segundo sus dedos uno a uno la fueron soltando. Se asumió libre de decidir su destino en un rodar alocado sobre el suelo. Pero percibió en ese soltar de dedos un vibrar intencionado, un código morse de apretones y aflojones de la mano que mientras la arrojaba transmitía una esperanza y un ruego. Era una taba vieja, lo había sentido otras veces, pero ahora volaba parabólica con renovado brío. En el primer toque contra el piso quiso comenzar a estabilizarse. A lo mejor, como dicen, el universo entero se las arregló para que sea suerte de una vez por todas. En la última voltereta sin tocar con nada, en un último tris de equilibrio le relumbró la puta libertad que le decía que era taba y la taba no obedece las leyes de los hombres sino que muestra el culo cuando se le canta. Y lo mostró.
El tipo dijo ¡la pucha! y comprendió. Lo volvería a intentar alguna vez.

Qué duda cabe que se refería a sí mismo. Torre, que supo tener en su catre a la mina más linda del barrio, era un perdedor. Tal como refiere Umberto Eco en Número Cero: "Los perdedores, como los autodidactas, tienen siempre conocimientos más vastos que los ganadores. Si quieres ganar tienes que saber una cosa sola y no perder tiempo en sabértelas todas; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno, es que peor le han ido las cosas".
Y uno se pone a pensar en una parva de cosas y casos referidos más o menos a lo mismo. A propósito, tengo un amigo que siempre asevera que hay gente que resulta exitosa en algún aspecto porque se concentra solo en ello y se caga en el resto. Por ejemplo, refiere que en el ámbito local hay personajes que nunca han reportado un trabajo -esos de cumplir horario y esforzarse- y visten siempre de traje y desarrollan una parla más o menos abundante, pero que se han concentrado siempre en construirse una imagen de consultor necesario o asesor. En una breve conversación deslumbran con una verborragia y agudeza brillante y logran seducir tanto a la audiencia como a señoritas anestesiadas. A poco de profundizar se verifica invariablemente que se trata de un nabo que remite solo a un puñado de frases hechas que vuelven a repetirse convenientemente disimuladas y aseveraciones tan obtusas que no resisten análisis alguno. Este amigo siempre deja caer un pañuelo de sentida envidia de estos tipos, quienes obviamente tienen más éxito que él.
Tal vez sea en ese sentido en que Eco hace referencia a los perdedores y por consiguiente a los ganadores.
No me deja de abrumar y dejar sin palabras, mientras el furioso calor me sigue remitiendo a esos agresivos olores rancios que manaban por igual de ranchos y gentes sin futuro.

domingo, 2 de agosto de 2015

La ilusión del Carancho

La neblina postergaba el amanecer. El sol porfiaba igual, sin fortuna intentaba colarse entre los eucaliptos. Había menos leña que en años anteriores, pero a veces les permitían entrar al predio de la textil para recoger las ramas que el viento desperdigaba generoso y los fogoncitos se repetían. Adonis Torre, el filósofo de calle Pampa, había acondicionado un viejo lavarropas Biarritz redondo como hogarcito para que la Silvana mantenga el patiecito y la pared del rancho con calor para la penosa mañana de invierno. Jovino y el Carancho no eran tan ingeniosos, con un pocito de menos de una cuarta les alcanzaba para poner un manojo de leña que alcanzaría para calentar la pava y hervir grasa con retazos de carne que servían un poco para llenar la panza, otro poco para entretenerse. Usaban la rejilla de una estufa destartalada como parrilla.
No hacía mucho frío, pero la humedad jugaba lo suyo; Jovino, triunfal, levantó la voz: - Carancho, tengo harina, pedile sal a la Silvana que hago tortas fritas.
- ¿Harina? ¿Diánde, si no tenés un mango?
- Me la dio la vieja del almacén de calle Santiago... está vencida.
- Podrida, será...
- No, vencida, apenas dos o tres gorgojos.
- Pucha digo, se me va a enfriar el culo si lo saco del cajón.
- Peor es que cruja el bagre. Andá, dale...
Desganado, el Carancho se arrimó al tejido de alambre desvencijado. Al verlo a Adonis se ahorró la modesta vergüenza de pedirle a una mujer. Y peor a una mujer mucho más joven.
- ¡Che, Adoni! Prestame un poco de sal si tené. Apenas pueda te la devuelvo.
La última frase era una especie de convención. Solo significaba agradecimiento y reafirmaba que cuando cambiaran las escaseces, él estaría dispuesto a ceder algo de lo suyo para compartir la carencia.
- Gruesa nomás me queda.
- ¡Justo! Es pal Jovino que se le dio por las tortas fritas.
- Bueno, mientras alguna caiga de este lado del tejido...
Adonis movió la puerta de chapa de su rancho y no rechinó en lo más mínimo. El Carancho pensó un par de segundos en la dulzura de este hombre tan parecido a él, pero tan distinto. Su rancho era mil veces más digno y limpio. Y dentro de él una morocha como la de sus sueños. Pensó en la suerte del filósofo y pensó que eran sus méritos los que le regalaban dormir cada noche con ella y sus mieles. Se le ocurrió que él también podría ser dulce y amable. Y bañarse seguido. Y acomodar el rancho si una mujer como la Silvana o como la mitad de linda que la Silvana... y entonces él sería...
- ¡Eu! Te quedaste duro, Carancho.
El Carancho salió de su sortilegio, ante sus ojos Torre extendía un pocillito con sal gruesa, menos de la que esperaba, pero sal al fin.
- Es... estaba pensando...
- Hace bien pensar. Congelate más seguido, je...
- Viste, como que yo me ilusiono. Me la paso ilusionándome, pero no pego una. En cambio, vos, por ejemplo...
- Es preferible en algunos casos sucumbir a una ilusión entregando el alma en la búsqueda, que una lúcida estulticia.
- ¿Estul..?
- Estupidez, ponele. A veces la ilusión te hace vivir mejor que el conocimiento. A veces.
- A mí no. Seguro.
- Mirá a Jovino. Tiene la ilusión de que va a recibir una herencia millonaria. Eso lo mueve, es su religión, le da sentido a su vida. Incluso se anotó para seguir la secundaria nocturna y a veces deja de chupar por unos días. El día que se convenza de que la herencia es ilusoria, ¿qué va a hacer?
- ...
- Ahora, ponete en su lugar. ¿Es mejor saber así como así que lo que le queda de vida va a ser un miserable? Es mejor la esperanza.
- ¿Aunque sea ilusión?
- Ojalá de la ilusión pase a una esperanza mejor, pero no se sabe. Una esperanza mejor es la del tipo que tiene un trabajo decente o al menos lo busca, por ejemplo. Esa esperanza en un cimiento.
- Ah, ¿y la lucidez?
- Decime para qué sirve.
- A vos al menos para tener a la Silvana al lado. Con respeto...
Jamás el Carancho mencionaría la mujer de un amigo sin respeto, sin esa consabida intocabilidad y ese rojo tabú en las mejillas. Podían estar en sus peores noches con Jovino mano a mano apuñalándose con el vino más rasca que no había forma de que la Silvana se les cruzase en mente. No era un código de caballeros ni mucho menos, porque los tabúes no lo son. Son, a secas. Simplemente la mujer del amigo formaba parte de esas cosas de las que no hace falta hablar porque no tiene sentido hablar de eso. Como matar un hijo, como abusar de una hermana, la mujer del amigo era sagrada. Adonis sentenció:
- El amor no es cosa de lucidez, que te quede claro.
No terminó la oración, que el Carancho se retorció cuando un caracú volador le azotó la pierna desde atrás.
- ¡Dale, Carancho, la pucha digo, que me quedo sin leña y ni empezamos! ¿Qué te quedás a hablar comadreando con el otro ahí? ¡Traé esa sal, caramba!
Jovino se impacientaba y decidió llamar la atención a su modo. El Carancho friccionándose el muslo relojeó a Jovino, pero volvió a mirar a los ojos de Adonis.
- ¿Vos estás seguro?
Torre cerró los ojos, como mirando para adentro repasando tal vez los callejones sin salida a los que más de una vez lo llevó una dolorosa lucidez.
- No, para nada, pero lo sospecho.
El Carancho llevó el pocillito primorosamente entre sus toscas manos temblequeantes. Mientras amasaba con agua de la canilla pública repasaba su última ilusión, la que aún le timbaleaba el corazón. Tratando de ordenar la cabeza farfullaba un no era para mí como un mantra. Ella era de otro barrio, con clase, con pavimento y un trabajo decente. Y tal vez con un amante que desconocía. Se incorporó y le llevó a Jovino una para probar la temperatura de la grasa, que hervía. Jovino, que lo conocía bien, inquirió:
- ¿Qué te pasa que estás así, pensativo?
-  Qué culo tienen algunos, ¿no?
- ¿Será que se lo merecen? Aunque hay cada hijo de puta que...
El Carancho hizo ademán de que la leña humeaba y se le irritaban demasiado los ojos. Entonces señaló la cacerolita de lata.
- Dale, pavo, sacala antes que se queme.

viernes, 26 de julio de 2013

Zamba de calle Pampa

Hoy me encontré recorriendo casi sin querer calle Pampa. El frío amanecer invernal me atravesaba tanto como el recuerdo de los cincuenta ranchos de quincha en fila siguiendo el zanjón, achicando la callecita de tierra. Hace años que la ciudad se encargó de esconderlos, civilizando a pescadores y changarines lejos de las calles principales. Hay un resabio amargo que no me puedo quitar y salpica el cálido recuerdo de cuando estábamos convencidos de que el mundo cambiaba bajo nuestros pasos. Y tal vez esta zambita lo ayude a endulzar...

 
Comienzo de calle Pampa, sobre la Ruta 21
 Zamba de calle Pampa

Quién te ha visto, quién te ve,
ya no están las parras menguando el calor,
el sol quema desechos,
bañando gorriones en polvo nomás.

Lucianita, pimpollito,
que mira en la punta la ruta hormiguear,
se enredan en tu pelo
hojitas humildes de jacarandá.

Chicharrón y grasa aroman la leña,
eucalipto señorial.
Jovino cobra su herencia,
habrá fiesta eterna en calle Pampa,
detrás de la última zamba
salen alpagatas a chamamecear.

En los ojos de José
se caen las promesas del circo local.
Arrancando raíces
para que los yuyos no crezcan más.

Fin de curva, en el puente
Rosa Abrigo mira hombros que se van,
regala lagrimitas
para hacer la quincha en barro fatal. 

Chicharrón y grasa aroman la leña,
eucalipto señorial.
Jovino cobra su herencia,
habrá fiesta eterna en calle Pampa,
detrás de la última zamba
salen alpagatas a chamamecear.

Amanecer invernal en calle Pampa




jueves, 11 de abril de 2013

Ganar y ganas

 Los riesgos de matear a la nochecita con Adonis Torre, el filósofo de calle Pampa, consistían en una corta enumeración de lo posible: uno se queda hasta la madrugada hablando con él (sobre todo hablando él), uno sale del rancho de Adonis y es atajado por Jovino con ganas de contar cómo hará para obtener la fortuna que le espera en el sur brasileño, uno sale y es atajado por Numerito, ese que te dice bsss, bsss, Jorge (o cualquier otro nombre que no sea el de uno) comprame bsss una rifita de un chancho asado, bsss, tengo pocos numeritos, bssss, dale que no tengo pa comer o uno se deja ensartar por el puñal frío y vertical de la cruz del sur si es invierno y se va a la casa pensando en a quién carajo se le ocurrió que valía la pena un mundo así.
Si uno decide -o le toca en suerte- la primera, podrá oír -entre cabezazos de duermevela- palabras como estas o peores:
  
Ganar, lo que se dice ganar, no me importaba. Ni me importaba demasiado perder. Sí, sentir esa emoción potente de poner en juego todas las ganas. Y, qué curioso, ahora que lo pienso ganar y ganas se escriben casi igual. Bueno, se acentúan diferente también y eso las diferencia un poco más.
Ganar... ganas... Demasiado cerca para que no me resuenen en esta madrugada en que el mate se cansó de acompañarnos.
Ganar nunca fue para mí. Eso era para otros, como si en la lista de los que iban a ganar las cosas interesantes, los primeros lugares ya estuviesen asignados. Y eso que salí primero, ni sé cómo decirlo, en muchas cosas. Pero salir primero pocas veces equivale a ganar. Recuerdo como si fuera ahora las veces en que obtuve algún primer puesto o que gané en algún partido de fútbol chivo. Hasta me corría la vergüenza de usurpar el lugar que era de otro. Porque los que ganaban eran otros y no todos los otros. Esos otros, los que siempre ganaban. Los lindos, los simpáticos, los que no necesitaban un marcador más alto para ser, otra vez, ganadores.
Pero lo peor llega cuando uno sospecha que la taba no dio culo. Y se le mojan los labios con miel. Cuando uno engancha la mina más linda, por ejemplo. Y no me vengan con esa salida fácil del refrán de la yunta de bueyes. Uno siente que de una vez por todas todo tiene sentido y que por más taimado que sea el destino, uno está orejeando el as de espadas.
Y aunque no me crean, no me importaba ganar. Pero véame, acá estoy, sin vitrina porque el trofeo era de arena.

Y ganas le puse. Qué no le voy a poner, ¿no se da cuenta que si no le pone ganas es mejor tirarse al río? Todo lo que queda es poner ganas. Hasta Numerito le pone ganas para vender esa rifa que anota en la libretita y que nadie gana nunca. Pero qué me importa, si estoy acostumbrado a no ganar. Él sabe que le saca una chirola a usted, una a la vieja de la esquina y una al del taller y con eso va tirando. Sabe que miente en su promesa de la rifa, no hay premio. Pero, ¿dónde ha visto usted que haya premio? Por eso le pongo ganas a esto -señalando el rancho humilde, pero barrido-, a la Silvana, que no tiene donde ir, yo la cuido y ella me calienta la cama, a las changas que agarro... Juro que le pongo ganas, aun cuando ya sé que la taba que me toca es de dos culos.

Entonces, uno podrá irse del rancho de Torre con la firme intención de contar cuántos culos tiene la taba que le toca tirar. Y de evaluar si se decide a ponerle ganas aunque sepa que no va a ganar.



viernes, 13 de julio de 2012

Tarea difícil

El mate casi no era mate. Un sabor indefinido precedido por el vaporcito trémulo que el pico de la pava emanó con desgano me invadió la boca descargando un torbellino de preguntas difíciles de tragar.
Y unos pálidos palotes -desconsuelo de jangada- eran vestigios de la yerba entintada que matizaba la tarde de la villa.
El Carancho cebaba al costado de un paraíso sufrido y de escasa fronda. Aprovechaba el pasar el mate para mirar a su entorno. Para estudiarme y para estudiar los gestos de Jovino hacia mí.
Jovino agitaba las manos nervioso y no solo por el puñal del alcohol que le sugería espasmos. Había un nuevo amigo en donde no se tenían amigos que no compartiesen los ritos del desamparo. Y eso lo ponía frenético. El Carancho, en cambio, no hablaba, porque casi nunca hablaba a no ser que una humorada ocasional o una sentencia inapelable brotara de sus labios partidos como si él no se lo propusiera.
Cuando cebaba, ofrecía el primero y después daba sin preguntar hasta que la morena pavita de aluminio goteaba la última lágrima. Yo, incapaz de dar las gracias por no cortar el sortilegio, trataba de tomarlos todos con el mismo aire indiferente con que ellos lo hacían.
Jovino iba y venía. Entraba y salía del rancho manoteando papeles y una carpeta de dos anillos que debió encontrar en algún tacho de basura. Se notaba que la había alisado un poco, o al menos lo había intentado. Pero ahora se enfrentaba a una tarea ímproba: colocar las hojas en los anillos de la carpeta. Yo hice el gesto -a medias impulsivo- de ayudarlo, pero como no me miró y siguió dedicándose concentrado como un pequeño intentando armar un juego de encastre, me retuve. Sus dedos, demasiado torpes y mareados, se ajetreaban tratando de sofrenar el temblor convulsivo que corría atravesando las falanges.
Una sola mirada furtiva de reojo me mostró su indecible sufrimiento al darse cuenta de que se le tornaba ciclópea la tarea más simple. Yo ni podía hablar, lo relojeaba al Carancho que no levantaba la mirada y solo chasqueaba la lengua al mover la cabeza negativamente.
Finalmente hilvané algunas palabras y sin darle lugar a réplica me dediqué a retener la trepidante carpeta y esperar -y rogar- que acertase a embocar aunque más no sea algunas hojas en los anillos.
Me sorprendió cuando cortó la tarea con un suspiro y apoyándome una pesada y temblorosa mano en el hombro suspiró: -No voy a poder, hermano. No voy a poder empezar la escuela así...-

A la vuelta, me quedé un rato caminando por ahí. No podía volver a casa sin desatar alguno de los nudos que los mates del Carancho me pasaron por la descascarada bombilla.

lunes, 9 de abril de 2012

Fría espera

Cuando el sol atravesó uno de los varios agujeros del tambor de doscientos litros que -aplanado- hacía las veces de puerta, Adonis Torre sintió herirse un ojo y tal vez sospechó que allá afuera las sombras que se acortaban le alegrarían un poco el día. Otro día.
Si el sobresalto le hizo mover el cuello y erguir un poco la cabeza, aun con la modorra acribillándolo inclemente, se cuidó de no mover el brazo sobre el que se acurrucaba la Silvana, esa morena contundente que entibiaba su otoño.

Con una ternura infinita ejecutó los mil y uno deslices para quitar el brazo aprisionado entre cuerdas azabache y mejilla indecible sin que la menor pena acaricie la muchacha.
El querosén alcanzaría para la semana, eso sí. Encendió el calentador, puso la curtida pavita de aluminio y decidió revivir al sol. Arropándose como pudo fue desenganchando los alambrecitos que retenían la cadena que engarzaba la puerta con un poste recio sin horcón. Le parecieron un infierno los cuatros débiles rayitos que atravesaban los eucaliptos del monte, pero aspiró hondo el helado aire que cruzaba desde la ruta por la calle Pampa y se convenció de que el dolor era la prueba crucial para considerarse vivo.

Como despertando por segunda vez, se acordó de Jovino y el Carancho, que moraban en el rancho contiguo. El portillo, colgado de un enorme clavo a modo de bisagra, se abrió repasando sin esfuerzo su propio surco sobre el patio barrido. El Carancho estaba acurrucado contra el enorme Falucho. O Falucho contra el Carancho, ambos sobre el camastro desvencijado que ya tocaba el piso. El perrazo, apoyando una enorme pata sobre el pecho del Carancho -que a duras penas había soltado la caja de Termidor, quizás con primor intentando que cayera parada y lo había logrado- lo miró con alegría antes de empezar a rascarse y soltar vaharadas de un vapor helado. El Carancho no osó despertar, estaba vivo y era mucho. Torre acomodó unos cartones sobre el desgraciado mientras se preguntaba por dónde estaría Jovino. No estaba. Salió detrás del rancho, se asomó al zanjón luego de imaginarlo cubierto por la escarcha que había quebrado. Pero tampoco allí estaba.

Se insultó por no haber caído en la cuenta antes de que Jovino tenía trabajo. Trabajaba como sereno en la obra del nuevo banco provincial. Y volvió a su rancho a ver si el agua no había hervido. Silvana había empezado el mate. Era bella, pero nada sumisa y eso doblegaba a Torre. Tomó un par de amargos y no resistió la necesidad de ver cómo estaba su amigo, que trabajaba...

Caminó por San Martín por la vereda del sol, pero casi sin sol. En la última cuadra combinaba los pasos con trote, ya por el frío, ya por el temor. Saltó la tapia que largas noches lo había tenido vagueando y fumando, si hasta le llegaba el cálido humo del Jockey por entre las narices.
En el último rincón, bajo una chapa de cinc y cuatro cartones estaba Jovino, hecho temblor y mocos. Se diría que esperó el amanecer para ponerse a llorar. O que esperó ver a su amigo. O simplemente que esperó. Porque la espera, dijo Adonis, es el destino del pobre. Y cuando no se soporta la espera, a veces alcanza el abrazo de un vino rasca. Y a veces, no.

lunes, 10 de octubre de 2011

Charla con Adonis

- Ha venido el cura, - me dijo Adonis Torre con la frente tornasolada de un sudor que adivinaba dulcemente repulsivo- me ha preguntado cómo estoy, qué necesito... Extrañas preguntas para alguien a quien no conoce. ¿Lo trajeron ustedes?
- Se nos coló. No queríamos...
El rancho de Adonis, casi contiguo al de Jovino y el Carancho, era lamentable, pero se intuía digno. El piso de tierra bien asentada, algunas banquetas de madera, una silla que terminaba de desfondarse de lustros, un par de utensilios colgados en la pared de una sala que antecedía al único dormitorio. La sala hacía de cocina y estar; aunque estar, lo que se dice estar, se estaba afuera. En verano a la sombra de los eucaliptos; tratando de que los oblicuos rayos de sol lo atraviesen en invierno, cuando el frío adentro del rancho era insoportable.
Nunca quiso colgarse de los cables de luz para lamparitas o calefacción de rueda de bicicleta o elástico metálico de cama. La habitación se separaba de la sala por un mantón grueso colgado a modo de cortina. Seguramente su intimidad valía más que tenerlo en el camastro para cobijarse. Seguramente, también, lo descolgaba para entibiar más ese desprolijo cubil que a veces construía con alguna de las muchachas que lo veneraban hasta la adoración.
A unos tres metros, por detrás, contra el zanjón, estaba el excusado, cuya puerta consistía en un tambor de lata aplanado hasta engancharlo con bisagras de alambre.
- Pero vino. Me habló de cosas diferentes a las que charlamos con ustedes- dijo, levantando una ceja.
- Y sí... Casi no tenía palabras para explicar por qué. O necesitaba demasiadas. Lo único que teníamos para dar era esperanza y no nos desbordaba.
- La religión es un poco rara hoy día. La gente tiene cada vez menos fe, pero es más supersticiosa. Fijate el cura éste. Vino y en cada casa prometió conseguir colchones y mantas.
- Pero se sabe que no va a volver. Usted lo sabe. Por eso no queríamos que apareciera-, afirmé fijando posición.
- Pues no sé en qué se diferencia de los políticos corruptos. El mismo Jovino se pone piadoso cuando llega el cura. Porque el cura sabe que tiene poder. Y promete, promete el cielo, promete mantas, qué sé yo. Promete pero no se compromete, si usted me entiende- sentenció dándose vuelta para revolear yerba en el patiecito barrido.
- Cómo no voy a entender. Tratar de entender eso es casi, casi, mi especialidad. El sol se escondía rápido mientras apreciaba cómo se estiraban las sombras de la fría tardecita.
- Bueno, la tiene fácil el coso. Te dice lo que tenés que hacer para ganarte el cielo. Todo depende de vos. A él le toca recibirte, sermonearte y perdonarte si se le canta. Nada que ver con lo que yo creía.
- Me interesa lo que usted creía, dije estremeciéndome.
- Pero casi no me acuerdo. Me crié en Formosa. En el pueblo había unos frailes que no nos enseñaban las cosas religiosas. Al contrario, nos mostraban que la fe nacía de las comunidades, de que nadie valía más que nadie y que los evangelios y esas cosas eran buenas noticias. Que valía la pena ser buena gente y unirse para vivir mejor y para morir mejor- soltó al pasarme un matecito de lata que se adivinaba enlozada antaño.
Y así, bañados en las sombras cada vez más profusas de calle Pampa, charlaba con ese tipo que nos sacaba más de treinta años. Un tipo al que la gran mayoría de la gente no se le acercaría en la calle, pero que a veces reflexionaba con filo tan mellado como persistente.
Cuando volvía a casa, pensaba en las multitudes que se reúnen en San Nicolás, en el diluido intento de milagro convocador villense, en las formas múltiples en que se presenta la infamia -que no es propia simpre de los otros-, en el discurso religioso como dominación y no como liberación. En plena noche, solo algunas estrellas perforaban el gran manto.
La grieta entre lo que soñábamos y lo que vivíamos era descorazonadora.

sábado, 27 de agosto de 2011

El visir y la anciana

Esto contó Adonis Torre a Jovino y el Carancho, mientras hervían grasa, a la sombra de un olmo en Calle Pampa:
"Un día el visir de Ahmajá decidió visitar a sus súbditos, para dar cuenta al califa del estado de sus dominios.
Escoltado por una comitiva lujosa y armada hasta los dientes se apartó de las rutas comerciales del reino para tomar los caminos rurales. Notó que mientras recorrían los caminos principales los demás viajeros se deshacían en esos ampulosos gestos de sumisión y agradecimiento característicos de la región, de las gentes conscientes de que debían su vida al califa, aunque más no sea por mostrarse misericordioso al no arrebatarles la vida por nada, tal era el poder con que Alá lo había ungido.
Apenas comenzaron a apartarse de la gran ruta, los caminos eran más polvorientos, angostos y dificultosos. Y las gentes también. Los saludos de los pastores se volvían más breves. Los sembradores se detenían unos instantes y volvían a sus tareas antes de que la comitiva termine de pasar.
El visir comenzó a preocuparse, pero no decía nada. La falta de honores a su paso, el desinterés de los aldeanos y el poco cuidado en ensalzar la figura del califa eran signos claros de que algo pasaba.
Distraído en estos pensamientos se sobresaltó al ver que el camino que transitaban concluía en una casita humilde y pequeña. Cerca de un horno detrás de la casa, una anciana preparaba su pan tan atenta a la tarea que ni cayó en la cuenta de que lo visitaba la comitiva del primer ministro.
El visir, seguro de que no había peligro alguno, mandó detener la tropa, se apeó y caminó hasta la anciana de manto raído y de un color ya indefinido.
- Alá te proteja, anciana, pero más al califa, señor de estas tierras.
- Alá te proteja, visitante.
- ¿Osas no mencionar al califa, servidor sagrado de Alá? ¿Así tratas la dignidad de su gran visir?
- No conozco al califa, señor. ¿Por el cielo que sigue siendo Abdullah el Digno?
- Desconoces al califa, que es nieto de quien nombraste, Ammal. Y me ofendes al no inclinarte en mi presencia.
- Tu dignidad es evidente, señor, como mi pobreza. Pero más evidente es que si no sigo preparando mis panes, mis nietos no comerán hoy.
- ¿Y tus hijos? ¿Son tan desalmados como para permitir que hagas esta dura tarea?
- Forman parte de tu comitiva, señor. Los veo desde aquí. Son los dos que no levantan la vista."

Torre concluyó su relato asegurando no saber qué sucedió con la anciana, con sus hijos y el visir. Y tampoco por qué demonios se puso a contarles esa historia a dos zanguangos como ellos.

domingo, 31 de julio de 2011

Esperanza

Dijo alguna vez Adonis Torre, el filósofo de calle pampa exiliado en barrio fonavi:
Esperanza
Espera con lanza. Esperar que suceda lo mejor con la lanza en la mano, en la dura lucha cotidiana, en la mano que se da franca y noble. Callos, firmeza y calor.
Es pera mansa. Dulce a la boca, suave al regocijo de la lengua. Pera sudada de rocío. Fresca, matutina. Fruto de otro edén que se anuncia como arribo.
Espera y andanza. Aventura de la vida, búsqueda de grieta en el muro oprobioso.
Espera y mudanza. Alejando el estático modo de abandono decidiendo el atavío del día que viene. Peinándose al viento que seca las lágrimas y arremolina los hastíos.
Espera en el exilio, en lontananza. Cuando el nombre en el barro inscribe el camino, que es siempre a las afueras, del aguijón que incomoda. 
Espera aquí, en la panza, donde bullen las razones que tiene el que las pare latiendo.

Esperanza... sin asechanza, ni tardanza, jamás en la finanza y menos en la holganza.

Espera en la crianza. En lo que a modo de venganza se retruca al universo, se marcha, se manifiesta en ese grito el desacuerdo con que llegue la muerte precisa y puntual. 
Espera con danza, celebrando al ritmo que se pueda la efímera vida, tan eterna que la muerte insiste en llevarse para abonar con polvo de estrellas el milagro que vendrá.

sábado, 10 de enero de 2009

La herencia de Jovino


Cierta tarde, allá cuando el mundo cambiaba en nuestras manos, en una recorrida de tarde calurosa por Calle Pampa, los tres tipos de torva mirada nos veían pasar cambiando algunas palabras. Como siempre, estábamos casi seguros de que no iban a decir nada, pero ese margen de duda nos erizaba los vellos de la nuca por un largo minuto.

Calle Pampa, la larga curva desde San Martín hasta General López bordeando el zanjón que desaguaba calle Formosa al río. Cuando nos animamos, la frase más común era: ¿ahí van?, ahí la policía no entra. Sin embargo, biblia en mano, la muchachada sincericida se animaba y recorría con invitaciones triviales al principio, con apuestas fuertes después. Uno de las primeros logros era hacernos del paisaje, que sepan que no éramos evangelistas, que sepan que el cura nunca les iba a dar bola excepto por alguna conveniencia, y que, de alguna forma –pretenciosos, ahora que lo pienso- Dios no se había olvidado de ellos, al menos si ellos no creían en él, nosotros sí en ellos y esa era nuestra fuerza.

Unas cincuenta viviendas, una en peor estado que la otra. Muchas de quincha y techo de chapa, las menos con ladrillos huecos. Pocas fuertes y verdaderamente habitables. Familias completas instaladas en una tercera parte; gente de paso, provincianos del norte a poco de llegar, la otra y el resto hombres o muchachotes, que apenas si dormían allí, con ocupaciones poco definidas.

-¿Qué hacen ustedes acá sin permiso del presidente de la vecinal?- y el frío recorriéndonos los poros sudorosos.
-Es peligroso estar acá, ¿no tienen miedo? A vos ya t’he visto-, señalándome.
-Buenas-, atiné a responder- nada, paseamos… y ¿dónde está el presidente?
El tipo se me acercó y por primera vez vi esos ojos entre amenazantes e implorantes con la corona blanca en el iris, atravesados por el puñal del alcohol.
-Andan con la biblia, son evangelistas. Acá no queremos evangelistas.
-No, no somos- y creo que dije “católicos”, porque no tenía otro término que nos definiera mejor.
Su rostro cada vez más cerca tenía ese olor dulzón y penetrante que supe respetar con ternura de no se sabe dónde alguna vez.
-¿No me tenés miedo?
-No- dije yo, mintiendo como los mejores. -¿Por qué?-
-Andá, seguí. Y decí que Jovino Correa te dio permiso.

Tenía unos diez años más que yo. Cruzábamos algunas palabras al principio y muchas después. Largas conversaciones de aguijoneos mutuos me ofrecieron la perspectiva inmediata de una forma de ser que me resultaba extraña hasta entonces. Cuando se enteró que yo era profesor, me presentaba a los demás como: mi amigo, es profesor. Estudiaba en el bachillerato para adultos, es decir, cursaba. Su casa era de ladrillos huecos, con dos camastros casi siempre sin colchón, porque los daba a los demás que necesitaban más que él. Su única paga por ser presidente de una vecinal que no existía para la municipalidad, era el reconocimiento de los vecinos. Bajo una parra, desoyendo los insultos de un loro procaz, le daba una mano con matemáticas, mientras el autocalificado como chambón se azotaba la cabeza con los puños para ver si salía alguna ecuación o una operación combinada. Su carpeta era un rejunte de hojas de distinto calibre, que acomodaba primorosamente tras cada desparramo.

Con los años crecía su desencanto hacia los políticos, quienes lo usaban de la peor manera. El mejor laburo que le consiguieron fue de sereno mientras se construía el Banco Provincia. Le prometieron oros y moros mientras él conseguía apoyo al más infame peronismo local.

Su esperanza, en cambio, iba a la larga. Supo, o creyó saber, que su árbol genealógico ascendía hasta el legendario Comendador Correa, que dejó en 1873 un testamento que explicaba minuciosamente cómo habría de repartirse su inmensa fortuna. Por si las moscas, doctos vivillos se aseguraron de que Jovino firmase cuanta clase de poder para negociar la herencia pudiera existir.
La herencia de Domingo Faustino Correa era su cielo, allí estaba su paraíso, intacto, en algún lugar de Brasil, sólo a la espera de que se resuelvan los papeles, para hacer de su vida una vida.

Fríos inviernos hirviendo grasa y mascando chicharrones nunca hicieron de él el delincuente que muchos esperaban. Porque si Jovino se portaba mal, a la bolsa y un problema menos. Pero Jovino era derecho hasta donde podía, hasta donde su maltrecho cuerpo le daba.

Aquella vez que osé casarme, Jovino fue feliz y juro que yo también hasta las lágrimas esa noche al verlo así. Bailaba con viejas pacatas y con muchachas pretenciosas como si él fuera el agasajado. Se había peinado a la gomina y todo. No dejaba de abrazarme y pedirme un ahijado. Abría la puerta para hacer pasar a los invitados como queriéndose ganar el aprecio del suegrerío y a todos les decía: es mi amigo, el profesor.

Cuando trasladaron las casas de calle Pampa donde no se ve, Jovino se partió al medio y ya ni aparecía por mi barrio porque decía que un borracho no puede molestar en casa donde hay bebés. Sólo lo veía en la calle y nunca quiso que lo visitara. Sus ojos eran cada vez menos amenazantes y más implorantes.
Una noche demasiado fría quiso manotear su herencia de una vez y allí el alcohol puro, o el querosén o el aguarrás o lo que puta sea terminó de carcomer por dentro lo que la miseria no pudo por fuera.

Nunca le di un ahijado ni alcancé a explicarle por qué no iba más del cura que le mentía para sacárselo de encima. Tan preso como él, no pude hablarle nunca de la teología de la liberación. Sólo pude ofrecerle la modesta vanidad del amigo profe. Pero sé que para él alcanzaba, porque aspiraba sólo a la herencia prometida y no las ventajas pasajeras de los oportunistas.

Al final, me queda decir con orgullo: este fue Jovino, mi amigo, mientras rebuscando en mí mismo encuentro la herencia que dejó en la mirada, en el olor rancio del sudor eterno, en el pelo engominado de cuando pensó, estoy seguro, que el mundo estaba mejorando.


(Publicado también en Villeraturas, 09/01/09)