ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
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domingo, 4 de enero de 2009

Here comes the Sun King

Tanto busqué este momento, ¡tanto calculé los movimientos..!
El otoño azota el leve sol, un rey sin obsecuentes ni obedientes.

Todo el mundo ríe.

Todo el mundo está feliz.
Aquí llega el rey sol.

Nunca me gustó el otoño, ni el frío, ni las chicas del brazo de su hombre arrebujados cruzando la avenida. Prefiero la sombra de este edificio. Vendrá y yo seré yo.
Hay cosas que no comprendo. Lenguajes que dicen lo que no sé decir y menos entender, porque llega el sol y deslumbra -pienso- y pierdo el sentido.

Quando paramucho mi amore defelice corazon

Mundo pararazzi mi amore chicka ferdy parasol
Cuesto obrigado tanta mucho que can eat it carousel

Este idioma de todos y de nadie me dicta en este otoño cruel lo que debo hacer.
Espero, sé esperar.

Here comes the Sun King.

El puño apretado debajo de mi abrigo y la sorpresa a la vuelta de la esquina.

Here comes the Sun King.


Si ya calculé todo... ¿cómo voy a fallar?
Con mono o sin mono lo haré de todas maneras...

Here comes the Sun King.


No puedo mirarlo a los ojos, me deslumbra el rey sol. Me ciega.

-¿Me das un autógrafo, John?

- Por supuesto, ¿para ..?
- Para Mark, y firma como Rey Sol.


(Importado de Villeraturas, 09/11/08)

Visitantes

Sabía que vendrían, que las profecías de todos los tiempos anunciaban su quizás pronta llegada. Y llegaron ahora, en mi tiempo, en mi historia y soy testigo de este acontecimiento fundante que cambiará nuestro devenir para siempre: Existe vida –y vida inteligente- en otros lugares del universo y no sólo eso. Están aquí. Frente a mí se podría decir.
Creerán que no los conocemos, pero no es así. Años interminables estudiando los mensajes que enviaron al espacio, quizás a nosotros, quizás a todo aquel que quisiera tomar contacto con ellos, con su civilización.
Aprendimos, aprendí, a inteligir los códigos con los que intentaron comunicarse con nosotros. Supe coordinar las acciones para que científicos y tecnólogos los guiaran a nuestro mundo, un poco en secreto, un poco a voces.
Y aquí estoy, me siento salir de mí mismo, me han elegido como interlocutor gracias a la calidad de mis trabajos de decodificación y esto me honra, pero me llena de un extraño estupor. Tengo miedo y euforia, parecen pacíficos, pero quién sabe. Al fin de cuentas seré testigo y protagonista del acontecimiento más grande de la historia, el contacto directo con seres venidos de otros mundos.
¿Cuál será su saludo? ¿Será un saludo? ¿Cómo responderé? Pasé el último tiempo ensayando frases de protocolo y sé que me va la vida en ello. Lingüistas, sabios de todas las ciencias apoyándome para conseguir una comunicación satisfactoria. Por sus mensajes llegamos a la conclusión de que son pacíficos, que los mueve sólo el interés por dar a conocer su cultura y asegurarse de que no están solos.

La nave ya descendió. Un ajetreo interminable de artefactos y sistemas de seguridad, de luces y pasillos sellados eriza mi piel y me tensa indescriptiblemente. Las compuestas se abren, la metálica voz de una computadora anuncia que los sistemas de seguridad están en óptimo estado y no debemos temer por nada.
Me adelanto unos pasos en el amplio pasillo, para dar a entender que soy el interlocutor y los demás, aunque armados, sólo me acompañan.
La portezuela de la nave empieza a abrirse y la luz interna me enceguece, titubeo, pero sólo en mi interior, debo ser un emisario firme y decidido y así me muestro. Comienzan a salir, son varios, la tensión no me permite contarlos. Sé que estamos separados por sutiles paredes que generan la atmósfera vital para los visitantes, aunque ellos no sé si lo notarán.
Mi mente descifra rápidamente la imagen visual que percibo. Son sencillamente horribles. Gruesos, con protuberancias extrañas. Los hay de dos sexos seguramente, por sus formas debajo de los trajes ajustados. Los más tienen matas que brotan de sus cabezas demasiado pequeñas. Los ojos, o lo que parecen serlo, también son muy pequeños, tal vez la cuarta parte de los nuestros. Me tranquiliza mucho su estructura, tienen dos brazos y dos piernas, aunque de un grosor que parece por lo menos del doble de los míos. Sinceramente no entiendo cómo las mismas leyes naturales consiguieron generar en otro punto estos seres de ridículas proporciones.
Diluyo estos pensamientos a la hora de establecer comunicación y me concentro y dispongo a ello. Uno de ellos se adelanta, como yo. Hace un gesto que debo interpretar como amistoso. Me sobresalto cuando abre su boca enorme, carnosa. Va a comunicarse. Los sistemas de comunicación de todo mi mundo están atentos, semiólogos, criptógrafos, expertos en lenguas poco conocidas, matemáticos y un sin fin de científicos en una febril espera interminable.
Por fin articula: Mi nombre es Eva. Nuestro planeta es, era –se corrige- la Tierra, del astro Sol en el que llamamos brazo Orión de la galaxia Vía Láctea, pero ya no existe.

Participando de los relatos jueveros en el blog de El Demiurgo de Hurlingham
(Importado de Villeraturas, 11/08/08)

Encuentro al fin

Esperame, dijo, y corrió hacia la puerta. Lógicamente, me arrellané en el sillón al desabotonar un poco la camisa para indicarle el camino. Sólo un tictac lejano se oía con un tempo que cada vez más se rezagaba al latir de mi pecho rotundo y sediento. Tome el vaso con gesto suficiente y fílmico. Rocé con mis labios su borde, me dejé invadir por el aroma cálido y profundo del vino que destapó.

Justo un segundo antes de comprender la demasiada espera subió una melodía dulce, cansina, y su voz, aquella que me cautivó por primera vez, se plegaba con la síncopa precisa de quien se ajetrea mientras se suma a una canción. Estaba allí. Y se preparaba para mí. Naturalmente me plegué con un tarareo bajo y retenido.

Sabía que volvería a llamarme, que sin mí su todo era nada y su belleza hostil no daría cabida a extraños, que no podría buscar otros brazos ni otros horizontes. Entonces sólo recordé que esa figura flamígera me pertenecía y que una vez más se encendería en mis brazos.

Cerrá los ojos, se oyó desde la otra habitación y desde el fondo de los vasos que reclamaban en la mesa. Los llené hasta la mitad y cumplí el pedido.

Pasos caídos sobre la alfombra indicaban que se acercaba.

Estiré un brazo invitándola. El juego había comenzado. Noté que apagó las luces. Tomó mi mano y la rozó por la trémula piel de su cintura. Sabía que estaba desnuda, siempre fue predecible y siempre simulé no captarlo. Pero su predecibilidad me encedía más y más en la cuenta de los meses sin ella. Ya no cabía en mí, era mía, mi pertenencia y sentía subir el ardor desde abajo.

Cuando te diga, abrilos. Y me dio el vaso mientras el otro paseaba por mi espalda al momento de caer la camisa. Rodeándome en un mar de caricias confuso y demasiado lento, mientras bebía la sentí despojarme de atavíos sin razón ni lugar. La luna me besaba con ella hasta que se apartó suave cuando sus manos me invitaron al sillón.

La plenitud era total, sus manos recorrían mis piernas mientras se arrodillaba, mía.

Abrilos. Y alboroté su flequillo para ver la luna en sus ojos, pero mi ansiedad podía más y comprendí turbado que los vasos brillaban en ellos y que sentía el vino incandescente en las sienes y el poderoso veneno deteniendo de una vez por todas mi corazón. Predecible una vez más.


(Importado de Villeraturas, 11/06/08)

Amigos como ellos os deseo

En los años locos todo puede suceder. Nada de esto es por demás de interesante, pero nos pasan cosas, acontecimientos que provocan la sonrisa a la vista de la pátina del tiempo.
Salíamos en barra, tanto valía la conquista de féminas como las vivencias con el grupo de amigos, podíamos sustituir una por otra, excepto con alguna poderosa razón de por medio.
Los boliches de Arroyo Seco nos eran menos hostiles que los de Villa y allí apuntábamos. El Tirsa nos traía y llevaba, pero a veces... a veces la barra por esos raros designios de los dioses se encaminaba a rumbos más aventurados, raros donde a la vuelta de la esquina la sorpresa y el asombro jugaban sus cartas.
Un viejo Kaiser Carabela nos llevaba a Cañada Rica a aventurarnos al Baile de los Conscriptos, despedida pueblerina para los desafortunados que eran llevados a la colimba.
Pero algunos de nosotros tenías otras intenciones-, mejor dicho, otra intención: tirarle los galgos a la Teresita, una agraciada niña de alguno de los pueblos de la región. Si hay baile -decían mis amigos más avezados- fija que está la Tere.
Pero estos pintorescos bailes tenían sus ritos -que yo desconocía- y algunos de mis amigos adoraban. Remataban tortas, para juntar unos mangos destinados alos conscriptos y hacíamos subir los precios y nos retirábamos a tiempo para que las viejas copetudas paguen fortunas. Nos hacíamos los simpáticos y, como no había gran cosa para ver, nos la dábamos de graciosos con la gente mayor. Al final compramos la última torta, que nos salió dos mangos, porque ya las viejas se aburrían. La pusimos en un asiento del Kaiser, para la vuelta.
Orquesta típica -yo, que siempre fui madera, esperaba las lentas-, corridos, pasodobles y ni siquiera la Tere para animar la noche. Cuando estaba por entrar la segunda orquesta apareció, de vestidito blanco. Los ojos de la barra se clavaron en ella despojándola de atuendos instantáneamente. La Teresita, muy modosita, se sentó con un par de amigas mayores y se daba el gusto de ignorar a los que cabeceaban invitándola. Cuando ya se hizo la interesante un rato concedió un par de temas a la muchachada.
Cuando la música bajaba preanunciado las lentas, se sentó, cruzando las piernas. El amontonamiento a unos metros de su mesa era una masa informe de acelerados pibes. Los cabezazos estaban por desnucar a más de uno y la Tere nada. Con Miguel y Filo apostamos a ver quién era el agraciado (entre cien) que la sacaba a la Tere. De pronto, se paró como aceptando. ¿A quién? Una vez en la vida tuve los reflejos más rápidos y me deslicé fluidamente entre los mamotretos que me rodeaban eludiendo los codazos de Filo y las trabas de Miguel. La Tere me sonrió... y a la pista. Ni Kempes ante los holandeses tuvo más gloria que yo. Bailaba apretado con la Tere mientras la jauría quería devorarnos a ambos por diferentes motivos.
La Tere, a la que todos juzgaban muda, me daba conversación, animada, y yo saludaba al Dante por algún círculo celeste. Ya planeaba cómo seguiría todo, hasta que sucedió lo otro. Filo y el Juanjo, que se decían mis amigos, me llamaban con gestos desesperados. Leía sus labios: Nos vamos. Yo hacía señas de esperen un cacho y los ignoraba mientras la Tere apoyaba la cabeza en mi hombro.
Unos minutos más y siento un toque decidido en el hombro izquierdo. El guacho de Miguel, ante la vista azorada de la Tere anunciando algo más o menos así: Señor, nos vamos, su chofer decide retirarse, ¿prefiere usted volver a pie?
Poco puedo explicar de la incineración a la que me vi sometido, saludé a la Tere como pude y apenas la solté, la barra me sacaba en andas hacia la puerta. No iba a ser más interesante bailar con la Tere que comernos la torta con un cajón de sidra helada que misteriosamente se había subido al Kaiser... y bueno, me dije, y creo que me mandé toda la Farruca de un tirón a la salud de los hijosderremilputas de mis amigos.


(Importado de Villeraturas, 02/05/08)

Monólogo del macho argento

¿Quién entiende a las mujeres?
No, la verdad que nadie. Hace más de veinte años que me casé y yo pensé que a mi mujer la conocía de cabo a rabo, je. Te juro que todo bien, yo laburaba, ella en casa, obvio. Pero no sé que le pasó, le atacó a la loca. Viste, al fin son todas iguales, uno les da todo y ellas son como la gata flora.

Un día se le dio por laburar, bárbaro dije yo, hago menos horas extras en la fábrica y te doy una mano en la casa, total los pibes ya están criados. Qué boludo, lo peor que pude hacer. Le agarró el gustito la guacha. Para qué te voy a contar.
Viste, yo venía de la fábrica y me iba al club a tomar una cervecita y hacer un par de trucos. ¿Con qué arrancó? Ya te digo. Negro, vengo reventada de la oficina, me arreglo un poco y me voy con la Mariela a tomar algo. Está bien, dije yo y pensé quién entiende a las mujeres, ésta antes reventaba en la casa y me esperaba con la cena; ahora se rasca en la oficina esa -que no hacen nada- y viene reventada...
Claro, pero después arrancó: Negro, vos te vas a pescar con los muchachos algunos fines de semana; yo me voy a ir unos días a las termas con las chicas, de vez en cuando nomás. Y dale, qué le puedo decir, lo hace para hacerme doler la hija de remil putas.

Negro, viste que vos tenés la peña de los viernes, con las chicas vamos a salir, pero no te aflijas llego más o menos a la misma hora que vos. Nooo, me mató... ¿Y si se van de joda por ahí? ¿y si se la levantan? No está tan fea la guacha, capaz que conoce un pendejo que hace fierros y a la mierda, cornelio a esta edad. ¿Se habrá enterado que andamos por los cabarutes con la barra?

La cuestión que Negro de acá, Negro de allá, quiere hacer todo lo que hago. No se da cuenta que soy hombre y que tengo que hacer estas cosas, la naturaleza manda... Está tarada la guacha, la mato. Claro, pero si le pongo una mano encima voy en cana.
Un día de estos, un día de estos me hago trolo, así sufre la inmunda. Ah, querés que te dé, no, vaya con la Mariela de joda, el pajarito se durmió. Va a ver lo que es bueno.

De hoy no pasa, va a ver esta...

Ayer no me animé, pero le voy a decir, que qué te creés y etcétera, etcétera, etcétera...

Hija de puta, no tuvo tiempo de hablar, sale con la Mariela...

El sábado sí, de acá no salís...

Qué domingo de mierda, ¿a qué hora piensa llegar esta guacha..?

Cuando me diga de ir a tomar algo con las chicas la surto...

Y bue, me cocino solo por hoy nomás...


(Importado de Villeraturas, 19/04/08)

Misión improbable

Sí, fueron aquellos tiempos. Ya sé, la anécdota fácil. El paño del tiempo le da brillo a lo más opaco siempre que uno sepa lustrar un poco. Hoy a lo lejos entre lo trivial y lo curioso hay cosas, momentos, que me vuelven y me revuelven. Quizás estos recuerdos sean intentos por hacer más vívido lo vivido, o quizás sean la última hojarasca del otoño del tiempo, condenada a no ser, pero a pervivir de otro modo.

El cielo, plomizo, nos advertía a nuestro paso cuan difícil y cruento podía llegar a ser aquello. Si había guardias y estaban atentos no tendríamos la menor posibilidad.

Íbamos, ebrios de furor, sin cubrirnos demasiado ya que el escaso follaje hacía inútil todo intento. No llevábamos demasiado, un par de esas viejas herramientas de trabajo para algunos, de diversión -cuando no de horror- para otros, que producían más ruido que daño, más parecidas a las que se venden en las ferias que a las profesionales. Nuestro número era variable, algunos caían para no levantarse y casi no nos preocupábamos más que de acomodarlos un poco mejor o ayudarlos a acurrucarse en un reparo improvisado. Otros, menos, se sumaban, porque los pelotones de desesperados, de locos que deambulan, atraen a buscadores de aventuras y a los que no tienen nada que perder.

La llovizna, tenue al principio, empezaba a mojar nuestras sucias remeras y lo que había sido una noche calurosa y casi festiva se convertía poco a poco en un alba que no vendría. Yo portaba el instrumento y por nada del mundo lo iba a transferir. Me daba la seguridad que quería transmitir y un cierto orgullo de adalid. Ariel, el atronador artilugio colgado de los hombros; los demás, poca cosa en las manos.

Cuando hubimos de cruzar calles nos cuidábamos más de ocasionales descerebrados que de las patrullas de soldados o policías somnolientos y apesadumbrados por la tarea. Al llegar a la avenida, ancha, despejada, el paisaje nos premió con nuestro objetivo: la casa del Mayor. Nada de movimientos de película, la euforia nos llevó a sus veredas en banda, sin dispersarnos, blanco fácil de guardias si los había. Cacho, baqueano en la zona, se encargó del reconocimiento. No había ruidos dentro. La pregunta por los guardias nos taladraba las sienes. Ya oíamos la lluvia de balas que no llegaba y eso nos desquiciaba más y más. ¿La puerta o la ventana?, dijo José. ¿Cuál ventana?, yo. Shhh, la primera, Ariel, que parecía ser el único razonable, mientras acomodaba su instrumento. Con la espalda erizada de duda y rara obsesión eufórica, desenfundé.

El primer acorde atronó sólo un instante antes de que Ariel golpee. Hubo un sobresalto dentro. Nuestros alaridos casi sonaron al unísono.

Cuando la puerta se abrió, un hombre en paños menores, con una botella de champagne en cada mano, nos sonrió entre azorado y divertido y ensayó algo así como: qué lindo que la juventud recupere las viejas tradiciones como la se… Nunca pudo decir serenata. Mi primo Ariel, sentado sobre el bombo apoyado en el barro, inquirió: Viejo, largá las botellas y andá a dormir. Así lo hizo, obediente, el Mayor Oscar Blanco, el intendente de facto de Villa, la madrugada del 1º de enero de 1982, que por suerte dio franco a su guardia.

Dejamos la casa de Dorrego y Santiago del Estero a los saltos con más euforia que antes, borrachos y tropezándonos al manotear las botellas.

Enfundé la guitarra para que no se siga mojando mientras el alba seguía escondido tras los nubarrones.


(Importado de Villeraturas, 11/04/08)

El festejo

Un poco abrazados, un poco a los saltos, cruza una barra diagonalmente la vieja cancha de Talleres, de alambrado caído y gramilla castigada por el invierno que comienza sin timidez a cubrir la ciudad. La tarde cae, solitaria hasta hace un rato, aturdida ahora. Duda entre irse hasta mañana o quedarse a contemplar el festejo. Dándose vuelta muchas veces, opta por retirarse al poniente, su naturaleza le exige, le ordena la retirada inexorable y ella, para mostrar su descontento tiñe de rojo las nubes bajas, los pocos edificios de altura y el gran eucalipto junto a la vía. En la esquina siguiente se unen a otros tres y llegando a 14 de febrero ya suman unos doce. Hasta unas horas antes algunos no se conocían, otros no se saludaban por la calle, pero ahora parecen esos conocidos de barrio que se ignoran cotidianamente y encontrados casualmente de vacaciones en un lugar distante hablan como amigos de toda la vida para, vueltos a sus hogares, volver a ignorarse. Como hormiguero revuelto, la ciudad despierta enloquecida, sobresaltada y de todas las puertas surgen saltando y gritando unos, con ojos grandes y sonrientes otros. Es momento de soltar algunas ocultas angustias reprimidas.
Hace sólo unos momentos, la calle muerta se había estremecido con un acorde profundo y gutural multiplicado indefinidamente. Por debajo del pelambre amarillento del viejo león se escabullía la presa, resuelta, ufana, a salvo de las enormes garras crispadas luego contra el suelo, rugido doliente. Con el grito provocado por la estocada profunda y decidida del cordobés la catarsis fue tan terrible que diríase un trueno inoportuno y sorpresivo en la tarde dominguera. Volvió el silencio luego y se profundizó a la hora exacta y el lejano estadio porteño se transformó de fiesta en una moneda dura y mellada sin metal donde entrechocar. Los ojos enrojecidos... si lo peor llegaba a suceder... si llegaba a suceder... se multiplicaron las promesas y los pilatos. Nunca pudo entender ese palo derecho, de dónde llegó el golpe bajo, por qué faltó la protección justa de las alas del criollo pato volador y comenzó a respirar de nuevo entrecortadamente sabiendo que todos lo miraban y veían enrojecer de orgullo y vergüenza. Lentamente los latidos reaparecieron para estallar de nuevo con la bravuconada brutal del campeador ante los sablazos la anaranjada alfombra arremolinada bajo su paso implacable, y otra vez el león herido de muerte mordiendo la hierba aplastada esta vez. Y el malón del final, toques mágicos, imposibles ráfagas ante las expresiones azoradas de los rostros de la desazón. Así fue y reventó la algarabía.
Allí va Héctor, entonces, confundido entre el grupo exultante que a las pocas cuadras confluye en una marea humana increíble, nunca antes vista. Y la misma calle San Martín de siempre, la de las procesiones de ocho de diciembre con los regordetes obispos rosarinos a la cabeza, la del villazo, de las manifestaciones obreras, la de los desfiles militares y de guardapolvos en fiestas patrias lo recibió envuelto en la bandera que creyó defender en la colimba, unos años atrás y que por suerte lo vio partir de baja antes del golpe.
Desde el sur dos líneas viborean hacia el centro, una gruesa de autos, camiones y motos embanderados por la ruta y otra delgada unas veces, abultada otras por el camino lateral de las bicicletas que llega hasta la zona fabril. Al final del partido, Silvia había desnudado su piel para vestirla con la gloriosa seda campeona y los cortos pantaloncitos negros de tres tiras blancas. Una larguísima vincha al tono recogía no todos sus negros mechones. Con varias amigas de atavíos festivos treparon a un camión volcador cuya bocina sonaba, perpetua, “La cucaracha”, tratando de llegar antes al centro y, además, procurando evitar una larga caminata con los endemoniados botines de su hermano a medio atar. La ayudaron a subir manos amigas, algunas excesivamente amigas, pero no le importó demasiado, era un día como para no amargarse.
Allí va Silvia, pues.
San Martín estaba impresionante, esto se esperaba desde el miércoles anterior, de los seis a los peruanos. En el fragor del festejo la vio, así como la vio desaparecer un segundo después en la turba. Sin saber cómo y menos por qué se empezó a deslizar entre los desaforados saltimbanquis de la desesperación festiva. La volvió a ver un instante demasiado corto y pensó esta es la argentina que quiero: una bella mujer desnuda bajo la tela celeste y blanca, así la quiero, sí, libre, sensual, hermosa como se la mire… y botines rematando el par de firmes piernas.
Hay que decir que ella lo vio. Qué hace este loco meditabundo como fuera de la algarabía general. Lo abrazaban amigos y desconocidos, lo estrujaban de felicidad y el tipo en la luna, como buscando algo entre la gente. Necesitará algo…
Se acercó sin que se diera cuenta, mientras él miraba la vereda del bar San Martín en busca de ella, que no lo sabía. Sus ojos estaban perdidos ya y el velo de la desazón le pedía volver al festejo, su libre y bella argentina era una ilusión, pero no lo eran los tres a los holandeses, la copa y el charco de alegría en el reseco país de los dinosaurios.
Cuando ella lo tomó del brazo y le susurró: ¿estás bien? sólo pudo decir, con la garganta paralizada, ahora sí. Ella no entendió demasiado, pero él sí, la bella y libre argentina lo tomaba de la cintura lo impulsaba a cantar; él, vamos, vamos argentina, la abrazó y a saltar con todos, vamos, vamos a ganar y a mirar de reojo los vaivenes sensuales de la camiseta y la turbación de los largos cabellos negros en sus ojos, que esta barra quilombera y el perfume celestial de la morocha que no te deja, no te deja de alentar.
Esa noche Héctor comprendió que la bella y libre argentina era posible. Mientras no dormía ni quería se regocijaba en su cama fría y singular tejiendo y destejiendo esa tarde, creyendo en la piel que había tocado con todos los sentidos a los saltos, en la promesa de verse, en la promesa de salir de la puta malaria del no ser cotidiano.
La bella y libre argentina creyó en él, en su búsqueda, en su deseo profundo, salvaje y sincero, en sus ojos tristes que querían brillar pidiendo permiso a los suyos.
Es todo lo que sabemos, trivial y fecunda como la historia de gente común con esperanzas y ojos limpios.

(Importado de Villeraturas, 06/04/08)

El mejor

para Gustavo


Supe que tu padre era mi amigo
cuando supe que venías.
Supe que tu madre era mi hermana
desde siempre que está para ver,
para ser,
para entrar.

El tiempo que nos faltó es el que viene,
el que es.
Viéndonos crecer el pelo
a través de la cebolla de vidrio
lo dejamos correr

y hoy –que no lo ahorramos–
contamos las monedas que nos quedan
esperando que ese día
me digas
hasta dónde tenía razón yo,
hasta dónde llegaste conmigo

porque yo sé desde dónde
soltaste mi mano
gritando “soy el mejor”
y pisando olimpos
como hormigueros
decidiste quemar viejos almanaques
y sabiduría de verso amarillo.


(Importado de Villeraturas, 01/04/08)

Ale

para Alejandra

El suelo, la tierra, la casa donde volver,
se sabe que estás y más,
que dos manos son pocas y no lo son,
que elegiste libertad
dejando el alma en la puerta.

Que te llamarán dichosa generaciones de barrio
de calle de tierra.
Que mirando cielos nuevos
no te conmueve el fulgor.
Que se puede retornar a vos siempre,
desde cualquier lugar.

Porque ese viajero incansable hace puerto,
toca tierra, besa el suelo,
y siembra el cielo de atardeceres
de la mano

con bolsas del pan de todos
leyendo del libro de la existencia
los sueños más locos
teñidos de utopías
que ya se están realizando.


(Importado de Villeraturas, 29/03/08)

Literatura barata y alma de goma

para Germán

Porque falta tu mano en mi espalda
es más difícil distinguir adelante y atrás,
avanzar, frenar o volver.

Porque falta tu pregunta en mi oído
es más difícil la pregunta en mi sien,
mi duda que espera, mi sí, no, no sé.

Porque otros nudos ato,
subo a mi garganta desde dentro
o desato en dos lágrimas indecisas.
Porque me faltás más que antes, que me faltabas,
que te faltaba, que nos faltaba.

Porque sé qué conquistas te llevan
sonrío de mañana y miro al norte un sábado a la noche.
Porque las madrugadas te buscan
en largas veredas de saludo esquivo.

Porque sé que un día fugaz o no
volverá tu mano en mi espalda,
tu pregunta en mi oído,
mi mano en tu hombro cargado de años
y veré tus ojos que siempre ven más,
dejo de escribir lo que quizás nunca vuelva a hacer.


(Importado de Villeraturas, 26/03/08)

San Lorenzo


Espero comprendan este capricho personal, pero hoy el San Lorenzo de mis amores cumple 100 años. Fue el día del 1908 en que el cura Lorenzo Massa accedió a que su nombre figurara en el del club que fundó -Almagro no podía faltar en el nombre por una condición de Federico Monti, el líder de la barra de pibes-. Por el cura, el apodo de cuervos. Un club chico entre los grandes y grande entre los chicos.
Mi amor por el Ciclón tiene fecha: 22 de diciembre de 1971. Por ser hincha del bendito San Lorenzo, tiene que coincidir con una desgracia. Final del Nacional 71. Central 2 - San Lorenzo 1. Perdimos, pero gané. Ese día me enamoré perdidamente del Ciclón y no me defraudó: bicampeón en el 72, campeón nacional en el 74.
Después vino la caída, el descenso, la gloriosa campaña en la B -que sólo para el Ciclón resultó así de gloriosa- llenando todas las canchas, la deshonra de la pérdida del estadio.
La vuelta a primera, mis primeras incursiones a las canchas rosarinas cuando venía. El 6 a 0 a Ñuls que fuimos a ver con el Vermis -según Víctor Hugo, la expresión más perfecta de fútbol que vio en su vida-. Las semifinales de América perdidas con el mismo Ñuls... El canto de la hinchada en derrota que nadie olvidará, con el ritmo de Todavía cantamos: Aquí está la gloriosa hinchada de San Lorenzo, la que no tiene cancha, la que se bancó el descenso y a pesar de los años, los momentos vividos, siempre sigo a tu lado San Lorenzo querido... Los 21 años sin cosecha, la nunca acariciada Libertadores.
Los nudos atragantados siempre, eso es San Lorenzo. El desahogo que nunca llega. Algún que otro festejo y el romanticismo de la hinchada más creativa... La vuelta olímpica del 95 en Central el día de mi cumpleaños. El campeonato del 2001 con Pellegrini y los 11 troncos. El del año pasado, con Ramón a quien no quería demasiado, pero trepó un par de escalones.
Tanta es la mufa del Ciclón que identifican a los hinchas con un tarado mercenario que grita en la tele. No voy a hacer la lista de grandes hinchas, me basta con que se me caigan las lágrimas mientras escribo esto.
(Importado de El Hueco del Vermis, 01/04/08)

De cómo la fe nos defiende de los males


El sentimiento religioso, o como se llame técnicamente, es tan antiguo quizás como la humanidad. El asombro ante la naturaleza, previsible en la salida del sol, en la rotación de las estaciones, azarosa en las tormentas, inundaciones o en un súbito cambio de temperatura propuso a los incipientes hombres la tarea de tratar de intervenir en su transcurso. Advertirse limitados implicó la certeza de que convertirse en dioses no es cosa fácil; entonces hubo héroes y a los más le quedó como consuelo el conseguir el favor de las fuerzas que gobiernan el mundo.
Hoy, carradas de astrólogos de toda laya, gurús, ignacios y demás tratan sino de obtener ese favor, al menos de convencernos de que lo obtenemos. Como la responsabilidad no es de terceros, convengamos que muchos evitamos pasar por debajo de las escaleras, los gatos negros, decir la palabra cáncer y andamos por la vida aferrados a distintos amuletos, medallitas y pequeñas actitudes seudocabalísticas.
La Beti era una adolescente de buena madera, cursaba la secundaria en la Cristo Rey y se debatía, como muchos otros, entre la fe en la medalla y la fe en algún principio superior que buscaba. Como muchos otros chicos, participaba de grupos religiosos. Era servicial, candorosa, pero práctica y directa.
Un día le encargaron una misión, organizar un grupito infantil en barrio Amelong. Como todos saben, Amelong estaba tan separado del cuerpo de la ciudad que casi era un pueblito cercano. Se llegaba por el Chapuy o por la prolongación de tierra de Acevedo. Los más avezados conocían la calleja que estiraba a Santiago del Estero hasta allí, donde años atrás dejábamos los tramperos para cazar algún jilguero y, con demasiada suerte, un corbatita.
Asumió su misión sin chistar, el camino era largo, más de media hora en bici, pensaba, encima hay perros que te corren. Pero la Beti confiaba en la virgen. Si le habían enseñado que la iba a defender de todo, que podía hacerse mujer tranquila, ella con su manto la protegía…
Así que un día a la semana, ponía una virgen de más de medio metro de la inmaculada concepción en el canastito de la bici, la biblia, el rosario al cuello, el pelo recogido y a la aventura. Enseñar a rezar y, en el fondo, que su aventura de fe, camino neblinoso, valía la pena.
Hasta que llegó la prueba. Una tarde calurosa, mientras pedaleaba y se hacía una decenita del rosario creyó advertir un movimiento raro al lado del solitario camino. Un borracho, un borrachín de los que hacen siesta en las cunetas. Uno que vio venir a la Beti como caída del cielo. Altos yuyales laterales eran refugios perfectos. Sus cuencas rojizas se humedecían de estusiasmo y súbitos bríos. Lo suficiente para pararse y enfilar hacia la bici.
La Beti, congelada, lo vio unos metros antes, pero no frenó la bici, no pudo. Con el avemaría atragantado quiso encomendarse a la virgen mientras el borracho ponía sus manos en el manubrio. Lo hizo mientras esquivaba como podía los manotazos.
De pronto miró el mantelito blanco que cubría a la virgen, la agarró del cuello y blandiéndola como Juana de Arco azotó la lasciva cabeza del borracho una y otra vez. Más sorprendido que estropeado, el tipo soltó la bici para cubrirse de los feroces virgenazos de la Beti, encogiéndose como bestia malherida.
La Beti levantó la bici, acomodó sus cosas, besó el manto de la virgen y siguió tan asustada como feliz de comprobar para sí que nada había fallado.


(Importado de El Hueco del Vermis, 12/04/08)

Carreque

De pasada, como robado a un recuerdo tuve la inspiración. ¡Carreque! Y fui a probar mi teoría. No se me daba la oportunidad, pero llegó; porque supe esperar, alto el talante.

Sabía que mi antagonista no estaba a mi altura; pero qué más, como robarle un chocolate a un niño. Ahora, uno nunca sabe. Bajo el poncho de la inocencia puede estar la faca trapera.

Me planté. De frente, como los hombres que no temen hados infaustos. Miré a los ojos al ser que me enfrentaba.

Esperé su ataque. Con un dejo de vergüenza debo decir que lo provoqué con veleidad del tonto de la barra que provoca una gresca.

En un rotundo giro de su cuello me miró como lobo acorralado por la jauría.

Era un ejemplar de no más de dos o tres años como mucho. Movió sus fauces como para articular un rugido y desde sus encrespadas entrañas brotó un: ¡Salí, malo!

Y ahí nomás, sin mediar entremeses le solté: ¡Y vos sos un carreque!

Cuando revolvió sus facciones para soltar el llanto, me supe vencedor.

Teorías probadas. Las dos.

Carreque es un buen insulto para descolocar inocentes y yo soy un pelotudo.


(Importado de El Hueco del Vermis, 12/02/08)

A mi maestra de arte

El año pasado se jubiló (algo de júbilo habrá en ello) Susana Caligaris, una profesora entrañable, de la que todos hemos aprendido mucho más de lo que se ve a simple vista. A falta de una mejor explicación de los motivos por los que no pude asistir a la despedida organizada por los compañeros de la escuela, me dediqué a recoger en este pobre texto un ramilletes de vivencias intransferibles, disculpándome de antemano por aquello que no pueda inteligirse. Se trata de pequeños guiños a un grupo de gente que no sabe que busca la utopía perdida...
En agradecimiento

A mi maestra de arte

Las manos de artista que vibrantes
disciernen olores y dolores, que vieron
dedos vacilantes, lágrimas y soles.

Las que supieron hablar y pensar,
que pudieron decir el sentir;
no el ojo fijo bajo candilejas, no.

Las que sostienen, detrás, debajo,
las que contienen, pero miran.
Las manos que avergüenzan los sitiales,
que modelan las historias del creciente.

Las que, al aire, encendidas, eluden
el oprobio y nos llevan de paseo
a alborozar mañanas allá lejos.

Las que prometen amaneceres nuevos
de atardeceres demorados.
Porque crean y creen, que aún anuncian y denuncian,
que en el volver no está la vida, sino en el devenir.

Y sí… porque tardío coche gris no olvida
las promesas de mañanas soleadas en rosario,
de lluvias que te llevan, quizás no,
de enormidad de adriana que te grita,
de parecidos a uno mismo y no al hermano.

Porque al dibujarse uno mismo se realiza,
sangre y cebolla del sueño de bohemio parís idealizado.
Y sí… porque hollado el patio oyente de avatares
siente lo que siente que siente que le falta.

Y sí… porque el tiempo esculpido no se agrieta,
se suceden el aula del artista, el lápiz que se pierde,
la hoja que acaricia…

Y sí… porque no consigo entender lo que no entiendo
y la historia se cuece, no se trueca
y la mano del artista la adereza.

Néstor, mayo de 2007
(con más cariño que entusiasmo)

(Importado de El Hueco del Vermis, 04/02/08)

Sentado

al amigo borrado

Sentado, a tus espaldas el río corre.
Sentado, el viento despeina los fresnos.
Lleva y trae secretos del presente que no huye
jamás de tu mirada.

Sentado, el sol sale sobre tu hombro;
admirando tu propia sombra que se acorta
y se resume en nada al mediodía obsceno
que te desnuda, especulas brillos.

Tenue es la esperanza que no hay,
frágil el desamparo de tus miembros,
inútil tu soy, pero no siempre,
de delgada presencia ensimismada.

Sentado, no ves la flor en la mano tendida,
ni el vapor que sube de la hornalla,
ni el olvido al que te condenas,
ves tu sombra, sólo tu sombra recortada.

No hay cálido abrazo ni ceniza
de fuego compartido atizado
por tu silueta esquiva de altibajos
ni fantasma errante que te lleve
por mundos sutiles al ocaso.


(Importado de El Hueco del Vermis, 31/01/08)