ETERNO RETORNO
domingo, 29 de diciembre de 2013
Inconexiones
Quizás no estaba tan loco como lo quisieron mostrar los científicos, los eclesiásticos y los filósofos de su época.
Teilhard decía que la muerte es el culmen de la vida. Porque todo lo que quedó de nosotros va a nutrir la vida futura sin que nada de lo que fuimos permanezca inútil.
Pero somos complejos, tenemos conciencia de ser nosotros mismos. Sabemos, como ningún otro ser, que nos vamos a morir.
Asumido como objeto errático, se me ocurre que estoy (estamos) cada vez más lejos de parecerme a la promesa que fui y más cerca de parecerme al cadáver que seré.
Cuando era más una promesa se acumulaban en mi mente los recuerdos del futuro que no tenía, pero que imaginaba vivir. La incerteza y el porvenir preñado de posibilidades definían ese horizonte elusivo pero casi, casi, al alcance de las manos.
En la medida que lentamente empiezo a parecerme al cadáver que seré, devano remolinos de recuerdos que se acumulan, felices y tristes, fundamentales y triviales. Recuerdo de lo que ya no es, pero que configura lo que soy y da forma a las cicatrices que porto.
Claro que hay recuerdos por vivir. Claro que las marcas son cada vez más y más profundas.
En ese recuerdo, en esa vivencia están ustedes, estás vos.
Uno de los seres con los que me he cruzado y que ha añadido marcas en mi piel.
Alguien que me ha valorado a pesar de mí.
Alguien con quien he aprendido que no hay sinonimia entre angustia y depresión.
Alguien con quien he reído, sufrido, a quien he sentido emocionarse.
Alguien con manos que he estrechado, que he sentido en mi hombro, que me ha despertado con el coscorrón oportuno de alguna anestesia.
Alguien que buscó mi compañía.
Alguien que me ha visitado a pesar de mi incomparecencia.
Alguien que me ha abrazado.
Alguien a quien he tratado de contagiar cosas que he olvidado. De tatuar cicatrices sin dolor. De quien esperé solo una sonrisa.
Son ustedes, sos vos que hacés un poco menos inconexo el mundo.
Son ustedes, sos vos que estás leyendo.
¡Que tengas un feliz 2014, pero feliz, eh!
Es un textito viejo, que nunca publiqué acá. Con el calor la extremada actividad de laburo de estos días, no tuve otra que echar mano a este saludo
miércoles, 13 de julio de 2011
El cristo del taller (milonga grasa)
Bajo aquel techo de chapa
entre fragores de lucha
con mil fierros, gente ducha,
no por saber se destaca.
La bendita tolerancia
que te hace perder el sueño
en poner todo el empeño,
¡hay que cuidar la ganancia!
Sos el cristo del taller,
flaco tornero barbudo,
que de aquel fierro tozudo
obra de arte sabe hacer.
Sos el cristo de tamangos
de las punteras de acero
que te hacés de duro cuero
pa que no te falte el mango.
Que no te podés enfermar
ni levantar la cabeza
cuando tu calibre reza
las gracias por trabajar;
que el silencio te es extraño
en el galpón, no en tu hogar,
donde cada día al llegar
parece pasado un año.
Cristo de viruta y grasa,
de bancada y contrapunta,
surge en mi esta pregunta
¿cómo no te ven?, ¿qué pasa?
Si laburás con destajo
si hasta amás tu torno viejo,
si tu vida es espejo
del hombre hecho trabajo.
sábado, 11 de julio de 2009
Rescate es el motivo
Publicado el 18 de enero de 2008
++ Jaque Mate, Bobby

18 de enero de 2008. A los 64 años murió Bobby Fischer, uno de los grandes del ajedrez de todos los tiempos. Nacido en Chicago el 9 de marzo de 1943, obtuvo el título mundial en 1972 en el llamado Match del Siglo contra Boris Spassky con 7 partidas ganadas, 11 tablas y 3 derrotas. Fischer fue un personaje tan excéntrico como genial (baste decir que su coeficiente intelectual fue superior al e Einstein). Odiado por el poder soviético tanto como el norteamericano fue bien recibido en países menores como el nuestro al cual lo unió una entrañable ligazón.
Nota casera: en mi niñez de aficionado al ajedrez me cargaban con el apodo de bobby los familiares que pensaban que nada podía hacer el loco contra el aparato soviético. Hoy, recuerdo con cariño, corte de manga de por medio, aquellos momentos, esperando que algún día el loco deje de hacer sombra al genio...
Una buena página para ver biografía de Robert James Fischer es
http://www.hecfran.com.ar/biografias.htm
Perseguido como un criminal por haber roto el bloqueo a Montenegro fue detenido en Japón. Durante meses, las autoridades japonesas estuvieron estudiando su extradición a Estados Unidos. Fischer recibió entonces el apoyo público de Spassky, quien reclamó poder compartir celda en el caso de que Fischer fuese encarcelado en su país. "Simplemente, déjennos jugar al ajedrez", dijo el campeón ruso.
Publicado el 24 de enero de 2008
John Lennon - Bobby Fischer
PARA
LELOS


No sé por qué estos días, luego de la muerte de Bobby, se me ocurrió que existe cierto paralelismo entre él y John Lennon. Ya sé, es una ocurrencia más bien osada cuando no volada. Pero hete aquí que persiste y, tratando de encontrar razones que justifiquen la intuición, a los apuros arribo a las siguientes -no diré conclusiones- acarreadas de los pelos hipótesis:
- Ambos pertenecen al muy reducido grupo de los que podría llamar "mis ídolos". Es decir, personajes que admiro o que generan en mí ciertas pulsiones emotivas por una o muchas facetas de su personalidad. Esto, por sí sólo y para mí, ya justifica la intuición paralelística.
- Ambos descollaron en su ocupación específica al más alto de los altos niveles.
- Ambos fueron poseedores de una personalidad controversial, con cierto grado de locura -entendiendo esta como aquello que hace que no encajen en la racionalidad de la sociedad en la que se desenvuelven- asociada a su genialidad.
- Ambos tuvieron en jaque (presciendiendo del juego de palabras) al poder hegemónico norteamericano.
- Ambos tuvieron prohibida la entrada en dicho país y problemas judiciales con el mismo.
- Ambos hicieron declaraciones contrarias a las movidas belicistas yanquis. Lennon con Vietnam y otros movimientos, Fischer con el problema yugoslavo y el ataque a países musulmanes.
- Ambos fueron proclamados ídolos de su propia generación apenas saliendo de su adolescencia y aclamados en cada lugar en que se hicieron presentes.
- Ambos declararon que querían ser millonarios.
- Ambos tuvieron problemas con Japón. Bobby preso, John presa de Yoko...
- Ambos fueron muy tímidos, pero cuando se animaban a hablar, ¡agarrate!
- Ambos vivieron una infancia sin su padre.
- En ambos casos el padre se acercó cuando fueron exitosos.
- Ambos tuvieron una relación de amor-odio con Rusia (la URSS en su momento).
- John devolvió la Medalla de Honor por intervenciones bélicas de Inglaterra. Bobby escupió documentos y la bandera norteamericana por intervenciones bélicas de su país.
- Ambos pertenecieron a la generación que nació durante la Segunda Guerra Mundial. John en 1940, Bobby en 1943.
domingo, 21 de junio de 2009
Conviene acallar a Belgrano
Esta imagen que llevamos todos grabada en la memoria no se borrará jamás. Es tan fuerte que ha ocultado cuando no sustituido el legado del pensador más revolucionario de la Revolución de Mayo. ¿Por qué? Porque es necesario acallar a Belgrano. Para el poder que ha gobernado el destino de los argentinos, siempre ha sido necesario un Belgrano abogado pero callado, pobre pero callado, vocal de la Revolución pero callado, de voz finita pero callado, militar pero callado, creador de la Bandera pero callado... Así como tenemos grabada a fuego la creación de la Bandera no recordamos palabras de Belgrano o recordamos muy pocas.¿Por qué? Porque es necesario acallar a Belgrano, exaltar sus virtudes humanas pero esconder sus palabras, sus enseñanzas, sus exigencias...
Escribiendo sobre medidas que favorecerían a los obreros dirá: “si bien eso descontentará a cinco o seis mil individuos, las ventajas habrán de recaer sobre ochenta mil o cien mil.”“La suerte de los acaudalados, en un país serio, debe estar ligada a la suerte del último de los ciudadanos”. Por eso es necesario acallar a Belgrano, porque denuncia la explotación de los trabajadores...
Conviene acallar a Belgrano que doscientos años atrás denunciaba y hoy denuncia la corrupción y las trenzas de los monopolios. Las palabras siguientes no corresponden a un político de hoy, sino al abogado y economista Manuel Belgrano en 1800. “Están persuadidos (los corruptos y contrabandistas) que su poder es inmenso y aun les parece que no hay autoridad que los juzgue... nuestra desgracia quiere que vivan con nosotros y ser tan apreciados aquellos que tantos males nos traen”... que conozcan nuestros venideros que hubo hombres de bien en medio de la corrupción”
Los monopolios todo lo devoran, todo lo acaban hasta derribar las columnas del edificio político. La repartición de riquezas hace la riqueza real y verdadera de un país, elevándolo al mayor grado de felicidad, pero con el contrabando y el monopolio se reducirán las riquezas a unas cuantas manos que arrancan el jugo de la patria y la reducen a la miseria. Desengañémonos: jamás han podido existir los estados luego que la corrupción ha llegado a pisar las leyes.
Por eso es necesario acallar a Belgrano y mostrarlo estático en un busto o un retrato de prócer allí donde no moleste, porque denuncia la corrupción y la impunidad.
Donó su paga por el triunfo en la batalla de Tucumán para construir cuatro escuelas que todavía esperan. Belgrano creía que la educación pública era la herramienta esencial para formar a los ciudadanos. Conviene acallarlo no sea cosa que alguien reclame lo mismo. Escuchemos sus palabras:
Tres cosas son necesarias para acertar en la producción: querer, poder, saber. Y cómo corregir la ignorancia que conduce a grandes pérdidas. Estableciendo escuelas para formar a los ciudadanos. No vivamos en la persuasión de que jamás esto será otra cosa... ¿cómo se cambia? Con buenos principios, que se aprenden en escuelas. La especulación puede traer consecuencias funestas para el agricultor, el artista y el comerciante. Y, ¿cómo prevenirlos? La extensión de conocimientos, la ilustración general –la educación–, que todos se instruyan, que adquieran ideas.
Conviene acallar a Belgrano proponiendo la igualdad de oportunidades para las mujeres...
Hay fábricas y recursos para que trabaje el sexo femenino, el más expuesto a grandes estragos, para una reforma de las costumbres que se difundirá al resto de la sociedad.
Conviene acallar a Belgrano defendiendo la agricultura...
El comercio es el cambio de lo sobrante de lo necesario. En este país no hay sobrante sin agricultura.
Conviene acallar a Belgrano, economista para el pueblo...
Desterrar la miseria, el hambre y la desnudez. Misión de la unión de industria y comercio. Todos las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse en el extranjero, sino conseguir darles nuevas formas y después vendérselas.
Conviene acallar a Belgrano que no aceptaba la sumisión a poderes extranjeros.
Es preciso que despertemos de la inacción, que sacudamos el yugo extranjero y que tengamos presente que a nuestra inercia debe éste su preponderancia.
Conviene acallar a Belgrano, exigiendo la honestidad de los funcionarios públicos...
Los primeros que debemos dar el ejemplo somos los que nos hallamos constituidos en este cuerpo de poder público que nos representa, cumpliendo bien y exactamente nuestras obligaciones.
Conviene acallar a Belgrano defendiendo el medio ambiente...
No debemos mirar al hombre estúpido que no reflexiona sobre sus operaciones propias sino que corre ciego por sobre las riquezas de la naturaleza, la oprime y la estruja para que ella por sí sola le enriquezca sin estudiarla ni ayudarla...
Manuel Belgrano reafirmó con su vida cada uno de sus escritos. Alguna vez los argentinos trascenderemos los cuadros y los bustos de las plazas, escucharemos a Belgrano y ése día tendrá el homenaje que merece. Mientras tanto conviene acallarlo mirando en la dirección opuesta de su mirada y encerrándolo en el marco de un cuadro que nunca quiso.
“Yo me contento con ser un buen hijo de la patria. No me interesa ser el padre de la patria”
Tal vez convenga finalizar con las palabras de San Martín: “Yo me decido por Belgrano: éste es el más metódico de los que conozco... lleno de integridad y talento natural... créame usted que es lo mejor que tenemos en la América del Sur”.
[Encontré este texto que preparé alguna vez para un acto basado en palabras de Belgrano. Me pareció oportuno compartirlo en estos días, ya que no se han difundido mucho sus pensamientos. Por algo será.].
[Publicado también en Villeraturas, 21/06/09]
domingo, 4 de enero de 2009
El festejo
domingo, 27 de abril de 2008
De cruces de arroyos

Lo vi cruzando de lado a lado, por el borde, la pista de baile, debajo del aro que da al río. Por supuesto me refiero a una de esas tertulias veraniegas del Club Regatas. Las adolescentes nicoleñas que teníamos un cierto nivel éramos incapaces de estar en otro lado un sábado a la noche. Sucede que en esos primeros años de los ochenta las cosas había que tomarlas o dejarlas. Las fiestas del club, como les decíamos nosotros, debían durar hasta las dos, no más. La pista estaba vacía porque se acercaba la hora y los minutos restantes eran sólo aprovechados por las parejas en sombríos aprietes de sitios preelegidos en las confortables instalaciones del club mejor puesto de la ciudad. El resto consistía en grupos más o menos numerosos de chicas y chicos por separado que se formaban buscándose al estilo de las golondrinas febrerinas para no volver solos atravesando las escasamente amigables y menos iluminadas calles nicoleñas.
Algo en él me llamó la atención, no sé si su porte despreocupado pero prolijo, quizás la particularidad de que no era nicoleño y se animaba a pisar este ambiente poco menos que selecto o tal vez lo que mis ojos incrédulos debieron aceptar como cierto varios sábados atrás: le había dado bola Amaranta, la repugnante de Amaranta. Alta casi como él, de piel un poco bronceada y cabellos negrísimos como sus ojos era la mina codiciada por todos los que alguna vez tuvieron la oportunidad de admirarla. No eran esos la totalidad de sus encantos, falta sumarle lo más importante, lo que generaba una atracción irresistible ante las huestes de babosos que no la perdían de vista: su impresionante físico que completaba el bello rostro de líneas como dibujadas. Elegía generalmente esos sábados de verano una especie de uniforme -como si no tuviera con qué variar, la miserable- formado por remera blanca y pantalón rojo. La remera ajustada, muy ajustada a sus fantásticas formas destacaba aún más aquellos pechos que todavía hoy sigo envidiando y el pantalón, que no hacía más que delinear el resto de su hermosura. Debo puntualizar, mal que me pese, que ésta limitada descripción puede llegar a sugerir que Amaranta era una de esas mujerotas tipo vedette que rebosan carne por todos lados; nada más distante, sin embargo tampoco se parecía a una modelo de forzadas poses garbosas. Creo que su encanto consistía en la combinación sabia de belleza elegante y delicada armonía que la naturaleza le concedió. Pero no era perfecta, a nosotras, su grupo de amigas o al menos conocidas nos disgustaba su posición de privilegio ante el sexo viril. Ella lo sabía y entendíamos que de alguna forma nos lo hacía sentir, por más que se esforzaba en minimizarlo. Además, no eran pocas las veces que prefería estar sola o rechazaba una invitación para bailar de tipos diez veces más apuestos que éste.
La cuestión es que el susodicho enganchó a Amaranta sin mucho esfuerzo. Qué le habrá visto la diosa del Olimpo nos decíamos nosotras y algunos muchachos que hubieran querido proclamarlo héroe nacional. Y en ese preciso instante en que cruzaba repito, como despreocupado, debajo del aro de la cancha, aprovechando que una vez había bailado con él y parecía un buen tipo lo detuve en seco:
-Hola, ¿cómo estás?- dije tomando la iniciativa.
-Hola, ¿qué tal?- con un beso en mi mejilla derecha mientras retenía mi mentón con la mano.
Aunque la pista ya estaba vacía y algunos se iban, la música seguía atronando...
-¿Me invitás a bailar?- me apresuré a decir porque hizo ademán de seguir caminando.
-Dale- respondió sin gran entusiasmo, y yo pensé “Ésta es la mía”.
Bailamos a la vista de todos. Los últimos temas, desde más o menos las dos menos cuarto, eran una muestra del viejo rock nacional, más para escuchar que para bailar. Cuando sonó “La balsa”, varias parejas más salieron al ruedo, pero no las pude identificar porque estaba como en éxtasis imaginando la cara de culo, no como el suyo propio, que tendría Amaranta. De todos modos no tenía por qué calentarse, lo de ellos era sólo una transa y no se los veía juntos nunca.
Yo no seré Amaranta, pero tengo lo mío, me repetía a mí misma en todo momento y esa noche me dormí cuando amanecía pensando en el chico que cruzaba el arroyo los sábados por la noche.
El sábado siguiente no apareció y el otro tampoco. No salía de mi asombro. Cómo puede ser que no vuelva, aunque más no sea para ver a esa divinidad de Amaranta, que cada vez más retraída fijaba la vista en la puerta del club diríase que horas enteras, ignorando hasta la soberbia música de Génesis, a los desgraciados perritos seguidores que la deseaban furiosamente, sintiendo aparecer en sus pupilas ese raro destello incontrolable del desasosiego creciente. Me hallaba decepcionada por mí, pero sentía que subía por mis piernas un cosquilleo ambiguo que me llenaba de vaga euforia al notar aquel brillo desacostumbrado en los ojos de la que yo sentía mi rival; y eso que sólo había logrado de él un beso en la mejilla al encontrarlo y otro al terminar las últimas notas mientras que ella incomparablemente más. Fatalmente más. Entonces sólo lamenté el descuido de no hacerme acompañar a casa aquella noche para dejarme seducir inocentemente en las sombras del camino. Creo que no me cautivaba su facha ni su físico común y corriente sino el terrible hecho de haber tenido en sus manos a la imposible de Amaranta.
El otoño había caído furioso y apasionado atisbando cómo sus propios colores lo alentaban a perpetuar su tarea secular. Con experta decisión envió sobre la región vientos arremolinados y limpios deseosos de barriletes y de sumisa hojarasca. El club, agrisado ahora, sintió desangrarse de chicas y chicos de turbulentas hormonas que cansadamente poblaron las escuelas, unos con guardapolvo y los más con uniformes de color, confundibles para ser distintos. Coincidentemente, las tertulias de Regatas se terminaron con el verano de mis ilusiones de amor de adolescente cuyo cuerpo relucía estallando en brotes de formas cada vez más definidas. A veces me miraba largamente al espejo y comprobando aumentos de tamaño en las zonas deseadas acudía al recuerdo para compararme imaginariamente con la estupenda humanidad de Amaranta semioculta por la elástica malla azul que parecía pintada sobre su piel bajo el sol veraniego que, artista silencioso, nos pintaba bronces.
Cuando ya los atardeceres comenzaron a adelantarse a la cita diaria, otro sitio nos convocaba; en rigor, nos obligaba a trasponer sus puertas: el Círculo Italiano. Con reglas similares a las de Regatas, las fiestas solían mostrar a veces a reconocidos y nuevos artistas locales entre cortes de la locura audiocromática. Era numero fijo una o dos veces por temporada un flaco, simpático y querido por todo el mundo -Manuel Wirtz- que con sus diecinueve longilíneos años se movía de pronto como un látigo, de pronto como una pluma agitada por la brisa, sobre la tarima haciendo de mimo. Coreábamos su nombre después de cada escena y lo felicitábamos entusiasmadas por su creciente maestría. Él, que nos conocía de la escuela, ponía una mano firme sobre mis lacios cabellos recogidos por un lazo y me lanzaba un consabido: -Estás crecidita, nena- gastándome porque sabía de mis sueños. Hacíamos tiempo preludiando en el Café de la Plaza o Augustus si encontrábamos lugar hasta las diez, hora en que religiosamente ingresábamos en mujeril barra -con sutiles toques de la necesaria histeria para sentirnos más deseadas- al Círculo. El dichoso lugar, edificio con atrio enrejado ante el frente clásico, resguardado por dos tipos de traje serios como lápidas, no era como uno de los boliches de las vecindades. Era un típico salón con una bandeja central baja y grande de pisos de madera -a la sazón la pista de baile- rodeada por columnas que la separaban de una especie de galería rectangular de esquinas redondeadas y abierto por adelante y detrás. El lado externo de la galería contaba con múltiples sillones, que en la zona más oscura hacían de reservado. Sin los juegos de luces, la música y los adolescentes apiñados en su interior se vería, supongo, como una sala de reuniones distinguidas de principios de siglo. La combinación resultaba un ambiente mágico y nos transformaba en niñas de clase aristocrática.
La ausencia de Amaranta nos hacía sentir más seguras y lindas a todas las chicas del grupo. Pregunté, como si me interesara, por ella; me respondieron contentas que a lo mejor había conseguido otro macho que la hacía olvidar de nosotras, pero desconfié de aquella explicación. Lo que sí se reflejaba indudable y me llenaba de un persistente pavor silencioso era que ella no aparecía por los lugares que solíamos frecuentar, pero el tironeado muchacho del otro lado del arroyo tampoco, mientras me asaltaba la imagen de ambos revolcándose felices y trataba de aventarla de inmediato. No podía ser, yo misma había visto a la víctima mirar más allá de sus ojos como si deseara la muerte ante su alejamiento. Había visto esa expresión que no se correspondía en absoluto con su rotunda preciosura y me tranquilicé.
Casi me caigo sentada -lo que hubiera sido el papelón de mi vida- aquella medianoche de helado invierno cuando al doblar una esquina de la galería del Círculo, rumbo a la barra durante las lentas, lo encontré de golpe, todo enterito, enfrente mío. Aquel choque fortuito me devolvió la vida de un soplo. ¡Estaba solo! O con dos amigos, lo que es lo mismo que decir ¡solo! Entonces lo arrastré a la pista colgándome de su cuello y entre los acordes interminables de “Hey, Jude!”, que se empeñaba en cantar, le hice sentir que había crecido, que podía sentirse orgulloso de mis formas y de la forma en que lo miraban envidiándolo sus amigos al ver cómo lo apretaba una hembra como yo.
Mi estrategia surtió efecto en el acto. Su corazón comenzó a palpitar violentamente y rubórizándose comprimió mis caderas contra las suyas. Había vencido. Lo tenía ahí, indefenso ante mis frescos encantos. En ese instante entendí súbitamente lo que significa conquistar a un hombre y me pareció que no había palabra más adecuada para describir lo sucedido y, si poseer implica querer, lo quería con toda mi alma, pues había tomado posesión de ese cuerpo excitado. Mientras el mundo se desvanecía entreví en un ensueño cómo se esfumaba asimismo Amaranta mordiéndose el labio inferior.
A poco de arreglarnos, como se decía entonces, él comenzó a cruzar el arroyo también los domingos en que organizábamos tertulias en “La Vieja Barraca”, cuando todavía no era un reducto bailantero, con el fin de solventar nuestro viaje de estudios. La Vieja Barraca era un tipo de boliche laberíntico lleno de arcadas y recovecos. La guerra de Malvinas, que nos parecía distante lo suficiente para no afectar nuestra vida cotidiana, había traído a los oídos de todos los jóvenes del país esa música nativa que para muchos no había pasado de ser una mera curiosidad. Entonces los momentos más frenéticos pasaban por “No llores por mí, Argentina” y los más románticos por “Menta y limón”, “Años”, “Catalina Bahía”, “En el hospicio”; yo amaba a Pastoral, había corrido a comprar “Generación”, el fruto de la reunión de Alejandro de Michele y Miguel Ángel Erausquín después de unos años. Pastoral había pasado de ser un dúo acústico a un sonido más new wave, pero en todo caso, las palabras contundentes como martillazos de Alejandro lo habían convertido en mi ídolo máximo aunque, en algún momento me haya parecido que el idiota había compuesto “Todas patinan” por mí y mis amigas. Entonces me repetía: ”...saca las brujas de tu cerebro, hoy...” para escapar del maleficio que me había perseguido los meses anteriores. Ese no era el único escape. También solíamos escapar a esa placita con glorietas, pegada al río varias cuadras antes de la rotonda que remataba la costanera contra Regatas, para allí bajo el helado manto invernal de lloviznas vidriosas fundirnos en incandescencia.
Me sentía muy bien junto al misterioso-que-cruzó-el-arroyo, aunque su mirada ausente me hacía a veces temer. Si hasta en ocasiones se asemejaba a su ex-transa por el brillo extraño en los ojos. Me daba esa sensación que uno experimenta cuando, teniendo la plena seguridad de que recorrerá todo el camino, comprueba que no puede avanzar más allá de una cierta barrera o que entró en un callejón sin salida. Todo en él era mío, excepto un último rincón que, paradójicamente, no sabía dónde estaba.
Este invierno que despaciosamente se retiraba hacia el norte iba dejando una estela fresca que esbozaba incipientes colores tímidos al principio y desaforados después, brotando hasta en los más sombríos huecos de las húmedas edificaciones nicoleñas, de por sí bastante tristes y apesadumbradas. Confieso que para mí casi no existió, pasó con mucha gloria y un poquito de pena. Algunos reservados de La Vieja Barraca se parecían a cavernitas acolchadas donde las parejitas lograban sentarse a presión, cosa que no incomodaba demasiado, lo juro. “Afuera es setiembre y a pasto mojado se huele...” vibraba cuando allí enfrente, a modo de un espectro traicionero, a sólo unos cuatro metros, como escapándose de los brazos de un apuesto blondo que la besaba -concentradísimo- en el cuello, me descubrieron los ojos de aquella ya vieja conocida tintineante y escultural, se fijaron en mí, pero no manifestaron odio ni envidia, más bien confusión o desconcierto. Entonces, sin desviar la mirada, con descomunal satisfacción, besé desesperadamente al chico que me pertenecía para darlo a entender de una vez por todas. Era mío. En cambio, el no la veía por la oscuridad y por la forma en que yo reclamaba su atención; mientras pensaba que, aunque lograra verla, nada cambiaría. Al cabo de un rato que me pareció interminable, se paró intempestuosamente interrumpiendo la concienzuda labor de su pareja y se encaminó hacia la salida saludándome con un gesto impasible que tomé como una afrenta, mientras él la seguía como desconcertado lanzando preguntas y reproches. Amaranta no había olvidado.
El primer fin de semana de octubre, llegó con la sangre alargada del atardecer en sus sombras nuevas y tardías. Un estremecimiento me conmovió profundamente cuando la radio con metálica voz cansina, entre otras pavadas, anunció la muerte de Alejandro -el de Pastoral -, poeta del sufrimiento estéril, de cara sangrante por haber gritado fuerte, en un accidente. Fue allí que apareció él. Sin explicaciones se negó a alguna invitación de paseo por Nación y caminamos bajando avenida Alberdi hacia la costanera. En aquel momento comprendí que se aprestaba a develar aquel misterio oculto que no permitía mi conquista total; ese núcleo resistente atrincherado en su conciencia, se expondría limpiamente, saldría a matar o morir. Entonces callé, como él. En el silencio que nuestras pisadas se negaban a romper, abrí penosamente algunas puertas interiores rompiendo los precintos que yo misma había sellado con cuidado para encerrar mis temores. Me descubrí vacía y estúpida, sin fuerzas para afrontar una sublevación de mis dominios. Pulularon en mi mente la entereza y el dolor de Amaranta que no lograba apagar ese rubio publicitario, los ojos sin dueño de este misterioso compañero de mi preferencia a quien había conquistado con mi seducción, su voz áspera que derramó y bebió dulzuras sobre mí, pero nunca me dijo que me amaba.
Al fin de la suave pendiente, el pasto de la plaza se veía como complacido por el corte que se hacía esperar y se aprestaba a inclinarse ante el manso rocío que el sol, en su portentoso ocaso enviaría como mensajero de la noche. Tres o cuatro estrellas insistían en perforar de antemano el firmamento que trocaba a tintes violáceos.
Él se sentó como cansado, acompañado por un suspiro breve, contenido. Yo, que no lo había mirado durante toda la bajada, noté que algunas lágrimas surcaban sus claras mejillas abatidas y otras se habían secado con la brisa de la tarde. Cuando mis manos se tendieron temblorosas a acariciar su rostro humedecido notaron un semblante cálido y a la vez resuelto. Quise besarlo para devolverlo a la realidad de mi atractivo indiscutible, pero se apartó como mirando el río a su izquierda. Rodeando mis brazos su cuello lo agarré por la nuca con ambas manos y estrujé su cara sobre mi pecho palpitante suplicándole que vuelva a apasionarse bebiendo de mí. Me alejó tomándome de la cintura delicada pero firmemente, sin dudas el escondido bastión seguía inexpugnable y mi sensual conquista fracasada al fin, sin recursos. Enceguecida por mi propio llanto me lancé sobre él para abofetearlo, no se movió. No recuerdo la catarata de insultos que lancé sobre la despreciable de Amaranta, que otra vez me relegaba y lo golpeé con todas mis fuerzas. Grité por qué no era capaz de acordarse de cómo se calentaba conmigo, de cómo cayó a mis pies, de cómo vivió conmigo momentos que ni siquiera soñaría con ella
Cuando al final me quebré en sollozos convulsivos sentándome a su lado, ya inofensiva, sostuvo mi mentón con la mano derecha y, mientras con la otra despejaba de cabellos mis ojos enrojecidos para mirarlos con una serenidad enorme, dijo dulcemente: -No sé si es ella, porque mi corazón nunca pudo cruzar conmigo el arroyo-. Y sin decir otra palabra se encaminó subiendo por Alberdi a la primera parada del interurbano para nunca más volver.
sábado, 19 de abril de 2008
La plaza

Dormir en la plaza no es divertido. Un día a lo mejor sí; pero dormir, de dormir siempre, como quien dice vivir, no señor. Sobre todo ahora que cambiaron los viejos bancos de madera por éstos otros de cemento que no tienen la forma de nadie. Sin embargo, una vez me tocó a mí y no me queda otra. Después de que te echan varias veces los milicos, ya formás parte del paisaje y no te joden más. Bah, es una forma de decir, porque desde que estoy aquí empecé a odiar las vísperas de feriados nacionales; en la limpieza de ese día me rajan y me tiran a la calle mis pocas pertenencias. Parece que si yo no estoy el veinticinco de mayo, el país es más sano y el intendente purifica su conciencia. En general, el veinticinco no hay tanto problema, pero el nueve de julio... ahí sí que se pone brava la mano. Eso de buscar donde meterme por una noche de pleno invierno no se lo deseo, mi amigo. Lo bueno es que siempre se encuentra alguna obra en construcción.
¿Por qué no vivo en una obra de esas abandonadas? No, déjeme. Por ahí aparece un chorro, un borracho o un vecino loco y te hace sonar de cayetano. Acá en la plaza nadie me toca. Fíjese que los pibes me saludan cuando pasan para ir a la escuela...
-¡Chau, Nogueras!
-¡Chau, pibe, chau!
¿Ve?, son todos amigos míos. Hay tres pibes que, de vez en cuando, al pasar me dejan unas masitas. Yo les digo que no, que no necesito, pero me las dejan igual.
-Tenga, se las afanamos a mi vieja, que tiene almacén-, dice el más grande, les agradezco y se van.
Usted dirá que son amigos, pero de lejos, que no se me arriman. Puede ser, pero yo valoro esos gestos amables como el del cura, que el otro día me regaló un rosario y me recomendó por lo bajo que no ande pidiendo en la puerta de la iglesia; no sé por qué porque yo nunca anduve molestando gente ahí, además yo respeto la religión. Además, vea, acercarse a mí no es fácil, con estas pilchas mugrientas y esta barba...
Dormir en la plaza no es divertido, pero a veces es interesante. Las parejitas ya no se cuidan de mi presencia y rascan que da calambre. La que veo seguido es la hija de Maltagliatti, cambia de novio seguido la mocosa. Esa va a terminar mal, quién se va a hacer cargo del pibe, si se lo hacen. Bueh, que haga lo que quiera, a mí me dieron tantos consejos y mire como terminé.
Una nueva, los pibes vienen a chupar cerveza acá, le dan de lo lindo, che. ¿Está barata o no tienen otra cosa que hacer? Yo les digo -¿No les da vergüenza, caracho?- y ellos se mean de la risa y de lo que chuparon. La otra noche una parejita, tendrían catorce o quince, se trajeron cuatro latitas y después compraron un porrón. ¡Uy, dios, cómo le dieron al pico! Primero chupaban y se besaban; al rato ya ni se besaban y se fueron quedando dormidos. Intenté despertarlos, pero después los dejé dormir y los tapé con mi frazada, no la rota, la otra, la que me dieron el otro día los viejitos de acá enfrente. A eso de la seis o siete se despertó la piba primero. ¿Sabe lo que me dijo? -¿Qué mierda me pusiste encima, viejo roñoso?-, revoleó la frazada, lo despertó como pudo al pibe y se fueron a las puteadas. La piba podía ser mi hija por la edad, pero no me calenté, ya va a aprender lo que es la vida.
Tuve varias compañías en éstos años, la mayoría tipos de paso, buena gente, algunos no. Andan afanando por los tendederos o en las verdulerías. Más de uno después me echa la culpa a mí. Por eso yo prefiero estar solo, de paso si nos amontonamos muchos tipos acá nos rajan en serio y yo estoy bien; bueno, que sé yo, bastante bien ¿no?
¿Si extraño algo, me pregunta? La verdad que sí. Una casa, una mujer, hijos... Mi mujer murió, sabe, después de diez años de casados -de cáncer- y no pudimos tener. Yo empecé a chupar y me echaron de la fábrica por el noventa. Ahora ya ni chupo, ni una gotita, lo juro. Pero perdí todo. Me vine para acá a ver si conseguía trabajo, nada... Y eso que soy joven todavía... Y, sí, estoy un poco arruinado de pinta, se me pueden contar los huesos. Además, Nogueras en un linyera, quién lo va a tomar.
Pucha si es lindo tener un hogar, qué le parece. Yo lo tuve, sé lo que es bueno. Usted sabe, el olor a café caliente en las mañanas frías, las sábanas tibias, sentirse querido. Las mateadas en el patio, pisar las hojas caídas de los fresnos antes de barrerlas y quemarlas en un montoncito para sentir el olor, uno de los más ricos que conozco; tanto que a veces lo hago acá cuando consigo fósforos. ¡Que lo parió!
Pero, vaya, que se hace de noche y se está poniendo fresco. Disculpe si lo entretuve con la charla, pero hoy en día es difícil encontrar con quien hablar. Ah, y gracias por el pororó, algún día se lo voy a pagar, si dios quiere.
viernes, 11 de abril de 2008
Eugenio

Alguien diría que Eugenio les jugó una mala pasada a sus amigos, pero quién sabe. Hasta aquel acontecimiento todos pensaban que era un tipo fiel de aquellos que no fallan, aun en las peores circunstancias. Lo que sucede es que es muy difícil escrutar profundamente lo que pasa en el corazón de las personas. No en vano hay una gran serie de pensadores de toda época y lugar que han tratado de discernir ésto y que han hecho enormes aportes al conocimiento del alma humana, sin embargo muy pocas veces los resultados han logrado consenso. El conocimiento del otro, visto está, supone un problema filosófico-psicológico muy difícil.
De todos modos si el infierno son los otros, a lo Sartre, no era el caso de lo que suponía Eugenio de sus amigos, al menos aparentemente antes del suceso de referencia.
Era de los tipos que no hablaban mucho en reuniones públicas, pero entre sus amigos lo reconocían como alegre, bromista y despreocupado. Algunos dicen que siempre fue un desgraciado fracasado con ganas de llegar a ser notorio. Cierto es que la mayoría de sus amigos frecuentaban algunos círculos sociales locales a los que él no tenía acceso, pero éstas son suposiciones temerarias de muy poco valor.
Tampoco puede asignarse validez a todas las cosas que se dicen por ahí.
La gente del barrio comenta por lo bajo que lo hizo porque Mónica no le daba bola y -no sólo eso- se fijaba bastante en Miguel Ángel, Milán para todos los que no lo citaban por el apellido. Milán era un poco más bajo que Eugenio, uno de sus amigos, y de un aspecto un poco lamentable, ya que su delgadez extrema se complementaba malamente con unas chuecas muy chuecas. Colorado hasta los dientes, parece que Milán era una combinación atractiva para Mónica, una de las minitas más lindas del vecindario.
En cambio, para ella, Eugenio casi no existía. Apenas el saludo diario -ella era cajera del autoservicio de la otra cuadra- y nada más. Las viejas mascullan que los ojos de Eugenio se nublaban en la cola de la caja, como quiera entenderse ésto.
Parece descabellado suponer que Eugenio lo hubiera hecho por venganza o algo así.
Eugenio nunca se animó a hablar con Mónica de su interés por ella. Es más, al cruzarse sus miradas él bajaba la vista o, comprometido, preguntaba por el precio del primer artículo que se le cruzaba por la cabeza. Ella contó que una vez le preguntó por el precio de un short de baño a pesar de que en el autoservicio no se vendían. Estaría soñando con una escapada de ambos a alguna playa hawaiana. Con Milán era otra cosa, éste le sacaba conversación de cualquier tema, sin abordarla directamente, pero Mónica se enganchaba y se la notaba divertida.
Milán solía ir a comprar algo muy tarde, casi a la hora de cerrar y, si el tiempo estaba frío, lluvioso o muy oscuro en invierno, le proponía llevarla en su Peugeot 504 marrón hasta su casa a cinco cuadras y ella aceptaba siempre.
La relación con Mauricio era distinta, como trabajan juntos, era una especie de complemento de Eugenio. Más afecto al trato público, era el presentador, pero en el grupo Eugenio bromeaba por los dos ya que Mauricio no tenía un pasado en común con los demás. Unos tres años atrás, cuando Eugenio entró a trabajar como administrativo en una empresa de transporte de carga, conoció a Mauricio que fue el encargado de transmitirle su experiencia en el puesto y él, a su vez, comenzó a enseñarle los rudimentos del manejo de planillas de cálculo en la computadora, que hasta el momento lo espantaban un poco.
Se puede presuponer que la relación entre ellos nació por conveniencia, pero se fue consolidando con el paso del tiempo y de a poco Mauricio se fue haciendo habitué de la barra, ganándose la confianza de los muchachos.
Mauricio medía alrededor de un metro ochenta (un par de centímetros menos que Eugenio), tenía un perfil tan semejante a él que muchos los creían hermanos. Nadie puede creer cómo Eugenio le falló también a Mauricio y es difícil imaginarse el paso de las horas en la oficina a partir de ese momento.
El último año, Milán y Mauricio estrecharon lazos y no es aventurado conjeturar que Eugenio comenzó a tejer celos el día que, en medio de una broma, él quedó pagando y los otros dos -entre guiños- se reían como descosidos. Quizá no le cayó bien que Milán -que le arrebató el corazón de Mónica- se ganara ahora la simpatía de su compañero-complemento pudiendo prescindir en cualquier momento de su presencia. A tal punto que a veces, paseando por la avenida principal y viendo el Peugeot marrón cerca de Honey Don't, un bar que no frecuentaban, se asomaba temiendo encontrar a Milán y Mauricio riéndose cerveza de por medio. Temía más esto que encontrarlo con Mónica ya que su corazón se iba despidiendo de ella muy de a poco pero a paso firme.
Sergio era el langa del grupo y el sabelotodo. Enloquecía al noventa por ciento de las minas que recién lo conocían. Atlético y de andar prominente, además era el profesor de aerobic de toda adolescente pretenciosa de la ciudad. Generaba una relación ambigua en el grupo. Todos lo envidiaban y él lo sabía; por otra parte ellos valoraban que no se desprendiera de la barra en busca de otra más centro y acorde a su status. Gracias a él los muchachos conseguían pareja rápidamente en los boliches, ya que los grupos de chicas se acercaban a saludarlo y así trababan diálogo entre todos.
En el fondo, los demás dudaban en engancharse en serio con alguna de esas minas ya que Sergio planificaba regularmente campamentos de fin de semana con grupos más o menos reducidos de chicas. No pocas veces el campamento se restringía a Sergio y una de las chicas. Y los demás muchachos reventaban de bronca porque no eran de la partida nunca. De todos modos ninguno se animaba a quedar mal con Sergio por varios motivos: para no romper la amistad, para no perder de vista a las minitas antedichas y para no quedar desairados en una discusión. Sergio tenía respuestas para todo y demostraba una seguridad en sus afirmaciones con la que era muy difícil confrontar. Queda por decir que Eugenio lo admiraba y en ocasiones, que planificaba muy bien, se hacía acompañar en un paseo o de compras por el centro para hacerse ver con él.
A la larga, charlar a solas con Sergio resultaba cuando menos aburrido. El tema central siempre pasaba a ser alguna de sus aventuras de éxitos con el bello sexo o alguna opinión –seguramente preparada de antemano– sobre algún tema que él consideraba serio y lograba cautivar a ocasionales audiencias desprevenidas, no así a sus amigos que lo conocían demasiado. Es de suponer tranquilamente que era el tipo de candidato a ser traicionado de forma tan vil.
Con Aníbal la cuestión era diferente, viejo compañero de infancia y de andadas barriales de Eugenio, era el más independiente del grupo de manera que solía ausentarse imprevistamente toda vez que se preveía que Sergio saldría con una homilía como las suyas o que veía pasar a Alejandra, que alguna vez fue su novia y lo dejó marcado a fuego como dejaba a cualquiera que la observaba ceñida por sus ajustados vaqueros que sólo copiaban sus largas piernas. Ella decía que lo había dejado por su bohemia y su descompromiso con todo y Aníbal aseguraba que la dejó porque él anhelaba más que una hembra fogosa y bravía. Ésto se torna dudoso en vistas de que salía corriendo de cualquier lado para acompañar y, aunque más no sea, charlar unas cuadras con la bella Alejandra.
Es indudable que sólo la certeza de una conducta enfermiza disculparía una traición como la de su amigo de varios lustros.
Alejandra era amiga de Mónica. A pesar de que le llevaba unos cuatro años siempre supieron congeniar y formaban un trío muy unido con María de los Ángeles, Angie, un poco menos agraciada que ambas, pero dueña de una simpatía particular que aportaba una armonía especial al grupo. Se dice que jugaban muy bien al truco en equipo y eran imbatibles en punta y hacha. Una vez, para tener en cuenta, se enfrentaron en una mesa del parque arbolado del Club Unión con Sergio, Aníbal (por entonces novio de Alejandra) y Milán, mientras Eugenio cebaba mate dando gracias a todos los santos porque alguno quiso que quedara espacio para sentarse a un lado de su inaccesible Mónica, que por supuesto no le dio mucho calce y conversaba con Milán, al otro lado. En la ocasión hizo gala de sus cualidades de chistoso oportunista recibiendo carcajadas de aprobación de todos hasta que, desubicadísimo, Mauricio le cortó la inspiración yéndolo a buscar para unas horas extras en la oficina.
Solían quedarse horas y horas los cinco juntos disfrutando de sus correrías en común, anécdotas de infancia y bromas compartidas obligando al tiempo detenerse. Ninguno de los cuatro -ni Mauricio en su compañerismo, ni Aníbal en los años de amistad, ni Sergio en su aporte de status y jóvenes entusiastas, ni Milán en su historia común- podía imaginar que Eugenio sería capaz de tremenda deslealtad
El punto es que hoy Eugenio sorpresivamente pidió traslado a su jefe. Supone que, instalado en la sucursal Córdoba de la empresa, perderá el rastro del pasado y de su a todas luces reprobable actitud. El jefe lo está estudiando previa consulta a Mauricio quien ruega no hablar del tema.
Sergio le cuenta a Aníbal en un largo monólogo cómo sedujo a Angie todas las veces que quiso. A Aníbal no le extraña que no nombre a Alejandra, sabe que lo hace para no herirlo, y piensa en suicidarse.
Milán y Mauricio toman un café en Honey Don't y prefieren prescindir de la palabra Eugenio.
Ella escribe en un papel Eugenio te perdono, perdoname vos a mí..., y atrás: ...porque siempre te amé y no me animé a decírtelo. Mañana no irá a trabajar y pasado tampoco.
lunes, 31 de marzo de 2008
Crocce

Cuando joven había emigrado luego de la guerra en busca de un mundo paradisíaco y promisorio, de aquel mundo que estaba en boca de todos en la península antes y después del cuarenta y cinco. Su lejana simpatía con el régimen le recomendaba la Argentina, país de militares entusiasmados con esa política y un poco desorientados al tener que tomar partido por los vencedores de aquella guerra adversa. En qué otro lugar iba a estar más familiarizado con las costumbres que allí, pensaba, donde hubo ya varias oleadas de italianos, aventureros unos, muertos de hambre la mayoría. Había considerado como posibilidad Brasil, pero especuló que era una tierra más salvaje e inhóspita; además no simpatizaba con los negros ni con el mestizaje. En el fondo, se había creado para sí la imagen de colonizador. Él era Europa, se suponía culto y cargaba de un dudoso acento francés a sus palabras para sentirse más seguro de ello.
En Italia había trabajado en una fábrica de armas desde su adolescencia y había pasado de producción a control de calidad cuando empezó la guerra. Se salvó de ir al frente por su oficio, que conocía bastante bien. Con la caída del Eje y la miseria rodeándolo por todas partes, sintió que desperdiciaría su juventud reedificando ese país de sueños perdidos desplomado estrepitosamente y decidió partir.
Buenos Aires no resultó un mundo demasiado extraño para él al llegar, algunos lugares le recordaban las grandes ciudades italianas de preguerra. Había barriales en los que todos eran italianos, incluso comprovincianos. De todos modos, pocos tenían empleos importantes en la gran ciudad, la mayoría se hacinaba en conventillos y pensiones de mala muerte y sobrevivía con empleos temporarios, algunos entraban en el ferrocarril, pero por las dificultades idiomáticas terminaban haciendo de peones en los tendidos de rieles, trabajo duro si los hay. Él no era para eso, además resolvía bastante bien el problema de la lengua. En la fábrica de armas, su superior era un ingeniero aragonés recomendado por Franco a la cúpula del Duce. Entonces aprendió primero algunas expresiones y luego los rudimentos gramaticales del castellano. Junto a su forzado acento francés lograba hacerse entender de maravillas entre la población -para él ignorante- de estas tierras.
Crocce no comprendía muy bien cómo tantos compatriotas suyos, europeos como él, la pasaban tan mal en Buenos Aires; al fin y al cabo eran los colonizadores. Poco a poco, y mientras transitaba de un empleo a otro, una sensación repugnante lo asaltaba por las noches. Se veía como los demás, resignado a sobrevivir a duras penas, apiñado como estaba en la pensión y sin diferenciarse de ellos. Trataba de anteponer a ésta una imagen suya, en un retrato grande, ovalado y con adornos metálicos, ceñido el cuello por un moño, la vista en el horizonte conquistado y unos anteojos finos, al modo de los intelectuales de la época. La mayoría de las veces no lo lograba, la sensación entonces se convertía en un pavor incomprensible: el paraíso se había convertido en un infierno y él no lo merecía. Apretaba el rostro contra la almohada, humedecidos sus nuevos bigotes, y rogaba dormirse, pero hasta el sueño le era huidizo, no sólo la suerte.
Como el peronismo en el poder obligaba a tomar partido, decidió trabajar para el General entre sus congéneres; de paso, quizás, conseguiría un empleo digno a través del partido, un puesto político o un alto cargo en alguna empresa del estado, imaginaba. Algo de eso sucedió, le dieron un puesto de recepcionista en Retiro, para asesorar a los recién llegados del interior en busca de posibilidades en la gran ciudad. En cierta forma era un puesto estratégico, políticamente hablando: el partido se aseguraba un recibimiento adecuado para la gente que teóricamente engrosaría sus filas simpatizantes en la capital. Él se sentía muy bien, probaba posturas ante los aspirantes a porteños; unas veces hacía de aristocrático intelectual, otras de asesor paternalista, no pocas tomaba modos de gerente general y daba órdenes al personal de limpieza que lo miraba entre desconcertado y temeroso.
Los recién apeados en Buenos Aires lo tomaban por alguien encumbrado. Quizás porque en muchos pueblos del interior los recién llegados para vivir eran atendidos por un personaje influyente del lugar, el comisario o el mismo jefe comunal. La presencia y arrogancia del italiano intimidaban a muchos a pesar de la juventud que brotaba desperezándose por detrás de esos bigotazos que peinaba prolijamente en perfecta simetría.
Con el colapso del peronismo se lamentó por no haber aceptado la invitación de aquel alto oficial, que en uno de sus pasos por Retiro le había ofrecido unos meses atrás un cargo de traductor trilingüe en el Ejército. Crocce lo rechazó gentilmente, asegurando que su trabajo en la estación era un servicio primordial a la Patria; probablemente conjeturaba su pronto ascenso a alguna dependencia del Ministerio del Interior. Pronto la Revolución Libertadora se encargó de limpiar de propagandistas la estación y esta vez quedó en la vía, o a un paso de ella. ¿A quién podía presentarse aquel recepcionista feroz y altanero, para pedir empleo? Nadie lo reconocería, sería un desconocido, poco menos que un aborigen en el lugar que había creído conquistado.
Anduvo un tiempo deambulando. Cambió varias veces de empleúchos. Se mezcló en el ambiente de mujeres fáciles y hombres difíciles de los piringundines marginales, para ocultarse para sí su desazón hasta volver los fantasmas el día que osó enamorarse de la cabaretera equivocada: se salvó de la muerte pero no del puñal. Antes de caer en la desesperación, escapó del hospital y volvió a recorrer atardeceres y andenes de Retiro, observando con asco y fastidio al correcto señorito almidonado que ocupaba su lugar. Uno de los muchachos de limpieza, en un acto que Crocce quiso interpretar como de agradecimiento, le indicó la presencia de unos cartelitos minúsculos pegados en las vidrieras: ofrecimientos laborales. Uno de ellos pedía expertos mecánicos para una empresa siderúrgica naciente más allá del Arroyo del Medio, sobre el Paraná. De pronto, se estremeció, sintió un intenso escalofrío recorriendo su ancha espalda, cerró los ojos y recordó como -unos quince años atrás- los metales y mecanismos percutores pasaban por sus manos, con qué habilidad los armaba, desarmaba y calibraba con el asesoramiento del aragonés. No lo dudó, corrió a la pensión envuelto en una extraña euforia, las treinta y cuatro cuadras sin parar y sin saber muy bien por qué, volteando al churrero y pateando perros. Entró, embolsó lo que pudo de lo poco que conservaba, se lavó la cara y se peinó antes de tirar los bártulos por la ventana y salió caminando con el aire intelectual que se le conociera un tiempo atrás. Como en un rito solemne recogió sus cosas y lentamente volvió caminando a la estación que supo de sus mejores momentos, mirando por última vez cada esquina, cada cartel, cada bar, los enmarañados cableados, los movimientos de ese lugar que mágicamente lo invadía y lo perdía para siempre. Antes de entrar en la estación del Mitre se sentó a respirar hondo en Plaza San Martín como queriendo llevarse dentro ese aire perfumado y enrarecido a la vez; quizás, incluso dudó entre irse o no. Nunca había salido de Buenos Aires y lo atemorizaba la visión imaginaria de esas pampas semidesiertas e interminables que lo esperaban para devorarlo o tal vez sepultarlo, en la gran ciudad se sentía como respaldado, contenido e incluso protegido por el armazón de hierro y cemento.
Enfiló para el portón, pero con un pie en el escalón giró y se encamino hacia el río. Se quedó un rato suspirando como por un amor perdido, viendo como las sombras rodeaban y acentuaban las macilentas luces de las balizas que alguna vez fueron rojas, más allá de la Dársena Norte. Al fin pateó un cascote de tierra que se hizo mil pedazos y una nubecita de polvo y remontó el camino a la estación, a la espera de algún tren con destino a Rosario.
Despertó sobresaltado. Sólo matorrales a ambos lados de la vía. De pronto un arroyo, otro y otro. Se sintió cruzando el Atlántico de nuevo, sin amor, desterrado; mientras cavilaba comenzó a percibir, levemente primero y atrozmente después, que necesitaba echar raíces, ser de alguien, de algún lugar, de ser querible para alguien. Descubrió delante suyo un matrimonio de campesinos con tres chicos que volvían a su pueblo. Los dos menores de más o menos cuatro y cinco años, se sentaron a su lado sacándole conversación, fascinados por su acento y su pronunciación. Él les preguntaba el nombre de las grandes aves de las cercanías de los arroyos y ellos respondían dándose importancia. Luego de cada respuesta volvían al asiento de sus apacibles padres para contarles al oído aquella aventura de charlar con un extranjero de extraño acento y más extraño aspecto.
Rosario le pareció vulgar y sin pensar demasiado decidió partir enseguida en pos de la industria que buscaba y prometía, unos kilómetros al sur. El destino era Villa Constitución y Crocce la entrevió similar a un villorrio de la campiña italiana.
Cuando llegó se desilusionó tanto que se quiso volver con urgencia a la Capital, pero no era sencillo conseguir transporte. Villa Constitución, Villa como decían los lugareños era poco más que un agrupamiento importante en el centro y una gran barriada rodeando los talleres del ferrocarril. El resto, caseríos sueltos, como desconectados y, para colmo de males, la fábrica estaba unos kilómetros más al sur, camino a San Nicolás. Sin embargo hay un puerto en movimiento, trenes e industria naciente, pensó Crocce como queriendo convencerse. Eran muchos, los que como él se acercaban en busca de un trabajo digno. Llegaban del campo, de Peyrano, Santa Teresa, Máximo Paz. Por su experiencia lo tomaron como capataz y entonces supo recobrar su altanería, pero se dio cuenta que el artificioso acento francés se había escapado para siempre de sus labios resecos por la soledad. Otros gringos (ya se estaba acostumbrando al mote) como él habían llegado como “inyenieri desarmista” fingiendo supuestas virtudes, pero él no necesitaba fingir, había aprendido alguna vez a tratar a los metales con respeto y maestría.
Con el paso del tiempo, esta tierra lo conquistó a él, formó una familia, pudo construirse una casita, el hogar que necesitaba. Conoció a Liliana en los bailes de carnaval del Club Riberas. Ella se extrañaba al ver un gringo como Crocce que hablaba fluidamente y con algún aire de porteño; se maravilló por el hechizo de aquella vida ajetreada y cambiante. Crocce a su vez sintió, a poco de tratarla, que ésta humilde moza venida de un pueblo vecino era un reposo suave para sus pies cansados, una brizna de aromo tenue y dulce que lo acariciaba. Y supo, sin proponérselo, que había comenzado a echar raíces.
Vinieron los hijos, dos varones y una mujer. Y con aquella ganancia vital fue perdiendo su arrogancia de conquistador europeo. Fue así cuando un día imprevisible, se percibió a sí mismo como una especie de Moisés reaccionando ante el despido injustificado y despótico de uno de sus subordinados. Se ofreció a sí mismo como reo. Pero no. El obrero fue despedido y Crocce pasó a ocupar su lugar de operario raso. Los días de embeleso ante el encanto y la paz de su familia fueron dando paso a una inexplicable angustia que sin saber cómo reclamaba un lugar en su corazón.
Sus ahora compañeros y antes subordinados reconocían esa especie de autoridad moral que supo imponer aun involuntariamente. Lo eligieron delegado de la UOM, su nuevo sindicato. Y descubrió algunas cosas que no habían existido entonces en su mundo. Se hablaba de injusticias, de burocracia, de utopías... ¡De utopías..! Alguien le explicó que era como esperar que las armas se conviertan en herramientas y los lobos convivan con los corderos. Bajo la piel de Crocce, algo bullía. Los viejos espíritus que lo llevaron alguna vez a simpatizar con el régimen fascista de Italia habían desaparecido de su conciencia sin darse cuenta; en su lugar nacía otra esperanza y él sabía que no era de cruzarse de brazos.
Liliana no entendía demasiado qué significaba todo aquello, pero fiel al fuerte árbol que no temía ráfagas ni torbellinos, se entregó una vez más como la buena tierra donde el árbol se afirmó con toda la profundidad necesaria para no desfallecer y ser arrancado. Y llegaron los grises y gloriosos días de los setenta y pico, la resistencia metalúrgica y la represión.
Entonces, en una tarde como todas, en una calle y una casa como todas de la ciudad, con el sol queriendo caer apresuradamente para no presenciarlo, oyó Liliana cuatro golpes secos e indiferentes a su puerta; en silencio se acercó a la persiana: un Falcon negro detrás de un coche naranja del que sólo pudo observar la parte trasera. Crocce comprendió todo súbitamente, abrazó a Liliana, la besó enredando las manos en sus largos cabellos y -mientras otros cuatro golpes resonaban ahora impacientes- acarició a cada uno de sus chicos azorados y salió.
Lo subieron al auto negro, mientras los últimos rayos del sol se negaban a brillar en el metal de las armas que lo apuntaban. Antes de que se vayan, Liliana contempló, como nunca antes, el rostro de su amado y -antes que vencido- se le ocurrió ver en él al gallardo conquistador cuya expresión triunfal envolvió delicadamente su corazón de madre y esposa esos años.
A los tres días apareció su cadáver en un cañaveral de las cercanías junto con otros dos. Habían sido torturados antes con la crueldad que se presentía habitual.
Liliana y los niños pasaron unos años en casa de unos viejos tíos lejos de allí. Volvieron a su hogar un amanecer de marzo del ochenta y tres con quizás las primeras luces del alba de la más oscura noche.
Ahora que los fantasmas de la vida no resuelta se aquietaron, Liliana sabe que hay otros fantasmas. Los de otros que, como Crocce en los tiempos duros, aprietan el rostro en la almohada y no ven más horizonte que un océano de incertidumbre o una pampa reseca y dura que no permiten arraigar. Pero también sabe que hay mujeres como ella, dispuestas y fecundas y que cuando los árboles mueren enriquecen la tierra que sostendrá a los que vendrán. Por eso sus hijos comprenden que hay esperanzas, las de sus manos, entrelazadas con otras.
jueves, 20 de marzo de 2008
Elogio de la lluvia

Me gusta la lluvia. Me gusta el sonido de la lluvia retintina a veces, violenta otras. Me gusta que acalle las voces diarias y repentinamente se cuele entre las grietas del blindaje que llevamos puesto o que construimos como los caracoles y nos ablande un poco. Me gusta cuando apaciblemente se deja caer despreocupada, insolentemente vertical definiendo lugares y cobijos.
Es hermoso caminar bajo la lluvia, así, tan vulgar como las letras que escribo puedo declarar y manifestar que es bárbaro mojarse lentamente. Las primeras gotas salpican destellos en tu pelo suave y sediento, se quedan como esperando adornar aun más tu sonrisa; pronto son arrastradas por otras más presurosas, diluidas y tan pronto como caen se transforman en un sólo paño confuso. Muchas intentan penetrar por debajo de tu abrigo para besar tu piel y lo logran y te besan y se funden en la tibieza de tu cuerpo. Y yo las imagino y envidio un poquito la naturalidad con que te acarician.
Otras quedan en los árboles y cuando para la lluvia siento la tentación irresistible de darle un golpe seco al tronco para que se moje un poco mi hermano como en los viejos tiempos. Las más llegan al suelo, conocen perfectamente su camino de ir siempre, deshacerse, reunirse, penetrar hasta lo más hondo y un poco más.
Después de estos delirios te diré que sigue siendo bella y lo sería, quizás, sin que nadie la observe y piense cosas como éstas o aun peores.
La lluvia nos desnuda, nos muestra indefensos. Y más le teme el más encumbrado, el que toma tantas precauciones en su vida que sufre el barro que lo refleja y amenaza: Vos sos yo y yo soy vos. El mundo artificial teme demudarse con la lluvia. Por eso amo tu rostro sereno realzado por el agua virginal que opta por seguir tus rasgos suaves sólo un instante antes de perder la vida en la caída. Porque saben esas gotas que después de haberte acariciado merece la pena la muerte, que ya no es la muerte.
Entonces pareciera que todas eligen recorrerte y besarte. Incluso las que quedan en mis manos reclaman la caricia de tus mejillas caudalosas y ellas, descorriendo sutiles velos, roban en sus dedos el brillo de tus ojos y lo ofrendan a la lluvia serena y majestuosa de la tarde. Y veo aquellas que contornean exactamente tus labios trémulos y sedientos en procesión infinita y devota y sospecho que me llaman. Dudo entre besarte o mirarte cuando ambas cosas son una sola y cuando tus ojos dicen más que tus silencios mientras el agua corre y corre y ninguno de los tres extraña la presencia del sol que presintiendo lo que sucede bajo el manto nuboso decide ocultarse sin sonrojo esta vez.
La noche llega sin avisar porque fue llegando todo el día. Entonces adoro rodear tu cálida cintura embebida firmemente para que te adviertas más segura. Y caigo en vaga fascinación cuando espero que te estremezcas sobrecogida entre destellos y truenos que pugnan por verte.
Y cuando no estás... Cuando no estás el gris propicio enmarca las miradas largas y horizontales que te reclaman. No desesperan porque como ayer, como siempre llegarás en abril o setiembre con las tenues lluvias que preludian tus pasos. Entonces sonrío y puedo ver más allá de tus ojos. El paisaje de tu rostro mojado permanece en el rostro del paisaje mojado. Algunos corren, otros se detienen y refugian. Niños felices chapotean sus reflejos fugaces en los charcos o atisban detrás de las ventanas respirando hondamente el aire fresco sintiéndose vivos. No hay pesar ni tristeza, la caída constante y hasta parsimoniosa de las rectilíneas gotas insinúa eternidades y sugiere otras miradas. Aquí estoy y allí estás. Entonces salgo y me dejo besar por la misma lluvia que acaricia tu piel que es mía.
viernes, 14 de marzo de 2008
Rivero sosteniendo el arbolito

Juro y rejuro que mientras esté Rivero sosteniendo el arbolito en el frente de su casa, el mundo no se va a caer. La verdad es que nunca sabremos qué hace este tipo mirando pasar años, mujeres del barrio y perros vagabundos, allí, sin inmutarse, sin que su tiempo transcurra.
Recuerdo años de mi infancia y me parece ver tan patente como ahora a Rivero sosteniendo el arbolito, con el mismo aire lejano, sin despeinarse, con esos anteojos cuadrados y verdes, tan verdes como las bolitas de vidrio de sifón.
Juro y rejuro también que no conozco el color de sus ojos ni su expresión, jamás los he visto y si alguna vez alcancé a divisarlos fue hace tanto tiempo que no me llamaba la atención aquel Rivero sosteniendo el arbolito.
El hombre no envejece y para mis adentros temo que sea aquel famoso héroe de leyenda traducida a mis días por El Tony, Fantasía o D'Artagnan -no me pregunten cuál-, sublime y misterioso Gilgamesh, el Inmortal.
Un día, quizás cuando llegue el fondo de mi existencia, veré a Rivero sosteniendo el arbolito, sin envejecer y esperando renovar una vez más su stock de transeúntes casuales o cotidianos.
Cada vez que paso lo saludo unas veces más atentamente que otras (él apenas mueve la cabeza y en ella los labios) y casi nunca me pregunto qué hace Rivero sosteniendo el arbolito, en qué piensa.
A veces me asalta una duda, qué fue de su mujer, esa mujer amable que en décadas anteriores solía conversar animadamente en la vereda con los vecinos, que unos años atrás sólo asomaba por la ventana su rostro inclinado sobre las costuras que parecían subyugarla, someterla cada día más, mientras Rivero sosteniendo el arbolito permanecía inmutable. Qué fue de ella que no se la ve más, y me estremezco.
La silueta de Rivero sosteniendo el arbolito es la misma que veinticinco años atrás: erguido, la postura lo ayuda, vientre prominente casi cayendo sobre el cinto ajustado, un pie apenas más adelante que el otro. La posición idéntica, un brazo sosteniendo el arbolito y el otro en tres o cuatro posiciones predefinidas por el uso cotidiano. El color del cabello, la no-expresión de su rostro, sus pocas arrugas, hasta sus camisas rayadas o a cuadros parecen no cambiar. Hace ya años que no lo veo entrar o salir de su casa, está Rivero sosteniendo el arbolito o -de noche o con mal tiempo- no está, pero nunca entra o sale. Creo que un día voy a espiar desde la esquina un rato para ver el misterioso horario clave en que se dispone a entrar en su casa, para ver nomás. Para ver si tiene un brazo más largo que el otro, o si debajo de los pies tiene rueditas y lo sacan hasta la vereda, o si sólo es un robot o, por qué no, alguna clase de extraterrestre
Juro y rejuro que pienso y repienso y no encuentro en mi memoria otra imagen del tipo que no sea la perenne de Rivero sosteniendo el arbolito.
Héroe supralunar, desubicadamente griego, descarado atlas para sí mismo, creo que puede abrir la puerta y no quiere.
domingo, 9 de marzo de 2008
La noche
Ratas y rateros se disputan la noche.
Prófugos y amantes se reparten sus sombras.
Por allá unos pibes doblando canastos,
pisando canteros, cascoteando estrellas.
Estuvieron entre suela y suelo,
fueron ellos los sin nombre.
Fueron y no se encontraron,
se perdieron entre mil y mareos,
entre su silencio y otro ruido.
Delante mío tres o cuatro cantando
confesiones de invierno,
caminan abrazados de pared a cordón;
recuerdo otro tiempo y allí estoy.
Cruzo la plaza, dos parejas, una viejita...
El mástil me saluda, cable contra caño;
no se si hace frío o tengo frío.
