ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.
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miércoles, 5 de agosto de 2026

Breviario del viajante sideral

Caer así, inopinadamente en un lugar, por más que hayas estudiado todos los mapas y leído todas las reseñas, no deja de ser un cuenco para el asombro, que es lo que nos mantiene vivos, según mis maestros.

Quizás sean las sombras -el paso de los soles sobre la cabeza- que van modelando diferentes paisajes según realce tonos pálidos, brillos, ocres o irisados. Quizás los habitantes o los artefactos que a cada paso nos incitan a arrebujarnos en nuestros atuendos que tal vez instintivamente insinúan protección. O quizá el pisar un nuevo paisaje estudiado, inteligido, pero que no ha zaherido nuestros ojos, ni irritados nuestras pieles y de pronto osa atravesarnos en un lance impúdico y sajante.

Eso que algunos llaman sorpresa, que no es más que una insigne muerte a lo conocido y ajado, un pequeño parto racional a lo nuevo, es parte del rito iniciático, de otro Jordán que nos renueva y de casi cualquier cachetada sin aviso.

Por más enciclopedias que leas, nada te prepara para migrar. Ni siquiera el capitán de la nave, ni los instructores, ni el aviso siempre recurrente de la madre que pone una prenda de más.  

Y aun cuando ensayes pasos, idiomas, dialectos, giros y gestos no serás capaz de ser uno más hasta que cierto hartazgo como el conocido de la tierra que dejas aparezca azuzado por un ocaso que no se apura en declinar.

Y tal vez, en ese vértigo lento del asombro cotidiano, un día el hastío te haga sentir uno más del paisaje y de lo que algunos trasnochados llaman cultura.

Así, viajante sideral, comenzarás a comprender las lealtades y traiciones que tú mismo cometerás en esa tarea infinita de ser uno más apenas diferenciado de quienes quisiste -en un somnoliento delirio- conquistar. 

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Este texto medio rarongo aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura  sobre PRIMER CONTACTO. Allí encontrarás más y mejores relatos. 

lunes, 21 de junio de 2021

Un mail a Caroline Herschel

Este es mi texto del primer día del Mundial de Escritura.
La consigna era: escribir un mail que nunca se enviará.


de: eloso@yimail.com
para: caroline_lucretia_herschel@uranet.com

Estimada Caroline:
Me comunico con usted a los efectos de hacerle conocer los esfuerzos que estoy realizando para llevar a la pantalla grande su vida, si es posible condensar en el formato del cine o de las series los avatares que ha vivido. No escapa al conocimiento público que este año la Unesco ha propuesto destacar su figura y la de su hermano con diversas actividades educativas.
A mí, que soy un poco inquieto, se me ha ocurrido la realización de una película o una serie basadas en su vida.

Claro, las dificultades no son pocas. Usted recordará películas como Ágora –con Rachel Weisz en el rol de Hipatia– o la actual Madame Curie –con Rosamund Pike en la piel de Maria Sklodowska– donde bellísimas mujeres lucen en sus protagónicos. Es cierto que destacan el papel de la mujer en la ciencia, qué más. Y aunque no podríamos conocer la fisonomía de Hipatia, dudamos de su parecido con la Weisz tanto como distanciamos a la Pike de las fotos que nos recuerdan a Maria.

En su caso las cosas son diferentes y aquí me permito una brutal honestidad. Sabemos que usted es una mujer fea. Y cuando escribo “fea” refiero a ciertos cánones de belleza entronizados en el siglo XX, como lo son: mediana a alta estatura, marcada cintura, cierta voluptuosidad de formas, elegancia y elementos de seducción como lo son gestos, mohines... Cánones de belleza al parecer no demasiado distantes a los que en su vida le han negado establecerse, aun cuando ha prodigado algunos hijos. La marcas de viruela en su rostro de niña y el tifus que no le permitió crecer más que un lomo de burro –al decir de su madre– no sugieren en usted la imagen deseada por una cinematográfica. Ya que mencionamos a su madre, mutter Anne Ilse, ha sido una mujer severa que la destinó a fregar en su hogar y luego en el de su hermano Fritz, devenido en William al mudarse de Hannover a Inglaterra.

Mi desconocimiento de la industria del cine es supino, así que rebuscando en mi memoria recordé cuántas cintas había visto con el logo de Argentina Sono Film y dirigí mi búsqueda a esta prestigiosa e histórica firma. La encontré –o creí haberla encontrado– y ahí nomás desistí de mi propuesta. Ya no es lo que fue, si usted me comprende.

Me dirigí luego a productoras de contenido cultural ofreciéndoles la idea sin ningún interés pecuniario de mi parte. Cada vez que pronunciaba (en mi sospechoso alemán) “Herschel” me respondían ¡salud! y daban un paso atrás. Debe ser que con barbijo se confunde fácilmente una expresión foránea con un estornudo. En una reconocida productora me espantaron como a perro sarnoso porque usted no es nacional y por más que les propuse que tomara mate, dada su coincidencia temporal con la época colonial y hasta la Vuelta de Obligado por lo menos, no hubo caso. El responsable de una de estas productoras me propuso intentar algo con una modelito en ascenso, una especie de musical. Me apresuré en consignar que su hermano William fue un destacado compositor y usted muchas veces hizo gala de una admirable voz de soprano. Saqué el celular y le hice escuchar el comienzo de su Sinfonía para cuerdas Nº8 en do menor: bostezó en los primeros compases del allegro assai y sugirió que sería mejor algo al estilo Ilarié. No tuve más que marcharme mascullando procacidades.

Los que me conocen saben de mi obcecación cuando una ocurrencia fulgente como una estrella ilumina mis andares. Tanto es así que no arrugué y decidí apuntar más alto. Apelé a la teoría de los seis grados de separación aspirando encontrarme con directivos de Netflix Argentina. Mi enjundia dio resultado, llegué a contactar a un encumbrado gerente.

Le conté mi idea, adornada por la celebración de este año con todo el entusiasmo que me fue posible. Cuando me preguntó quién demonios es esa Caroline Herschel, le conté del descubrimiento de Urano y de los cometas, de cómo la Royal Society no tuvo más que reconocer su mérito, del movimiento del Sol, de su buceo por el espacio profundo… Me sugirieron que me conecte con la gente del History Channel, pero me resisto tenazmente a mezclar su apasionante vida con la pretensión de que para construir Machu Picchu fueron necesarios un par de arquitectos venidos precisamente del algún satélite de Urano. Su memoria no me lo permitiría.

Para no extender este mail, le diré que esta misma mañana mirando el cielo mientras la Luna menguaba en cercanías de Saturno pensé en usted y su hermano rebuscando más allá del ornado astro hasta dar con un nuevo planeta y luego más allá de este descubriendo y catalogando centenares de nebulosas y cúmulos, diseñando y construyendo telescopios, alternando de igual a igual con Laplace, Cugnot y Gauss. En definitiva, empedrando el camino del cielo para que quienes vinieran después asciendan sobre seguro en el conocimiento de quiénes somos y dónde estamos. Y recordé, casi sin querer, su epitafio: Los ojos de ella, en la gloria, están vueltos hacia los cielos estrellados. 

No llegará usted a ser una estrella del cine. Pero ninguna de ellas brillará como su aporte al conocimiento.
Mis saludos y mis respetos.

jueves, 16 de junio de 2011

Che, qué viejo que estás


Che, qué viejo que estás, casi, casi no me había dado cuenta. Pero hoy pensé un poco. Claro que pasan los años. Si atrás de esos gruesos lentes apenas te reconozco. Y mirá que te he visto. Pero hoy caí en la cuenta.
Las raleadas canas que te quedan te dan un aire solemne, señorial te diría. Y mirá que es lo que menos buscaste, pero bueno así estamos. Ya no crezco después del mediodía. Tu larga sombra acaricia mis punteras. Y te seguís yendo. Lento, si parecés un anciano que perdió la audacia hace tanto…
Creo que me engañaron las fotos, los escasos videos. De tanto verte así se me escapó lo evidente: estás viejo.
Si te habré tenido miedo en mi pequeñez cuando eras el fantasma que tal vez estuviese vivo y muerto a la vez. Si te habré ignorado en mi adolescencia y admirado en mi juventud. Si te pienso y te repienso desde que superé la edad en que rajaste. Viejo choto y obstinado. Eso sos.
Si habré buscado la mirada en que mirabas lo que mirabas y yo no podía ver. Creo que es porque te miraba a vos y no a lo que señalabas a lo lejos.
La piel ajada y gastada. Todas esas cicatrices, esos soles, esos montes. Los llevás bien llevados, seguro. Ya tu voz no suena encendida como entonces.
Tu paso es vacilante. Tus gestos, trémulos.
En el fondo de tus ojos aclarados, sin embargo, arde la vieja llama, furibunda, apasionada, única, herida.
Pero no puedo menos que compararte con la estampa repetida hasta gastarla. Hasta gastarla, como vos, que estás gastado. Que estás viejo. Que te fuiste para quedarte.




lunes, 5 de julio de 2010

Shagya Árabe

Estimado Rómulo:
Llego hasta su casa en forma de texto aprisionado en la misiva digital pues no es mi estilo dar la cara. Y no es cobardía, créame. Es ese pudor asentado en un corazón sensible como el mío, que no me permite ciertas expresiones de -digamos- humillación.
Menos tratándose de una vieja deuda. Bah, deuda... Usted sabe que las cosas malas, terribles, que hemos hecho, cuanto más tiempo tardan en redimirse más carcomen nuestra conciencia. En cuanto al término deuda, si usted sigue siendo el mismo que hace cuarenta años, no cabrá en su recuerdo. No porque sea poseedor de una moral aquilatada que lo conduzca por el sano camino de olvidar las satisfacciones que les son debidas sino más bien por el mísero hecho -sin intenciones de que le llegue de rebote- de que usted nunca se enteró de que este suscriptor le debe algo.
Aun así, mis condiciones éticas, las mismas que fueron trocando de tosca piedra en refulgente brillante me exigen una satisfacción. Reclaman cada vez con más rigor el cumplimiento de la devolución de lo que le es propio, aunque usted no recuerde ni tenga noticia.
A los hechos.

¿Recuerda un duelo de figuritas entre usted y mi hermano en el porche de casa una tibia mañana de sábado primaveral? Seguramente no. Yo sí y en esto le aventajo como en otros tantos ítems que no mencionaré aquí.
Usted, en ese entonces un chiquillo con una decena de años en su haber y unos cuantos más por vivir faroleaba con una pila de figuritas -Azabache, creo-. Mientras usted se entretenía en áspero duelo singular con mi hermano, yo le relojeaba las figuritas. Arriba de todo había una cualquiera, pero la segunda... la segunda era el Shagya Árabe, un hermoso caballo blanco. No la tenía. Y me enamoré perdidamente de la figurita del níveo equino ante un fondo boscoso. Por una vez en la vida fui rápido. Saqué de mi pilita la Muerte de Rauch -que tenía como cinco veces repetida- y con un movimiento digno del mago Fantasio retiré el caballito blanco sustituyéndolo por la ominosa Muerte de Rauch -que bien se lo tenía merecido por andar matando indios- de manera limpia, rápida e inadvertida.

He aquí que mis mencionadas virtudes morales -que puse en un vertiginoso crescendo desde aquel momento de arrebato infantil- me han impulsado hace cosa de un par de décadas a la búsqueda de aquella figurita que le debo aunque usted no haya registrado el latrocinio.

La búsqueda no ha sido infructuosa. Sitios de nostálgicos y recordadores de toda laya ofrecen hoy en internet lo que busque. Y la semana pasada trabé contacto con alguien que tenía la figurita. Precio, cincuenta pesos. Hice una rigurosa evaluación. Cincuenta pesos la figurita del Shagya Árabe... Un verdadero afano.
Teniendo en cuenta que sus -las suyas, no se haga el tonto- condiciones morales no valen el sacrificio, le mando aquí una fotito digital del caballito. Usted, Rómulo, la baja, se la imprime, la hace un rollito y se la mete ya sabe dónde. Inmoral de mierda, que reclama desde mi conciencia el pago de una deuda que ni conoce. Y dese por satisfecho.

Atentamente, yo.