Cuando me topo con un bicho extraño, inclasificable para mi torpe conocimiento, lo llamo bichorde. Suena gracioso y musical a la vez. Por lo general, los bichordes son insectos, pero abusando de mi tino he utilizado el término incluso para algún pequeño reptil o mamífero. Eso charlábamos con el compadre Aguirre mientras prometía pagar mis deudas de juego. Aguirre vivía bajo la barranca un poco al sur del pueblo, río abajo, de vez en cuando lo visitaba para recordarle que mi deuda era sagrada, aunque cada vez más abultada. Tanto que había empezado a amenazarme con cobrar por la fuerza, entre bromas y seriedad.
A la vuelta de casa, camino al río, la vegetación se hace un poco más agreste. La humillada naturaleza insiste en avanzar sobre el poblado. Yendo a buscar lombrices para la pesca en un arrastrar de pala, uno de estos días me pareció ver en el yuyal una especie de claro. Desde cerca se notaba un faltante, un aura de ausencia en la corona del yuyal. Este llamó mi atención, no se parecía a uno de esos espacios apenas hollados donde espera una traicionera yarará y sí en cambio, podría tratarse de un animal herido o un gato montés asustado. En el peor de los casos un yaguareté durmiendo. Alcé la pala al aire como amenazando un golpe. Me acerqué alternando la mirada entre el claro y mis pisadas a modo de precaución. Un feroz silencio me mantenía en helada alerta. Cuando estuve cerca, incliné mi cuerpo hacia adelante tratando de atisbar el interior. No veía nada. Un paso más me puso casi sobre el hueco. En el fondo del claro se elevaba un pequeño nido, un remedo de volcán, que en su oquedad guardaba dos inocentes huevos pardos. Uno de ellos con una incipiente grieta coronándolo. No alcancé a repasar mi inventario ovíparo. La grieta se hizo hendidura y dejó ver cómo un simpático pico rosado pugnaba por liberar al ave que emergería en pocos minutos.
Ave… bueno, no. Detrás del pico unos ojos camaleónicos parecían salirse al atisbar los alrededores. Emergían de una piel escamosa que bañada por una baba blanquecina prometía más asquerosidades en el cuerpito oculto. Qué clase de bichorde horrible es este, pensé. Los ojazos quedaron fijos en mí. Me estremecí al recordar un cordero con dos cabezas y una cría de chancho que nació sin patas. Fueron sacrificados apenas nacer, luego de fotografiarlos para documentar que la naturaleza puede jugar a ser monstruosa si se lo propone.
Cuando terminó de salir compuse la imagen completa, una especie de reptil de seis patas, largas como de arañas galponeras, pero muy móviles y fuertes. Del lomo parecían brotar unas alitas que seguramente no sostendrían su peso en vuelo, por el momento. El bichorde miró a su derecha y encontró su huevo mellizo. Se frotó en él como un gato y abrió su pico mostrando una cavidad que quintuplicaba el tamaño de su boca. Lo engulló sin mediar gesto produciendo un sonido que hizo que debiera contener una arcada.
No lo pensé más, levanté la pala y asesté un fuerte golpe. No lo podía creer, el bichorde dio un saltito al costado evitando el azote. Levantó la cabeza y enseguida comenzó a perseguirme. Era veloz como mi carrera, busqué el sendero para acelerar. A lo lejos, la Diana oteó al bichorde y lo empezó a perseguir entre ladridos cada vez más feroces. Cómica persecución, pero no puedo evitar lamentarme por la perra. Cuando alcanzó al bichorde e intentó tarasconearlo, este ensartó unas púas de sus alitas en sus ojos y acto seguido la descuartizó con su pico para devorarla en menos de un minuto. Y crecía.
Corría sin saber dónde ir. El compadre Aguirre, claro, un poco más al sur debajo de la barranca. Enfilé para su casa ya sin hacer caso del camino, un poco corriendo un poco rodando barranca abajo. A voces lo llamé, pero no salía. Al final grité: -¡le traigo el dinero, salga compadre! Eso pareció aguijonear a mi acreedor que salió al paso desde la marlera y quedó entre perseguidor y perseguido. Al ver al bichorde retrocedió buscando algo para hacerle frente en el galpón. Pero no llegó. Sin mirar atrás continué hasta un bote que estaba amarrado a unos cien metros, me subí a él, remé hasta mi zona y liberé el bote a su suerte río abajo. Supuse que el bichorde no logrará olfatearme en casa.
Unos días después encontraron los huesos desperdigados de Aguirre por la zona del galpón. La policía anda haciendo preguntas, en especial a sus deudores, naturalmente. Claro que no sé nada, solo que la inseguridad en la zona aumenta. Hasta mi fiel perra Diana desapareció.
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Este demasiado largo (perdón) relato aporta a la Convocatoria Juevera de Neogéminis sobre Títulos extravagantes. Allí encontrarás más y mejores relatos.

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