ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

martes, 1 de septiembre de 2026

Hoy no juego


Los colchones tienen que tener la consistencia justa para asegurar un buen sueño y no arrancar el día caminando maltrecho. El mío se debe haber vencido, me sentía adolorido, tanto que hasta costaba desperezarme. Era uno de esos días en que uno no sabe con certeza si acaba de despertarse o el sueño continúa en una especie de semisonambulismo.

Arrastrando los pies me dirigí al baño. Qué cosa curiosa es el sueño, había olvidado que estoy en un hotel u hospedaje. Ahora entiendo, me despertó un toc toc en la puerta. -¡Robert! ¡Robert! ¡Vamos!
Quise responder que se dejara de molestar, que me llamo Jorge y que no quiero ir a ningún lado. Pero me salió algo en un inglés con inflexiones yanquis. Creo que dije: -Ya voy, padre cura. Caminé unos metros tratando de adivinar la entrada del baño. Levanté la vista buscando que el espejo me devolviera unas ojeras espantosas y mi largo cabello retorcido como mis barbas de músico de reggae que no llega al estrellato por más que se lance en un cohete estratosférico. Pero el espejo estaba tan confuso como yo y me devolvió otra imagen, mientras boquiabierto trataba de reconocerme. Tuve que apoyarme en el lavabo y volver a subir lentamente la cabeza porque el mareo, el vértigo que me produjo la visión de Bobby Fischer en el espejo fue demasiado atropello para mi frágil subjetividad. Cuando pude corrí a la cama, no había restos de una fumata como mis habituales, ni pastillas alucinógenas. Una biblia en inglés me miraba, unos libros más y un par de fotos. A un costado un tablero de ajedrez con una posición que vagamente reconocía: un alfil en h2 encerrado por los peones rivales. Pero... ¡eso sucedió en 1972!
– ¡Robert! ¡Bobby! ¡Por el amor de Dios! ¡Llegaremos tarde!
– ¿Adónde, padre cura?
– ¡Por las barbas de Steinitz! ¡A la partida!

El cura seguía imprecando, dando voces detrás de la puerta. Mi aturdimiento llegaba al paroxismo. Y él trataba de mostrar en sus inflexiones una calma que evidentemente no poseía.
– Faltan minutos nada más, Bobby. Anteayer regalaste la partida, hoy tienes que ganar con blancas.

 Claro, ahora lo recuerdo. En la primera partida del match de 1972 en Rejkiavik, Bobby llegó tarde, jugó muy nervioso y ejecutó un Axh2 en la jugada 29 con negras que sorprendió al mundo. Los telex se bloquearon por la noticia mundial. ¡El genio de Fischer cometió un error de principiante! Después vendrían los análisis de expertos que daban posibilidades de empate si Fischer hacía gala de una precisión absoluta. Las computadoras confirmaron que era un error, pero el campeón Spassky debía jugar como una máquina para ganar. En fin, con el nerviosismo del combate, pudo haber sido tablas. Pero fue para el ruso.

El sacerdote Lombardy por fin irrumpió en la habitación y me encontró a medio vestir, con la vista en el horizonte. Y peor, creyendo que yo era Bobby Fischer. Pretendía llevarme a jugar la segunda partida por el Campeonato del Mundo. A mí, un aficionado que no duraría ni quince jugadas ante el gran Boris Spassky. Utilizaba palabras dulces, pero firmes con el fin de convencerme. Intenté decirle que yo no era Bobby Fischer, sino Jorge Mariotti, músico de reggae fumanchero de la peatonal de Rosario a comienzos del siglo XXI, pero el tipo no escuchaba, solo quería arrastrarme a la sala de juego.
Como no entraba en razones, fui hasta la mesita, pateé el tablero y me metí en la cama.
–Hoy no juego, padre cura– fueron mis últimas palabras ese día. Necesitaba dormir. Total, después ganaría el Campeonato del Mundo con completa autoridad en la partida 21.



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No sé si este relato aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura sobre Mi máquina del tiempo., dado que tal vez no sea el caso, pero bue, es lo que salió. Allí encontrarás más y mejores relatos.  



1 comentario:

  1. Tiene sentido.
    Un tablero de ajedrez puede ser una máquina del tiempo, que puede reproducir famosas jugadas, de años atrás.
    Saludos.

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