Ya no me molesta pisar el alquitrán. Ni respirar la caliginosa niebla dulzona de los tugurios que alguna vez fueron asombro y excitación. No me siento tentado a acariciar la gastada culata de mi revólver ni me sobresaltan los frágiles quejidos de pisadas que se fingen desacompasadas.
Mirella sabe que colgar el grueso sobretodo y cambiarlo por una campera inflada dice mucho más de mí que cualquier descripción farragosa de un autor aburrido ante el teclado. Intuye que el paisaje que veré ya no será el atravesado por pupilas dilatadas en esfuerzo por atisbar lo distinto entre lo igual, lo ocre entre lo pardo y lo rojo de esa mancha que se expande bajo un cuerpo aún tibio.
Cómo sonará el leve desinflar de un pliegue de mi campera cuando una bala lo atraviese, me pregunto. Cuál será la ultima palabra que diré. En el último aliento, ¿pensaré en mi seguro de vida a nombre de Mirella?, ¿en las luminosas tardes abandonadas por el camino de las sustancias que convenían repartirse a la noche ?, ¿en las miradas fijas que quedaron en quienes se atrevieron a desafiarme?
Ya no me molesta pisar el alquitrán ajustando el ala de la gorra con gesto ampuloso, con la mirada que se fuerza torva para espantar palomas.
Detective o criminal, qué más da. Ya no me interesa elegir un lado, hasta sospecho que todos sufren y pierden más o menos por igual. La damisela sugerente que sonríe a pesar de las cachetadas, el rufián que juega a la ruleta rusa de la confianza con un nuevo jefe, el policía que gana menos que poco y busca alguna cometa miserable mientras viene de azotar a una jubilada que reclama no se sabe bien por cuál de los maltratos de los de turno, el pibe soldadito que te mata de un tiro para sacarte un poquito, el que pierde aun ese poquito que le sacó el otro. Todos sufren y pierden.
Ya no me molesta pisar el alquitrán si no trae sorpresas. Salvo mi cambio de abrigo, la noche en este infame barrio es la de siempre. Si acaso atravesara las callejas sin que la perrada crea que le disputo su lastimosa pitanza y no aparece nadie que se erija como acreedor de dinero, tiempo o vida, los brazos de Mirella serán cobijo seguro para una bestia nocturna como yo.
Dejo de pisar el alquitrán, abro la reja y golpeo dos veces. La puerta se torna y me ilumina la cálida luz de unas velas. Estoy seguro de que Mirella escuchó el leve desinflar de mi campera.
Gracias por tu participación, ese alquitrán que lleva las huellas de una vida donde esconde las vivencias de la noche y tal vez no muy buena vida, donde el refugio siempre es el Amor de quién le espera
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