Los colchones tienen que tener la consistencia justa para asegurar un buen sueño y no arrancar el día caminando maltrecho. El mío se debe haber vencido, me sentía adolorido, tanto que hasta costaba desperezarme. Era uno de esos días en que uno no sabe con certeza si acaba de despertarse o el sueño continúa en una especie de semisonambulismo.
Arrastrando los pies me dirigí al baño. Qué cosa curiosa es el sueño, había olvidado que estoy en un hotel u hospedaje. Ahora entiendo, me despertó un toc toc en la puerta. -¡Robert! ¡Robert! ¡Vamos!
Quise responder que se dejara de molestar, que me llamo Jorge y que no quiero ir a ningún lado. Pero me salió algo en un inglés con inflexiones yanquis. Creo que dije: -Ya voy, padre cura. Caminé unos metros tratando de adivinar la entrada del baño. Levanté la vista buscando que el espejo me devolviera unas ojeras espantosas y mi largo cabello retorcido como mis barbas de músico de reggae que no llega al estrellato por más que se lance en un cohete estratosférico. Pero el espejo estaba tan confuso como yo y me devolvió otra imagen, mientras boquiabierto trataba de reconocerme. Tuve que apoyarme en el lavabo y volver a subir lentamente la cabeza porque el mareo, el vértigo que me produjo la visión de Bobby Fischer en el espejo fue demasiado atropello para mi frágil subjetividad. Cuando pude corrí a la cama, no había restos de una fumata como mis habituales, ni pastillas alucinógenas. Una biblia en inglés me miraba, unos libros más y un par de fotos. A un costado un tablero de ajedrez con una posición que vagamente reconocía: un alfil en h2 encerrado por los peones rivales. Pero... ¡eso sucedió en 1972!
– ¡Robert! ¡Bobby! ¡Por el amor de Dios! ¡Llegaremos tarde!
– ¿Adónde, padre cura?
– ¡Por las barbas de Steinitz! ¡A la partida!
El cura seguía imprecando, dando voces detrás de la puerta. Mi aturdimiento llegaba al paroxismo. Y él trataba de mostrar en sus inflexiones una calma que evidentemente no poseía.
– Faltan minutos nada más, Bobby. Anteayer regalaste la partida, hoy tienes que ganar con blancas.
Claro, ahora lo recuerdo. En la primera partida del match de 1972 en Rejkiavik, Bobby llegó tarde, jugó muy nervioso y ejecutó un Axh2 en la jugada 29 con negras que sorprendió al mundo. Los telex se bloquearon por la noticia mundial. ¡El genio de Fischer cometió un error de principiante! Después vendrían los análisis de expertos que daban posibilidades de empate si Fischer hacía gala de una precisión absoluta. Las computadoras confirmaron que era un error, pero el campeón Spassky debía jugar como una máquina para ganar. En fin, con el nerviosismo del combate, pudo haber sido tablas. Pero fue para el ruso.
El sacerdote Lombardy por fin irrumpió en la habitación y me encontró a medio vestir, con la vista en el horizonte. Y peor, creyendo que yo era Bobby Fischer. Pretendía llevarme a jugar la segunda partida por el Campeonato del Mundo. A mí, un aficionado que no duraría ni quince jugadas ante el gran Boris Spassky. Utilizaba palabras dulces, pero firmes con el fin de convencerme. Intenté decirle que yo no era Bobby Fischer, sino Jorge Mariotti, músico de reggae fumanchero de la peatonal de Rosario a comienzos del siglo XXI, pero el tipo no escuchaba, solo quería arrastrarme a la sala de juego.
Como no entraba en razones, fui hasta la mesita, pateé el tablero y me metí en la cama.
–Hoy no juego, padre cura– fueron mis últimas palabras ese día. Necesitaba dormir. Total, después ganaría el Campeonato del Mundo con completa autoridad en la partida 21.
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No sé si este relato aporta a la Convocatoria Juevera de Luferura sobre Mi máquina del tiempo., dado que tal vez no sea el caso, pero bue, es lo que salió. Allí encontrarás más y mejores relatos.

Tiene sentido.
ResponderBorrarUn tablero de ajedrez puede ser una máquina del tiempo, que puede reproducir famosas jugadas, de años atrás.
Saludos.
Hola Oso,
ResponderBorrarY además de salir un relato magnífico, salió una explicación de un movimiento inexplicable del gran Bobby Fisher. Mientras lo lees te olvidas de las condiciones del reto, descubres a un fumeta en el pasado y te quedas leyendo hasta el final. Sonriendo, de buen humor y diciendote que maquina del tiempo era muy etérea, pero funcionó.
Un saludo
Ese tablero de ajedrez nos acercó a una buena historia verdadera, así que, amigo, tu relato encaja perfectamente, jajaj.
ResponderBorrarMuy bueno. A los genios a veces hay que mimarles; si quiero dormir, que duerma, total, gano años más tarde. Un buen texto.
Abrazos.
Hola Oso, un relato genial, sin dudas el tablero de ajedrez pudo ser ese pasaporte en el tiempo y quizá algo había fumado en la noche o no, vaya uno a saber los vericuetos de la mente humana, pero sin dudas tu relato me encantó.
ResponderBorrarUn abrazo.
PATRICIA F.
Soberbo!
ResponderBorrarAdorei seguir a história que nos surpreende e faz sorrir.
Cumprimentos!
El recurso de despertar convertido en Bobby Fischer me parece muy ingenioso, sobre todo porque la experiencia se va construyendo a través de detalles concretos de la histórica partida de 1972. El tablero, el alfil en h2, el padre Lombardy y la referencia a Spassky hacen que la fantasía resulte creíble dentro de su propia lógica.
ResponderBorrarDestaco el contraste entre la grandeza del personaje histórico y la identidad cotidiana y que el protagonista reivindica: ese «músico de reggae fumanchero» aporta un toque de humor y rompe cualquier solemnidad que pudiera tener el relato.
Me ha gustado mucho.
Un abrazo