Consigna del Mundial de Escritura: es 1874.
Están en una ciudad aislada en el desierto,
rodeada por muros que protegen a los habitantes
de leones y leopardos que la acechan. A veces, se cuelan las hienas
y atacan a los enfermos. Un chico les muestra las manos.
Soles con soles se eclipsan,
arena con arena se cubre,
no hay pesar ni pena en el desierto.
Hay horizonte borroso,
fatigoso respirar,
inevitable transcurrir.
Un día de tantos días
se alza en el fondo una muralla,
piedra que emerge, amalgama
de luna con arena.
Es Asuán o Abu Simbel
acaso importa medir la Tierra
o rendirse ante Ramsés
si el muro es tan endeble
que se cuela arena, hiena,
víbora cornuda y toda peste
que reclame refugio en la andadera.
A su sombra,
tras un portal maltrecho,
los ojos de un pequeño
recuerdan al viajero algún oasis,
no imploran, parecen ofrecer
el recuerdo de lo que llaman vida.
Sus manos ya gastadas
—con huellas de soga,
de basto mango de azada—
remedan mapas de tribus,
de pozos, de fuentes del Nilo,
trazados de Eratóstenes,
paso regular de camello,
aljibe con fondo iluminado,
anguloso gnomon de Alejandría,
asombro de Ptolomeo, el tercero.
La tierra que las cubre y las contiene
es ocre reflejo de la otra,
la mayor, esa que gira
negando primaveras al desierto,
soleando por mitades
las ciudades, las aves y espejismos,
y se hinca al ingenio de aquel
sabio que le puso cota.
Y sus dedos señalan los descansos
permitidos al rendido peregrino,
se cierran en gesto de vasija,
endeble muro confinando aire
reseco cual peñascos pardos,
promesa de agua fresca y dátil.
Queda poco, tras Gundat
caerán a plomo las verdades,
lo poco que no troque en osamenta
parirá siglos de arenario
en ese día las manos del pequeño,
la tierra que la cubre,
las medidas,
los camellos,
las murallas,
serán el tiempo que fluye hacia la sima
y cayendo arremolina,
hunde las fronteras
del vacío que se hace entre cristales
y el nadir que a todos nos espera.

























