ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Hay un dios en mi sánguche de mortadela


Hay un dios en mi sánguche de mortadela. Caí en la cuenta unos segundos atrás, cuando lo sumergí en el mate cocido caliente y dulce que me preparó la nona esta tarde como todas las tardes.

Un dios de modesta epifanía: unos círculos de grasa que se unen formando otros mayores o se descomponen en una pléyade de pequeños que se buscan y rebuscan obedeciendo más al dios del sánguche que a las órdenes de Robert Brown, por más Einstein que lo respalde. A propósito, cuando la húmeda miga del pan, verdosa por la absorción de una porción del mate cocido, se despegó del pelo del líquido, habilitó la caída de una parte de ella por efecto gravitatorio con agregados de la grasa de la mortadela licuada por la tranferencia de calor de la infusión (a mayor temperatura) a los componentes del sánguche (a menor temperatura) en una inconsciente búsqueda del equilibrio térmico.

A propósito de Einstein, retomo, descreo que haya modo de predecir con exactitud la masa y distribución de goterones grasosos. De igual modo me pregunto si la naturaleza de esta distribución será al azar o sigue un patrón que desconozco. Solo la presencia de un dios en mi sánguche puede eliminar este horror temere, dado que dios no juega a los dados, valga la repetición.

Confirmada esta presencia me pregunto si este será un dios bondadoso y paternal, un demiurgo juguetón que habita en el pleroma (una especie de más allá) o en Hurlingham o Villa Constitución (una especie de de más acá), un genio maligno (que no describiré aquí) o un picaresco mandinga de las tradiciones populares criollas.

Sea cual fuere su naturaleza y su rango, aquí habita, desde las formas que adoptan las untuosas manchas me habla y sospecho que me cuenta más pesares que glorias supremas, más dolores de parto que manifestaciones ostentosas de poder. Pero al fin y al cabo un dios que calma el hambre con el más delicioso de los manjares que remonta al extasis contemplativo por provenir de las sagradas manos de la nona, quien ha creado su mundo con alguna fe al gran otro, que dicen ha hecho todo.

Un dios de pan y mortadela, alimento de los niños que vuelven de jugar a la pelota, maná cotidiano de las cosas simples del templo del hogar, que se ofrece sabroso a la pancita y se sacrifica exigiendo el culmen del rito antes de que termine de enfriarse el mate cocido revelador. A sopar con una reverencia.



Más y mucho más interesantes relatos basados en Hay un dios en mi sandwich en Soñando uno de tus sueños, el blog de Roxana

miércoles, 19 de agosto de 2020

El metempsicorganón

 Me pregunté si ese artefacto además podría volar. A primera vista se trataba de una especie de batiscafo, una de esas naves para la exploración de fosas marítimas. Se lo veía tan reluciente y tan endeble a la vez que las preguntas se atragantaban antes de salir. Por eso preferí que Frederick se explayara en su relato y sus explicaciones a gusto. 

Las había oído muchas veces y las más de ellas se me entremezclaban con las fábulas que desde siempre hemos oído, que Newton fue una reencarnación de Galileo casi automática después de la muerte de este, que Trump es Nerón y que el Conde de Saint Germain, bueno... se reencarna siempre en sí mismo.

Frederick gesticulaba y no paraba de hablar mientras ponía a punto su artilugio. Lo llamaba metempsicorganón, con él pretendía explorar las continuidades de ciertos espíritus en distintos armazones corporales. El método conjugaba -según sus palabras- lo más exquisito de la ciencia con lo más osado de la tecnología disponible, pero también supo contratar médiums, analistas de constelaciones familiares, exorcistas destacados y astrólogos intachables como consultores.

Calculó que debía sumergirse y hacer girar a velocidades asombrosas en las cercanías de un volcán submarino activo, por eso estábamos en un sofisticado laboratorio camuflado como pesquero en las costas de la isla de El Hierro, en Canarias.

El metempsicorganón -decía- consta de dos compartimientos. En uno de ellos debe colocarse en un recipiente material genético de quien queremos analizar su secuencia de mudanza espiritual. En el otro, comfortably numb, conectado al corazón del sistema se instala el observador, el verdadero medium de la posmodernidad, quien tendrá la posibilidad de visualizar la secuencia. La computadora central guarda datos fiables de un par de millones de personajes relevantes de todo el mundo. Cuando ella detecta en la secuencia alguien de la base, comienza su trabajo de comparación y organización de datos.

Para facilitar la experiencia, sumerge al observador en una recreación digital, al modo de realidad virtual, de la vida, muerte y revivicación, que podrá adelantar y retrasar a su merced con los dedos de su mano derecha.

Jamás sospeché lo que vendría. Yo sería el observador del viaje iniciático. No fue difícil extraer algo de mi material genético. Me adormecía mientras sentía sumergirse el artefacto y trabajar frenéticamente la computadora y los analizadores electroquímicos.

Aquí me hallo, recorriendo mi vida como parte de otras vidas. Una nebulosa revuelve mi diferenciación de un antepasado simiesco. Esclavo en Súmer, capitán de Aníbal Barca, copista de los LXX, domesticador de papas en Pisac, guillotinado en París revolucionario y obrero de saladero en Argentina.

También fui mujer, me sorprendo criando ganado en China, esposada a los siete años con un señor de las islas de donde no se pone el Sol, arquera en Masada, prostituta en Rouen, cocinera en Lima.

Pierdo toda referencia temporal. ¿Estuve una hora aquí? ¿Minutos o días? No logro diferenciar. Mientras mis dedos juegan tamborileando las idas y vueltas de mi espíritu comprendo que no volveré a ver la luz del día y que el tiempo de mis mudanzas debe ser lo que llaman eternidad. Y me siento en paz. O al menos la deseo.




Más y mucho más interesantes relatos basados en Steampunk en La Trastienda del Pecado, el blog de Mag


domingo, 7 de junio de 2020

Humedad

Es nueva y la de siempre, lo sospecho,
agazapada espera su momento
Tefnut, la que no sabe de tardanzas,
al venir de oriente grácil e implacable.

Brota desde abajo de los techos
como si cayera del modesto cielo
paño de memoria, huesos en alerta,
geómetras escudriñando el Nilo
intuyen ángulos en los fangales
a la vista de Shu que va a su zaga.

Así brota, de la mano escondida
en dulces pliegues de carne y reta
en un descaro a esos dioses
que prefieren (colegimos) la culpa
a la alegría y el destino a la osadía.

Y viene siempre de lo humilde desatando
la leona encarnizada de los ojos
con fuego que hará de Nubia un desierto
y de este barrio un enchastre perenne

que no sabe o que no quiere encontrar
que al fin de la acuosa agonía será
génesis de lo renovado con Thales
como testigo, si vale saltar por Lindos.

Aquí y allá en otras costas con milenios
se dirá que es lo que mata, que no el tiempo
de tantos inviernos asaz lacerantes
ni esas saetas de traicionera esquina
ni la cruel omisión de los llamados buenos.

Es nueva y la de siempre, lo afirmamos
como las columnas del nuboso planeta
y volverá Tefnut atribulada a soplar
el rocío, la empapada entraña fértil
de la carne, ya viva, ya muerta y enterrada.

jueves, 9 de abril de 2020

Elasticidad, enfermedad, sociedad


Creo que habrá algunas cosas para pensar después (y por qué no durante) estos días difíciles.
Ayer, esperando que mi vieja se vacune contra la gripe se me ocurrió una analogía mecánica que escribí en una nota del celu.

Los materiales tienen una propiedad llamada elasticidad, según la cual ante un esfuerzo –llamado tensión– que se les aplique pueden o no recuperar su forma inicial una vez retirado el esfuerzo. El acero de un resorte es un material elástico. La arcilla para modelar es menos elástica, se suele decir que es un material plástico, simplificando. Al aplicarle una fuerza se deforma y esa deformación es permanente, es decir no recupera la forma inicial.

Se me ocurre que los cambios que muchos auguran a partir de este fenómeno mundial dependerán de la elasticidad de las sociedades en distinta escala.

Una respuesta elástica nos devolverá, pasado el esfuerzo, al estado anterior. El capitalismo no dejará de ser tan salvaje como se lo propongan los poderosos. El egoísta será egoísta como antes y el altruista, altruista.
Una respuesta plástica o poco elástica nos devolverá a un futuro con concepciones y haceres diferentes.
Entonces, la huella será permanente y nos permitiremos -o nos veremos obligados a- cambiar.

Abusando de esta analogía. Un material es frágil cuando da una respuesta elástica hasta un punto en que no resiste más y se rompe, casi sin aviso previo, como un cristal. Si la sociedad es frágil se destruirá si la tensión supera cierto límite.
Si el material no es frágil, hay un periodo de fluencia, con reacomodo interno que le permite soportar un incremento de esfuerzo más o menos importante antes de romperse. A veces, en esta fluencia se llega a un estado estructural fuerte y tenaz.
Los hierros de construcción o que se utilizan para rejas son un aceptable ejemplo.

Algo más respecto de la elasticidad. La energía almacenada durante una deformación elástica por agentes externos se denomina resiliencia, término utilizado hasta el hartazgo por disertantes de toda laya. Además, la elasticidad nunca es perfecta. Siempre ante un esfuerzo el material sufre pequeños cambios, grietitas, reacomodos, tensiones, incluso a veces endurecimientos, que resultan imperceptibles, pero acumulados, reunidos, modifican más o menos el comportamiento futuro del material ante nuevos esfuerzos.

Tal vez podríamos pensar la sociedad en estos términos. Total, tenemos un poco más de tiempo libre y al fin y al cabo –según me contó gente que sabe– los griegos estuvieron en condiciones de desarrollar tanta filosofía y tanta retórica cuando la sociedad evolucionó hasta haber gente que no necesitaba utilizar todo su tiempo para sobrevivir.
Por supuesto, si me preguntan cuán elástica o plástica es nuestra sociedad (local, regional, global…) no tengo la menor idea, no está a mi alcance ni mucho menos. En cambio si me preguntan por indicios de una y otra característica puedo hacer un inventario y creo que lo mismo puede cada uno que se lo proponga.

Algunos indicios nos llevan a pensar que no hay forma de que cambiemos, somos incorregibles, bastante elásticos. Nos matamos en las redes sociales defendiendo a políticos de turno y nos mandamos a trollear como si nos fuerza la vida en ello, convirtiéndonos en lo que detestamos. Pedimos patéticamente y a gritos reconocimiento porque hacemos lo que elegimos hacer: “quedate en casa vos que yo no puedo”, “nadie aplaudirá a los docentes”, “miren, miren, doné tres calzones para hacer barbijos”. Nos damos cuenta que la televisión es una cagada, pero al fin y al cabo es una compañía, mientras nos preguntamos por qué la mujer golpeada se queda con el troglodita que la azota. En otra escala, los grandes y poderosos empresarios se resisten a ganar menos aduciendo que los pobres, los migrantes, los viejos, se resisten a morirse y dejar de molestar, más o menos.
Incluso en algún caso nos aflora algo que tratamos de esconder o al menos de no admitir. “En el fondo esto me ayuda, así armo mi gabinete y puedo pensar qué voy a hacer ahora que gobierno”, “me encanta el orden social, desde el lunes la gente podrá eructar en público una vez por cuadra, el peso de la ley caerá inflexible sobre los insurrectos”, “perfecto, puedo donar parte de mi sueldo de función política, ahora que otros lo hacen, hay que ser sensibles, por supuesto esto amerita un banner grande con mi cara sonriente como parte de mi donación”.

O, tal vez, como dicen muchos, sea la oportunidad para barajar y dar de nuevo, si la plasticidad es lo que impera. Esto sería lo interesante, pero también creo que sería iluso esperarlo de la gran mayoría de los que ostentan poder político, y económico. Algunos actuarán con grandeza. Porque el de abajo baraja y da de nuevo cuando no le queda otra, salvo que se quede sin cartas. Pero el que tiene poder no lo hace, porque el poder en sí mismo habilita su reacomodo.

De lo que no me quedan dudas es que veremos alguna clase de pequeños cambios, variaciones, dudas, refuerzos. Todos menores, pero en todos los estamentos. En la superficie y en el interior del material de la sociedad. Microvariaciones de sensaciones, de sensibilidad, que si llegan a sumar o aglomerar en algún sentido provechoso para las mayorías puede convertirse en esperanza social.

Y esto será responsabilidad, una vez más y como siempre, de la malquerida política (mal que pese a todo el que no lo vea o quiera así). Pero de la política grande, como servicio social, que quede claro.

viernes, 24 de enero de 2020

Bolsillo

El tipo daba sus discursos encendidos. Se encaramaba a una especie de estrado que había en el rincón oeste del patio y arengaba.
Casi de la misma manera obraba en el aula de clases.
Cualquier tema le servía como motivación para terminar -casi como en un embudo- cayendo a tres o cuatro ideas: que el cielo, que el infierno, que Dios es infinitamente bueno pero también infinitamente justo y por eso hay que temerle, que el pecado, que los mandamientos...
En sus brotes de euforia levantaba la voz y a veces se le terminaba aflautando como al Gallo Claudio.
No hay que confundirse, solía ser eficaz con un buen número de muchachos. Si no por la fe, era por el temor. Uno puede decirse qué temor infundiría un sujeto así, pero se respondería que en aquellos años ese discurso engranaba perfectamente con el del poder de turno a cargo de los militares con la complicidad de distintas esferas a quienes les convenía el orden dictatorial. Orden que había -entre otros- estatizado la deuda de la gran siderúrgica local y masacrado a miles de compatriotas.
No faltaba en su retórica la referencia a los mártires sembrados por la amenaza marxista, aunque paradójicamente en la ciudad era un tendal de obreros, estudiantes y maestras sospechados de rojos o acusados por vecinos pusilánimes que necesitan el castigo de otro para no parecer cómplices de quién sabe qué.
Un día, en la formación previa al ingreso, pidió que cada estudiante revise sus bolsillos. Yo metí la mano en ellos, aunque sabía perfectamente que no tendría otra cosa que el DNI, un pañuelo y cinco pesos para el recreo.
Una vez que todos nos palpamos, metió su mano en el bolsillo derecho del pantalón y sacó un rosario. Entonces redobló la voz para asegurar que lo que llevamos en el bolsillo es lo que llevamos en el corazón y que él usaba ese rosario para rezarlo todos los días mientras lo hacía flamear con un frenesí histérico. Y que si llevabas dinero, con él estaban tus sentimientos y no con dios y la virgen.
Debo confesar que por un tiempo llevé un rosario de piolín en el bolsillo. No por si se repetía la pregunta sino para ver si mi penoso corazón pecador se contagiaba de ese esfuerzo de fe que estaba haciendo.
Con el tiempo fui percibiendo que ese pobre hombre era terriblemente desdichado, que su euforia era proporcional al desprecio que sentía por quienes no compartían su fanatismo. Que la piedad que se esforzaba en mostrar con gestos ampulosos no se condecía con la impiedad del trato con sus subordinados en su actividad.
Entonces, empecé a sospechar que el tipo llevaba más que el rosario en sus bolsillos, pero que no tenía la valentía de mostrarlo. Lleveba cuchillos afilados para herir la conciencia de adolescentes crédulos, llevaba un inflador de culpas para quien le preste sus oídos, llevaba una soldadora de estructura social injusta, para asegurar que no se desplome y también un taladro con mecha de diamante para horadar cualquier espíritu libre y revolucionario que pudiera surgir.
A mi edad y mi paso por las escuelas, que ha sido lo más permanente en mi vida hasta la llegada de mis hijas, solo hago explícito a través de este escrito que deseo profundamente que me den un buen garrotazo en la nuca si alguna vez pregunto a mis alumnos qué tienen en sus bolsillos.



Más y mucho más interesantes relatos basados en ¿Qué tengo en el bolsillo? en La Bitácora de Mar, el blog de Mar

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Qué es lo que es

Unos días atrás, algunas personas cuestionaron una publicación que hice en facebook. Era un meme, una imagen (del conocido grupo EAMEO) retocada exprofeso para producir tanto risa como reflexión acerca de la manipulación mediática y los riesgos del reblote golpista en América Latina. 
Estas personas me reprocharon no haber chequeado la fuente, cuando en realidad no había fuesntes que chequear porque se trataba de una imagen palmariamente artística.. Esntonces se me ocurrió este escrito, haciendo referencia la conocida frase de Antonio Machado: Es propio de aquellos con mentes estrechas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza.
Ahí les va...

Un día no muy lejano el Licenciado Emilio Notuyo halló esta foto en unos de sus paseos por internet. Enseguida le llamó la atención: había algo que no cuajaba. Como se reconoce que es un tipo bastante culo inquieto, no se quedó en el molde y revisó páginas en busca de la fuente. Es bien sabido que una cosa lleva a la otra y pronto se encontró a sí mismo cliqueando a la bartola por entre decenas de páginas relacionadas.
Se dispuso a analizar lo que veía segun sus conocimientos. Maradona gambeteando ingleses es toda una delicia para cualquier argentino, así que lo primero fue sonreír. Casi de memoria repitió el nombre de los ingleses que veía: John, Ringo, Paul y George. Allí mismo y en una enciclopedia de Mundiales buscó a la enfilada de ingleses que se deglutió en una corrida el Die. Los nombres eran otros: Hoddle, Reid, Samson, Butcher, Fenwick y el arquero Shilton. ¡Eran seis! Algo no cuajaba otra vez. ¿John sería Hoddle? ¿A qué nombre correspondería cada apellido, sabiendo que sobraban dos? Renunció a la correspondencia biunívoca entre nombres y apellidos.

El Licenciado se ponía nervioso, los ingleses tenían atuendos de diferentes colores. Sospechaba que contando al arquero deberían ser a lo sumo de dos. Decidió postergar la pregunta para analizar a los tipos caminando. John iba con las manos en los bolsillos, nada cómodo si se trata de trabar al Die. Ringo con zapatos no podría hacer demasiado y eso que era buen tiempista. De Paul no se podía esperar grandes cosas, muchos decían que era un muerto. George parece un poco pasivo esperando a que llegue el sol, sin embargo estira la zurda para intentar algo.
El cotejo con las diversas fuentes no dio el resultado esperado, o sí. Todo resultó ser un montaje. Nunca Maradona gambeteó a los ingleses. Paul no estaba muerto. Hoddle se llamaba Glenn y no John. Ni siquiera había arco ni argentinos para descogotarse gritando.

Aprendamos los que nos creemos inteligentes. Revienten las farsas. No suspendamos la incredulidad, total Coleridge murió hace bastante. Todo es crónica. Todo es rasable por la moral. Que ninguno de los que la van de artistas nos digan qué es lo que es, porque sabemos que nada de eso es. Que nada nos sorprenda, no sea cosa que nos descubramos vivos.




Más y mucho más interesantes relatos basados en Frases inmortales en Neogéminis, el blog de Mónica Frau

domingo, 27 de octubre de 2019

Un cuervo al hueso



Escrito en FB el 10 de abril de 2018 
con motivo de la muerte del Hueso

La selección concentraba para el Mundial 78. Menotti lo andaba buscando porque no aparecía.
-Si no está acá, está jugando al fútbol en la villa del Bajo Belgrano, le dijeron.
Menotti y el preparador físico Pizzarotti lo fueron a buscar.
Para sorpresa, no estaba jugando, estaba sentadito en el banco de suplentes.
- ¿Que hace aquí? -le dijo Menotti, ya que estaban entrenando para uno de los últimos amistosos previos al Mundial.
Houseman lo miró y le respondió señalando la punta de la cancha de la villa donde se jugaba el partido:
- ¿Qué quiere que haga? Estoy en el banco, si el titular juega mucho mejor que yo.
René Houseman era un impresentable. Si hubiera habido hace 40 años la tecnología de hoy, muchos de los jugadores rebeldes que vemos publicitados en los medios serían bobos aprendices.
Vi muchos partidos con él en la tele. Me hizo admirar -y temer- al Huracán de los 70. Si la pelota iba para otro lado, los ojos querían seguir mirando a la raya derecha para ver cómo se movía Houseman.
"Si tuviera plata me compraría una villa", frase del Loco, no de cualquiera, no de nadie.
Hoy, con tanto jugador cool tapándose la boca para hablar en la cancha y con tantos medios vendehumo, extraño a los pocos Houseman que pudimos disfrutar desde la tele. Esos que necesitan que les hagan el nudo de la corbata, porque un Campeón del Mundo debe estar presentable.
Esos que están resistiendo en los potreros y no sueñan con salvarse haciendo guita, sino en llegar a algún cielo gambeteando santos.