ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

jueves, 19 de mayo de 2022

Gineoide


 Consigna del Demiurgo de Hurlingham:
Un mutante con habilidades sobrehumanas construye a una bella androide,
quien se convierte en su secretaria, enfermera y amante.

 -Te llamaré Gineoide, androide mujer, trabajaré en tu perfeccionamiento hasta que puedas darme hijos dignos de tu belleza, mas no de mi imperante conformación física, poco digna de los dioses. Y así seré yo mismo un dios, un creador deforme pero magnánimo, capaz de desarrollar seres con la maravillosa potestad de ensombrecer a la propia naturaleza.

El mutante se agitaba febrilmente en el laboratorio de aquí para allá, ora insertando ínfimos circuitos subcutáneos, ora realizando ensayos de elasticidad y transferencia osmótica en la piel artificial que se encontraba perfeccionando con la pretensión de conseguir un material tal asombroso como el de la piel humana. No como la suya, apenas reconocible como tal por la serie de mutaciones genéticas que sufrieron sus padres y las suyas propias acaecidas en el mismo laboratorio de la Fundación GeneSys, creada por los gobiernos de los países centrales en un solapado anexo del CERN irrigado por fondos de las megaempresas capaces de forjar un mundo a la medida de sus intereses.

GeneSys construyó los laboratorios genéticos y robóticos más sofisticados del globo. Variados proyectos hurgaban en lo más profundo de la naturaleza física de los seres vivos para mejorar sus posibilidades, imitar sus propiedades y diseñar habilidades combinadas nuevas y más potentes. Sin embargo, la prolongación de conflictos armados europeos, de mayor o menor magnitud, fueron restando el apoyo a una iniciativa que redundaría en beneficios cuya espera se prolongaba en el tiempo más que los ciclos de los CEOs financistas y GeneSys pasó a un estado de funcionamiento mínimo, con los mutantes campeando en las instalaciones, que resultaban aún seguras y oclusas. 

-Gineoide, mi creación, serás además mi secretaria eficiente, llevarás el registro de todo lo que logre crear y de mis fracasos, que espero breves e intrascendentes. Me darás los cuidados que necesite cuando los necesite, dada la precariedad de mi salud de inestable mutante. Y serás, claro, mi amante, mi consuelo en estas horas oscuras y largas que se prolongan y prolongarán más allá de lo imaginable. Te estoy dotando de los más sofisticados sistemas cibernéticos imbricados con los materiales orgánicos necesarios para las funciones vitales. Y, si puedo conseguirlo tanto como lo deseo, algún día serás madre. Una Eva de este tiempo capaz de engendrar la vida que este dios mutante escondido de los soberbios humanos inseminará en tu perfeccionada naturaleza. Mi organismo, hoy extraño, resucitará en formas de perfeccionada maravilla.

Contrariamente a lo sospechado, el cerebro de Gineoide no ofreció mayor dificultad, dado que su cuerpo de circuitos, chips y bits era mucho más estudiable y predecible que el organismo humano y que los sentidos de los que estaba dotada eran capaces de recortar las sensaciones entrantes para no desperdiciar potencia de cálculo. De hecho, el dolor no formaba parte de su programación, los estímulos que recibían sus sensores se filtraban y acotaban a lo útil y agradable. Y de hecho, eso era Gineoide, lo útil y agradable.

-Y serás el androide más feliz de cuantos hubieron existido. Las sensaciones que percibirás permitirán que tu cerebro las decodifique como felicidad, dado que eso es lo que hallaré a tu lado. Y algún día, cuando yo muera, serás plena al recordar que mi malogrado cuerpo mutante se destinará a enriquecer la escasa superficie de tierra que se dispone en los jardines de este paraíso de creación.

El tiempo, ese que es breve o interminable según sus deseos, transcurrió veloz. En pocos años, Europa llegó a un estado de paz y prosperidad, acogiendo migrantes y sanando sus heridas. En la apertura a nuevos desarrollos de lo que fue GeneSys, los pimeros científicos que llegaron para reflotar la experiencia oyeron desde los pasillos que conducían al jardín una dulce y alegre voz que relataba un cuento en forma de canción infantil. Se acercaron. Parada delante de ella, una figura pequeña de poco más de medio metro de altura y aspecto humanoide cuya apariencia obligaba a quitar la vista inmediatamente. A un costado, los restos de un cuerpo a medio enterrar fertilizando la tierra. La canción repetía en su estribillo: felices los ojos que te ven, hermosa criatura de mi vientre gineoide.

 

 

Más y mucho más interesantes relatos basados en Este jueves, un relato: 13 retos oníricos  en El Demiurgo de Hurlingham

domingo, 20 de marzo de 2022

Plumero y jerez

Con el sol en alto insinuando un leve declinar, se encaminó luego de recogerse el cabello al hermoso quincho vidriado del fondo del terreno. Tomó el plumero y repasó los tres cuadros pintados por su mano. Se detuvo con algún asombro al notar que el paso de las enormes plumas de ñandú no obedecía a las regulaciones del cariño por aquellos hijos amados como gustaba de llamarlos. Cuándo se produjo ese cambio, quizás hoy mismo. Se alarmó brevemente antes de preferir continuar, plumerear la mesada y dedicar algunos minutos a una mirada general del espacio. Tal vez el fin de semana venga alguno de los hijos, los abrace, les pida algún dinero o el auto. Tal vez.
Al salir del quincho, volviendo hacia la casa, accedió a contemplarse en el portalón vidriado. Recordó aquel día en que el futuro era un borbotón de sueños y ella la princesa que tendría su noche de brillos tan deseada. Un rápido giro de la cabeza a ambos lados verificándolos despejados fue todo el permiso que se otorgó para volver a tomar el volado de su vestido de quince y con más pudor que antes contonear suavemente las caderas al ritmo de un vals que de algún lado parecía venir. Contemplarse no hizo más que comprobar una vez más lo que todos le decían: había sido —y acaso lo seguía siendo— una bella mujer.
Los caprichosos fulgores que asaeteaban un par de laureles la impregnaban de un aura magnifica y cenicienta. Se volvió, ahora sí, a la casa con una gracia renovada, casi sonriendo.
Él leía, ajeno al mundo, apenas cambiando de posición, aprovechando la clara oblicuidad, tendido en un sillón. Las enarcadas cejas prometían especulaciones con ligeros movimientos de elevación correspondientes a comprensiones más o menos súbitas promovidas —necesariamente, daba a entender— por la erudición de la lectura entre manos. Se llamaba Pedro, pero Petrus le sentaba bien entre su círculo de amistades, quienes adoraban pasar los jueves a las diecisiete para debatir un par de horas sus últimas lecturas con jerez rojo y masas de La Puissance.

Evitaban momentos compartidos, desde cuándo para ella, por qué no, para él. Sentencia que cobra visos de afirmación toda vez que compartir momentos signifique palmo a palmo, codo a codo, afrontar tareas comunes, desafíos o miradas que entrecruzar allende la concordancia. Comían juntos, dormían juntos, miraban series juntos, como misión necesaria para concebir un escaso archipiélago de convivencia tenue como el cortinado de seda.
Con el sol pujante de la mañana, Mariela repasaba mentalmente las tareas pendientes, quizás plumereando su arcano impulso de pintar el mundo y sus temores de período gris en el estilo. Petrus, azuzado por el renovado brío, acometía abriendo los muslos del libro en su marcador. Vendrían quizás los suyos el sábado. Pero antes estaba el jueves de jerez.
La amabilidad campeaba sobre las diferencias y estas sobre las pulsiones. Las prendas nuevas renovaban el debate de tonos más o menos pasteles. Las frecuencias eran la vida y la vida los pedruscos seguros donde no trastabillar. Supieron sepultar la pasión con respeto y la insinuación con suficiencia.

Esta tarde, pasadas las diecisiete, se fundó la Orden de los Caballeros de Plumero y Jerez, club de lectura y sofismas, según sus fundadores. Ninguno de ellos observó la salida de una mujer cuyos largos cabellos sueltos remedaban la Duncan eufórica antes de la tragedia, pero sin enredarse esta vez.

martes, 25 de enero de 2022

Manos de niño, desierto, muralla, caída

Consigna del Mundial de Escritura: es 1874.
Están en una ciudad aislada en el desierto,
rodeada por muros que protegen a los habitantes
de leones y leopardos que la acechan. A veces, se cuelan las hienas
y atacan a los enfermos. Un chico les muestra las manos.


Soles con soles se eclipsan,
arena con arena se cubre,
no hay pesar ni pena en el desierto.
Hay horizonte borroso,
fatigoso respirar,
inevitable transcurrir.
Un día de tantos días
se alza en el fondo una muralla,
piedra que emerge, amalgama
de luna con arena.

Es Asuán o Abu Simbel
acaso importa medir la Tierra
o rendirse ante Ramsés
si el muro es tan endeble
que se cuela arena, hiena,
víbora cornuda y toda peste
que reclame refugio en la andadera.

A su sombra,
tras un portal maltrecho,
los ojos de un pequeño
recuerdan al viajero algún oasis,
no imploran, parecen ofrecer
el recuerdo de lo que llaman vida.

Sus manos ya gastadas
—con huellas de soga,
de basto mango de azada—
remedan mapas de tribus,
de pozos, de fuentes del Nilo,
trazados de Eratóstenes,
paso regular de camello,
aljibe con fondo iluminado,
anguloso gnomon de Alejandría,
asombro de Ptolomeo, el tercero.

La tierra que las cubre y las contiene
es ocre reflejo de la otra,
la mayor, esa que gira
negando primaveras al desierto,
soleando por mitades
las ciudades, las aves y espejismos,
y se hinca al ingenio de aquel
sabio que le puso cota.

Y sus dedos señalan los descansos
permitidos al rendido peregrino,
se cierran en gesto de vasija,
endeble muro confinando aire
reseco cual peñascos pardos,
promesa de agua fresca y dátil.

Queda poco, tras Gundat
caerán a plomo las verdades,
lo poco que no troque en osamenta
parirá siglos de arenario
en ese día las manos del pequeño,
la tierra que la cubre,
las medidas,
los camellos,
las murallas,
serán el tiempo que fluye hacia la sima
y cayendo arremolina,
hunde las fronteras
del vacío que se hace entre cristales
y el nadir que a todos nos espera.

viernes, 26 de noviembre de 2021

Lugar

Consigna del Mundial de Escritura:
escribir sobre una persona que estuviera
en el lugar
 de esta imagen sin hacer suposiciones sobre sus
estados de ánimo, solo describir.
.


La mujer, cuyas piernas cargadas de años avanzaban a pasos desiguales, se acercó al televisor. El dorso de su mano derecha barrió el polvo, pero no alcanzó a apartar los pegoteos grasos y oscuros. Algún vidrio faltante en la ventana fue entrada y promesa de refugio para algunas aves silvestres que dejaron sus huellas en toda la estancia.
El verde había avanzado con los meses y los años, resucitando a la vida el montaraz terreno hasta unas décadas atrás ayuno de paredes y electricidad.
Bajo la permanente bruma de años sus pupilas destellaban según las herían los reflejos solares en los pocos vidrios que permanecían aún con la sal reseca de vendavales ocasionales.
Levantó la vista y escrutó el espacio deteniéndose por momentos. Algún sonido indefinido brotaba de los pálidos labios que conocieron el buen vino y los besos, apenas se abrían soltando un racimo de aire.
Un pequeño tropiezo la llevó a centrar la vista en una zona iluminada por la claridad de la ventana entrecerrando los párpados. Allí, alguna semilla de árbol había soltado sutiles raíces por entre las grietas del embaldosado que ya permanecía sepultado por la grama.
Se detuvo cuando su palma palpó el respaldo de un ajado sillón, descolorido pero en su lugar a pesar del abandono.
Los sonidos provenían de afuera, dentro solo sus pasos resultaban audibles. Un permanente arrullo de palomas venía desde algún lugar de la orilla del monte, a la vera del poblado, donde el cementerio acertaba a señalar el señorío de lo umbrío.
Un suspiro acompañó el movimiento de sentarse en uno de los sillones, el más desocupado e iluminado. Sus manos, temblando, se elevaron hacia el rostro mientras su mentón bajaba arqueando la columna hasta apoyarlo en las palmas y los codos en las piernas. Los dedos recorrieron los costados de la cara modificando la disposición de los pliegues de la añosa piel hacia arriba hasta que sus dedos se encontraron sobre la frente.
Tras unos segundos inmóvil comenzó a sollozar con aspiraciones nasales cuya frecuencia se iba atenuando. Las manos, ora crispadas, ora acariciantes, no se detenían. De repente, se irguió, secó sus manos en la falda de pollera, levantó la mirada hasta ponerla horizontal y se encaminó a la arcada de la inexistente puerta deteniéndose solamente a enderezar un cuadro lindero al marco de la ventana.
Salió. En el ambiente de lo que fue un cuarto de huéspedes flotaba una miríada de partículas luminosas que refulgían en el aire agitado por el movimiento de la mujer hacia la salida.
Las palomas sonaban más cerca, algunas lechuzas revolotearon bajo destellando en el ya casi horizontal baño de sol que se colaba en el monte. Otros chapoteos y otros cantares se fueron sumando para apagarse con el último sol. La luna ofrendaba la palidez de siempre. Ya no habría vientos, solo brisas. No habría retornos, ni lugar para llanto o alegría. El monte no guarda muchos recuerdos, y los que guarda los esconde. Una bandada de biguás hacía su último vuelo nocturno allá en el borde del monte, volviendo a la laguna. Solo comprenden la muerte los que amasaron la vida.



martes, 5 de octubre de 2021

Fuerte

Consigna del Mundial de Escritura: 
escribir un poema a partir de un juego de la infancia 
y algo que pueda representar hoy en la vida.
 

En un fuerte de madera con yeso
parapétanse hostiles soldados
ante un enemigo despiadado
que se cierne con apetito avieso.

Qué infortunio traen entre las sombras
de esos pliegues de plástico blando,
qué mañanas irán acribillando
sin modesta trinchera bajo alfombra.

Atacan (sin piedad) desde los riscos
los malos, los oscuros, los infames,
y por atronador que el cañón brame
refuerzan la defensa los ariscos.

Apenas encontraron parapeto
en alto un estandarte, una bandera,
provee de carbón a esas calderas
y remonta corazones en el reto.

Renuevo mi estrategia de soldado
que no entiende en la liza de renuncios
y no requiere de prístino anuncio,
saberse frágil y de escudos demudado.

El fuerte es la coraza de mi cuero,
las huellas en mi carne los soldados,
los filos que me han atravesado
indican ya las causas si me muero.

Y vos, mujer franca, la bandera,
la pausa, la proclama, la elegía,  
y el pendón que luzco en la porfía
de las lides que juntos ya enumeras.

Te contemplo y enciendes la mirada,
azuzas ya mis luchas sin reparos,
reanimas las defensas, mis amparos,
mi fuerte, mis soldados y mi espada.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Otros ellos y nosotros


Ellos siempre ganan o casi siempre, pero da la sensación que siempre lo hacen. Nosotros siempre perdemos, o casi siempre, la sensación es la misma. Ellos celebran los empates sobre la hora. Nosotros, ninguno, pero nos sentimos dignos cuando revivimos a pesar de todos y todos. 

Ellos hablan de las grandezas y los honores acumulados a lo largo del tiempo, nosotros de modestos triunfos contados con los dedos, que serán manifiesto y leyenda, ternura y caricia cuando las tormentas arrecien.

Ellos saben de mieles, de té con dulces masas, nosotros de mate cocido y sánguche de mortadela sopado. Ellos y nosotros merendaremos felices de haber tocado el cielo con los labios, aun siendo cielos distintos, qué más da. Pero lo importante es rozar lo eterno. 

Para ellos, que toman lo que quieren, van y lo tienen, el tiempo es lo que transcurre entre un logro y el siguiente. Para nosotros, que deseamos lo que ya tenemos, porque perderlo es cuestión de tiempo, el tiempo es ese andar hacia la muerte que llevamos como designio a contrapelo y de vez en cuando podemos burlar. La muerte llega y no es invitada, para ellos y para nosotros. 

Ellos paren herederos y blasones; nosotros parimos compañeros de camino, porque en lo efímero de nuestra huella cubierta de arena se suceden otras, crecientes, que se empecinan en buscar sentido. 

Ellos temen perder. Una vez es del todo posible, dos es preocupante, tres es catástrofe. Nosotros sabemos perder. La cuenta empieza en tres (más, no las tenemos en cuenta), si disminuye a dos el dolor se esperanza y si es una sola salimos sonriendo a la calle sin que nada nos arruine el día. Sabemos que hay derrotas próximas, pero aprendimos a bailar en el vendaval. Disfrutamos de la pequeña alegría carnavalera que transmuta alguna inusitada victoria en el guiño cómplice que nos convence que no todo está dicho. 

Ellos necesitan espectadores de su felicidad, de su opulencia y su poder. En la imagen está su esencia. Si no es posible la imagen feliz, entonces será la construida sobre la desgracia del otro, que si no se conoce hay que publicarla. Ellos no necesitaron de nadie para ser lo que creen ser. Claro, las mentiras dichas por los sonrientes modelos publicitarios, son menos mentiras, al parecer. Nosotros necesitamos manos. Y voces y sueños plurales. Y duras verdades. 

Ellos son uno y uno y uno y uno… Se agrupan cuando tienen adversarios en común. Entonces centran el objetivo, apuntan y disparan. Caiga quien caiga, los semejantes salen adelante porque uno sale primero y los otros detrás. Nosotros elegimos sentirnos comunes, no necesitamos agruparnos. El rival es rival en la contienda, la derrota es la sal. Pero intuimos cuándo vienen por nosotros. 

Ellos no tienen historia, tienen jalones hacia un destino escrito por dioses que los eligieron. Las certezas que blanden sostienen a su realeza y al linaje que detentan. Nosotros arrastramos las decepciones y las ruinas de los nuestros florecidas en la novedad de la primavera. Los dioses prefirieron no elegirnos porque nuestra heredad es la duda y ellos viven de certezas. Entonces, en lugar de promesas prefieren darnos afrentas y módicas alegrías, porque no se nos ha anunciado profecía más auténtica que descubrir la historia en nuestras manos.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Elogio de Sergio

Este es un texto del Mundial de Escritura. 
La consigna era: escribir un obituario de un ser querido.

 
 

Toda vida llega a su fin, incluso la de los seres que amamos, esos seres valiosos que han estado a nuestro lado en los momentos felices como en los aciagos. Es una ley universal, como la gravedad, inexorable, bajo la cual nos movemos y existimos. Con dolor despedimos a Sergio, hijo singular, esposo fiel, padre abnegado, amigo incondicional, asiduo lector, contribuyente puntual, trabajador incansable. 

Hijo singular, único, de aquellos viejos inmigrantes europeos que vinieron a hacer la América y bien parece que todavía no pudieron empezar. O la América se nos presenta hecha y deshecha, como prefiera el consternado auditorio. Hijo singular, único, que ha regalado a sus padres los días de su existencia como efímera flor que un día se marchita y adeuda el perfume, así lo llorarán sus múltiples acreedores. Hijo tan especial cuya singularidad espoleó a sus progenitores a la negativa de continuar procreando incluso contra el mandato itálico que se preciaba de multiplicar descendientes. 

Esposo fiel. Fiel al escurrirse sereno e inadvertido de todo apremio entre los muros hogareños. Fiel a las pulsiones interiores, esas que pugnan por ver la luz, preferiblemente a oscuras, tal el candor de nuestro finado amigo. Esposo fiel a las delicias de la buena cocina, rara vez compartida con su malograda esposa, que decidió abandonarlo en sus años mejores en su desesperación por arañar la gloria. Pobre, entendía que la Gloria manaba mejores mieles para deleite de su lábil esposo. Loadas sean las fidelidades de nuestro querido Sergio. 

Padre abnegado. Ha negado la responsabilidad por la semilla derramada en el feraz surco promisorio de molicie y dulce galbana. Ha negado otorgar el derecho de la savia que retoñó en vivaces zarcillos que reclaman. Como padre, ha negado la palabra, la pequeña hidalguía de mirar al rostro y mojonar las sendas de los que vienen. Todo con el propósito de que sus hijos eligiesen libremente su ventura desasidos de los escollos de la enseñanza patriarcal. Hijos, que —ingratos ellos— fueron optando por caminos desamorados en su propia elección vital y a quienes hoy se les niega toda posibilidad de percibir los bienes que generosamente ha amarrocado el querido Sergio en una previsión elogiosa para los propios. 

Amigo incondicional, sin condiciones para repletar sus redes sociales de gente que desconoce y que, según su deseo, hasta último momento y más allá lo mencionan en sus muros, lo felicitan por sus logros y los alientan en sus derrotas, que han sido siempre dignas de elogiar por su heroicidad y derroche de valentía. No vengan —era su proclama— a ponerme condiciones quienes no me acepten como soy. Y menos quienes me presten dinero. Esos no son amigos, son usureros a los que la máscara pronto se les desliza. 

Asiduo lector. Leía así, a dúo con los amigos las revistas que estos compraban, tal su inteligencia para eludir las artimañas más acendradas de los mercaderes capitalistas. Nos ha dejado grandes enseñanzas como la de solicitar el semanario local al día siguiente de la edición algunos remanentes para trabajar las noticias en la escuela con sus alumnos, noticias que eran su lectura de fin de semana y combustible erudito en los asados a los que invitaba a sus amigos que trajesen una porción generosa en la que ocultar veloz y prudentemente unas costeletas amarillentas. 

Contribuyente puntual a la solicitud de prórrogas y moratorias, de descuentos y rebajas. Cuantos lo amamos conocimos su exhortación a las maniobras más inverosímiles para evitar el control del estado sobre sus bienes, que le pertenecen y sobre sus deudas, que gentilmente ha sido capaz de transferir a propios y extraños. Artista en la técnica del regateo, ha logrado fletes por monedas y viajes en remises a cambio de facturas oreadas garroneadas en la panadería, atento a las bolsitas remanentes del día anterior. 

Trabajador incansable. Hoy, en el día de su deceso, alzamos en un pedestal su lucha contra la explotación obrera, la aberrante alienación de los asalariados. Lucha sin fisuras ni arañazos, por cuanto sus ideales lo impulsaron a gestar la transformación social desde la profunda y comprometida reflexión ajena a callos que pueblan las manos de los oprimidos. 

Horas y días nos llevaría elogiar a nuestro amado Sergio, así como él se lleva al sepulcro sus más ínclitas virtudes: hijo singular, esposo fiel, padre abnegado, amigo incondicional, asiduo lector, contribuyente puntual, trabajador incansable. Hasta siempre, vuela alto. 

Bien, tengo las palabras que pronunciaré en la despedida de Sergio. Espero que venga alguien, detesto que me hagan escribir en balde.

viernes, 3 de septiembre de 2021

Es la casa

Este es mi texto del primer día del V Mundial de Escritura.
La consigna era: escribir una historia
que transcurra en una casa encantada.

 Hoy, que mis años languidecen en atardeceres largos que se suceden desde el alba, me encuentro tan despierto, tan alerta, que los recuerdos me atropellan tan vívidos que intimidan.

Creo haber acudido al llamado de una tía de Paula, mi novia en aquellos años en que el miedo era algo extraño que les sucedía a otros. Oía voces, murmullos, quizás zumbidos, esas cosas tan comunes en una mujer sola que sabe que sola debe afrontar sus horas por largas que sean. Y que de vez en vez al principio, luego más frecuentemente acude a parientes y vecinos, los pocos que responden, por pequeños favores o para denunciar dolores nuevos o los de siempre. Para reclamar esa atención que alguna vez tuvo de un compañero y de algunos hijos que ya no mencionaba.

Los más cercanos, incluida Paula, soltaban frases poco tranquilizadoras para la tía, pero tal vez para quien las enunciaba cumplían la misión de deshacerse del incómodo sortilegio del compromiso perenne de acudir  a su llamado. Serán gatos en amores, tal vez una atrevida comadreja.

La casa, nena, es la casa, algo malo tiene. Los reclamos arreciaban en la medida que consolidaba mi relación con Paula y con ello la necesidad de un techo común. Qué tal si le hacemos compañía por un tiempo. Esa doble misión en la que a veces nos embarcamos por solucionar dos problemas a la vez y que suele involucrarnos en terceros que no estaban en el horizonte. La tía, feliz, menguaba sus pesares y reclamos. Algunas veces mencionaba las voces, pero sin darle demasiada importancia. Debo decir que yo también escuchaba algunos susurros en días y sobre todo noches aisladas. El anguloso perímetro de casi un siglo contrastaba con las construcciones modernas —más bien cuadradas, optimizando la superficie— del barrio. Se diferenciaba perfectamente porque además se centraba en un terreno doble, sin medianeras ni contacto con las construcciones aledañas. Perfil, me decía, que colaboraba mucho con la generación de extraños ululares ventosos.

A medida que la rutina nos afianzaba en la casa notaba que Paula cada vez más asiduamente mencionaba la imaginación de la tía y no pocas veces me asociaba. Su media sonrisa testaba a favor de cierta conmiseración teñida de un leve disgusto por mis comentarios acerca de los indefinibles susurros que se oían. Me cuesta relatar acontecimientos que no lo fueron, pequeños detalles o gestos, pequeñas situaciones cotidianas en las que pudo verificarse que Paula desconfiaba de mí como yo de la indefinible casona. Sin embargo, puedo relatar cómo la tía fue atenuándose en su vida con la misma cadencia como sus certezas acerca de los susurros se afirmaban unas sobre otras. Una tarde sintió que la llamaban y decidió dejarse morir negándose a ingerir alimentos por unas semanas. Fue entonces que resolví que lo mejor era marcharnos de la casa, que no sería nunca nuestro hogar. Paula, apoyada en sensatos razonamientos, argüía que huir espantados por unas supuestas voces no obedecía a nada racional, más que el eco en mi cabeza. Y yo, yo no podía pronunciar otras palabras que las de la tía: es la casa, nena, algo malo tiene, aun sabiendo que con nuestro magro sueldo de empleados no alcanzaba para un alquiler decente, mientras que teníamos a nuestra disposición tan magnífica construcción que podría arreglarse con poco.

Ese murmullo indefinido tornaba a frases más claras, que comencé a anotar en un cuaderno. Arreciaron cuando me accidenté cayéndome en un intento de reparación del tejado y Paula se ausentaba por diez horas, redoblando esfuerzos en su trabajo. Al volver me encontraba taciturno y ella, mascullando por lo bajo quizás lamentándose por soportarme, se disponía a hacer la limpieza y ordenar la sala. Un día, silenciosa, cuando yo aún no lograba valerme por mí mismo, preparó unos bolsos con su ropa de más uso y se fue sin saludar. Quedé un tiempo solo, lamentando mi suerte y, todavía peor, sin oír en lo sucesivo las voces que me aterraron durante años.

Un día, no hace mucho, se detuvo un auto viejo en el portón de entrada. Una pareja vivaz, muy jóvenes. Atuendos coloridos y rastas larguísimas. Les encantó el lugar y decidieron quedarse aun cuando les susurro desde mi atormentada soledad: ¡Váyanse! Es la casa, chicos, algo malo tiene.

domingo, 25 de julio de 2021

Don Alves

Este es mi texto del octavo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: escribir una historia en la que
descubramos a un personaje a través de un gesto.

 Eran esos años en los que los vecinos salían con una tacita a pedir un poco de harina, azúcar o aceite a otros vecinos. Modesta solicitud que sería recompensada luego con unas tortas fritas o pastelitos los días de lluvia. Costumbre de campo adaptada al formato rectangular de la ciudad con sus esquinas y veredas, que confinaban toda nueva construcción al formato de un solo frente y con escaso margen de elección para el aprovechamiento del sol y la sombra. Los días de lluvia gran parte de los trabajos del campo se imposibilitaban. Los peones se refugiaban en los galpones, reparaban herramientas, acomodaban un poco, pero sobraba tiempo. Ponerse a hacer tortas fritas era un entretenimiento a la par que una forma de alimentarse sin demasiada demanda de recursos.

La aparición de las grandes metalúrgicas transformó al pueblito en ciudad y a la ciudad en una telaraña de nuevas relaciones, nuevos oficios, nuevas economías. Los venidos del campo, de lugares más agrestes, con oficios rurales debían adaptarse, aunque este término no significara nada para ellos. Su adaptación consistía en ir aprendiendo en el día a día el ajuste a ritmos impuestos cada vez menos por la naturaleza y cada vez más por otros relojes. Pero también consistía en enseñarle a la ciudad ciertos rasgos de hidalguía, cierta parsimonia dulce, ciertas costumbres que la vida en el campo les había impreso. Pedir prestadas herramientas, útiles de cocina y hasta la bicicleta eran situaciones usuales y que no conllevaban vergüenza ni se respondían con una cascada de cuidados a tener en cuenta.

El hombre pasaba los ochenta, había capeado demasiadas tempestades, sabio de trabajos camperos con el manual tallado en las formas angulosas del rostro y en algunas cicatrices a la vista y muchas de las bravas prudentemente ocultas. Pero no contaba demasiado, había que tirarle mucho la lengua para que suelte dos o tres frases o recuerdos. Otros paisanos eran más dicharacheros, tenían un “dicho” para cada ocasión y cualquier excusa la tomaban como puntapié inicial del minucioso desgranar de una anécdota.  Don Alves era más bien reservado, pero no taciturno. Contaba poco de su historia, aunque solía ser buen conversador con los vecinos. Los años que llevaba encima, en conjunción con la soledad de los últimos ocho, le impedían a veces salir a hacer las compras.

No encontraba su palo de amasar, toda una deshonra. Se llegó hasta nuestro hogar, que no era lindero, pero estaba en la cuadra. Mi madre, solícita, buscó el suyo, le sacudió un poco la harina pegada de la última amasada, que le salgan ricos esos ravioles, no hay apuro por el palo. Don Alves agradeció y al encaminarse hacia la puerta el Morro salió desde atrás de una cortina y tras un salto de cazador avezado lo mordió en el tobillo. Sin mediar lapso de tiempo, un palazo deslizante revolcó al gato al sitio de dónde venía. Mi madre quedó atónita, la rapidez de la reacción del viejo, el movimiento de su muñeca desde la posición en la que estaba hasta dar el sablazo, la fantástica transformación de un hombre decadente en un elástico ser de algún heroico linaje, parecieron transformar la escena en un relato mítico.

Los segundos que siguieron no vieron mimos al gato asustado por parte de mi madre, sino un aluvión en su mente de frases y breves relatos que Don Alves rara vez fue soltando en las décadas de vecindad. Vida en el noreste santafesino, Las Toscas, o Tacuarendí o Florencia o en todos ellos. Peón rural en lugares donde los obrajes se confunden con el monte y este con los bañados y los cañaverales. Donde el sudor es el temple para el cuero trigueño que remonta los años en los pagos raleados, en el rancho de quincha, en la furia de las sabandijas que ven asolada su tierra. Donde el tabaco no era tabaco si no alcanzaba y la danza del chupe barato remozaba la peonada con la temprana ida de los menos recios. Cuando venir al sur era promesa de empleo, de horario de trabajo y de descanso, de sueldo fijo y con suerte una casita de material para la mujer y los hijos. De amontonarse en el tren y embelesarse con el ondular del trigo y la firmeza del maíz.

En ese breve y espontáneo ensueño estaba mi madre cuando Don Alves agachándose lo que el cuerpo le daba intentó estirarse para acariciar al Morro, que huyó como si se le acercara un dogo satánico, pero tan lentamente que quedó a mitad de camino, mientras intentaba disculparse: –perdone, me vino a la mente una yarará– y, abriendo la puerta de calle mientras miraba el palo de amasar:  –como si fuera el machete.

Mi madre que hoy tiene la edad de Don Alves en la ocasión, suele contar esta historia tan terrena y trivial una y otra vez a sus nietos. Parece advertir que hay ocasiones en que las personas despiertan una magia que no saben que poseen, magia que es tan propia como las dichas y desdichas de su vida pero que en un destello lo iluminan todo, incluso lo que no se dice o se escribe.

lunes, 19 de julio de 2021

Autoayuda de bolsillo

Este es mi texto del undécimo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: recomendar tres libros de autoayuda
que no existen y que quisiéramos leer.


Pocos objetos son tan preciados como los libros de autoayuda. Sus lectores suelen leerlos y convertirlos en puntales necesarios para sostener una vida que incomprensiblemente se había sostenido bastante antes de su aparición. Sin embargo, la llegada de un libro de autoayuda será un detector de la existencia de esa necesidad hasta el momento poco advertida.
Dejando de lado el trillado chiste de que un libro de autoayuda funciona si se vende mucho dado que su autor consiguió ayudarse económicamente —los ejemplos sobran— es probable que formen parte del conglomerado de raigones a los que aferrarse cuando los fantasmas del modo de vida actual prometen precipicios a cada paso.

Difícil resulta diferenciar, clasificar y valorar iniciativas como el coaching, la astrología, el tarot, las constelaciones familiares, el espiritismo, el yoga, de la misma manera que puede ser complicado hoy día clasificar las religiones tradicionales
Sin embargo, están aquí y para quedarse, como los dolores articulares de quien ha vivido. El lector distraído puede suponer que estas líneas se construyeron como una diatriba contra el género. Nada más lejos de la realidad, lo que podrá verificar si las frases anteriores no han conseguido arredrarlo. Sin mediar más prólogos ni advertencias se procederá a recomendar la lectura de los siguientes dubious sellers a través de las reseñas que se ofrecen a continuación:

- “Autoayuda de liberación”, de la autora checa Ester Raplanista. Un compendio que recorre las distintas formas y maneras de llegar a la liberación de cuerpo y espíritu de la opresión que la vida actual impone al individuo que no logra despojarse de las ataduras. Se destacan especialmente algunos capítulos que se han convertido en clásicos del género. Cap. 5 “De cómo si la Tierra fuera esférica nuestra mente estaría atada a la gravedad”, Cap. 12 “Del avistaje de ovnis como terapia ambulatoria”, Cap. 27 “Del modo en que ser hincha de San Lorenzo prepara para soportar los avatares de la vida”, Cap. 53 “De los chakras: cómo reconocer el ganado ovino del bovino”.
Fascinante compilación post mortem de la reconocida autora —valga el término acuñado por quienes tuvieron que reconocerla cuando decidió arrojarse bajo las ruedas de un tren— al lograr así la liberación definitiva.

- “Ayúdame que te ayudaré”, de los sacros gurúes Ivana Garparme y Johnny Laburo. Estos discípulos dilectos del Maharishi Mahesh Yogi explican con lujo de detalles cómo el aferrarse a los bienes materiales produce una afición adictiva a los mismos. Es por ello que proponen desposeerse de dichos bienes; dado que nos son vitales en la sociedad de hoy, proponen hacerlo en forma simbólica depositando mensualmente una suma de dinero en una cuenta administrada por los autores cuyo fin es aportar a la FIASCO, Fundación Internacional de Autoayuda, Sociedad Comunitaria. Los testimonios de los autores son conmovedores. No es un material bibliográfico más, sus seguidores se cuentan por miles. Incluso se han producido tremendos toletoles callejeros entre dos facciones: aquellos que admiran y aspiran a la vida relajada de los autores y aquellos que reclaman la devolución de su óbolo a tan auspiciosa causa.

- “Manual de autoayuda”, de la coach y sexóloga Analía Cavallo: La autora pone en la mano de los lectores un amplio vademécum por la autosatisfacción de las necesidades más profundas y vitales del ser humano. Las ilustraciones son elocuentes e inspiradoras. No se recomienda que el libro esté al alcance de menores. Incluso sus más feroces detractores han reconocido que seguir paso a paso —o mejor dicho, mano a mano— las instrucciones y recomendaciones del libro han trocado su necesidad de satisfacción por una sonrisa bucólica e indolente debido a una correcta canalización de las energías y los fluidos elementales en búsqueda de terminar con la deseada armonía.

Estas recomendaciones oficiarán al modo en que una brújula conduce al navegante al seguro puerto que ofrece el correcto uso de los instrumentos y el desarrollo de la intuición educada para capear los temporales más recios que propone la posmodernidad. Sin el correcto libro de autoayuda en sus manos, el desnudo ser humano corre el riesgo de vivir mirando a los ojos a quienes lo rodean y tendiéndoles la mano en la trepada para ayudar, en la caída para proteger y en el llano para sentir y sentirse uno con el otro.

 

lunes, 5 de julio de 2021

Laberinto de Greta

Este es mi texto del segundo día del Mundial de Escritura.
La consigna era: cerrar una casa.
Fue elegido por los compañeros para representar al equipo Koh-i-noor suculento,
al que pertenecí, sin lograr quedar entre los diez finalistas.

Los pasos medidos, eligiendo dónde poner el otro pie con la vaga guía de una claridad que languidece. La ventana del recibidor da al camino. La guardia de álamos, dudosas columnas minoicas, se pierde hacia el punto de fuga en la tranquera que parece hundirse en el rojizo horizonte. Una luz demasiado oblicua atraviesa la ventana y sugiere sombras tangibles, macizas.
Cajas apiladas y bolsas enmarcan un retorcido pasillo que solo es tal cuando se lo distingue de una miríada de objetos dispersos por el piso de mosaicos de granito. Se habrá sentido muy sola Greta para irse de esa manera. Puede verse tanto la pulcritud con la que empaquetó algunas cosas como la desidia, el desdén o acaso el apuro que clama del desparramo de otras, el contraste abofetea al espectador.

El laberinto de Greta, sonríe, y pierde varias décadas ensoñándose devenido en un Teseo con celular, sin cobertura, pero con celular al fin. Se detiene un instante alelado al recordar el nombre de Ariadna –legendaria compañera del héroe ateniense– y deja fluir la comparación con el de Adriana, su esposa, quien le encomendó la tarea de clasificar los bultos y llevar a su hogar lo que pudiera ser útil. Al fin y al cabo, Adriana había compartido con su hermana unos buenos años en la casa de campo.
Algunas cajas y bolsas están rotuladas con caligrafía apurada, se puede leer vajilla, ropa de cama, juegos de mesa, en rectángulos de papel adheridos con cinta transparente ancha. Greta había sido una mujer prolija, con la casa siempre presentable, lo cual no es de extrañar sin la presencia de críos o un marido descuidado. Andando por el modesto laberinto trata de evitar las zonas con objetos esparcidos e inventariarlos solo de lejos. Se dice que puede haber lauchas o ratas, minotauros decadentes que gustan de los montones, las sombras y los desechos. A distancia distingue revistas de moda y actualidad, libros de distinto grosor y antigüedad, bolsos vacíos o a medio llenar, un cofrecito de madera con cierre de latón, parlantes de computadora, un par de cuernos de carnero que alguna vez estuvieron colgados en la pared del recibidor, pequeños candeleros. Vuelve al cofrecito sintiendo que se eriza su piel cervical, se siente confundido, agita la mano derecha frente a su rostro espantando sin fortuna algún fantasma tenaz que lo obliga a salirse del camino seguro de cajas apiladas y adentrarse en el tembladeral que las sombras de la tarde ya truecan en indescifrable.

Enciende la linterna del teléfono móvil al tiempo que cae golpeándose con varios trastos en una carambola que en otro momento le hubiese arrancado una carcajada. Un poco de sangre en un muslo, maldito cuerno, se va a manchar el asiento del auto. Otro en un raspón en el codo izquierdo. Ante sus ojos el cofre que obsequió a Greta cuando sellaron sus labios para el mundo exterior a su laberinto compartido. En un rincón cercano, un par de lauchas ladinas atisban huidizas, demasiado alboroto, no hay razón para no volver más tarde.
Se pone de pie mascullando bronca y decide llevarse un par de cajas nada más. Algo de vajilla de valor y un par de acolchados contentarán a su esposa. Lo demás, muy comido por las ratas dirá, no vale la pena. Con un bolso viejo improvisa una venda para su pierna, que parece obstinada en sangrar.

Saliendo, recuerda al laberinto cretense, aborrece su estulticia, la tonta atracción del cofrecito que solo era remedo de un tiempo ya muerto y comprende que no hay monstruo que matar que no sea el que lleva bajo su piel, ni hilo que se constituya en su guía ya que todo lo usó para enredar a su esposa. Un minúsculo chapoteo lo lleva a conectar su sangre con el ovillo de Ariadna y con el remanido cuento del cordón rojo mientras trata infructuosamente de escudriñar el otro extremo imaginándolo real. Y apura hacia la puerta.
La noche cae como telón que todo lo sepulta. Solo falta que el auto no arranque, que se transforme en un barco de velas negras y que la flamígera corona de estrellas de Teseo –al levantar la vista– sea la última visión de quien solo tenía que cerrar una casa.

sábado, 26 de junio de 2021

Logo erróneo del Mercosur

Este es mi texto del tercer día del Mundial de Escritura.
La consigna era: narrar la derrota más grande que hemos tenido.

Soy un experto en derrotas propias. Pero no en narrarlas.
Vamos, no me vengan a decir que a ustedes les resulta sencillo andar contando con florida literatura las desventuras propias, dejemos eso para un caballero de triste figura, que bien lo hizo, o para otros que bien lo hacen. En cuanto a mí, puede verificarse que soy un hombre de alto rendimiento, me he rendido muchas veces en las más diversas circunstancias.
Sin extenderme en fatua retórica y a pedido de los lectores y, sobre todo, de mi exigente conciencia paso a narrar la cronología difusa de un hecho o una sucesión de los mismos relativos al título de este escrito.
No me pidan precisiones de nombres y fechas, no porque no los tenga. Pueden los atentos lectores tipear en su navegador preferido los acontecimientos, objetos, entidades y personalidades que se refieren aquí. Por mi parte deseo mantener este texto ajeno a tanta gente que se ofende por ofensas que no le han hecho, tal la característica de estos tiempos.

Unos años atrás, en ocasión de una de las innumerables reuniones que dieron origen al Mercosur (Mercado Común del Sur, para los inadvertidos) se decidió organizar un concurso para definir su logotipo, iniciativa común para este tipo de entidades que intenta fijar una identidad antes de tenerla, si me explico.
El concurso se difundió como se difunden estas cosas, entre expertos y reconocidos artistas y diseñadores y, como corresponde al parecer, no llegó a conocimiento de los geniales muralistas urbanos o ignotos pintores del interior y menos a las escuelas. Como soy un tipo curioso y de no pocas amistades tomé conocimiento del mismo en un asado con amigos. Uno de ellos trabajaba –si corresponde el término– como lacayo de un diputado nacional de estos rincones del país. Mencionó el tema y ahí nomás salté como leche hervida: ¡quiero participar! Me explicó las dificultades concernientes a la participación de un certamen de tan alto nivel y trató de evadir el compromiso de contactarme con algún funcionario que lo facilitara. Pero soy tenaz, duro como turrón de oferta, y conseguí mi propósito.

Con el formulario en mis manos a pocos días del cierre del concurso traté de inspirarme. Todo me parecía muy obvio: un contorno de los países participantes, una geometrización, algo figurativo pero no tanto. Me emborraché por las dudas de que en un sopor me llegue la revelación. Remezclé las iniciales, jugué con danzas y trajes típicos, forcé elementos comunes en la cultura, tambores o bombos, pájaros, árboles autóctonos, pobreza, sometimiento, nada me resultaba inspirador. Hice varios borradores. No creía que pasasen una primera selección. Al filo de la fecha subí a la terraza de mi departamento, durante un apagón general. Pensé que el apagón sería un buen símbolo, pero se reirían de mí al recibir un logo de negro sobre negro. Cuando mis ojos se acomodaron a la oscuridad cayó entero el cielo sobre mí y no pude evitar estremecerme, el espectáculo era sobrecogedor, me sentía cada vez más pequeño. Una vez repuesto busqué las Tres Marías y ahí estaban, fulgentes, como si hubieran emergido del Paraná, siguiendo su línea encontré a Sirio y más al sur Canopus, las dos estrellas más brillantes del cielo. Caí en la cuenta que el cielo del Sur es muchísimo más bello que el del Norte, están las constelaciones más brillantes y hermosas y debo decir que sentí un poquito de pena por los grandes del mundo. Me pregunté dónde estará la Cruz del Sur, que no la veía. Como no soy un experto estuve a punto de confundirme con otras disposiciones de estrellas similares, pero menos elegantes y bien definidas que la verdadera. Me llevó unos segundos encontrarla sobre el horizonte, parcialmente oculta por unas casas y árboles. Y me llegó la iluminación. El logo debía ser la Cruz del Sur como la vi, con el crucero mayor casi vertical sobre un terreno, porque el Mercosur es terreno. El terreno debía ser algo indefinido, ni montaña ni playa, ni siquiera las Cataratas del Iguazú, que me tentaron enseguida. Bajé a mi mesa, dibujé las cuatro estrellas de la Cruz y debajo una curva, un terreno indefinido. Me pareció genial.

No lo mostré a nadie, cumplí los requisitos de participación y lo envié al jurado. Varias semanas después se publicó el logo ganador. ¡Era exactamente igual al mío! Bueno, con una diferencia. El crucero menor estaba más cerca del extremo superior del largo, en mi logo era más cercano al extremo inferior. Me calenté y decidí apelar. Se preguntarán por qué apelar. Sencillamente porque ante diseños similares, prácticamente iguales, el mío reflejaba más fielmente lo que se observa en el cielo.
Mi amigo, el lacayo del legislador, consiguió —no sin recibir duras amenazas de quien suscribe—  una entrevista con éste. No era un legislador cualquiera, casi mano derecha del ejecutivo. Por supuesto, me preparé investigando un poco sobre astronomía y, confieso, algo de astrología –para que ningún charlatán me agarre de sorpresa– para la entrevista.
Le expliqué que aceptar ese logo era claudicar horriblemente, resignar el germen primario del Mercosur, esa pretensión de mirar el mundo desde nuestro punto de vista sureño y dejar de lado la eterna elección de la dependencia. Que, como dijo Guillermo Magrassi en una entrevista alguna vez: “Depender es conocer mucho del otro y nada de mí mismo y de lo que de mí mismo sé, es lo que el otro dice que soy”. Insistí en que en ningún lugar del Mercosur la Cruz del Sur se ve así como en el logo que hoy es oficial, paradita como la de Jesús sobre el Gólgota. Bueno, aquí flotando como aquella. Ninguno, eh, atenti.
El diputado miró a su asistente —mi amigo—, carraspeó, volvió a mirar a su asistente, esta vez con un odio indecible por la idiotez de traerle semejante fanático a interpelarlo en su despacho, volvió a carraspear, hizo correr su mano por el bordillo interno del saco y al voltear la vista sobre el escritorio se detuvo sobre el logo y respondió: –Qué interesante, sería una cruz invertida. Lo voy a plantear, lo llamamos luego.
Supe que me estaba despidiendo. Antes de salir, como aferrándome a la última posibilidad de vida, solté apenas levantando la voz: -¿Sabe desde dónde puede verse la Cruz del Sur como en el logo ganador? Desde la Ciudad de México. Y si me apuran, desde Miami. ¿No le sugiere nada? Le ruego lo comunique a la presidencia, no puede quedar así.
La amplia sonrisa del tipo me dijo todo luego del consabido juego de carraspeos y miradas nerviosas. Entonces me retiré en silencio.

Unos días después me llegó una carta del mismísimo ejecutivo nacional. Agradecía mi servicio y dedicación puestos en la tarea. Que no podía oponerse o reclamar en la cumbre del Mercosur lo dispuesto por un grupo de expertos seleccionados por lo más selecto de la cultura de nuestros países. Que, casi confidencialmente, a todos encantó la multiplicidad de simbolismos del logo oficial. Y que invertir la cruz hubiese generado una turbamulta de opiniones de fanáticos religiosos convencidos de que un signo satanista había logrado colarse en lo más alto del gobierno de nuestra región. Y muchos blablablases más.

Como ya dije, mi vida ha sido una rica y variada colección de derrotas. Esta, la más humillante. Por más que hayan pasado carradas de años no puedo quitarme de encima esta derrota colectiva, simbólica, pero derrota al fin. Más dura que cualquier derrota deportiva o amorosa. O que cualquier otra diría, si no hubiera vivido en este sufrido país. Porque en los símbolos nos decimos, nos definimos, nos reflejamos y —por convalidar una torpeza— la misma declaración de hermandad y de identidad ante el mundo de nuestros países lleva consigo su propia derrota.
Ah, también porque perdí a mi amigo, después de la bravata con su jefe. Y porque por esa manga de burros con poder no gané un cuantioso premio que merecía.

Logo oficial del Mercosur

Mi logo