ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

martes, 27 de marzo de 2018

Testigo privilegiado

Hay veces en que uno resulta ser testigo privilegiado de un acontecimiento. Recuerdo a un compañero de escuela -allá lejos en el tiempo- que fascinado porque el gran jockey Irineo Leguisamo, una leyenda viva por entonces, firmaba autógrafos a chicos del grupo de colegiales en Luján, tardó unos segundos en animarse a sacar la birome y en plena cara don Irineo le espetó un no firmo más y cerró enseguida la ventanilla del auto. O cuando en la atestada autopista se produce una múltiple colisión y uno -absorto presenciando y por qué no, protagonizando el espectáculo- resulta convertirse en el conductor del primero de los vehículos que sale indemne de la tremolina.

Se lo veía eufórico jugando a ese esquivo ajedrez de gestos con la muchacha. Ella, elegante y sensual, cuyos cabellos dorados caían en cascada hasta la ceñida cintura posaba para el fotógrafo que no paraba de elogiar sus formas, sus cuidados descuidos, los minúsculos tics que le otorgaban un magnetismo arrollador.
Más él la arengaba y provocaba para que ella generase gestos y poses, más ella se encendía de esa candorosa vanidad de la joven que se sabe contundentemente bella y aún no logra ejercer el control de las emociones que le genera saber que es capaz de encender en quien se detiene a observarla.
Un avergonzado espejo que rompía el adusto empapelado inglés revelaba su delicado perfil y se obstinaba a la vez en jugar con las simetrías que se escapaban cada vez que la muchacha cambiaba de postura.
Unas fotos con ropa informal, otras con vestido largo, más en traje de baño y la mano del fotógrafo arreglando un doblez, acomodando un escote, alineando un bretel. En el fragor de los flashes, los tactos se sucedían cada vez más frenéticos. La muchacha, un poco azuzada por su propio anhelo de promisoria tapa de revista, un poco turbada por el incesante asedio de cámara y mano gentil, llegó tarde a conjeturar que el fotógrafo asumía permisiones que no les habían sido otorgadas.
El ahora, algunas un poco más osadas la hizo despertar al tiempo que una andanada de flashes se disparaban simultáneos al rápido despliegue manual del fotógrafo, que desprendía su corpiño. Ella, en su afán por retenerlo con ambas manos, liberó el camino del tipo que ya soltaba la cámara.
El resto fue dolor e impotencia para ella. Para él, qué decir, si yo -testigo privilegiado de tan tremenda escena- observando lascivo desde el espejo, copiaba concienzudamente cada movimiento para someter también a la imagen que me enardecía en una simetría atroz e inevitable.


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miércoles, 7 de marzo de 2018

Sulamita

Cuentan que en su paso por Mondongolia, el sabio Sofío fue invitado a visitar diferentes lugares. Los ricos buscaban congraciarse con él, los más humildes solo esperaban palabras de consuelo, los pescadores que atrajera el milagro de la abundancia y los campesinos las lluvias oportunas.
En una oportunidad fue invitado por unos cortesanos y mercaderes al Gran Tabernáculo, un enorme recinto con un espacio central desde el que abrían pasillos trabajosamente elaborados con cortinas, unas más pesadas y opacas, otras de algodón blanco y algunas que dejaban ver claramente en su interior, que apenas velaban como tules de colores. En el recinto central, un estrado apenas elevado servía como mostrador de la mercancía que se ofrecía a los acaudalados visitantes. Un oferente gesticulaba y levantaba la voz apenas para sobresalir por encima de la untuosa música que se elevaba desde algún lugar y bañaba el espacio entremezclándose con las tenues luces que irisaban el cielorraso.
El oferente mostraba hermosas mujeres, cuidadosamente maquilladas y apenas cubiertas con atuendos mínimos, pero muy sugerentes, que se contoneaban para atraer la vista de los visitantes. Los visitantes hacían extraños gestos con las manos, mostrando uno o varios dedos al oferente, quien al cabo de unos minutos indicaba a un asistente quién sería el afortunado que se internaría por los cortinados pasillos con la mujer elegida. Una vez tramitado cierto rito contractual con el asistente, la muchacha conducía al visitante por alguno de los pasillos y le daba a elegir una habitación a su gusto.
Sofío observaba maravillado el espectáculo que ofrecía el Gran Tabernáculo. Sus ojos apenas pestañeaban por el asombro.
Al verlo inmóvil y sumido en cavilaciones, los cortesanos que lo acompañaban lo invitaron a acercarse al estrado para ver más de cerca y valorar la extremada belleza de las mujeres que se ofrecían. Sofío se acercó lentamente mientras sentía crecer una incontenible excitación que le brotaba de las entrañas y amenazaba con turbar su razón. Mientras caminaba pasó cerca del asistente de quien ofrecía la mercancía, que le susurró al oído:
- Sabio Sofío, usted es hoy nuestro invitado, así que elija sin pensar en los costos. 
Los cortesanos y mercaderes que acompañaban a Sofío se codeaban y guiñaban los ojos anticipando la respuesta del sabio. El oferente, con una reverencia, detuvo un momento el rito de los gestos que hacían los visitantes y mostró ambas palmas de las manos hacia arriba orientándolas al estrado dando a entender que podía elegir libremente. Para sorpresa de todos, Sofío clavó los ojos en una morena de ojos azabache cuya belleza se destacaba por encima de las demás y le ofreció la mano. La morena descendió grácilmente sabiendo que encendía el deseo de cualquiera que la observara y guió a Sofío por entre los cortinados.
Por un instante, todos quedaron atónitos y hasta pareció detenerse la música.
Mientras andaban por los pasillos, Sofío escuchó toda clase de gemidos, estertores y hasta golpes y sollozos. Las cortinas pesadas ocultaban, pero las tenues dejaban ver toda clase de maniobras corporales, algunas sensuales y otras vejámenes indecibles. Apuraron el paso hasta dar con una parcela un poco apartada. Entraron. En el piso, un amplio colchón circular se hallaba cubierto con pieles de visón y preciosos almohadones sedosos invitaban a yacer. Mientras Sofío se sentaba, la bella morena, con movimientos extremadamente sensuales, se quitaba la ropa para ofrecerse al sabio.
- Eres de una belleza tal que enciendes el deseo con solo mirarte. ¿Cuál es tu nombre? -dijo el sabio.
- Gracias. Me llaman Sulamita, aunque a nadie interesa mi nombre -susurró triste la muchacha. 
- ¿Por qué haces esto, Sulamita? Te ofreces en subasta como si fueses una mercancía.
- Soy de un pueblo postergado de los confines del reino. Mi familia me entregó a los señores de la corte a cambio de poder conservar sus escasos bienes. Ellos están bien, pero nunca podré volver a verlos -explicó la morena.
- ¿Te agrada lo que haces? -preguntó Sofío.
- No, pero tal vez...
- ¿Tal vez..?
- Tal vez un día me enamore de un hombre bueno que aunque haya necesitado apagar su sed en mí como en cualquier otra, quiera sacarme de aquí y hacerme su esposa.
- Te equivocas, bella Sulamita. Permíteme decirte que estos hombres poderosos te necesitan sumisa y débil. Si alguno de ellos te saca de aquí será para hacerte su esclava. Mientras les proporciones placer y servicios serás útil. Solamente serás útil. Siempre una cosa que se usa y se tira cuando ya no sirve -dijo el sabio visiblemente molesto, mientras la muchacha se ponía cabizbaja.
- ¿Me llevarías contigo? -preguntó la morena abriendo los ojos y ahora cubiendo sus pechos con el antebrazo.
- No. 
- ¿Por qué? ¡Podría hacerte muy feliz! ¡Veo cómo brillan tus ojos cuando me miras! -replicó la preciosa mujer.
- Porque se llevan las cosas. Y no eres una cosa, por lo tanto no puedo llevarte. Si quieres compartir mi camino hazlo mientras quieras y puedas. Si así lo eliges, seremos compañeros, compartiremos el pan y las penas. Pero jamás te llevaría.
Dicho esto, Sofío se incorporó se un salto y salió del cuarto cortinado. Los curiosos, que se habían apiñado para verlo ceder ante el más grato placer, se sobresaltaron tanto que tropezaban entre ellos.
Dicen que al cabo de un momento una mujer de inefable belleza, envuelta en telas de algodón que parecían cortinas arrancadas, salió por la puerta del Gran Tabernáculo a paso vivo atisbando el camino y cuando uno de los asistentes intentó detenerla cayó fulminado por la mirada de la mujer, que decía con voz firme y decidida: - ¡Yo elijo!



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jueves, 15 de febrero de 2018

Tres suspiros

Cierto día el rey de Mondongolia recibió en su corte al sabio Sofío, que iba de comarca en comarca conversando con la gente, haciéndoles preguntas y dando respuestas de lo más asombrosas a las cuestiones que se le planteaban.
Una vez cumplidos los protocolos, el rey le espetó sin mediar introducción:
- Dicen que eres un hombre muy sabio. ¿Qué dices tú a esto?
- Que eso demuestra la gran ignorancia de la gente -afirmó el sabio. Los cortesanos, que estaban atentos a las palabras, murmuraron por lo bajo.
- Vaya respuesta -dijo el rey rascándose la barbilla y lanzando un suspiro- tiene su lógica. Y continuó: - Tengo algunas dudas que quizás me ayudes a esclarecer.
El sabio se quedó en silencio.
- Por medio de tus conversaciones con gente de mi pueblo has debido formarte opinión sobre si soy un rey querido u odiado.
- Así es -respondió el sabio.
- ¿Y a qué conclusión arribaste sobre esto? - preguntó por fin el rey.
Sofío meditó la respuesta un segundo sin apartar la mirada de los ojos del rey.
- Que es un pueblo un poco extraño. Te aman cuando los castigas y te odian cuando los beneficias.
- ¡Oye, que no somos argentinos aquí en Mondongolia! -exclamó ruidosamente el rey en medio de una carcajada. Los cortesanos rieron nerviosamente.
- ¿Sabes? -continuó el rey mientras se apagaban las últimas risotadas de los cortesanos-. Nuestros augures dicen que moriré cuando suspire tres veces en la misma conversación -dijo el rey en medio de un suspiro cuando una sombra de preocupación veló su rostro.
Sin aportar una respuesta, el sabio Sofío devolvió al rey esta pregunta:
- ¿Y tú que crees, gran rey?
- Que debes irte de inmediato, ya he suspirado dos veces y, el cielo no lo permita, podría ser que... -replicó nervioso el rey.
- ¿Acaso el poderoso rey de Mondongolia cree que la palabra de unos reventados augures conlleva un irremediable conjuro? ¿O que tres simples suspiros pueden matar a un rey? -exclamó el sabio levantando la voz para que todos pudieran oír. Los cortesanos destilaban nerviosismo, unos reían histéricos otros maldecían al sabio y algunos continuaban murmurando.
- ¡Vete de aquí inmediatamente! -exigió el rey poniéndose de pie y señalando la puerta.
- Lo haré, majestad, aunque le sugiero que rumie su condición de atemorizado por simples palabras de humanos -afirmó el sabio dando media vuelta hacia la lujosa puerta.
Al ver que Sofío se retiraba, el rey pareció relajarse y se dejó caer en el trono lanzando un ruidoso y profundo suspiro. La corte, que estaba revolucionada, se sumió en un silencio helado. Algunos codeaban a los vecinos y revoleaban los ojos para los costados.
El rey quedó petrificado un instante con los ojos abiertos de par en par. Al cabo de unos interminables segundos pestañeó y con un profundo suspiro ordenó a sus guardias:
- Permitan al sabio Sofío recorrer todo el reino conversando con mis súbditos si así lo quiere. Que no le falten buena comida ni buen techo ni buenas fiestas -y volvió a suspirar, esta vez con una amplia sonrisa.

Los cortesanos, un poco desilusionados, volvieron a sus adulaciones y zalamerías, sin mencionar la cuestión. Como sucede siempre con los viven la vida como espectadores de la de los demás.


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miércoles, 31 de enero de 2018

Cuentos ante el fuego

Los sábados de invierno, mientras los padres miraban en la tele un programa de engominados tangueros lastimosos con aires de próceres, el abuelo nos reunía cerca del hogar a leña, una vez que hubo preparado un par de troncos gruesos, algunas ramas y encendido el chamizo hasta que las primeras brasas refulgían rojizas y triunfantes.
Clara, mi hermana mayor, era la que elegía el tema de lectura o de cuento del abuelo. Inés y Paquito opinaban como voces menores. Y yo, yo... bueno, siendo el menor asumía el rol de un observador con buen palco de esa escena que no por repetida dejaba de ensoñarnos.
Cuando cesaban los chisporroteos que semejaban fuegos de artificio de dos mangos, comenzaba el rito. El abuelo empezaba a leer -o a contar, si le pedíamos- con su voz grave y untuosa, que caía sobre nosotros como esas telas sedosas que uno apoya sobre el respaldo de un sillón y se deslizan sobre sí mismas desde un borde dejándose fluir con elegancia.
Cuentos inocentes, cuentos pícaros, cuentos de terror, de aventuras, de viajes fantásticos y gigantones prepotentes iban fertilizando nuestra imaginación. Cuentos que, como jugada maestra y a la vez graciosa del abuelo, no debíamos mencionar a nuestros padres.
Un sábado, Clara fue invitada a un cumpleaños de quince y aunque nos aguijoneó su ausencia no sospechábamos que ya no se sentaría a escuchar los cuentos ante el fuego. Con los años, Inés y Paquito hicieron lo mismo. Y aunque yo me sentí desdichado al principio, sentía también que me había convertido en el único propietario de las maravillas que deparaba la voz del abuelo. Esa voz que lucía un poco menos cadenciosa y más cascada, incluso quejumbrosa.
Viví como una injusticia que el abuelo se fuera de los cuentos sabatinos en los fríos inviernos antes de que la vida me llevara a mí a otros intereses u obligaciones como a mis hermanos. Un tiempo estuve enojado con su partida, se había ido muriendo desde que quedó solo conmigo. Fue mucho tiempo después cuando comprendí que hay caminos que no se eligen y otros que es necesario atravesar aun cuando los riesgos sean grandes. Y que casi siempre la ilusión de un niño se va trastocando en decepciones que se acumulan con el título de adulto bajo el brazo.
También me pongo a pensar qué sería de una infancia sin ilusiones, sin cuentos que la estimulen, sin estrellas con nombre ni territorios por descubrir. Es por eso que -en estos frescos días en que el otoño se va retirando hacia el norte, donde se recuesta el Sol- me hallo aprestando un par de troncos gruesos, algunas ramas y un manojo grande de chamizo antes de que mis propios nietos se impacienten o se duerman temprano sin sus cuentos ante el fuego.



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viernes, 12 de enero de 2018

Reyes rayados

Quienes insisten en posar sus ojos sobre las líneas de este blog conocen sobremanera que su autor no se cansa de diseccionar los artículos publicados por el multiopinólogo Licenciado Emilio Notuyo en el periódico La Corneta, propiedad de su tía Irene Secarro -aduladora de toda clase de poderosos y famosos faranduleros de tres al cuarto- quien prohija a Notuyo como un diamante -u otra piedra- en bruto que pronto dara a conocer todo su potencial en algún área del conocimiento.
El polígrafo de marras expláyase sobre diversas temáticas, tantas que parece haberse convertido en el todólogo que todo lo ve y todo lo analiza.
En el número de hoy de La Corneta, debido a que el horóscopo de la astróloga Estrella Danunchoke ha tomado sus vacaciones, Notuyo se explaya para beneplácito de los correctores ortográficos que duplican su tarea.

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Doxa. Columna de opinión del licenciado Emilio Notuyo
Reyes rayados
Para creerse uno rey debe estar rematadamente loco o gozar de una razón completamente turbada por emociones demasiado violentas. O, tercera posibilidad, no tener otra alternativa.
Claro, una cosa es ser el más fuerte de la tribu o clan -o destacarse por cierta sabiduría- y por ello imponerse a sus pares y no contento con ello disponerse a mil batallas al frente de sus súbditos con el fin de obtener recursos o ampliar fronteras con tierras más fértiles o agenciarse mano de obra esclava -como se ha procedido siglos atrás- para construir refugios, parapetos o acueductos.
Otra cosa es ser un inútil ramplón que hereda una corona de otros ramplones haraganes que ganan condecoraciones por ser hijos de alguien y cuya única virtud consiste en manifestarse ardientes partidarios de la ecología.
Es difícil explicar por qué países como España, Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Noruega, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Reino de Bélgica, Liechtenstein, Mónaco y Luxemburgo (por mencionar solo europeos) perseveran en esas formas arcaicas; sobre todo sería interesante oír de boca del propio monarca (todos son presentados como dechados de virtudes, así que no les sería difícil) una explicación coherente de por qué no arrojan por la borda ese bartulaje de la pretendida nobleza.
Sospecho que no tienen alternativa. Que aunque ninguno se gana el pan con el sudor -salvo reyes de Marruecos, Lesotho, Tonga o algún otro reino tropical- no pueden hacer otra cosa que ser tales, sobre todo porque la sociedad no soportaría la existencial angustia de reconocerse iguales, que a dios no le cabe reconocer su historia como sagrada y que como reza el adagio ajedrecístico: terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.
Reivindico desde esta columna a Orélie Antoine de Tounens que fundó un reino de Patagonia y Araucania, el tipo estaba pirado. Pero al menos no decía que Dios lo eligió para ser mejor que los demás.
Reivindico a Maradona, un chiflado de aquellos, que supo emocionarnos a los argentinos hasta las lágrimas.
Reivindico a Ollantay -decididamente rayado- quien pretendió de la hija del inca Pachacutec, que no claudicó.
Reivindico a Bobby Fischer, otro locazo inigualable, que más que nadie percibió la mentira del imperio de yanquilandia.
Reivindico a todos los reyes locos declarados, quienes merecen mejores coronas que los architataranietos de quienes estuvieron en un campo de batalla.

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Dejamos aquí la lectura. Notuyo nos pone en una incómoda posición de lectores cuya reposera tambalea. Sus análisis son difusos, como sus razones, pero hagamos de tripas corazón y confiemos en que nos obliguen a pensar. Mientras, seamos locos reyes del carnaval que nos espera en un mes.



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miércoles, 3 de enero de 2018

El dije, te dije

Te dije lo del dije.
Que iba a traer problemas, eso te dije.
Eras de las que caminaban a paso firme aun con las baldosas flojas después de la lluvia. Seguirte era una aventura, ibas decidida, las veredas se arrellanaban cuando presentían que venías. Seguirte imponía la extraña obligación de desprenderse de toda pesadumbre, había que casi flotar sobre el suelo para poder enunciar esa resobada frase de caminamos juntos.
Llevabas la soltura como ese distintivo inequívoco y refulgente que me llevó algún día atrás a saber que no hubo ni habrá otra mujer en la tierra capaz de estallar mis ojos en colores de cartel de magical mystery tour. Y no llevabas collares ni anillos ni cadenas. Solo un par de aritos toroidales, diríase insignificantes, un poco tribales, como para dar a entender que una modesta vanidad puede ser un atavío dígno y precioso a la vez.
En el pelo, nada. O una cinta, un cordón, o algo que prestase utilidad cuando te disponías a leer, que era la obra más seductora de cuantas elegías pergeñar para tenerme en una apenas tensa expectativa sobre esos gestos insignificantes que no sé si planificabas, pero que siempre parecía que no.
Tomás algo que te encanta y caes en el encantamiento, tan así es. Y un encantamiento hace lo posible para mantenerte en ese estado, encantada. Se me ocurre que lo único que pretende un encantamiento en el caso de asignarle una voluntad es lo de mantenerte en ese estado donde quedan como retenidos algunos de los rasgos que se te hicieron naturales, precisamente por esa extraña voluntad externa que dejamos que someta a la interna.
Y tuvieron que regalarte ese dije. ¡Un dije! Un dije no es nada, tenga forma de mandala, crucifijo o pentagrama es un cachito de material con una forma caprichosa a la que la gente le asigna algún valor, a veces mágico, a veces depósito de nuestros deseos y anhelos, a veces algún poder protector. Te lo dije, no te hace falta lucir ese dije. En todo caso el dije se luce con vos, pero nada más. A vos no te suma nada, ni gracia ni belleza, lo que sería casi una tarea imposible.
Por supuesto, te lo colgaste -de lo contrario no estaría escribiendo estas desgarradas líneas- a minutos de que tus ojos vivaces lo acariciaran indeciblemente. Al principio, como en las pésimas películas de terror, no pasó nada. Solamente te vi llevar un par de veces la mano sobre el escote para notar si estaba allí lo que sabías que estaba. Farfullé para adentro que era la falta de costumbre y que ya iba a pasar, que un día te lo sacarías y chau pinela, no más metalitos sobre la piel. Tomaba distancia solamente para observar si la presencia del diminuto artefacto era capaz de engalanarte en algo, de aportar un brillo, de destacar tu figura. Nada.
Una noche de esas que ansiábamos compartir a solas me pediste que tenga cuidado con mis caricias -confieso que no soy precisamente un terciopelo en cuestiones de la pasión- porque podía hacer caer el dije. Tuve que moderarme en algo que días atrás dejábamos fluir en complicidad riente.
A la semana elegías la ropa para que combine con el dije. Yo, que adoraba esa libertad que era tu olor y aura, que te ponía por sobre lo que te vestía, te sentí un poco acotada, embretada por lo que el maldito dije decía y ordenaba.

Con qué necesidad toma uno algo que no necesita, me preguntaba.  Hay que acordarse de quien fue uno, para luego aprestarse a reconocer quien ya no es. Y por supuesto, qué queda de lo que uno fue. Te lo advertí, en uno de esos escasos momentos clarividentes de mi vida. Pero no, vos vas y metés la cabeza en las fauces del bicho. No sin sentido se dijo siempre eso del poseer. Uno posee las cosas que lo poseen.

Así fue y así lo cuento, para que escriba quien puede, para que escriba mi hermana -a quien tanto debo y deberé- ya que ella es mi voz y mi letra desde el día que entre el dije y yo no quedó más (irremediablemente, creo) que una elección. Y la hiciste. Hundiste mi pupila izquierda con la colita del extraño símbolo que no decía nada pero punzaba tu ánimo. No alcancé a cubrirme el ojo herido que sentí la misma puñalada en el otro.
Hoy no recuerdo tu belleza, solo martilla mis cuencas huecas ese simbolito inocente del dije que -te lo dije- no te era necesario.



Aporte para los relatos jueveros. Invitado por El Demiurgo de Hurlingham
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sábado, 30 de diciembre de 2017

Un credo

No creo en el destino bajo ninguna de sus formas.
No hay universo al que se le ocurra conspirar en mi favor. No. No me consuelan las decisiones ajenas.
No hay hilo rojo ni energías astrales favorables. Cáncer -triste grupete de estrellitas modestas- no me depara nada (ni siquiera penas) ni el cangrejo marcha atrás por nuevas oportunidades de rehacer lo malhecho.
No está escrito lo que viene: ni la pronta muerte ni la inopinada vida ni la fortuita fortuna.
No creo en sentirse bien. No creo en liberarse de los pesos.
No creo en el hombre, no creo en la mujer. Menos en quien se erige como algo.
No creo en un dios de lo alto ni en la energía suprema ni en el principio de atracción.
No creo en las medallas, los daños, las cadenas.
No creo en la santidad de los animales versus la maldad de la gente.
No creo en el traje y la corbata.
No creo en la dignidad de los cargos, ninguno. Ni creo que las fronteras delimiten dignidad.
No creo que la mayoría tenga razón. Solo es mayoría.

Creo, sí, en mis hijas con devoción. En el calor moreno de tus formas. Creo en tus ojos y en tu voz que todo lo crea.
Creo en las canciones de los Beatles, creo en la historia y en el genial invento de los libros.
Creo en las manos de mi viejo y el don de mi madre.
Creo en el canto y la poesía. Y en el que quiere cantar.
Creo en el mate.
Creo en el cielo que me besa en el Champaquí. Y creo en el dolor.
Creo en las cicatrices y en el peso que llevan mis hombros.
Creo en el parto, la flor y en gambetear a la muerte cuando ronda.
Creo en lo que hacemos entre todos. Creo en las mujeres y los hombres. Creo en las comunidades.
En mis errores, en mis pecados y mí como tierra que camina.

Me gusta creer en un dios que acompaña, que está, en un yavé de manos gastadas (manos de mi viejo y don de mi madre a la vez).
Me gusta creer en una tierra abonada por generaciones de seres que sabían que iban a morir y que iban a morir sus hijos y los hijos de sus hijos y aun con la muerte como horizonte dieron más vida.
Me gusta creer en la gente que no desprecia al diferente ni al desfavorecido.
Me gusta creer en los que elijo como compañeros de viaje. Y tal vez en los tercos que me eligen.
Me gusta creer -por fin- en la esperanza, esa porfiada actitud de espera aferrando la lanza para hacer que las cosas sucedan, aun -y más- cuando sabios y poderosos recomienden sentarse a mirar lo fatalmente ineluctable.