lunes, 15 de mayo de 2017

Gente ignota: Fibonacci I

1170: - ¡María! Mira tú qué bello ragazzo me has dado...
- No te lo di, Guglielmo, lo tengo yo acá conmigo en la cama.
- Ingenioso, mi amada... ¿Te dice tu ingenio qué nombre le pondremos?
- Leonardo, por supuesto.
- Glup, ¿no habíamos acordado ponerle Alejandro, como el papa?
- El papa se llama Rolando, querido Guglielmo, usa el nombre Alejandro III como simbólico.
- Bien, se llamará Leonardo, pero lo llamaré Alejandro como simbólico, jeje.
- Simbólico quedarás tú, mi amado, si te atreves a llamarlo de otra manera a mi Leo, jiji.

1180: - ¡Mira que eres burro, Alej..!
- ¿Qué has dicho, Bonacci? Te estoy oyendo.
- Ehh, ehhh, nada, mi amada María. Le iba a decir a Leíto que se aleje de esas piedras de cálculos con las que se entretiene todo el día.
- ¿Y lo de burro?
- Ah, viene porque se la pasa protestando contra los números romanos. Dice que no sirven para nada.
- Sí, pa, son una caca de cerdo, prefiero hacer cuentas con piedritas antes que con esas rayas horribles.
- Querido hijo, provenimos de un imperio que durante decenas de siglos nunca ha necesitado otros símbolos que esas rayitas que tanto desestimas. Además, las piedritas no se usan más, son cosas del pasado. Se usan solo en construcción.
- Ah, pues sería preferible que la usen como cálculos, antes de que la usen para hacer una torre como ese campanario horrible que se va a inclinando día a día.
- No te desboques, ragazzo, algún día nuestra ciudad de Pisa será famosa por su hermoso campanario.
- Si no se cae antes sobre nuestras cabezas.


1192: - Pa, ahora que estás de visita se me ocurre algo.
- ¿Trabajar, figlio?
- Estemmm, no precisamente.
- ¡Ah, qué bien! ¡Mientras Guglielmo Bonacci hace las veces de cónsul de Pisa en el salvaje norte de África, arriesgando su vida por la gloria de dios y del papa, comerciando por el bien de nuestra insigne ciudad, el señorito Fibonacci se la pasa paseando por ahí, averiguando todo sobre extrañas culturas bárbaras, pero sin estrenar el lomo con esfuerzo ni la frente con sudor! ¡Mira, Alej..!
- ¡Bonacci, te oigo desde la sala de costura!
- Grap, querida esposa, le iba a decir que se aleje de esos amigos libaneses venidos por la cruzada, que le cuentan maravillas de la ciencia árabe.
- Ah, mejor así...
- ¿Y qué era lo que se te ocurría, Alej... cof, cof... Leo?
- Ir contigo a Bugía, al norte de África a ayudarte con las transacciones comerciales...
- ¡No lo puedo creer! ¡Mi hijo quiere trabajar!
- ...y viajar a oriente con los barcos mercantes para conocer la cultura de allí. Dicen que ellos saben más de los sabios griegos que nosotros.
- Jajajaj, ilusiones, pamplinas, creen en extraños dioses o héroes míticos, los llaman Aristóteles, Diofanto, Euclides, ridículos nombres inventados.
- ¿Entonces me llevas, papito buenito?
- Prefiero llevarte a África para que te hagas hombre de una vez, a que te quedes y todos te llamen bigollo de lo diletante que eres.
- ¡Iupiiiii!

A poco de llegar al norte de África: - Mercader Yusuf, mi padre, el cónsul de Pisa, quiere arreglar sus deudas contigo antes de marcharse por un tiempo a su ciudad.
- Enseguida le hago la cuenta, don Bigollo.
- Mi nombre es Leonardo.
- Aquí todos lo mencionan como Bigollo.
- Bue, a ver esas cuentas.
- A ver ocho costales de aceitunas... mmmm, más tres de dátiles... mmmm, tanto de telas... beines, beinetas... ¡Listo, don!
- Epa, ¿cómo calculas tan rápido, Yusuf? Me parece que me estás currando...
- ¿Rábido? Barece que don Bigollo es un boco lento.
- ¿Lento?, ja, me haces reír. Soy el matemático más veloz de Pisa.
- En Bisa será veloz, aquí un rebtil.
- ¡Pero qué símbolos más extraños usas para tus cálculos!
- Los de siembre, don Bigollo.
- Los de siempre para tí. A ver, muéstrame Yusuf. Si son útiles para calcular más rápido me interesan... ¡A que ese de allí es el uno!
Numeración posicional:
cada símbolo tiene un valor que
depende de la posición que ocupa.
- Así es. Pero no siembre es el uno.
- ¿Cómo es eso? En los números romanos el uno es siempre el uno, un palito.
- Aquí el uno es uno si está en la bosición más a la derecha de la escritura de una cantidad. Si está en segundo lugar es diez o una decena, en tercer lugar es una centena y así.
- Dicen que en la India, que son tan atrasados, escriben los números así. Y dime, cuáles son el dos, el tres...
- Mire, estos.
- Ajá. Interesante. ¿Y ese chirimbolito?
- El sifr.
- ¿Sifr?
- Sifr. Para los hindúes es el shunya. Algunos bersas lo llaman zefhirum o zefhirot, es lo mismo, total no vale nada.
- ¿Nada?
Evolución de los números arábigos

- Nada, es no tener nada. Un símbolo para lo que no es.
- Jajajaj, dejame reír, Yusuf. No puedo creer que los árabes sean tan idiotas como para utilizar un símbolo que no signifique nada. Aunque...
- ¿Aunque qué, don Bigollo?
- Déjame recordar, Yusuf... ¡Lo tengo! Hay quienes dicen que el papa Silvestre II hace un siglo llevó unos símbolos a Francia que incluían el de la nada y enseñó a los eruditos de París a hacer divisiones con ellos. ¡Nada menos que divisiones, con los difíciles que son!
- ¿Ah, sí? Por Alá que es Alá y Mahoma su profeta, no hay cosa más sencilla que dividir con nuestros números, don Bigollo.
- Entonces disponte a enseñarme a operar con esos números tan curiosos.
- Siembre que esté disbuesto a abonar un canon al fiel Yusuf...
 Después el bigollo soy yo...

continuará 

NOTAS 
1170: Según algunas crónicas, Leonardo nace en Pisa en este año. Aunque algunos lo datan en 1175, 1176 o incluso 1180. El papa Alejandro III resiste al emperador Federico I Barbarroja y sus fuerzas lombardas lo vencen en la batalla de Legnano, obligándolo a negociar y reconocer la autoridad papal.

1180: En 1173 se empieza a construir la torre de Pisa como soberbio campanario de la catedral, que comienza a inclinarse a poco de iniciada la obra. Se cuenta que desde pequeño, Leonardo percibió que la operatoria con números romanos resultaba sumamente intrincada.

1192: Aparentemente mucho antes viajó con su padre a Bugía. Para esta época se instala un tiempo con cierto grado de independencia. Fibonacci es una forma que integra el filius (hijo) con el apodo del padre, Bonacci o Bonaccio, equivalente al término bonachón que hoy utilizamos. El sobrenombre de bigollo (viajero, diletante, tonto) lo comenzó a acompañar, tanto que luego firmó la mayoría de los trabajos como Leonardo Bigollo.

 A poco de llegar al norte de África: Trabando amistad con un mercader toma contacto con los números arábigos y el sistema de notación posicional hindú. Conoce el cero (sifr) y los motivos de su uso por los árabes. Consigue que su padre solvente sus clases con maestros musulmanes. Se dice que para el año 1000 el papa Silvestre II convenció a erudito parisinos sobre las ventajas del cálculo con símbolos arábigos. Pero eso no llegó al floreciente mundo de los comerciantes de la nueva naciente burguesía.

domingo, 7 de mayo de 2017

Ulises y Werner

- La vida no es tan sencilla ni trivial, repetía Ulises, mientras bebía su agua casi al punto del congelamiento.
- Leben ist nicht trivial…, -declamaba Werner, mordiéndose el labio superior - …y uno se siente como un dios al destruirla.

La nave giró, ahora con el silencio obstinado de los hombres, cada uno de ellos mirando a través de su panel frontal. Sin hablarse realizaron las maniobras que ejecutaban a la perfección. Ulises a los controles, Werner a las armas. La legión de naves comandadas por androides hacía fuego sobre ellos. A su vez, los medidos rizos, mediotoneles y demás movimientos realizados por la nave contenían ese retazo de incertidumbre que las máquinas no podían prever y le aportaban cierta ventaja al equipo de humanos por sobre los robots. Esa extraña anticipación que florecía inmediatamente cada vez que Ulises entraba en un estado de violenta excitación. Entonces, ya no podía conducir en silencio y relataba su propia aventura. -¡Fangio solo!-, rugía. Y otras expresiones como: –¡Oleeee, pasa Fangio, abran cancha!, eran su grito de guerra. Esto enfurecía a Werner y lo transformaba en una máquina de destruir implacable. Él casi no hablaba, pero a modo de anticonjuro, cada vez que su compañero mencionaba a Fangio, farfullaba: –Schumacher era mejor, como un mantra redentor.

Cuando el peligro inminente pasaba, volvían a las reflexiones sobre la vida y matar, mientras la distancia a su objetivo final disminuía según el más preciso plan. Sabían que no volverían, que se transformarían en dioses decadentes sucumbiendo con la civilización que los vería llegar en un violento destello sobre sus cabezas para luego transformarse en la nada más absoluta flotando entre rocosos y metálicos residuos.
En todo el trayecto habían combatido con máquinas conducidas por otras máquinas. Aquel mundo que amenazaba la Tierra no tenía el coraje de atacarla cara a cara. Sólo millares de naves robots pequeñas que asolaban las grandes ciudades reduciendo a la cuarta parte la población terrestre en poco menos que un año. Como siempre, los desacuerdos entre las grandes potencias habían retardado la capacidad de respuesta global. Países que desconfiaban de otros países, congresos para la defensa que no cuajaban en acciones.

Pero en algún lugar secreto se gestó lo impensado, fuera de las pantallas que competían para ver quién ostentaba mayor número de bajas. Lo impensado, una nave vengadora con una capacidad infinita de maniobra. Cargas nucleares capaces de destruir un planeta del tamaño de Júpiter en un suspiro. Y dos tripulantes. Un piloto hábil, al nivel de la fantástica potencialidad de la nave para fluir por el espacio. Y un artillero perfecto. Ulises y Werner. Un argentino y un alemán. Bautizados ambos con sendos nombres de guerra: Fangio y Schumacher, según sus ídolos. Sabían que morirían en la misión, pero era mejor que perecer bajo el fuego constante, casi anodino, de los androides.
-Decía que la vida no es cosa trivial, querido Schumi-, recomenzó Ulises al atisbar entre mortecinas nubes la esfera que casi no contaba con defensas a la vista.
-No lo es, es ist nicht… y seremos dioses fugaces, argentino. Hagamos la gira.

Ante la falta de escudo protector en la alta atmósfera del planeta, se convencieron de que estaría indefenso. La última barrera de androides ya estaba muy lejos y los que quedaron tardarían en llegar. Tal como lo decían sus informes digitales parecía ser un planeta pacífico, cuyos ambiciosos líderes –sedientos de conquista- vieron en la Tierra un blanco ideal para probar su incipiente tecnología robótica y a la larga un reservorio de incontables recursos vitales. No era un planeta artillado ni mucho menos. Pero había que destruirlo.
"La gira" de Werner consistía en un paseo sobre el planeta antes de destruirlo. Uno se siente como un dios. Y Ulises, entrando en esa conocida exaltación, puteaba y escupías fangios –contrarrestados por tantos schumachers- deslizándose sobre cordilleras, quebradas y extensas llanuras. Casi como en la Tierra. Ciudades.
- Más cerca, Ulises, quiero ver la vida…
- Te va a hacer mal, Schumi, no es algo trivial y…

El espectáculo los conmovió, la vida era como en la Tierra. Se acercaron a una gran ciudad. Los habitantes, un poco más delgados y altos, sugirió Werner, miraban incrédulos y aterrados la llegada del bólido estelar. Algunos quedaban pasmados, otros se arrodillaban o se tapaban los ojos.
- ¡Somos dioses, argentino!
- No tanto, no es tan trivial, ¡vamos Fangio, carajo!, clamó Ulises, acelerando.
- Ya no lo sé, resopló Werner y corrió a abrazar a su compañero al instante de soltar los explosivos nucleares.


Nota: Ulises y Werner -así como los relatos ya publicados Visitantes y Sin tiempo ni espacio forman parte del proyecto Latidos cósmicos -historias de ciencia ficción colaborativa con perspectiva argentina- que pergeñamos hace unos años con Ernesto Parrilla (el querido Neto), Felipe Ávila y Diego Scaravaglione Marrone. Los relatos estaban acompañados por ilustraciones de grandes dibujantes. El proyecto quedó en espera por diversos motivos ajenos al entusiasmo que pusimos. Aun así de vez en cuando le pego un vistazo a mis relatos para hacer algún retoque, etc.
Ulises y Werner fue ilustrado por el gran dibujante cordobés Alejandro Burdisio, Burda, quien realizó la maravillosa imagen que acompaña el texto. Les sugiero cliquear sobre ella para apreciarla en todo su esplendor. Durante varios años la extravié por la rotura del disco en la que la guardaba, pero rebuscando entre mis cosas encontré esta versión y aceleré a lo Ulises para pedirle permiso a Alejandro para publicarla en el blog. Por supuesto, me dio la autorización y hoy muestro más orgulloso la imagen que el relato.

domingo, 19 de marzo de 2017

¡Sí! al voto calificado

Una de estas noches tuve un sueño algo raro. No de esas ensoñaciones en la que uno se queda regulando y mascullando acerca de algo que lo preocupa o inquieta. No. Un sueño con todas las letras. De esos que te despertás sobresaltado por una descarga emocional y después querés acordarte. En el sueño yo estaba sentado –quién sabe a título de qué- en el estrado frente a los diputados de la Nación y les hablaba más o menos así:
Señores y señoras diputados, pedimos en este honorable recinto tengan a bien tratar el proyecto de Ley de Voto Calificado, el que –no dudamos- ha de resultar en innumerables beneficios para nuestro país.
Como se sabe, el voto calificado (según la Enciclopedia Jurídica) es el que se restringe, para dar mayor valor a los votantes, por determinadas calidades. Por ejemplo, no ser analfabeto, o pagar cierta contribución, o ser casado, etcétera. Se fundamenta en la suposición de que será más acertado el voto que proviene de quienes tienen mayor peso social. Es el reverso del sufragio universal y hasta ahora ha tenido escasa aplicación.
¡Digamos basta a que vote cualquier paparulo, no todos los habitantes están capacitados para votar!
Es por eso que solicitamos encarecidamente se modifiquen las leyes que fueran necesarias –aun la Constitución Nacional- por este bien superior al que debemos aspirar. Como es a título personal, lo pongo a consideración más como un capricho íntimo que un proyecto de ley a ser tratado seriamente. Siendo como lo es un proyecto de voto calificado hay que decir más o menos redondamente quiénes están o no en condiciones de votar para asegurar los beneficios de una democracia sana y próspera para nuestro pueblo. Y, como argentino hijo de estos matices enrevesados que conocemos, prefiero enumerar los aspectos que hacen inviable que ciertas personas voten en mi país.
Sin más preámbulos, va la nómina de exclusiones a la prerrogativa de sufragar. No deberían sufragar quienes:
  • Utilicen el término negro en forma despectiva para referirse a otra persona. Si se verifica el uso del calificativo negro de mierda, la exclusión del voto será de por vida.
  • Se reconozcan a viva voz como apolíticos. Si es apolítico/a no debe votar. Si se trata de una persona que ejerce la docencia, la exclusión del voto será de por vida.
  • Juzguen cualquier movimiento social, paro, piquete o reclamo de diversa índole como están haciendo política como si hubieran descubierto la pólvora o leído de corrido una página de Kant. Esta persona no debe votar, no entiende nada de política. Si se trata de un funcionario público, debe renunciar a su cargo y a la vez la exclusión del voto será de por vida.
  • Cortan relaciones de familia o amistosas por razones partidarias. Semejante actitud se reflejará en el voto. Si la pelea llegó a insultos zahirientes o a las piñas, quedan excluidos del voto de por vida.
  • Defiendan a viva voz toda medida que beneficie a las clases dominantes en perjuicio de los desposeídos. Si además está convencido/a de que debe ser así, la exclusión del voto será de por vida.
  • Demuestren creer que todo es cuestión de dinero y que los problemas que hay que resolver con más urgencia se cierran sobre lo económico o financiero y que la política desde sus razones filosóficas, éticas y sociales puede esperar a que mejore la economía. Si se trata de gobernantes en cualquier nivel o legisladores, la prohibición del sufragio será de por vida.
  • Condicionen la apertura cultural, la participación artística, las fiestas callejeras, las manifestaciones expresivas a razones económicas o de seguridad.
  • Aseguren que es diferente que se vean tetas masculinas y femeninas en el mismo lugar. Si a su vez consideran que los programas de Tinelli son asépticos, la prohibición de votar será de por vida.
  • Tomen como verdad revelada lo que gente con su mismo punto de vista publica en facebook, twitter u otra red social y como herejía merecedora de hoguera lo que publica cualquier otro que no se encuentre en sintonía. Si, además, asegura por estos medios que hay un solo culpable de lo que nos pasa (vgr.: militares, Cristina, Macri, el peronismo, Nisman, los Rosthschild, los Illuminati, Trump o Caín) la prohibición del sufragio será de por vida.
  • Utilicen terminología al estilo de: la juventud está perdida, los pibes no sirven para nada, estamos criando generaciones de ignorantes. Si se trata de educadores, madres o padres, la exclusión del voto será de por vida.
  • Protesten a viva voz por la elección de otros en el uso de tatuajes, piercings o siliconas. Si a la vez utilizan esto como criterio de selección laboral, la exclusión del voto será de por vida.
  • Refieran a una mujer o un menor abusado dando a entender que de alguna forma -aunque sea solapada- mereció lo sucedido (andaba mostrando las tetas, se le nota lo puto de lejos, se pinta como para levante, etc.). En cualquier caso la exclusión del voto será de por vida.
  • Considera seriamente que en este país se vive mal porque hay ciudadanos de países latinoamericanos que vienen en busca de mejor destino. Si a su vez no cesa de elogiar a los alemanes (ingleses, franceses, yanquis, etc.) que vienen a currar acá o es descendiente de inmigrantes de cualquier nacionalidad, la prohibición será de por vida.
Llegado este punto me desperté cubierto de sudor en un paroxismo taquicárdico. No sé qué hubiesen dicho los diputados. Solo sé que de haberme hecho caso, en las próximas elecciones aparecería mi nombre tachado en los padrones.

jueves, 23 de febrero de 2017

Blog en suspenso

Motivos personales, ninguno de ellos triste, me impiden por unas semanas atender este rancho (y la consecuente visitas a amigos).
Sepan disculpar los descarrilados que caen por acá de vez en cuando.
Volveré y seré posteos y algún que otro comentario.

lunes, 23 de enero de 2017

Luna de los ochenta

Los ochenta representaron sobre todo la vuelta a la democracia a nuestro país.
Me tocó transitar la escuela secundaria al unísono con el nefasto Proceso de Reorganización Nacional, esa especie de gran farsa montada por el poder real de nuestro país casi exclusivamente para sostener e impulsar sus grandes negocios, bajo la máscara de una posible toma del país por una extrema izquierda que acabaría no solo con nuestra sagrada tradición nacional y cristiana sino con la familia como institución y varios etcéteras.

De hecho, recuperada la democracia con el alfonsinazo como expresión política consagrada ese mismo mes, gritábamos en el Centro Cívico de Bariloche las típicas consignas antimilitares egresados de todas las provincias del país en algunas de las manifestaciones más emotivas que siempre recordaré.
Nuestra ciudad vivió el Proceso en modo particular. Puesta un año antes del golpe bajo el talón de acero como una aleccionadora muestra de lo que iba a venir —y donde acero no significa sólo la dureza sino también la complicidad y el protagonismo ventajero que supo ejercer de la mano de Martinez de Hoz la enorme Acindar, bajo cuya sombra paternal la ciudad no parece iniciar nunca un fototropismo propio— aprendió que abrigados por ella, por algunas grandes empresas más y por la vigilancia de conciencias ejercidas desde la parroquia nada malo podría sucedernos.

Una noche muy fría casi de madrugada con el furor democrático en alto, decidimos con unas amigas ir a guitarrear un poco a orillas del río en el Puerto de Cabotaje. Valía cantar y bailar, creíamos. En medio de un furibundo coro de El fantasma de Canterville, y mientras la luna se recortaba pegada al horizonte este del río, aparecieron de la nada dos marineros de Prefectura, un oficial y un pibe que hacía la colimba. El oficial nos verdugueó hoscamente y pasado un muy mal rato entre amenazas de arresto, toma de datos y moralina aleccionadora, fuimos expulsados del lugar cuando la otra opción era calabocear unas horas o dos días.

Luna de los ochenta es una zambita un poco ingenua que recoge ese momento, quizás para no olvidarlo sin más, quizás para tener algo que contar o quizás para que quien lea o escuche haga algunas preguntas a sí mismo o a otro. Ojalá.
Casualmente se me había pegado una melodía de armónica que había inventado a modo de ejercicio y sobre esa base terminamos de componer la zambita. Como algunos otros temas de gente conocida, la zamba está redondeada en la repetición a modo de rosario o mantra de unas frases sobre la aparición de la luna como cómplice de travesuras en el frío de esa noche.



LUNA DE LOS OCHENTA
zamba

Aire pampero va
acunando la ciudad,
pero la luna besando el río en la madrugada quiere brillar,
pero la luna besando el río junto a nosotros quiere brillar.

Sueño en frío metal
sin palabras que dar,
pero la luna besando el río en la madrugada quiere cantar,
pero la luna besando el río junto a nosotros quiere cantar.

No tenga miedo, oficial,
solo vamos a cantar,
mire la luna besando el río en la madrugada, viene a bailar,
y ya la luna besando el río junto a nosotros viene a bailar.

Hoy supe que el amor
es arma de temer
porque la luna besando el río en la madrugada viene a brillar,
porque la luna besando el río junto a nosotros viene a brillar.

Mi guitarra y tu voz
no se podrán callar,
porque la luna besando el río en la madrugada viene a cantar,
porque la luna besando el río junto a nosotros viene a cantar.

No tenga miedo, oficial,
solo vamos a cantar,
mire la luna besando el río en la madrugada viene a bailar,
y ya la luna besando el río junto a nosotros viene a bailar.


Pruebita de armónica con la melodía de la letra (hasta el fin del primer estribillo), así nomás para tener idea

sábado, 7 de enero de 2017

Los casos de Leo. Ignacio 3

La noche era un manto denso, perforado solo por las danzantes farolas de las esquinas que al bambolearse remedaban formas fantasmagóricas en los frentes de las casas, rejas y portones. Como faros desbocados ora iluminaban un sector, ora otro. El ulular del viento en los recodos y los altos fresnos parecía apagar todo otro sonido. Algunas chapas sueltas golpeteaban en las azoteas y amenazaban con desprenderse para descargar su bronca de años olvidada en aureolas de óxido.
Con la espalda pegada a la pared, una figura vacilante por el azote inconstante de la ventisca se desplazaba intentando ocultarse más de la furia del tiempo que de ojos indiscretos que pudieran estar observándola.

De pronto, se dio vuelta intempestivamente. Esa inconfundible sensación de estar siendo perseguido se apoderó de quien trataba de avanzar con sigilo a pesar del tumultuoso devenir de las corrientes de aire. Intentó tranquilizarse, los rugidos de los elementos son capaces de crear esa sensación. Siguió un par de cuadras más para caer en la cuenta de que algunos terrenos baldíos aparecían ahora mostrándolo indefenso ante la arenisca que punzaba su piel y pugnaba por hacer mella en sus ojos y ante frágiles ramitas de siete hojas desprendidas de los árboles de alineación de las veredas. Dedujo con acierto que estaba alejándose de la zona céntrica donde las casas se apiñan como palomares. Algunas viviendas tenían además un amplio solar en el frente con jardines o frutales que se desgranaban para no ser arrancadas de cuajo. Las miraba con un dejo nostálgico por su adolescencia de pueblo polvoriento. Y a pesar de que habían comenzado a caer algunos goterones espesos sedientos de estrellarse, se alegró íntimamente por el extraño cobijo del descampado de los baldíos y jardines que no le ofrecieron refugio alguno pero entibiaban su espíritu.
Muy a lo lejos, en una bocacalle, divisó luces de ambulancia que se desplazaban por una calle paralela a dos o quizás tres cuadras.
Se preguntaba si tomó las decisiones acertadas. Solamente se respondía que estaban tomadas, acertadas o no, y decidió no secarse unas lágrimas que nadie vería cuando se entremezclaran con los goterones que ahora se dejaban caer sin piedad.

Era un hombre, joven, con algún gesto corporal que delataba el intento de representar una madurez que aún no tenía. Como tampoco tenía miedo, al menos de la furia de la tempestad. Sin embargo, acercándose al lugar que buscaba y cuando sus yemas rozaron el metal empavonado de la pistola sintió una punzada en el centro del pecho. No, no es el corazón, se tranquilizó. Es la boca del estómago, tripas que se resisten a depender de un arma para proteger la propia vida o las de otros. No es esto lo que eligió cuando sintió que necesitaba ser útil para alguien.
Sus pasos se hacían más cuidadosos, alertando los sentidos. Miró hacia atrás, por si su propio presagio persecutorio fuera a realizarse. Trataba de ordenar los pensamientos y la respiración, tenía memorizada la dirección, pero revisó el papel donde la anotó. Tal vez sea ese impulso repetido de querer llegar y no, como al médico, como a casa cuando se mandaba una macana e imaginaba el gesto adusto de su padre con el brillo en los ojos que denunciaba el sopapo inevitable.

La casa mostraba un frente amplio, algunos rosales, tapia baja con rejas elevadas a infranqueables dos metros y medio sin puntos de apoyo a la vista. El portón corredizo parecía sólido, pero al tanteo se descubrió sin traba. Buena señal. Tan buena como que el viento no aflojaba y los ululares en los recovecos parecían no seguir una cadencia decidida, con lo cual todo sonido no demasiado estridente podría disimularse. Eran unos siete u ocho metros de césped bien cortado los que lo separaban de la pared y sus ventanales amplios sin rejas que remedaban un estilo colonial demasiado refinado, pero con signos de descuido. Las luces interiores, encendidas. Las portezuelas que ciegan los ventanales estaban fijas, hacia afuera con unas grapas para que el viento no las azote y destruya. No pudo evitar el pensamiento de que sus habitantes se sentían a salvo de todo ataque exterior, impunes, desarrollando con total tranquilidad sus criminales transacciones. Sabía que eran mujeres, dos o tres supuestas primas solteronas que ocultaban niñas secuestradas para ofrecer al mercado de blancas que en los barrios privados de más al oeste subían fuertemente de cotización. Estarán ellas, con una niña o jovencita, esperando que se acerque el utilitario que transportará la mercancía, pensó. Era el momento justo, en menos de una hora estarían llevándose a la niña tipos más pesados. Aquí no tienen armas, son señoras de bien que momentáneamente alojan a una niña maniatada. Salen a la mañana para ir al templo a hacer sus oraciones, saludan a los transeúntes, charlan en la vereda escoba en mano con otras vecinas. Gente normal, de la peor, se aseguró.

Antes de asomarse al ventanal pensó en sí mismo. En qué lo llevó a ponerse del lado de los que encierran a unos y liberan a otros, aún cuando la justicia es un camino paralelo que opina incluso en contrario muchas veces. En qué dolor portaba y no podía mirar de frente. En su familia, casi perdida del todo. En su primer caso, el de la directora de la escuela en un pueblo vecino del mismo distrito, resuelto más a causa de un revuelo doméstico que de una concienzuda investigación de su parte. Y decidió asomarse al ventanal entre rosas chinas y poblados ficus. Allí la vio. Una cincuentenaria la empujaba hacia una puerta central. En la cabeza llevaba una bolsa de polietileno empañada de llanto y sudor, atada al cuello con una cinta delicadamente celeste. Evidentemente la bolsa debía tener como mínimo un orificio de respiración. Sollozaba entrecortadamente y apenas se resistía, sabe el cielo amenazada por qué nuevos pavores. El jean que llevaba delataba un cuerpo en plena transformación de adolescencia, promesa quebrada de bailarina o patinadora, de médica o traductora.

Entonces, Leo Damier apenas acalló un suspiro gimoteando lagrimones que no pudo refrenar desde sus ojos enrojecidos, otra vez a merced de la lluvia que ya se anunciaba sostenida y demasiado oblicua. El viento, o un perro de la casa derribó unas herramientas a unos metros en la oscuridad. Eso lo decidió, acometió el ventanal con un salto al alféizar seguido de un disparo certero al cierre de falleba. Sin mediar, de un topetazo venció la escasa resistencia del ventanal símil colonial y se precipitó a la sala donde dos mujeres menores que la que llevaba a la niña se convertían en estatuas de sal aterrorizadas por la espectacular entrada del novel detective. Apenas las miró y siguió camino a la puerta central blandiendo la pistola delante de sí. La tormenta ahora caía con relámpagos y truenos espectrales. Las lámparas pestañeaban penosamente.

La mujer estaba tranquilamente sentada en un sillón hamaca, con la niña de pie llorando delante de sí, la tomaba de la cola de cabello rojizo y con una gran cuchilla en la mano derecha con el filo sobre el juvenil cuello miraba fijamente al muchacho que aun con un arma en la mano parecía que jugaba al policía.
- Si das un paso la mato, pendejo. ¡Me arruinás tanto laburo!
- Señora, por favor, es una niña.
- ¡Ja! Te equivocás, es mercancía. De la buena, pero no me importa echarla a perder para irme de aquí. Ya me trasladé muchas veces. Quiero ver cómo te vas despacito por donde viniste, hasta la ventana.
- Sabe que no tiene escapatoria.
- Sos muy ingenuo aún. Si logro subirme al auto con la nena, asunto resuelto. Tengo amigos, todos de nivel. No son muertos de hambre como vos. ¡Atrás! ¡Atrás o la mato!
El detective comenzó a recular sin atreverse a seguir discutiendo. La muchachita lo miraba sin emitir palabra, aterrorizada. La mujer se paró y llevando como escudo a la pequeña, empujaba a Leo hacia atrás con la mirada. La tormenta arreciaba, mientras una portezuela del ventanal se volaba hacia afuera con inusitada violencia.
- Paula, ¡sacale el arma! ¡Vos, pendejo, obedecé porque la mato!
- Sí, sí, señora- dijo el detective sabiéndose derrotado y maldiciendo su propia impulsividad al entrar.
Otro bajón de energía por un rayo cercano.
- ¡¿Qué..?! ¡La reputa!
El corte de energía parecía general. Intespestivamente el barrio quedó a oscuras. Por un instante nadie habló, tan de sorpresa fueron tomados. Leo quiso evaluar la situación rápidamente, pero se hallaba estupefacto por lo mal que había salido todo y no atinaba a hilar algún razonamiento. La tormenta arreciaba mientras unos furiosos ladridos y gruñidos guturales parecían provenir del lado exterior de los muros cerca del ventanal malogrado.
- Dejaste el portón abierto, Paula, estúpida... ¡se metió un perro!
-  Debo haber sido yo señora, cuando entré.
- Qué más da. Vamos a salir hasta el auto.
- Ese perro parece malo, puede atacar.
- Jajaja, vas a salir vos primero, así me lo entretenés. Si no querés que le corte el cogote a esta pendeja... ¡Paula, las llaves del auto!
Los gruñidos tomaban distinta forma, parecían de un enorme perro asustado por la tormenta. Enseguida, un rayo que dio en algunos de los altos cipreses de la vecindad iluminó lateralmente toda la casa y...
¡Troc!

El proyectil dio en el medio de la frente de la mandamás, que se tambaleó y cayó al piso llevándose la niña con la cuchilla al cuello, mientras Leo azorado veía cómo sangraba la muchachita al caer. Fue suficiente, se despabiló y sin pensar le asestó un zapatazo a la mujer en el costado, que soltó a la niña para enroscarse de dolor. Las otras dos mujeres se arrinconaron, asustadas, abrazándose entre sí, aterradas. En el marco de la ventana, los relámpagos más lejanos esta vez daban forma a un congelado muchacho que en la mano izquierda portaba como estandarte una horqueta de la que pendían unas gomas laxas atadas a un cuero central. La mano derecha le quedó levantada a la altura del pómulo, incapaz de moverse desde que el perfecto gomerazo impactó en el entrecejo de la perversa mujer. Subrepticiamente rompió a llorar, inmóvil. Solamente repetía:
- Ninda, Ninda, ¿é te nhizo eza mieja e mierda?

Leo apartó con furia a la mujer y revisó a la pequeña, que no se movía. Le brotaba sangre del corte, pero no a borbotones. Debía ser superficial, deseaba que lo fuera. Con una punzada de terror llevó los dedos a los conductos sanguíneos del cuello buscando pulso. Normal. Se había desmayado seguramente en el medio del gran despiporre o al sentir que la cuchilla la cortaba. Afortunadamente era superficial.
El muchachito de la ventana despertó de su estupor para ayudar al detective a reducir a las tres mujeres y esposarlas. Leo no habló hasta que hubieron terminado. El muchacho animaba a la niña acercándole un vaso con agua.
- ¿Vos otra vez? ¿Qué hacés acá?
- Nlo zeguí.
- ¿A mí?
- Nclaro. Nlo ezduve ezpiando hazta e nzalió apurado. Imahiné e nbuzcaba a mi nprima.
- ¿Tu... prima?
- Zí, Ninda es mi nprima. Npor ezo nlo zeguí.
- Ah, Linda es tu prima y vos pensabas rescatarla con una gomera.
- Mi ngomera jue máz nefectiva e su istola...
- Tenés razón, te agradezco, pero te arriesgaste demasiado y arriesgaste la misión.
- Nclaro... zin mí, uzded la nrescataba...
- Glup... claro que no... Bien, llevemos a Linda a atender. Vamos en el auto de esa mujer, ya llega la policía a poner en orden todo esto y encerrar a estas tipas.

En el auto...
- Bueno, parece que Linda se durmió, fue demasiado para ella.
- Zí...
- Decime... ehhh...
- Icnazio...
- Decime, Ignacio... terminaste el secundario...
- Zí, achiller iológico.
- ¿Y pensás estudiar o trabajar?
- Yo...
- Te escucho.
- Enzaba nestudiar para ñief.
- ¿Ñief?
- Zí, ñief, ozinero, ero finoli...
- Ah, chef.
- Zí, ero...
- Pero, ¿qué?
- Iero zer netective, omo uzded.
- Mmmm, no creo que...
- ¿Or é no? Zí lo ayuné en loz doz asoz e tuvo hazta a ora...
...
- Nengo angunaz nabilidadez...
- Es cierto. A propósito, te salió muy bien la imitación del perro feroz.
- Ez lo único e me nejaban hazer en el nteatro ne títerez en la ezcuela. Ne perro, orque no ngangueaba...


FIN

Innecesaria aclaración
Preferí hacer una larga introducción por dos motivos. Por un lado para mostrar algo del interior de Leo en todo esto. El otro -sabiendo de sobra que la lectura completa del post es inversamente proporcional a su longitud-, ver si vale la pena incorporar más texto a estos episodios tan dialogados. Veremos, dijo Lemos, y San Martín lo mandó por otro camino...

sábado, 17 de diciembre de 2016

Los casos de Leo. Ignacio 2

La escuela luce con una modesta elegancia. Se nota esmero en la sencilla decoración. Sobre unas gradas en estado más bien lamentable, pero rebarnizadas con apuro, se encuentran de pie los nuevos egresados de la Escuela Secundaria Nº 290 Hipólito Bouchard. Nuevos bachilleres contables y biológicos se presentan a la vista del pueblo como blasón de un futuro promisorio.
La directora Haydeé Elkemetoke se dirige a los presentes con palabras sentidas, pero un tanto remanidas:
- Luego de cantar el hipno nacional, bla, bla, bla... la vida no me ha dado hijos, pero cada uno de ustedes -mis queridos alucnos que hoy egresan- se ha transformado en uno de ellos y formará para siempre parte de mi familia. Porque en la escuela les hemos dado el corazón y lo hemos puesto en cada proyepto, bla, bla, bla...
...y si no he formado una pareja es porque dediqué por entero mi vida al servicio, al apostolado que sicnifica esta ínclita vocación docente que...
...y hoy los despedimos. Han transcurrido los cinco años de su educación secundaria con una conducta ejemplar, excepto... ejem, excepto... claro está... cof, cof, el evento que estoy dispuesta a olvidar, de la desaparición de mi cartera con todo lo recaudado en el festival artístico de esta sagrada institución... y bla, bla, bla...

La misma directora hace las veces de maestra de ceremonias. Invita a que los nuevos egresados se despidan con los portavoces elegidos en los respectivos cursos. Por Quinto A, toma la palabra Lionel Recreo.
- No decimos adiós, sino hasta siempre, bla, bla... Y nunca vamos a olvidar a la profe de Historia, que siempre habla de su vida en lugar de dar clases...
(risitas contenidas de la audiencia)
- ...ni del profe de Inglés que se olvida de cerrar la farmacia... y respecto del hecho del que se nos acusa y ha acusado, solamente diremos que desde la ventana de nuestro salón vimos que en el tacho de basura que está frente al salón de Quinto B había una cartera, pero desapareció de golpe antes de que las porteras pasen a recoger la basura y... bla, bla, bla...

Por Quinto B, toma la palabra el alumno Ignacio de Santa María.
- Is omhañeros me elizieron or mi lhocuazidad mpara nirigirme a la ezdimada aunienzia en nommre ne ellos...
- ...angranezemos a la zeñora nirectora ezdoz zinco años ne ezcuela y... y... y...
- ¿¿Y..??
- ...ez que...
- Siga por favor, alucno de Santa María. Y si no, retírese así seguimos con este solecne apto.
- Zí, zí, zeñora, Hayné... Ez e ze me ocunre e...
- ¿Qué se le ocurre en este preciso momento, alucno?
- Ze me ocunre e... ahora e ato ncabos...
- ¡Continúe, alucno!
- Nme areze e uzted ze hizo un autodrobo, zeñora Hayné.
- (murmullos de asombro mezclados con cuchicheos) ¡Oooohhh! ¡Aahhhh! ¡Autorrobo! Bssss, bssss...
- ¡¿Qué dice, alucno?! ¡Esto es una falta de respecto hacia la direpción de la escuela! ¡No voy a permitir que..!
- Uzted nijo e ziguiera.
- Bien, quiere seguir... siga. Relate todo y aténgase a las consecuencias.
- Mien, nrezulta que las palabraz de Nionel me alertaron y me nieron la nclave. Ncuando la artera nezaparezió noz hizieron edar anentro ne las aulaz y llamaron a la polizía. Mino eze ahente novato e hizo muchaz npreguntas a todoz. Omo no noz ueden revizar nhizieron e ada uno zaque zuz cozaz, incluzo laz nporteras y los nprofez. Nrevizaron todo, todo, y no apanrezió. Npero no la nrevizaron a uzted, zeguramente en el momento en e endró la npolizía a la nirección uzted ntiró la artera al tacho atada on una tanza y uando nfueron a los zalones npegó un dirón y la artera nvoló a la nirección. La npolizía nrevizó todo y nada or ahí, nada or anllá.
- ¡Habrase visto tamaña insolencia! ¡Sospechar así de mí! Seguramente algún alucno pasó por ahí, o una portera, o el jardinero. ¡Alucno de Santa María, queda irrevocablemente expulsado de esta escuela!

Entre el murmullo de desaprobación, los gritos histéricos de la directora Haydeé Elkemetoke y el llanto desconsolado de Ignacio, varios padres indignados entran a revolear sillas hacia el estrado. Los gritos atruenan, parecen dividirse las facciones. De un lado quienes defienden a la directora de un supuesto oprobioso ataque. Del otro, los padres que sospechaban la extraña desaparición de la cartera con el dinero. La mayoría de los alumnos coreando el nombre de Ignacio se arremolinan a los gritos. Lionel Recreo y algunos otros revoltosos aprovechan el tumulto para arrojar algunos petardos chillando como hienas.

Una rubiecita de primer año muy atildada se acerca y le revuelve el pelo a un desconsolado Ignacio quien está sentado abatido en el escalón del estrado con la cabeza entre las manos.
- Estuviste bien, nene.
- Nrajá, no me veas nllorar.
- Está bien, si necesitás una amiga, me llamo Inés, soy de primero C.
- Nno te onozco...
- Es que vivo en el circo y estamos unos meses en cada pueblo.
- Ah, zoz nrelinda.
- ¡Y vos reganga!
- Jajaja, nme hazés nreír zin ganaz.

La directora se deshace en explicaciones ante la turbamulta que arrecia. De pronto, una mano firme toma a Ignacio por el brazo y lo arrastra fuera del toletole.
- Decime, cabeza de zapallo, ¿quién te manda a armar semejante quilombo?
- ¿Uzted?
- Sí, yo, zoquete zurcido.
- Ez e Nionel me nio la pista y la ndirectora nijo que hablara.
- Y hablaste de más.
- ¿Me va a nllevar prezo?
- Qué preso ni preso, te voy a cagar a patadas.
- Ah, no hay nlugar en el alabozo...
- No, animal, estábamos siguiendo la pista de esta vieja reventada porque se sospecha que no es el primer curro que se manda y...
- Ah, juzto le iba a npedir una oima a la mieja.
- ¡Pero noooooo, salame de chivo! Hay algunas denuncias anónimas que la incriminan, pero no hay pruebas.
- ¿Ze olmidaron ne ntomarle una nprueba a la nirectora?
- No, gilún. Ahora, decime... ¿cómo se te ocurrió esa explicación de la desaparición de la cartera?
- Una vez neí un uento ne Zernocjolms e necía e una mez dezcartado lo impozible, lo e eda, nebe zer la merdad, or improbable e marezca...
- ¡Alamier! ¿Y pudiste descartar todos los imposibles?
- No había muchoz. Ez una ezuela nonde todo ez nrutinario y ze hazen ziembre igual odoz noz nmovimientoz. Una nbregunta... ¿uzted no nvio la tanza en el pizo?
- ¡Tenés razón! Me enredé con ella el zapato, pero la dejé ahí nomás porque me parecía que podía ser de una guirnalda caída.
- ¿Y nvio las guirnaldas?
- No.
- Orque no había ni hubo... ¿Nvio? Una mez dezcartado lo impozible...
- Gracias, Ignacio, me diste una clave importante para el seguimiento de esta mujer. Te confieso algo: es mi primer caso en Investigaciones y, por más que estudié mucho e hice los cursos obligatorios, no sé muy bien para dónde agarrar.
- Mueno, al menoz zerví npara algo.
- ¿Para algo? Por el contrario, tu despropósito en el discurso nos va a ser muy útil.
- Nracias, ¿ómo ze llama uzted, ahente?
El tumulto se iba calmando, el patio parecía Maipú después de la batalla. La ambulancia de emergencias atendía a algunos contusos. Padres desesperados consolaban o reprendían a los alumnos mezclados en el tumulto. Algunos insultos y pedorretas todavía emergían de entre la gente aprovechando el anonimato que ofrecía la montonera.
- Me llamo Leo Damier. Un placer.
- Me llama mi nmamá, es ahella e eztá a loz nritos or allá. Aniós.
- Chau, pibe. Espero que se solucionen las amenazas de la dire, con tu data la tenemos bajo los palos.
- No zabía e la mieja era arquera...