domingo, 4 de enero de 2009

De cómo la fe nos defiende de los males


El sentimiento religioso, o como se llame técnicamente, es tan antiguo quizás como la humanidad. El asombro ante la naturaleza, previsible en la salida del sol, en la rotación de las estaciones, azarosa en las tormentas, inundaciones o en un súbito cambio de temperatura propuso a los incipientes hombres la tarea de tratar de intervenir en su transcurso. Advertirse limitados implicó la certeza de que convertirse en dioses no es cosa fácil; entonces hubo héroes y a los más le quedó como consuelo el conseguir el favor de las fuerzas que gobiernan el mundo.
Hoy, carradas de astrólogos de toda laya, gurús, ignacios y demás tratan sino de obtener ese favor, al menos de convencernos de que lo obtenemos. Como la responsabilidad no es de terceros, convengamos que muchos evitamos pasar por debajo de las escaleras, los gatos negros, decir la palabra cáncer y andamos por la vida aferrados a distintos amuletos, medallitas y pequeñas actitudes seudocabalísticas.
La Beti era una adolescente de buena madera, cursaba la secundaria en la Cristo Rey y se debatía, como muchos otros, entre la fe en la medalla y la fe en algún principio superior que buscaba. Como muchos otros chicos, participaba de grupos religiosos. Era servicial, candorosa, pero práctica y directa.
Un día le encargaron una misión, organizar un grupito infantil en barrio Amelong. Como todos saben, Amelong estaba tan separado del cuerpo de la ciudad que casi era un pueblito cercano. Se llegaba por el Chapuy o por la prolongación de tierra de Acevedo. Los más avezados conocían la calleja que estiraba a Santiago del Estero hasta allí, donde años atrás dejábamos los tramperos para cazar algún jilguero y, con demasiada suerte, un corbatita.
Asumió su misión sin chistar, el camino era largo, más de media hora en bici, pensaba, encima hay perros que te corren. Pero la Beti confiaba en la virgen. Si le habían enseñado que la iba a defender de todo, que podía hacerse mujer tranquila, ella con su manto la protegía…
Así que un día a la semana, ponía una virgen de más de medio metro de la inmaculada concepción en el canastito de la bici, la biblia, el rosario al cuello, el pelo recogido y a la aventura. Enseñar a rezar y, en el fondo, que su aventura de fe, camino neblinoso, valía la pena.
Hasta que llegó la prueba. Una tarde calurosa, mientras pedaleaba y se hacía una decenita del rosario creyó advertir un movimiento raro al lado del solitario camino. Un borracho, un borrachín de los que hacen siesta en las cunetas. Uno que vio venir a la Beti como caída del cielo. Altos yuyales laterales eran refugios perfectos. Sus cuencas rojizas se humedecían de estusiasmo y súbitos bríos. Lo suficiente para pararse y enfilar hacia la bici.
La Beti, congelada, lo vio unos metros antes, pero no frenó la bici, no pudo. Con el avemaría atragantado quiso encomendarse a la virgen mientras el borracho ponía sus manos en el manubrio. Lo hizo mientras esquivaba como podía los manotazos.
De pronto miró el mantelito blanco que cubría a la virgen, la agarró del cuello y blandiéndola como Juana de Arco azotó la lasciva cabeza del borracho una y otra vez. Más sorprendido que estropeado, el tipo soltó la bici para cubrirse de los feroces virgenazos de la Beti, encogiéndose como bestia malherida.
La Beti levantó la bici, acomodó sus cosas, besó el manto de la virgen y siguió tan asustada como feliz de comprobar para sí que nada había fallado.


(Importado de El Hueco del Vermis, 12/04/08)

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