ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

domingo, 27 de abril de 2008

De cruces de arroyos


Lo vi cruzando de lado a lado, por el borde, la pista de baile, debajo del aro que da al río. Por supuesto me refiero a una de esas tertulias veraniegas del Club Regatas. Las adolescentes nicoleñas que teníamos un cierto nivel éramos incapaces de estar en otro lado un sábado a la noche. Sucede que en esos primeros años de los ochenta las cosas había que tomarlas o dejarlas. Las fiestas del club, como les decíamos nosotros, debían durar hasta las dos, no más. La pista estaba vacía porque se acercaba la hora y los minutos restantes eran sólo aprovechados por las parejas en sombríos aprietes de sitios preelegidos en las confortables instalaciones del club mejor puesto de la ciudad. El resto consistía en grupos más o menos numerosos de chicas y chicos por separado que se formaban buscándose al estilo de las golondrinas febrerinas para no volver solos atravesando las escasamente amigables y menos iluminadas calles nicoleñas.

Algo en él me llamó la atención, no sé si su porte despreocupado pero prolijo, quizás la particularidad de que no era nicoleño y se animaba a pisar este ambiente poco menos que selecto o tal vez lo que mis ojos incrédulos debieron aceptar como cierto varios sábados atrás: le había dado bola Amaranta, la repugnante de Amaranta. Alta casi como él, de piel un poco bronceada y cabellos negrísimos como sus ojos era la mina codiciada por todos los que alguna vez tuvieron la oportunidad de admirarla. No eran esos la totalidad de sus encantos, falta sumarle lo más importante, lo que generaba una atracción irresistible ante las huestes de babosos que no la perdían de vista: su impresionante físico que completaba el bello rostro de líneas como dibujadas. Elegía generalmente esos sábados de verano una especie de uniforme -como si no tuviera con qué variar, la miserable- formado por remera blanca y pantalón rojo. La remera ajustada, muy ajustada a sus fantásticas formas destacaba aún más aquellos pechos que todavía hoy sigo envidiando y el pantalón, que no hacía más que delinear el resto de su hermosura. Debo puntualizar, mal que me pese, que ésta limitada descripción puede llegar a sugerir que Amaranta era una de esas mujerotas tipo vedette que rebosan carne por todos lados; nada más distante, sin embargo tampoco se parecía a una modelo de forzadas poses garbosas. Creo que su encanto consistía en la combinación sabia de belleza elegante y delicada armonía que la naturaleza le concedió. Pero no era perfecta, a nosotras, su grupo de amigas o al menos conocidas nos disgustaba su posición de privilegio ante el sexo viril. Ella lo sabía y entendíamos que de alguna forma nos lo hacía sentir, por más que se esforzaba en minimizarlo. Además, no eran pocas las veces que prefería estar sola o rechazaba una invitación para bailar de tipos diez veces más apuestos que éste.

La cuestión es que el susodicho enganchó a Amaranta sin mucho esfuerzo. Qué le habrá visto la diosa del Olimpo nos decíamos nosotras y algunos muchachos que hubieran querido proclamarlo héroe nacional. Y en ese preciso instante en que cruzaba repito, como despreocupado, debajo del aro de la cancha, aprovechando que una vez había bailado con él y parecía un buen tipo lo detuve en seco:

-Hola, ¿cómo estás?- dije tomando la iniciativa.

-Hola, ¿qué tal?- con un beso en mi mejilla derecha mientras retenía mi mentón con la mano.

Aunque la pista ya estaba vacía y algunos se iban, la música seguía atronando...

-¿Me invitás a bailar?- me apresuré a decir porque hizo ademán de seguir caminando.

-Dale- respondió sin gran entusiasmo, y yo pensé “Ésta es la mía”.

Bailamos a la vista de todos. Los últimos temas, desde más o menos las dos menos cuarto, eran una muestra del viejo rock nacional, más para escuchar que para bailar. Cuando sonó “La balsa”, varias parejas más salieron al ruedo, pero no las pude identificar porque estaba como en éxtasis imaginando la cara de culo, no como el suyo propio, que tendría Amaranta. De todos modos no tenía por qué calentarse, lo de ellos era sólo una transa y no se los veía juntos nunca.

Yo no seré Amaranta, pero tengo lo mío, me repetía a mí misma en todo momento y esa noche me dormí cuando amanecía pensando en el chico que cruzaba el arroyo los sábados por la noche.

El sábado siguiente no apareció y el otro tampoco. No salía de mi asombro. Cómo puede ser que no vuelva, aunque más no sea para ver a esa divinidad de Amaranta, que cada vez más retraída fijaba la vista en la puerta del club diríase que horas enteras, ignorando hasta la soberbia música de Génesis, a los desgraciados perritos seguidores que la deseaban furiosamente, sintiendo aparecer en sus pupilas ese raro destello incontrolable del desasosiego creciente. Me hallaba decepcionada por mí, pero sentía que subía por mis piernas un cosquilleo ambiguo que me llenaba de vaga euforia al notar aquel brillo desacostumbrado en los ojos de la que yo sentía mi rival; y eso que sólo había logrado de él un beso en la mejilla al encontrarlo y otro al terminar las últimas notas mientras que ella incomparablemente más. Fatalmente más. Entonces sólo lamenté el descuido de no hacerme acompañar a casa aquella noche para dejarme seducir inocentemente en las sombras del camino. Creo que no me cautivaba su facha ni su físico común y corriente sino el terrible hecho de haber tenido en sus manos a la imposible de Amaranta.

El otoño había caído furioso y apasionado atisbando cómo sus propios colores lo alentaban a perpetuar su tarea secular. Con experta decisión envió sobre la región vientos arremolinados y limpios deseosos de barriletes y de sumisa hojarasca. El club, agrisado ahora, sintió desangrarse de chicas y chicos de turbulentas hormonas que cansadamente poblaron las escuelas, unos con guardapolvo y los más con uniformes de color, confundibles para ser distintos. Coincidentemente, las tertulias de Regatas se terminaron con el verano de mis ilusiones de amor de adolescente cuyo cuerpo relucía estallando en brotes de formas cada vez más definidas. A veces me miraba largamente al espejo y comprobando aumentos de tamaño en las zonas deseadas acudía al recuerdo para compararme imaginariamente con la estupenda humanidad de Amaranta semioculta por la elástica malla azul que parecía pintada sobre su piel bajo el sol veraniego que, artista silencioso, nos pintaba bronces.

Cuando ya los atardeceres comenzaron a adelantarse a la cita diaria, otro sitio nos convocaba; en rigor, nos obligaba a trasponer sus puertas: el Círculo Italiano. Con reglas similares a las de Regatas, las fiestas solían mostrar a veces a reconocidos y nuevos artistas locales entre cortes de la locura audiocromática. Era numero fijo una o dos veces por temporada un flaco, simpático y querido por todo el mundo -Manuel Wirtz- que con sus diecinueve longilíneos años se movía de pronto como un látigo, de pronto como una pluma agitada por la brisa, sobre la tarima haciendo de mimo. Coreábamos su nombre después de cada escena y lo felicitábamos entusiasmadas por su creciente maestría. Él, que nos conocía de la escuela, ponía una mano firme sobre mis lacios cabellos recogidos por un lazo y me lanzaba un consabido: -Estás crecidita, nena- gastándome porque sabía de mis sueños. Hacíamos tiempo preludiando en el Café de la Plaza o Augustus si encontrábamos lugar hasta las diez, hora en que religiosamente ingresábamos en mujeril barra -con sutiles toques de la necesaria histeria para sentirnos más deseadas- al Círculo. El dichoso lugar, edificio con atrio enrejado ante el frente clásico, resguardado por dos tipos de traje serios como lápidas, no era como uno de los boliches de las vecindades. Era un típico salón con una bandeja central baja y grande de pisos de madera -a la sazón la pista de baile- rodeada por columnas que la separaban de una especie de galería rectangular de esquinas redondeadas y abierto por adelante y detrás. El lado externo de la galería contaba con múltiples sillones, que en la zona más oscura hacían de reservado. Sin los juegos de luces, la música y los adolescentes apiñados en su interior se vería, supongo, como una sala de reuniones distinguidas de principios de siglo. La combinación resultaba un ambiente mágico y nos transformaba en niñas de clase aristocrática.

La ausencia de Amaranta nos hacía sentir más seguras y lindas a todas las chicas del grupo. Pregunté, como si me interesara, por ella; me respondieron contentas que a lo mejor había conseguido otro macho que la hacía olvidar de nosotras, pero desconfié de aquella explicación. Lo que sí se reflejaba indudable y me llenaba de un persistente pavor silencioso era que ella no aparecía por los lugares que solíamos frecuentar, pero el tironeado muchacho del otro lado del arroyo tampoco, mientras me asaltaba la imagen de ambos revolcándose felices y trataba de aventarla de inmediato. No podía ser, yo misma había visto a la víctima mirar más allá de sus ojos como si deseara la muerte ante su alejamiento. Había visto esa expresión que no se correspondía en absoluto con su rotunda preciosura y me tranquilicé.

Casi me caigo sentada -lo que hubiera sido el papelón de mi vida- aquella medianoche de helado invierno cuando al doblar una esquina de la galería del Círculo, rumbo a la barra durante las lentas, lo encontré de golpe, todo enterito, enfrente mío. Aquel choque fortuito me devolvió la vida de un soplo. ¡Estaba solo! O con dos amigos, lo que es lo mismo que decir ¡solo! Entonces lo arrastré a la pista colgándome de su cuello y entre los acordes interminables de “Hey, Jude!”, que se empeñaba en cantar, le hice sentir que había crecido, que podía sentirse orgulloso de mis formas y de la forma en que lo miraban envidiándolo sus amigos al ver cómo lo apretaba una hembra como yo.

Mi estrategia surtió efecto en el acto. Su corazón comenzó a palpitar violentamente y rubórizándose comprimió mis caderas contra las suyas. Había vencido. Lo tenía ahí, indefenso ante mis frescos encantos. En ese instante entendí súbitamente lo que significa conquistar a un hombre y me pareció que no había palabra más adecuada para describir lo sucedido y, si poseer implica querer, lo quería con toda mi alma, pues había tomado posesión de ese cuerpo excitado. Mientras el mundo se desvanecía entreví en un ensueño cómo se esfumaba asimismo Amaranta mordiéndose el labio inferior.

A poco de arreglarnos, como se decía entonces, él comenzó a cruzar el arroyo también los domingos en que organizábamos tertulias en “La Vieja Barraca”, cuando todavía no era un reducto bailantero, con el fin de solventar nuestro viaje de estudios. La Vieja Barraca era un tipo de boliche laberíntico lleno de arcadas y recovecos. La guerra de Malvinas, que nos parecía distante lo suficiente para no afectar nuestra vida cotidiana, había traído a los oídos de todos los jóvenes del país esa música nativa que para muchos no había pasado de ser una mera curiosidad. Entonces los momentos más frenéticos pasaban por “No llores por mí, Argentina” y los más románticos por “Menta y limón”, “Años”, “Catalina Bahía”, “En el hospicio”; yo amaba a Pastoral, había corrido a comprar “Generación”, el fruto de la reunión de Alejandro de Michele y Miguel Ángel Erausquín después de unos años. Pastoral había pasado de ser un dúo acústico a un sonido más new wave, pero en todo caso, las palabras contundentes como martillazos de Alejandro lo habían convertido en mi ídolo máximo aunque, en algún momento me haya parecido que el idiota había compuesto “Todas patinan” por mí y mis amigas. Entonces me repetía: ”...saca las brujas de tu cerebro, hoy...” para escapar del maleficio que me había perseguido los meses anteriores. Ese no era el único escape. También solíamos escapar a esa placita con glorietas, pegada al río varias cuadras antes de la rotonda que remataba la costanera contra Regatas, para allí bajo el helado manto invernal de lloviznas vidriosas fundirnos en incandescencia.

Me sentía muy bien junto al misterioso-que-cruzó-el-arroyo, aunque su mirada ausente me hacía a veces temer. Si hasta en ocasiones se asemejaba a su ex-transa por el brillo extraño en los ojos. Me daba esa sensación que uno experimenta cuando, teniendo la plena seguridad de que recorrerá todo el camino, comprueba que no puede avanzar más allá de una cierta barrera o que entró en un callejón sin salida. Todo en él era mío, excepto un último rincón que, paradójicamente, no sabía dónde estaba.

Este invierno que despaciosamente se retiraba hacia el norte iba dejando una estela fresca que esbozaba incipientes colores tímidos al principio y desaforados después, brotando hasta en los más sombríos huecos de las húmedas edificaciones nicoleñas, de por sí bastante tristes y apesadumbradas. Confieso que para mí casi no existió, pasó con mucha gloria y un poquito de pena. Algunos reservados de La Vieja Barraca se parecían a cavernitas acolchadas donde las parejitas lograban sentarse a presión, cosa que no incomodaba demasiado, lo juro. “Afuera es setiembre y a pasto mojado se huele...” vibraba cuando allí enfrente, a modo de un espectro traicionero, a sólo unos cuatro metros, como escapándose de los brazos de un apuesto blondo que la besaba -concentradísimo- en el cuello, me descubrieron los ojos de aquella ya vieja conocida tintineante y escultural, se fijaron en mí, pero no manifestaron odio ni envidia, más bien confusión o desconcierto. Entonces, sin desviar la mirada, con descomunal satisfacción, besé desesperadamente al chico que me pertenecía para darlo a entender de una vez por todas. Era mío. En cambio, el no la veía por la oscuridad y por la forma en que yo reclamaba su atención; mientras pensaba que, aunque lograra verla, nada cambiaría. Al cabo de un rato que me pareció interminable, se paró intempestuosamente interrumpiendo la concienzuda labor de su pareja y se encaminó hacia la salida saludándome con un gesto impasible que tomé como una afrenta, mientras él la seguía como desconcertado lanzando preguntas y reproches. Amaranta no había olvidado.

El primer fin de semana de octubre, llegó con la sangre alargada del atardecer en sus sombras nuevas y tardías. Un estremecimiento me conmovió profundamente cuando la radio con metálica voz cansina, entre otras pavadas, anunció la muerte de Alejandro -el de Pastoral -, poeta del sufrimiento estéril, de cara sangrante por haber gritado fuerte, en un accidente. Fue allí que apareció él. Sin explicaciones se negó a alguna invitación de paseo por Nación y caminamos bajando avenida Alberdi hacia la costanera. En aquel momento comprendí que se aprestaba a develar aquel misterio oculto que no permitía mi conquista total; ese núcleo resistente atrincherado en su conciencia, se expondría limpiamente, saldría a matar o morir. Entonces callé, como él. En el silencio que nuestras pisadas se negaban a romper, abrí penosamente algunas puertas interiores rompiendo los precintos que yo misma había sellado con cuidado para encerrar mis temores. Me descubrí vacía y estúpida, sin fuerzas para afrontar una sublevación de mis dominios. Pulularon en mi mente la entereza y el dolor de Amaranta que no lograba apagar ese rubio publicitario, los ojos sin dueño de este misterioso compañero de mi preferencia a quien había conquistado con mi seducción, su voz áspera que derramó y bebió dulzuras sobre mí, pero nunca me dijo que me amaba.

Al fin de la suave pendiente, el pasto de la plaza se veía como complacido por el corte que se hacía esperar y se aprestaba a inclinarse ante el manso rocío que el sol, en su portentoso ocaso enviaría como mensajero de la noche. Tres o cuatro estrellas insistían en perforar de antemano el firmamento que trocaba a tintes violáceos.

Él se sentó como cansado, acompañado por un suspiro breve, contenido. Yo, que no lo había mirado durante toda la bajada, noté que algunas lágrimas surcaban sus claras mejillas abatidas y otras se habían secado con la brisa de la tarde. Cuando mis manos se tendieron temblorosas a acariciar su rostro humedecido notaron un semblante cálido y a la vez resuelto. Quise besarlo para devolverlo a la realidad de mi atractivo indiscutible, pero se apartó como mirando el río a su izquierda. Rodeando mis brazos su cuello lo agarré por la nuca con ambas manos y estrujé su cara sobre mi pecho palpitante suplicándole que vuelva a apasionarse bebiendo de mí. Me alejó tomándome de la cintura delicada pero firmemente, sin dudas el escondido bastión seguía inexpugnable y mi sensual conquista fracasada al fin, sin recursos. Enceguecida por mi propio llanto me lancé sobre él para abofetearlo, no se movió. No recuerdo la catarata de insultos que lancé sobre la despreciable de Amaranta, que otra vez me relegaba y lo golpeé con todas mis fuerzas. Grité por qué no era capaz de acordarse de cómo se calentaba conmigo, de cómo cayó a mis pies, de cómo vivió conmigo momentos que ni siquiera soñaría con ella

Cuando al final me quebré en sollozos convulsivos sentándome a su lado, ya inofensiva, sostuvo mi mentón con la mano derecha y, mientras con la otra despejaba de cabellos mis ojos enrojecidos para mirarlos con una serenidad enorme, dijo dulcemente: -No sé si es ella, porque mi corazón nunca pudo cruzar conmigo el arroyo-. Y sin decir otra palabra se encaminó subiendo por Alberdi a la primera parada del interurbano para nunca más volver.

4 comentarios:

  1. Maravilloso relato! La envidia, el amor, la juventud, una tríada de consecuencias únicas y a veces, devastadoras. Me encantó todo, los personajes, la recreación, la historia, el amor no correspondido. Impresionante Oso.

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  2. a veces por más que gritemos o no, nadie quiere oirnos y nadie quiere ser oído a la vez...
    estos personajes, estos juegos viciosos, estos círculos eternos son tan cercanos, tan cotidianos...
    precioso relato !

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  3. Es maravilloso el relato oso...
    Un día de estos me gustaría acercarme a la Asociación de Ajedrez,
    Quiero hacer algunas fotos allí.

    Un abrazo grande..!

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  4. Gracias Cristian.
    Pasá cuando quieras por la AAVC, serás bien recibido. Está abierto de lunes a viernes desde las 18. Ah, el jueves termina el torneo que se está jugando (por equipos). Si tu interés reside en tener gente jugando partidas de torneo, es una buena oportunidad. De lo contrario, cuando quieras...
    Abrazos

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