viernes, 14 de marzo de 2008

Rivero sosteniendo el arbolito


Juro y rejuro que mientras esté Rivero sosteniendo el arbolito en el frente de su casa, el mundo no se va a caer. La verdad es que nunca sabremos qué hace este tipo mirando pasar años, mujeres del barrio y perros vagabundos, allí, sin inmutarse, sin que su tiempo transcurra.

Recuerdo años de mi infancia y me parece ver tan patente como ahora a Rivero sosteniendo el arbolito, con el mismo aire lejano, sin despeinarse, con esos anteojos cuadrados y verdes, tan verdes como las bolitas de vidrio de sifón.

Juro y rejuro también que no conozco el color de sus ojos ni su expresión, jamás los he visto y si alguna vez alcancé a divisarlos fue hace tanto tiempo que no me llamaba la atención aquel Rivero sosteniendo el arbolito.

El hombre no envejece y para mis adentros temo que sea aquel famoso héroe de leyenda traducida a mis días por El Tony, Fantasía o D'Artagnan -no me pregunten cuál-, sublime y misterioso Gilgamesh, el Inmortal.

Un día, quizás cuando llegue el fondo de mi existencia, veré a Rivero sosteniendo el arbolito, sin envejecer y esperando renovar una vez más su stock de transeúntes casuales o cotidianos.

Cada vez que paso lo saludo unas veces más atentamente que otras (él apenas mueve la cabeza y en ella los labios) y casi nunca me pregunto qué hace Rivero sosteniendo el arbolito, en qué piensa.

A veces me asalta una duda, qué fue de su mujer, esa mujer amable que en décadas anteriores solía conversar animadamente en la vereda con los vecinos, que unos años atrás sólo asomaba por la ventana su rostro inclinado sobre las costuras que parecían subyugarla, someterla cada día más, mientras Rivero sosteniendo el arbolito permanecía inmutable. Qué fue de ella que no se la ve más, y me estremezco.

La silueta de Rivero sosteniendo el arbolito es la misma que veinticinco años atrás: erguido, la postura lo ayuda, vientre prominente casi cayendo sobre el cinto ajustado, un pie apenas más adelante que el otro. La posición idéntica, un brazo sosteniendo el arbolito y el otro en tres o cuatro posiciones predefinidas por el uso cotidiano. El color del cabello, la no-expresión de su rostro, sus pocas arrugas, hasta sus camisas rayadas o a cuadros parecen no cambiar. Hace ya años que no lo veo entrar o salir de su casa, está Rivero sosteniendo el arbolito o -de noche o con mal tiempo- no está, pero nunca entra o sale. Creo que un día voy a espiar desde la esquina un rato para ver el misterioso horario clave en que se dispone a entrar en su casa, para ver nomás. Para ver si tiene un brazo más largo que el otro, o si debajo de los pies tiene rueditas y lo sacan hasta la vereda, o si sólo es un robot o, por qué no, alguna clase de extraterrestre

Juro y rejuro que pienso y repienso y no encuentro en mi memoria otra imagen del tipo que no sea la perenne de Rivero sosteniendo el arbolito.

Héroe supralunar, desubicadamente griego, descarado atlas para sí mismo, creo que puede abrir la puerta y no quiere.


2 comentarios:

  1. Inmenso. La última oración, de antología.

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  2. del silencio, al lado oscuro del parche que me clavaron en el corazón...
    un memorándum sentimental y heroico, diria yo...

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