miércoles, 2 de marzo de 2016

Avenida Rivadavia



Caminamos una calle sin hablar, Avenida Rivadavia, sonaba áspero Manal en mi cabeza.
Tal vez sí era avenida, pero estoy casi seguro de que no era Rivadavia. Todo un tardío carnaval en mi derredor de noche de domingo febrerino. No sé cómo lo lograba, pero la veía esquivar con extrema facilidad a los chicos y chicas prodigándose pegajosas espumas, a las madres desesperadas por no perder de vista a los pequeños mascaritas que necesitaban sus dos manos para dominar y acertar con el aerosol, a los vendedores ambulantes, los metemanos consuetudinarios de amontonamiento -esos que no son capaces de mirar a los ojos-, a las familias compactas que ocupan toda la vereda, a las mesas de bar desperdigadas hasta casi obstruir la peatonal. A duras penas la seguía con la vista y apuraba mi paso porque no quería perderla.

Y pensé, ¿cuándo subiste a mi tren, mujer, que yo no te vi? Me había enamorado de ella y con el sisífico esfuerzo de interminables insomnios y esperas, de miradas embobadas y de mucho, mucho tiempo puesto en juego había conseguido su atención y a veces sus mieles. Con ese triunfo dudoso de quien gana la lotería pero debe desterrarse por temor a perder lo ganado o por el acoso de los necesitados, con esa penosa alegría del empate sobre la hora sostenía el equilibrio sobre la débil cuerda, así lograba mantenerla a mi lado. Cuándo, cuándo fue que se subió a mi tren quizás para llegar solamente a otra estación.

La mañana incoherente me sonrió, una burla que volaba se escapó. Seguía cantando mientras aceleraba el paso, no para alcanzarla sino para no perderla de vista. No quería, repito, alcanzarla. Quería que ella aflojara el paso y con algún esfuerzo se obligara a esperarme, me ilusionaba con esa posibilidad que no era tal. No era, claro, de mañana. Era noche cerrada por encima de las perpetuas ristras de lamparitas amarillas, azules, rojas y verdes y me martillaba las sienes un atroz cantante, que sobre el escenario y con pista de orquesta melosa y arrastrada se esforzaba por convencer a señoras entradas en años y carnes que enamorarse de él era la mejor opción, o la única de que eran dignas. Y digo me martillaba, porque apenas lograba meter ruido en la rústica gola de Alejandro Medina que repetía los versos de Avenida Rivadavia.

Se enojó por algo que dije, como le pasó a Paul en Yesterday, como en un tango lastimoso, como casi en cualquier canción. De repente dejó de hablarme y -sin decir agua va- aceleró para demostrar su enojo o su decepción. Tuve esos segundos de atontamiento, esos que en ocasiones se contaron por miles. Cuando un chorro de espuma -que quiero juzgar con destino erróneo- me obligó a hacer pie, ya me había sacado varios metros. Y parece que en estos casos y, específicamente en este, todos se decidieron parar a saludarme o sacarme conversación o simplemente a preguntar qué hacés solo, qué raro vos... Y con la vista en esa figura de ensueño que se perdía entre la insoportable bullanga cortaba cada acometida con frases de paso y retomaba la persecución. Como siempre, porque la había perseguido alguna vez hasta alcanzarla cuando creía que era posible compartir el resto de lo que queda. Pero entendí que esta vez no quería alcanzarla. No.
Y seguía ahora con media sonrisa cantando Avenida Rivadavia, aun cuando no dudaba de que ya no estaba en el tren, porque había un peso que -descubrí- no sentía.
De pronto me extrañó que Medina no se preguntara cuándo se bajó esa mujer de mi tren.


10 comentarios:

  1. Me identifico infinitamente con ese sísifico esfuerzo de interminables insomnios y esperas.

    Besos.

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    1. ¡Créame que su identificación consuela al narrador!
      Besos!

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  2. magnífico Nestor, esas cosas que se quieren alcanzar y no...

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    1. Seguramente a todos nos habrá pasado en alguna u otra manera.
      Besos!

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  3. Contradictorio ese deseo de alcanzar y de no alcanzar a una mujer idealizable. Contradictorio y la vez con cierto sentido, que puedo entender.
    Bien contado.
    Saludos.

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    1. A quién no le ha pasado algo más o menos así, ¿no?
      Abrazo

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  4. A veces idealizamos al amor y le tememos a sus resultados, entonces no nos entendemos a nosotros mismos. Muy bien desarrollado el relato.

    mariarosa

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    1. Yo a veces me entiendo, solo a veces, jajajja
      Gracias, María Rosa
      Besos

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  5. ¡A quién no le ha pasado!
    El relato me dejó la misma sensación que me deja la canción, más dudas ¿es un encuentro o un desencuentro?

    Recuerdo varias situaciones similares, en la mismísima Avenida Rivadavia, (y ya de mañana) cuando salía de un boliche rockero que estaba en Caballito al que solía frecuentar. Esa canción siempre me hace acordar esa época.
    ¡Qué extraño ver Obras así! Si Manal (rompiendo tiempo y espacio) se volviera a presentar en Obras no podría tener al público tan tranquilo y en su respectivo asiento. ¡Qué banda!
    Y de paso marchó un palazo para los que empatan sobre la hora.

    Abrazo de vuelta al triunfo!

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  6. Situaciones que no son extrañas en alguna forma.
    A mí también me llamó la atención la gente ordenadita, bueno son esos años...
    Se me filtró la cuervada, jajajaj
    Abrazo!!

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