ETERNO RETORNO

Siempre algún lector queda. Como quedan mis ganas de publicar, latentes hasta que logro hacerlo.
Agradezco tanto que vuelvan, como agradezco a la vida enormemente las razones que me impiden publicar más seguido.

sábado, 19 de mayo de 2012

Detrás del maizal

El hombre limpió el cuchillo con la alta grama y sin mirarlo siquiera de reojo lo acomodó detrás de su torso, ajustado por la cincha de un pantalón de monte gastado, pero resistente aún.
Amanecía en los campos de Escauriza y no tardaría en ser visto a la legua. Eso sería el fin, pensó. Dos teros procaces le zumbaban el sombrero dando grandes voces. El hombre, sin inquietarse demasiado, repetía una y otra vez como por reflejo un movimiento que sugería esquivar los aleteos y nada más.
Allá, del otro lado del Arroyo del Medio, estaba su casa, estaban su mujer y sus hijos. Trabajo de mierda, farfulló. Mientras se afanaba por entrar a bracear en el joven maizal que divisaba hacia el este repasaba sus últimos años a las órdenes del Gringo Bertetti.
No había perros, a menos no se escuchaban. Eso le daba un margen de ventaja, pero ¿cuánto duraría? ¿una hora?, ¿dos?
Lo sabía y se maldecía por ello. Deberle un favor al Gringo era trasformarse en poco menos que su esclavo. Es que Bertetti supo el momento exacto en que ese hombre recio, taciturno y leal se iba a transformar en uno de sus hombres. Porque la mano del Gringo se deshacía en favores solamente para quienes a la larga podrían serle útiles. Y hasta el más hombre no podía negarse cuando la mujer y los hijos estaban en juego. Y de aquel incendio en la chacrita camino a Rueda resultó tan entera su familia como partida su alma.
Tenía que estar eternamente en deuda, su honor, su gratitud como medalla de guerra. Y la Lucía, la mayorcita, en el servicio doméstico del Gringo.
Los eucaliptos del borde del campo se incendiaron con los primeros destellos plenos de un henchido sol. Detrás, el maizal, que sería su selva y su manto protector. Si hasta podría adivinarse el río, manso y ocre como el camino que en algún lugar bordeaba la chacra.
Los trabajos que Bertetti le asignaba, aunque fuera por un ruego o una sugerencia al pasar trocaron de servicios rurales a algún daño en campo ajeno y más tarde en tareas atroces. Pero el hombre no cejaba en su entrega aun cuando comprendía, del mismo modo en que crecía el día, que el patrón era un prócer de la infamia.
Con la misma ligereza con que sus piernas batían la grama en busca del maizal, intentaba barrer de su mente las dudas, la sangre, los ojos que habían suplicado sin más palabras que el terror y el estremecimiento.
Un retazo de brisa sureña le hirió el oído con lejanos ladridos. O tal vez los fantasmas de la desesperación.
Se detuvo moviendo la cabeza como intentando atrapar las notas agudas que se deslizaban silbando en la mañana. Como pudo trató de aquietar la fragua de los pulmones Eran perros. Y quizás un motor esforzado tosiendo frío y desganado.
El maizal. Renovó el esfuerzo, debía llegar. Por sus hijos. Los matones de Escauriza lo perseguirían hasta el arroyo. Si cruzaba...
Al cruzar sentiría el abrazo de su provincia, sus olores, la palmada de Bertetti y al atardecer el abrazo de su hembra fiel.
Maizal y arroyo, no era mucho, no debía serlo. Una detonación. ¿Lo habrían visto o era solo una señal de un grupo de buscadores a otro? Casi no le importó. Encorvándose a la carrera terminó por chocarse el maizal y caer exhausto atravesado en los surcos.
Nicoleños de mierda, pensó. Nos cagan el negocio.
Al pronunciar el nos un escalofrío de muerte lo electrizó. ¿Nos? ¿Qué negocio, si no me alcanza la vida para pagarle al Gringo el favor? Y él se la embolsa toda. Yo robando y matando como un condenado y el señor desflorándome a la Lucía. Si seré...
Decidió dejarse atrapar, pero solo fue un minuto. Eligió entonces correr por el maizal hacia el arroyo maldiciéndose por dudar por primera vez en la vida.
Y se vio corriendo con una pelota robada en Riberas, se vio en desesperada carrera hacia el palo borracho que hacía de piedra libre, se vio revolcándose en la marlera con Elena y en el casamiento que festejó con asado en El Colorado.
Levantó una mano para oler su propia sangre huyendo entre chalas y cañas. Contra el arroyo, el camino del Yaguarón se iba a cruzar antes de la barranquita y tenía que llegar antes que los guardias de Escauriza. Ensordecido por su propio paso, apenas si oía los perros y el ronco motor de un rastrojero. El mismo maíz que lo protegía hacía lento y penoso el avance.
Bertetti y la puta madre. Cuando respire te saco la Lucía y me mando a mudar con la negra y los pibes. 
Cuando el maizal se puso tupido, sacó el cuchillo de monte -que había temblado cuando dio cuenta del viejo Eleuterio Escauriza, quien solía pasearse al alba entre el ganado- y a fuerza de mandobles pudo abrirse paso. Bufidos y pastosos gruñidos lo esperaban metros adelante. Quiso ganarle de mano al dogo, pero el animal buscó su rodilla por debajo de sus sablazos. El hombre reaccionó como un latigazo ante el dolor con el instinto vital indicándole dónde golpear. Cuando el perro aflojó, lo despachó con cuatro, cinco cortes. Sintió que había enloquecido, ¡él, justo él, dar golpes de más!
El resuello del rastrojero cercano le señalaba la cercanía del camino que bordeaba la barranquita del arroyo. Pero se escuchaban otros vehículos también.
Ya el sol azotaba sin piedad al maizal y al hombre que lo horadaba. Allá divisó un fondo que era de otro verde. Un sauce tal vez, del otro lado del arroyo. Y un retazo de cielo. Entonces fijó la vista a las hilachas celestes, la tierra que lo abrazaría. Trató de correr oyendo los ruidos de los perseguidores para ver dónde convenía salir del maizal de sopetón, volar sobre los diez o quince metros de camino y grama y saltar al arroyo sin hacer caso de quién le saliera al paso.
Ya no veía cielo ni sauce. Solo a Lucía sometida por un gringo baboso y violento. Saltó al camino veinte metros camino abajo de sus perseguidores y ni siquiera eso lo alegró. Todos se volvieron al demonio ensangrentado que ya mediaba el camino. Tropezó sin caer y buscó un poco a la derecha un buen lugar para el salto. Del otro lado su tierra, el abrazo y mucho para afrontar. Y saltó hacia el sauce y hacia el cielo.

Dicen en Villa que el que disparó fue el mismo Gringo Bertetti, o alguno de sus hombres. Y que al instante gritó a los del otro lado: ¡Eh, compadre Escauriza! ¡Sabíamos que andaba un matrero robando de los dos lados! ¡Ese no jode más!
Y que Escauriza ni se molestó en responder, solo se sacó el sombrero con toda la desazón de la muerte de su padre sobre los hombros.
Dicen algunos que esa inclinada y vieja crucecita de madera que se ve a metros del puente de la autopista sobre el Arroyo del Medio fue puesta por una muchachita embarazada de menos de veinte años.



8 comentarios:

  1. Los próceres de la infamia son una raza que no se extingue,
    pero, está bueno pensar que ese maizal azotado por el sol, la cruz puesta por la pobre Lucía y este tipo de testimonio escrito, son un homenaje que vindica y rescata del olvido, con el ejemplo de una, a tantas víctimas.

    Un beso.



    SIL

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    1. Por cada uno de esos próceres, un sinnúmero de víctimas. Siempre.
      Gracias
      Besos

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  2. Es un hallazgo la expresión procer de la infamia. Describe muy bien al personaje aludido. ¿Ezcauriza era hijo del personaje sin nombre?

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    1. Escauriza, el estanciero del lado de San Nicolás era el hijo del viejo que mató el personaje sin nombre. "-que había temblado cuando dio cuenta del viejo Eleuterio Escauriza, quien solía pasearse al alba entre el ganado".
      No es para preocuparse, siempre me salen confusas estas cosas.

      Abrazo!

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  3. Afortunado texto. Te felicito Oso. Si el resto de tus relatos me gustan, creo que son estos, con tintes épicos, que relatan viejas historias pegadas a la tierra, donde oigo palpitar el corazón de Villa y sus moradores. Y la sed de justicia y tantas otras...
    Me encantó!
    Preséntalo a esos premios de narradores de Villa!

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    1. Gracias, Doña Tinta. Siempre son bienvenidas sus apreciaciones!

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  4. Grandioso! Es excelente Oso la narración y la historia, casi que uno se quiere sumar al hombre entre el maizal, para escapar de ese destino ladino a la que la vida lo sucumbía. El aire local me encanta, nadie como vos para ponerlo como escenario.
    Un abrazo!

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  5. Suele sucederme que la tristeza y la impotencia me ganan por puntos cuando leo textos como éste.
    Pasan los años, estamos en un nuevo siglo y hay cosas que no cambian, se mantienen intactas, lamentablemente.

    Besos y lo felicito, excelente mi estimado Oso.
    REM

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