miércoles, 30 de noviembre de 2011

Historia de Nicolás Elarroz o Crónica hallada en el revistero de una sala de espera y robada luego (3)

Se ha llegado a decir que Nicolás Elarroz partió de Villa Constitución meses antes de cumplir los veinte años. Las escasas voces que pueden consultarse, como puede sospecharse de antemano sin esfuerzo, se contradicen. Unos sugieren que aterrorizado por la noticia, muy cierta, de obtener un alto número de sorteo y condenado al servicio militar, se inclinó hacia su propio ostracismo. Otros, nunca falta esta conjetura, que tras embarazar a una muchachita quinceañera decidió este destino. Sin embargo, cabe una tercera posibilidad, que no merece menores chances de veracidad por inverosímil. Es la de que el jovencito Elarroz, empleado transitorio de alguno de los pasos de un parque, quizá el Hagenberg, -seguramente en San Martín y Catamarca- se enamoró perdidamente de una de esas mujeres que por decisión propia o no formaban el cortejo que acompañaba a los camiones atestados de latas pintadas como pasillo en Caminito, artefactos estrambóticos que prometían vuelos extraordinarios y murallas de la muerte cargadas de leyendas de motociclistas épicos.
Por alguna razón esta posibilidad parece tan ajena y tan cercana a Nicolás Elarroz. Ajena por tratarse de un individuo cuya afición a las tareas de montaje y desmontaje no pareciera existir. Cercana debido a la afición a la aventura que luego ha demostrado el muchacho.

Así pues, parece que el empleadito del parque de diversiones atendió el tumbalatas en un verano de comienzos de los ochenta. Comienzo abúlico propio de quien recibiera como mote ese extraño apellido, mas espacio y tiempo propicios para conocer fachadas de traducción de virilidad en bochazo de telas indefinidas a las diez latas acomodadas con el mismo desgano con que las levantaba. Frustrante, en su puesto solo acudían los que pretendían hacer gala de su hombría tal vez suponiendo que la puntería es cosa de hombres. Pero la revelación llegó cuando comprobó que la contundente morocha que se movía con soltura entre los juegos con caderas magnéticas de miradas era personal permanente del parque.
Se sobresaltó turbándose de tal manera al descubrirla que osó ignorar al bravucón que rodeado de su patota aspiraba a violar la parva de latas. Y recibió insultos y provocaciones. La morocha, al ver el tumulto, con los brazos en jarra y los ojos en llamas los expulsó con su sola amazónica presencia. Fue suficiente. Nicolás siguió trabajando esos días como el empleado más dedicado, aferrado a la posibilidad de que cerrando febrero el capataz le proponga seguir al parque en el caso de que él mismo no se anime a proponerlo.

En marzo estaba colgado a los camiones, camino a Venado Tuerto, por el truculento Chapuy. La morocha, que superaba largamente los treinta, parecía avocada a la tarea de compensar la rápida senectud de su dueño capataz, con las urgencias de Nicolás. Así fue que lo hallaron en Santa Rosa al cabo de un año, baleado y agonizante con una cuarenta y cinco puesta en su mano derecha y en la otra el cuello de lo que fue una hermosa morocha con el cráneo en flor.


2 comentarios:

  1. Tumbar latas era más aburrido pero menos peligroso...
    Cuando uno ya empieza a querer tumbar otra cosa se complica.

    :D

    Un beso.


    SIL

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  2. A le merda que tenía destino trágico el de este muchacho!!!
    Un abrazo, don Oso!

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