ETERNO RETORNO

Siempre algún lector queda. Como quedan mis ganas de publicar, latentes hasta que logro hacerlo.
Agradezco tanto que vuelvan, como agradezco a la vida enormemente las razones que me impiden publicar más seguido.

domingo, 4 de enero de 2009

El festejo

Un poco abrazados, un poco a los saltos, cruza una barra diagonalmente la vieja cancha de Talleres, de alambrado caído y gramilla castigada por el invierno que comienza sin timidez a cubrir la ciudad. La tarde cae, solitaria hasta hace un rato, aturdida ahora. Duda entre irse hasta mañana o quedarse a contemplar el festejo. Dándose vuelta muchas veces, opta por retirarse al poniente, su naturaleza le exige, le ordena la retirada inexorable y ella, para mostrar su descontento tiñe de rojo las nubes bajas, los pocos edificios de altura y el gran eucalipto junto a la vía. En la esquina siguiente se unen a otros tres y llegando a 14 de febrero ya suman unos doce. Hasta unas horas antes algunos no se conocían, otros no se saludaban por la calle, pero ahora parecen esos conocidos de barrio que se ignoran cotidianamente y encontrados casualmente de vacaciones en un lugar distante hablan como amigos de toda la vida para, vueltos a sus hogares, volver a ignorarse. Como hormiguero revuelto, la ciudad despierta enloquecida, sobresaltada y de todas las puertas surgen saltando y gritando unos, con ojos grandes y sonrientes otros. Es momento de soltar algunas ocultas angustias reprimidas.
Hace sólo unos momentos, la calle muerta se había estremecido con un acorde profundo y gutural multiplicado indefinidamente. Por debajo del pelambre amarillento del viejo león se escabullía la presa, resuelta, ufana, a salvo de las enormes garras crispadas luego contra el suelo, rugido doliente. Con el grito provocado por la estocada profunda y decidida del cordobés la catarsis fue tan terrible que diríase un trueno inoportuno y sorpresivo en la tarde dominguera. Volvió el silencio luego y se profundizó a la hora exacta y el lejano estadio porteño se transformó de fiesta en una moneda dura y mellada sin metal donde entrechocar. Los ojos enrojecidos... si lo peor llegaba a suceder... si llegaba a suceder... se multiplicaron las promesas y los pilatos. Nunca pudo entender ese palo derecho, de dónde llegó el golpe bajo, por qué faltó la protección justa de las alas del criollo pato volador y comenzó a respirar de nuevo entrecortadamente sabiendo que todos lo miraban y veían enrojecer de orgullo y vergüenza. Lentamente los latidos reaparecieron para estallar de nuevo con la bravuconada brutal del campeador ante los sablazos la anaranjada alfombra arremolinada bajo su paso implacable, y otra vez el león herido de muerte mordiendo la hierba aplastada esta vez. Y el malón del final, toques mágicos, imposibles ráfagas ante las expresiones azoradas de los rostros de la desazón. Así fue y reventó la algarabía.
Allí va Héctor, entonces, confundido entre el grupo exultante que a las pocas cuadras confluye en una marea humana increíble, nunca antes vista. Y la misma calle San Martín de siempre, la de las procesiones de ocho de diciembre con los regordetes obispos rosarinos a la cabeza, la del villazo, de las manifestaciones obreras, la de los desfiles militares y de guardapolvos en fiestas patrias lo recibió envuelto en la bandera que creyó defender en la colimba, unos años atrás y que por suerte lo vio partir de baja antes del golpe.
Desde el sur dos líneas viborean hacia el centro, una gruesa de autos, camiones y motos embanderados por la ruta y otra delgada unas veces, abultada otras por el camino lateral de las bicicletas que llega hasta la zona fabril. Al final del partido, Silvia había desnudado su piel para vestirla con la gloriosa seda campeona y los cortos pantaloncitos negros de tres tiras blancas. Una larguísima vincha al tono recogía no todos sus negros mechones. Con varias amigas de atavíos festivos treparon a un camión volcador cuya bocina sonaba, perpetua, “La cucaracha”, tratando de llegar antes al centro y, además, procurando evitar una larga caminata con los endemoniados botines de su hermano a medio atar. La ayudaron a subir manos amigas, algunas excesivamente amigas, pero no le importó demasiado, era un día como para no amargarse.
Allí va Silvia, pues.
San Martín estaba impresionante, esto se esperaba desde el miércoles anterior, de los seis a los peruanos. En el fragor del festejo la vio, así como la vio desaparecer un segundo después en la turba. Sin saber cómo y menos por qué se empezó a deslizar entre los desaforados saltimbanquis de la desesperación festiva. La volvió a ver un instante demasiado corto y pensó esta es la argentina que quiero: una bella mujer desnuda bajo la tela celeste y blanca, así la quiero, sí, libre, sensual, hermosa como se la mire… y botines rematando el par de firmes piernas.
Hay que decir que ella lo vio. Qué hace este loco meditabundo como fuera de la algarabía general. Lo abrazaban amigos y desconocidos, lo estrujaban de felicidad y el tipo en la luna, como buscando algo entre la gente. Necesitará algo…
Se acercó sin que se diera cuenta, mientras él miraba la vereda del bar San Martín en busca de ella, que no lo sabía. Sus ojos estaban perdidos ya y el velo de la desazón le pedía volver al festejo, su libre y bella argentina era una ilusión, pero no lo eran los tres a los holandeses, la copa y el charco de alegría en el reseco país de los dinosaurios.
Cuando ella lo tomó del brazo y le susurró: ¿estás bien? sólo pudo decir, con la garganta paralizada, ahora sí. Ella no entendió demasiado, pero él sí, la bella y libre argentina lo tomaba de la cintura lo impulsaba a cantar; él, vamos, vamos argentina, la abrazó y a saltar con todos, vamos, vamos a ganar y a mirar de reojo los vaivenes sensuales de la camiseta y la turbación de los largos cabellos negros en sus ojos, que esta barra quilombera y el perfume celestial de la morocha que no te deja, no te deja de alentar.
Esa noche Héctor comprendió que la bella y libre argentina era posible. Mientras no dormía ni quería se regocijaba en su cama fría y singular tejiendo y destejiendo esa tarde, creyendo en la piel que había tocado con todos los sentidos a los saltos, en la promesa de verse, en la promesa de salir de la puta malaria del no ser cotidiano.
La bella y libre argentina creyó en él, en su búsqueda, en su deseo profundo, salvaje y sincero, en sus ojos tristes que querían brillar pidiendo permiso a los suyos.
Es todo lo que sabemos, trivial y fecunda como la historia de gente común con esperanzas y ojos limpios.

(Importado de Villeraturas, 06/04/08)

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