viernes, 11 de abril de 2008

Eugenio


Alguien diría que Eugenio les jugó una mala pasada a sus amigos, pero quién sabe. Hasta aquel acontecimiento todos pensaban que era un tipo fiel de aquellos que no fallan, aun en las peores circunstancias. Lo que sucede es que es muy difícil escrutar profundamente lo que pasa en el corazón de las personas. No en vano hay una gran serie de pensadores de toda época y lugar que han tratado de discernir ésto y que han hecho enormes aportes al conocimiento del alma humana, sin embargo muy pocas veces los resultados han logrado consenso. El conocimiento del otro, visto está, supone un problema filosófico-psicológico muy difícil.
De todos modos si el infierno son los otros, a lo Sartre, no era el caso de lo que suponía Eugenio de sus amigos, al menos aparentemente antes del suceso de referencia.

Era de los tipos que no hablaban mucho en reuniones públicas, pero entre sus amigos lo reconocían como alegre, bromista y despreocupado. Algunos dicen que siempre fue un desgraciado fracasado con ganas de llegar a ser notorio. Cierto es que la mayoría de sus amigos frecuentaban algunos círculos sociales locales a los que él no tenía acceso, pero éstas son suposiciones temerarias de muy poco valor.
Tampoco puede asignarse validez a todas las cosas que se dicen por ahí.

La gente del barrio comenta por lo bajo que lo hizo porque Mónica no le daba bola y -no sólo eso- se fijaba bastante en Miguel Ángel, Milán para todos los que no lo citaban por el apellido. Milán era un poco más bajo que Eugenio, uno de sus amigos, y de un aspecto un poco lamentable, ya que su delgadez extrema se complementaba malamente con unas chuecas muy chuecas. Colorado hasta los dientes, parece que Milán era una combinación atractiva para Mónica, una de las minitas más lindas del vecindario.
En cambio, para ella, Eugenio casi no existía. Apenas el saludo diario -ella era cajera del autoservicio de la otra cuadra- y nada más. Las viejas mascullan que los ojos de Eugenio se nublaban en la cola de la caja, como quiera entenderse ésto.
Parece descabellado suponer que Eugenio lo hubiera hecho por venganza o algo así.

Eugenio nunca se animó a hablar con Mónica de su interés por ella. Es más, al cruzarse sus miradas él bajaba la vista o, comprometido, preguntaba por el precio del primer artículo que se le cruzaba por la cabeza. Ella contó que una vez le preguntó por el precio de un short de baño a pesar de que en el autoservicio no se vendían. Estaría soñando con una escapada de ambos a alguna playa hawaiana. Con Milán era otra cosa, éste le sacaba conversación de cualquier tema, sin abordarla directamente, pero Mónica se enganchaba y se la notaba divertida.
Milán solía ir a comprar algo muy tarde, casi a la hora de cerrar y, si el tiempo estaba frío, lluvioso o muy oscuro en invierno, le proponía llevarla en su Peugeot 504 marrón hasta su casa a cinco cuadras y ella aceptaba siempre.

La relación con Mauricio era distinta, como trabajan juntos, era una especie de complemento de Eugenio. Más afecto al trato público, era el presentador, pero en el grupo Eugenio bromeaba por los dos ya que Mauricio no tenía un pasado en común con los demás. Unos tres años atrás, cuando Eugenio entró a trabajar como administrativo en una empresa de transporte de carga, conoció a Mauricio que fue el encargado de transmitirle su experiencia en el puesto y él, a su vez, comenzó a enseñarle los rudimentos del manejo de planillas de cálculo en la computadora, que hasta el momento lo espantaban un poco.
Se puede presuponer que la relación entre ellos nació por conveniencia, pero se fue consolidando con el paso del tiempo y de a poco Mauricio se fue haciendo habitué de la barra, ganándose la confianza de los muchachos.
Mauricio medía alrededor de un metro ochenta (un par de centímetros menos que Eugenio), tenía un perfil tan semejante a él que muchos los creían hermanos. Nadie puede creer cómo Eugenio le falló también a Mauricio y es difícil imaginarse el paso de las horas en la oficina a partir de ese momento.

El último año, Milán y Mauricio estrecharon lazos y no es aventurado conjeturar que Eugenio comenzó a tejer celos el día que, en medio de una broma, él quedó pagando y los otros dos -entre guiños- se reían como descosidos. Quizá no le cayó bien que Milán -que le arrebató el corazón de Mónica- se ganara ahora la simpatía de su compañero-complemento pudiendo prescindir en cualquier momento de su presencia. A tal punto que a veces, paseando por la avenida principal y viendo el Peugeot marrón cerca de Honey Don't, un bar que no frecuentaban, se asomaba temiendo encontrar a Milán y Mauricio riéndose cerveza de por medio. Temía más esto que encontrarlo con Mónica ya que su corazón se iba despidiendo de ella muy de a poco pero a paso firme.

Sergio era el langa del grupo y el sabelotodo. Enloquecía al noventa por ciento de las minas que recién lo conocían. Atlético y de andar prominente, además era el profesor de aerobic de toda adolescente pretenciosa de la ciudad. Generaba una relación ambigua en el grupo. Todos lo envidiaban y él lo sabía; por otra parte ellos valoraban que no se desprendiera de la barra en busca de otra más centro y acorde a su status. Gracias a él los muchachos conseguían pareja rápidamente en los boliches, ya que los grupos de chicas se acercaban a saludarlo y así trababan diálogo entre todos.
En el fondo, los demás dudaban en engancharse en serio con alguna de esas minas ya que Sergio planificaba regularmente campamentos de fin de semana con grupos más o menos reducidos de chicas. No pocas veces el campamento se restringía a Sergio y una de las chicas. Y los demás muchachos reventaban de bronca porque no eran de la partida nunca. De todos modos ninguno se animaba a quedar mal con Sergio por varios motivos: para no romper la amistad, para no perder de vista a las minitas antedichas y para no quedar desairados en una discusión. Sergio tenía respuestas para todo y demostraba una seguridad en sus afirmaciones con la que era muy difícil confrontar. Queda por decir que Eugenio lo admiraba y en ocasiones, que planificaba muy bien, se hacía acompañar en un paseo o de compras por el centro para hacerse ver con él.
A la larga, charlar a solas con Sergio resultaba cuando menos aburrido. El tema central siempre pasaba a ser alguna de sus aventuras de éxitos con el bello sexo o alguna opinión –seguramente preparada de antemano– sobre algún tema que él consideraba serio y lograba cautivar a ocasionales audiencias desprevenidas, no así a sus amigos que lo conocían demasiado. Es de suponer tranquilamente que era el tipo de candidato a ser traicionado de forma tan vil.

Con Aníbal la cuestión era diferente, viejo compañero de infancia y de andadas barriales de Eugenio, era el más independiente del grupo de manera que solía ausentarse imprevistamente toda vez que se preveía que Sergio saldría con una homilía como las suyas o que veía pasar a Alejandra, que alguna vez fue su novia y lo dejó marcado a fuego como dejaba a cualquiera que la observaba ceñida por sus ajustados vaqueros que sólo copiaban sus largas piernas. Ella decía que lo había dejado por su bohemia y su descompromiso con todo y Aníbal aseguraba que la dejó porque él anhelaba más que una hembra fogosa y bravía. Ésto se torna dudoso en vistas de que salía corriendo de cualquier lado para acompañar y, aunque más no sea, charlar unas cuadras con la bella Alejandra.
Es indudable que sólo la certeza de una conducta enfermiza disculparía una traición como la de su amigo de varios lustros.

Alejandra era amiga de Mónica. A pesar de que le llevaba unos cuatro años siempre supieron congeniar y formaban un trío muy unido con María de los Ángeles, Angie, un poco menos agraciada que ambas, pero dueña de una simpatía particular que aportaba una armonía especial al grupo. Se dice que jugaban muy bien al truco en equipo y eran imbatibles en punta y hacha. Una vez, para tener en cuenta, se enfrentaron en una mesa del parque arbolado del Club Unión con Sergio, Aníbal (por entonces novio de Alejandra) y Milán, mientras Eugenio cebaba mate dando gracias a todos los santos porque alguno quiso que quedara espacio para sentarse a un lado de su inaccesible Mónica, que por supuesto no le dio mucho calce y conversaba con Milán, al otro lado. En la ocasión hizo gala de sus cualidades de chistoso oportunista recibiendo carcajadas de aprobación de todos hasta que, desubicadísimo, Mauricio le cortó la inspiración yéndolo a buscar para unas horas extras en la oficina.

Solían quedarse horas y horas los cinco juntos disfrutando de sus correrías en común, anécdotas de infancia y bromas compartidas obligando al tiempo detenerse. Ninguno de los cuatro -ni Mauricio en su compañerismo, ni Aníbal en los años de amistad, ni Sergio en su aporte de status y jóvenes entusiastas, ni Milán en su historia común- podía imaginar que Eugenio sería capaz de tremenda deslealtad

El punto es que hoy Eugenio sorpresivamente pidió traslado a su jefe. Supone que, instalado en la sucursal Córdoba de la empresa, perderá el rastro del pasado y de su a todas luces reprobable actitud. El jefe lo está estudiando previa consulta a Mauricio quien ruega no hablar del tema.
Sergio le cuenta a Aníbal en un largo monólogo cómo sedujo a Angie todas las veces que quiso. A Aníbal no le extraña que no nombre a Alejandra, sabe que lo hace para no herirlo, y piensa en suicidarse.
Milán y Mauricio toman un café en Honey Don't y prefieren prescindir de la palabra Eugenio.
Ella escribe en un papel Eugenio te perdono, perdoname vos a mí..., y atrás: ...porque siempre te amé y no me animé a decírtelo. Mañana no irá a trabajar y pasado tampoco.

2 comentarios:

  1. De qué gran manera nos representás a cada personaje e hilvanás esta historia de amores truncados. Felicitaciones!

    Por otra parte, Córdoba parece ser el escape de todos, je.

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  2. todos cumplen, o cumplimos, un papel magistral en esta especie de ruleta siniestra y cotidiana.
    todos nos vamos mezclando, formando una masa de idas y venidas, de recuerdos, sueños y escapes...
    cuando un sueño nos golpea la ventana, hay que abrirla de par en par para ver que quiere, no?

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