lunes, 31 de marzo de 2008

Crocce


Cuando joven había emigrado luego de la guerra en busca de un mundo paradisíaco y promisorio, de aquel mundo que estaba en boca de todos en la península antes y después del cuarenta y cinco. Su lejana simpatía con el régimen le recomendaba la Argentina, país de militares entusiasmados con esa política y un poco desorientados al tener que tomar partido por los vencedores de aquella guerra adversa. En qué otro lugar iba a estar más familiarizado con las costumbres que allí, pensaba, donde hubo ya varias oleadas de italianos, aventureros unos, muertos de hambre la mayoría. Había considerado como posibilidad Brasil, pero especuló que era una tierra más salvaje e inhóspita; además no simpatizaba con los negros ni con el mestizaje. En el fondo, se había creado para sí la imagen de colonizador. Él era Europa, se suponía culto y cargaba de un dudoso acento francés a sus palabras para sentirse más seguro de ello.

En Italia había trabajado en una fábrica de armas desde su adolescencia y había pasado de producción a control de calidad cuando empezó la guerra. Se salvó de ir al frente por su oficio, que conocía bastante bien. Con la caída del Eje y la miseria rodeándolo por todas partes, sintió que desperdiciaría su juventud reedificando ese país de sueños perdidos desplomado estrepitosamente y decidió partir.

Buenos Aires no resultó un mundo demasiado extraño para él al llegar, algunos lugares le recordaban las grandes ciudades italianas de preguerra. Había barriales en los que todos eran italianos, incluso comprovincianos. De todos modos, pocos tenían empleos importantes en la gran ciudad, la mayoría se hacinaba en conventillos y pensiones de mala muerte y sobrevivía con empleos temporarios, algunos entraban en el ferrocarril, pero por las dificultades idiomáticas terminaban haciendo de peones en los tendidos de rieles, trabajo duro si los hay. Él no era para eso, además resolvía bastante bien el problema de la lengua. En la fábrica de armas, su superior era un ingeniero aragonés recomendado por Franco a la cúpula del Duce. Entonces aprendió primero algunas expresiones y luego los rudimentos gramaticales del castellano. Junto a su forzado acento francés lograba hacerse entender de maravillas entre la población -para él ignorante- de estas tierras.

Crocce no comprendía muy bien cómo tantos compatriotas suyos, europeos como él, la pasaban tan mal en Buenos Aires; al fin y al cabo eran los colonizadores. Poco a poco, y mientras transitaba de un empleo a otro, una sensación repugnante lo asaltaba por las noches. Se veía como los demás, resignado a sobrevivir a duras penas, apiñado como estaba en la pensión y sin diferenciarse de ellos. Trataba de anteponer a ésta una imagen suya, en un retrato grande, ovalado y con adornos metálicos, ceñido el cuello por un moño, la vista en el horizonte conquistado y unos anteojos finos, al modo de los intelectuales de la época. La mayoría de las veces no lo lograba, la sensación entonces se convertía en un pavor incomprensible: el paraíso se había convertido en un infierno y él no lo merecía. Apretaba el rostro contra la almohada, humedecidos sus nuevos bigotes, y rogaba dormirse, pero hasta el sueño le era huidizo, no sólo la suerte.

Como el peronismo en el poder obligaba a tomar partido, decidió trabajar para el General entre sus congéneres; de paso, quizás, conseguiría un empleo digno a través del partido, un puesto político o un alto cargo en alguna empresa del estado, imaginaba. Algo de eso sucedió, le dieron un puesto de recepcionista en Retiro, para asesorar a los recién llegados del interior en busca de posibilidades en la gran ciudad. En cierta forma era un puesto estratégico, políticamente hablando: el partido se aseguraba un recibimiento adecuado para la gente que teóricamente engrosaría sus filas simpatizantes en la capital. Él se sentía muy bien, probaba posturas ante los aspirantes a porteños; unas veces hacía de aristocrático intelectual, otras de asesor paternalista, no pocas tomaba modos de gerente general y daba órdenes al personal de limpieza que lo miraba entre desconcertado y temeroso.

Los recién apeados en Buenos Aires lo tomaban por alguien encumbrado. Quizás porque en muchos pueblos del interior los recién llegados para vivir eran atendidos por un personaje influyente del lugar, el comisario o el mismo jefe comunal. La presencia y arrogancia del italiano intimidaban a muchos a pesar de la juventud que brotaba desperezándose por detrás de esos bigotazos que peinaba prolijamente en perfecta simetría.

Con el colapso del peronismo se lamentó por no haber aceptado la invitación de aquel alto oficial, que en uno de sus pasos por Retiro le había ofrecido unos meses atrás un cargo de traductor trilingüe en el Ejército. Crocce lo rechazó gentilmente, asegurando que su trabajo en la estación era un servicio primordial a la Patria; probablemente conjeturaba su pronto ascenso a alguna dependencia del Ministerio del Interior. Pronto la Revolución Libertadora se encargó de limpiar de propagandistas la estación y esta vez quedó en la vía, o a un paso de ella. ¿A quién podía presentarse aquel recepcionista feroz y altanero, para pedir empleo? Nadie lo reconocería, sería un desconocido, poco menos que un aborigen en el lugar que había creído conquistado.

Anduvo un tiempo deambulando. Cambió varias veces de empleúchos. Se mezcló en el ambiente de mujeres fáciles y hombres difíciles de los piringundines marginales, para ocultarse para sí su desazón hasta volver los fantasmas el día que osó enamorarse de la cabaretera equivocada: se salvó de la muerte pero no del puñal. Antes de caer en la desesperación, escapó del hospital y volvió a recorrer atardeceres y andenes de Retiro, observando con asco y fastidio al correcto señorito almidonado que ocupaba su lugar. Uno de los muchachos de limpieza, en un acto que Crocce quiso interpretar como de agradecimiento, le indicó la presencia de unos cartelitos minúsculos pegados en las vidrieras: ofrecimientos laborales. Uno de ellos pedía expertos mecánicos para una empresa siderúrgica naciente más allá del Arroyo del Medio, sobre el Paraná. De pronto, se estremeció, sintió un intenso escalofrío recorriendo su ancha espalda, cerró los ojos y recordó como -unos quince años atrás- los metales y mecanismos percutores pasaban por sus manos, con qué habilidad los armaba, desarmaba y calibraba con el asesoramiento del aragonés. No lo dudó, corrió a la pensión envuelto en una extraña euforia, las treinta y cuatro cuadras sin parar y sin saber muy bien por qué, volteando al churrero y pateando perros. Entró, embolsó lo que pudo de lo poco que conservaba, se lavó la cara y se peinó antes de tirar los bártulos por la ventana y salió caminando con el aire intelectual que se le conociera un tiempo atrás. Como en un rito solemne recogió sus cosas y lentamente volvió caminando a la estación que supo de sus mejores momentos, mirando por última vez cada esquina, cada cartel, cada bar, los enmarañados cableados, los movimientos de ese lugar que mágicamente lo invadía y lo perdía para siempre. Antes de entrar en la estación del Mitre se sentó a respirar hondo en Plaza San Martín como queriendo llevarse dentro ese aire perfumado y enrarecido a la vez; quizás, incluso dudó entre irse o no. Nunca había salido de Buenos Aires y lo atemorizaba la visión imaginaria de esas pampas semidesiertas e interminables que lo esperaban para devorarlo o tal vez sepultarlo, en la gran ciudad se sentía como respaldado, contenido e incluso protegido por el armazón de hierro y cemento.

Enfiló para el portón, pero con un pie en el escalón giró y se encamino hacia el río. Se quedó un rato suspirando como por un amor perdido, viendo como las sombras rodeaban y acentuaban las macilentas luces de las balizas que alguna vez fueron rojas, más allá de la Dársena Norte. Al fin pateó un cascote de tierra que se hizo mil pedazos y una nubecita de polvo y remontó el camino a la estación, a la espera de algún tren con destino a Rosario.

Despertó sobresaltado. Sólo matorrales a ambos lados de la vía. De pronto un arroyo, otro y otro. Se sintió cruzando el Atlántico de nuevo, sin amor, desterrado; mientras cavilaba comenzó a percibir, levemente primero y atrozmente después, que necesitaba echar raíces, ser de alguien, de algún lugar, de ser querible para alguien. Descubrió delante suyo un matrimonio de campesinos con tres chicos que volvían a su pueblo. Los dos menores de más o menos cuatro y cinco años, se sentaron a su lado sacándole conversación, fascinados por su acento y su pronunciación. Él les preguntaba el nombre de las grandes aves de las cercanías de los arroyos y ellos respondían dándose importancia. Luego de cada respuesta volvían al asiento de sus apacibles padres para contarles al oído aquella aventura de charlar con un extranjero de extraño acento y más extraño aspecto.

Rosario le pareció vulgar y sin pensar demasiado decidió partir enseguida en pos de la industria que buscaba y prometía, unos kilómetros al sur. El destino era Villa Constitución y Crocce la entrevió similar a un villorrio de la campiña italiana.

Cuando llegó se desilusionó tanto que se quiso volver con urgencia a la Capital, pero no era sencillo conseguir transporte. Villa Constitución, Villa como decían los lugareños era poco más que un agrupamiento importante en el centro y una gran barriada rodeando los talleres del ferrocarril. El resto, caseríos sueltos, como desconectados y, para colmo de males, la fábrica estaba unos kilómetros más al sur, camino a San Nicolás. Sin embargo hay un puerto en movimiento, trenes e industria naciente, pensó Crocce como queriendo convencerse. Eran muchos, los que como él se acercaban en busca de un trabajo digno. Llegaban del campo, de Peyrano, Santa Teresa, Máximo Paz. Por su experiencia lo tomaron como capataz y entonces supo recobrar su altanería, pero se dio cuenta que el artificioso acento francés se había escapado para siempre de sus labios resecos por la soledad. Otros gringos (ya se estaba acostumbrando al mote) como él habían llegado como “inyenieri desarmista” fingiendo supuestas virtudes, pero él no necesitaba fingir, había aprendido alguna vez a tratar a los metales con respeto y maestría.

Con el paso del tiempo, esta tierra lo conquistó a él, formó una familia, pudo construirse una casita, el hogar que necesitaba. Conoció a Liliana en los bailes de carnaval del Club Riberas. Ella se extrañaba al ver un gringo como Crocce que hablaba fluidamente y con algún aire de porteño; se maravilló por el hechizo de aquella vida ajetreada y cambiante. Crocce a su vez sintió, a poco de tratarla, que ésta humilde moza venida de un pueblo vecino era un reposo suave para sus pies cansados, una brizna de aromo tenue y dulce que lo acariciaba. Y supo, sin proponérselo, que había comenzado a echar raíces.

Vinieron los hijos, dos varones y una mujer. Y con aquella ganancia vital fue perdiendo su arrogancia de conquistador europeo. Fue así cuando un día imprevisible, se percibió a sí mismo como una especie de Moisés reaccionando ante el despido injustificado y despótico de uno de sus subordinados. Se ofreció a sí mismo como reo. Pero no. El obrero fue despedido y Crocce pasó a ocupar su lugar de operario raso. Los días de embeleso ante el encanto y la paz de su familia fueron dando paso a una inexplicable angustia que sin saber cómo reclamaba un lugar en su corazón.

Sus ahora compañeros y antes subordinados reconocían esa especie de autoridad moral que supo imponer aun involuntariamente. Lo eligieron delegado de la UOM, su nuevo sindicato. Y descubrió algunas cosas que no habían existido entonces en su mundo. Se hablaba de injusticias, de burocracia, de utopías... ¡De utopías..! Alguien le explicó que era como esperar que las armas se conviertan en herramientas y los lobos convivan con los corderos. Bajo la piel de Crocce, algo bullía. Los viejos espíritus que lo llevaron alguna vez a simpatizar con el régimen fascista de Italia habían desaparecido de su conciencia sin darse cuenta; en su lugar nacía otra esperanza y él sabía que no era de cruzarse de brazos.

Liliana no entendía demasiado qué significaba todo aquello, pero fiel al fuerte árbol que no temía ráfagas ni torbellinos, se entregó una vez más como la buena tierra donde el árbol se afirmó con toda la profundidad necesaria para no desfallecer y ser arrancado. Y llegaron los grises y gloriosos días de los setenta y pico, la resistencia metalúrgica y la represión.

Entonces, en una tarde como todas, en una calle y una casa como todas de la ciudad, con el sol queriendo caer apresuradamente para no presenciarlo, oyó Liliana cuatro golpes secos e indiferentes a su puerta; en silencio se acercó a la persiana: un Falcon negro detrás de un coche naranja del que sólo pudo observar la parte trasera. Crocce comprendió todo súbitamente, abrazó a Liliana, la besó enredando las manos en sus largos cabellos y -mientras otros cuatro golpes resonaban ahora impacientes- acarició a cada uno de sus chicos azorados y salió.

Lo subieron al auto negro, mientras los últimos rayos del sol se negaban a brillar en el metal de las armas que lo apuntaban. Antes de que se vayan, Liliana contempló, como nunca antes, el rostro de su amado y -antes que vencido- se le ocurrió ver en él al gallardo conquistador cuya expresión triunfal envolvió delicadamente su corazón de madre y esposa esos años.

A los tres días apareció su cadáver en un cañaveral de las cercanías junto con otros dos. Habían sido torturados antes con la crueldad que se presentía habitual.

Liliana y los niños pasaron unos años en casa de unos viejos tíos lejos de allí. Volvieron a su hogar un amanecer de marzo del ochenta y tres con quizás las primeras luces del alba de la más oscura noche.

Ahora que los fantasmas de la vida no resuelta se aquietaron, Liliana sabe que hay otros fantasmas. Los de otros que, como Crocce en los tiempos duros, aprietan el rostro en la almohada y no ven más horizonte que un océano de incertidumbre o una pampa reseca y dura que no permiten arraigar. Pero también sabe que hay mujeres como ella, dispuestas y fecundas y que cuando los árboles mueren enriquecen la tierra que sostendrá a los que vendrán. Por eso sus hijos comprenden que hay esperanzas, las de sus manos, entrelazadas con otras.

2 comentarios:

  1. crudo relato, triste pasado y horrendo presente en el que seguimos cometiendo los mimos errores, no puedo dejar de pensar en todas esas vueltas, esas victorias y derrotas internas y externas, ese amor y ese odio, esa certeza exacta ala hora de abrazar a sus niños y perderse en la vorágine sanguinaria de los 70 y la actualidad camuflada de libertades en la que hoy vivimos...
    la verdad oso te felicito por estas palabras, auqnue ojalá nunca tuvieramos que contar cosas así...
    saludos!

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  2. Sobrecogedor. Es difícil explicar en un breve comentario, lo que sentí al leerlo. Realmente es tan vívido, tan claro, que es como si me lo estuvieras contando café de por medio. Y si así hubiese sido, habrías notado que se me ponía piel de gallina.

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