Donde ronde el vizconde, esconde y no responde lo que corresponde. Evade y va de aquí para allá, granalla canalla. Amalaya, desconcierto. Por cierto, algo se ha abierto, subvierto, pervierto mis sentires, solo convierto en palabras la macabra abracadabra, cabra que descalabra los sentidos idos, hervidos nidos, fornidos rugidos despido bebido aunque poco haya sorbido, he temido ser agresivo, abusivo, intempestivo, por permisivo, divo cautivo de mi cultivo sativo y no de olivo. Activo libo la miel sobre su piel, fiel evito la hiel quedando en el riel, líbrame Gabriel, ángel bueno, del feo deseo ateo que empleo al ver obsceno seno moreno sereno que pleno se presenta, atenta la lenta cuenta que aumenta cruenta, calienta y contenta la opulenta figura de estatura que cura la dura natura y apura la simiente silente fluyente del doliente ente ardiente indecente.
Sana, sana, Susana, la confusa difusa musa profusa, quería hacer de su vida una vida vital, vívida y vivible. Sentía que moría de muerte -mortal suerte- cada vez que se dirigía trabajosamente a su trebejoso trabajo.
Sospechaba sospechar sospechosas intuiciones que intuía intuir intuyendo, pero se quedaba quedada y quedadamente quedaba cada vez más quedada.
Lo cual indicaba índices indicadores de algunas percibidas percepciones y ni aun así osaba asir a su ascetismo a su lado. A su vez se azuzaba a sí misma, asimismo a sí misma se ensimismaba en su hacinamiento social, total, qué mal cabal, abacial, abdominal, podría acabar acaso acabando acá, acaracolados ácaros acalorados a calor, acalambrados acarreos a carros académicos, endémicos, sistémicos, si este mico chico, sin pico ni rico, ni agónico, lacónico, porque los monos no hablan, ablandan a blusero Blas, blanco, blandiendo blasfemias, blindado, blusa bloqueada, bledo interesa que Teresa la abadesa, esa profesa inconfesa frambuesa finlandesa, obesa, gruesa, tiesa a la mesa, se siente, miente, consiente, consciente simiente maledicente, iridiscente, gente demente de mente ausente.
Sana, sana, Susana, nirvana de lana, enana cercana. Cerca, Ana cerca cerdos lerdos. Cuerdo, pierdo recuerdos izquierdos y ya no me acuerdo. Ni siquiera si quiera que muera la nuera que no era la que era la que espera. La pera le hicieron, jodieron, dieron que hacer a ser vil servil, civil inmóvil, que busca incisivos motivos lascivos -vivos- para seducir, reducir, conducir, introducir sin reproducir. Sólo saciar, gozar, alcanzar al abalanzar alabanza -sin templanza- alianza con pujanza de lanza que da en el blanco ni manco ni lento, macilento, corpulento con talento aunque lento, no violento ni viole entonces once bronces.
Sana, sana, Susana, su sana costumbre, lumbre sin pesadumbre ni podredumbre que vislumbre y se deslumbre.
Sana, sana, Susana mulata, si sus anales de plata dilata, dislata y mata de culata cuando pienso en denso incienso ese descenso -soy propenso- y tenso, extenso, inmenso, lo dejo en suspenso.
Sana, sana, Susana, tengo pretexto, largo sexto texto en este contexto y ando cerrando considerando que va durando y dejo para el fin el final del fin del delfín que finalizó, fingidas finanzas, fina finta en la finca del fin.
Fin.
Este textito loquito aporta a la Convocatoria Juevera de Artesanos de la palabra sobre DALE VIDA A TUS PERSONAJES. Allí encontrarás más y mejores relatos.
Aclaro que es una revisión de un texto viejito que preparé para el Mundial de Escritura y espero no asuste ni moleste (tanto).

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