sábado, 7 de enero de 2017

Los casos de Leo. Ignacio 3

La noche era un manto denso, perforado solo por las danzantes farolas de las esquinas que al bambolearse remedaban formas fantasmagóricas en los frentes de las casas, rejas y portones. Como faros desbocados ora iluminaban un sector, ora otro. El ulular del viento en los recodos y los altos fresnos parecía apagar todo otro sonido. Algunas chapas sueltas golpeteaban en las azoteas y amenazaban con desprenderse para descargar su bronca de años olvidada en aureolas de óxido.
Con la espalda pegada a la pared, una figura vacilante por el azote inconstante de la ventisca se desplazaba intentando ocultarse más de la furia del tiempo que de ojos indiscretos que pudieran estar observándola.

De pronto, se dio vuelta intempestivamente. Esa inconfundible sensación de estar siendo perseguido se apoderó de quien trataba de avanzar con sigilo a pesar del tumultuoso devenir de las corrientes de aire. Intentó tranquilizarse, los rugidos de los elementos son capaces de crear esa sensación. Siguió un par de cuadras más para caer en la cuenta de que algunos terrenos baldíos aparecían ahora mostrándolo indefenso ante la arenisca que punzaba su piel y pugnaba por hacer mella en sus ojos y ante frágiles ramitas de siete hojas desprendidas de los árboles de alineación de las veredas. Dedujo con acierto que estaba alejándose de la zona céntrica donde las casas se apiñan como palomares. Algunas viviendas tenían además un amplio solar en el frente con jardines o frutales que se desgranaban para no ser arrancadas de cuajo. Las miraba con un dejo nostálgico por su adolescencia de pueblo polvoriento. Y a pesar de que habían comenzado a caer algunos goterones espesos sedientos de estrellarse, se alegró íntimamente por el extraño cobijo del descampado de los baldíos y jardines que no le ofrecieron refugio alguno pero entibiaban su espíritu.
Muy a lo lejos, en una bocacalle, divisó luces de ambulancia que se desplazaban por una calle paralela a dos o quizás tres cuadras.
Se preguntaba si tomó las decisiones acertadas. Solamente se respondía que estaban tomadas, acertadas o no, y decidió no secarse unas lágrimas que nadie vería cuando se entremezclaran con los goterones que ahora se dejaban caer sin piedad.

Era un hombre, joven, con algún gesto corporal que delataba el intento de representar una madurez que aún no tenía. Como tampoco tenía miedo, al menos de la furia de la tempestad. Sin embargo, acercándose al lugar que buscaba y cuando sus yemas rozaron el metal empavonado de la pistola sintió una punzada en el centro del pecho. No, no es el corazón, se tranquilizó. Es la boca del estómago, tripas que se resisten a depender de un arma para proteger la propia vida o las de otros. No es esto lo que eligió cuando sintió que necesitaba ser útil para alguien.
Sus pasos se hacían más cuidadosos, alertando los sentidos. Miró hacia atrás, por si su propio presagio persecutorio fuera a realizarse. Trataba de ordenar los pensamientos y la respiración, tenía memorizada la dirección, pero revisó el papel donde la anotó. Tal vez sea ese impulso repetido de querer llegar y no, como al médico, como a casa cuando se mandaba una macana e imaginaba el gesto adusto de su padre con el brillo en los ojos que denunciaba el sopapo inevitable.

La casa mostraba un frente amplio, algunos rosales, tapia baja con rejas elevadas a infranqueables dos metros y medio sin puntos de apoyo a la vista. El portón corredizo parecía sólido, pero al tanteo se descubrió sin traba. Buena señal. Tan buena como que el viento no aflojaba y los ululares en los recovecos parecían no seguir una cadencia decidida, con lo cual todo sonido no demasiado estridente podría disimularse. Eran unos siete u ocho metros de césped bien cortado los que lo separaban de la pared y sus ventanales amplios sin rejas que remedaban un estilo colonial demasiado refinado, pero con signos de descuido. Las luces interiores, encendidas. Las portezuelas que ciegan los ventanales estaban fijas, hacia afuera con unas grapas para que el viento no las azote y destruya. No pudo evitar el pensamiento de que sus habitantes se sentían a salvo de todo ataque exterior, impunes, desarrollando con total tranquilidad sus criminales transacciones. Sabía que eran mujeres, dos o tres supuestas primas solteronas que ocultaban niñas secuestradas para ofrecer al mercado de blancas que en los barrios privados de más al oeste subían fuertemente de cotización. Estarán ellas, con una niña o jovencita, esperando que se acerque el utilitario que transportará la mercancía, pensó. Era el momento justo, en menos de una hora estarían llevándose a la niña tipos más pesados. Aquí no tienen armas, son señoras de bien que momentáneamente alojan a una niña maniatada. Salen a la mañana para ir al templo a hacer sus oraciones, saludan a los transeúntes, charlan en la vereda escoba en mano con otras vecinas. Gente normal, de la peor, se aseguró.

Antes de asomarse al ventanal pensó en sí mismo. En qué lo llevó a ponerse del lado de los que encierran a unos y liberan a otros, aún cuando la justicia es un camino paralelo que opina incluso en contrario muchas veces. En qué dolor portaba y no podía mirar de frente. En su familia, casi perdida del todo. En su primer caso, el de la directora de la escuela en un pueblo vecino del mismo distrito, resuelto más a causa de un revuelo doméstico que de una concienzuda investigación de su parte. Y decidió asomarse al ventanal entre rosas chinas y poblados ficus. Allí la vio. Una cincuentenaria la empujaba hacia una puerta central. En la cabeza llevaba una bolsa de polietileno empañada de llanto y sudor, atada al cuello con una cinta delicadamente celeste. Evidentemente la bolsa debía tener como mínimo un orificio de respiración. Sollozaba entrecortadamente y apenas se resistía, sabe el cielo amenazada por qué nuevos pavores. El jean que llevaba delataba un cuerpo en plena transformación de adolescencia, promesa quebrada de bailarina o patinadora, de médica o traductora.

Entonces, Leo Damier apenas acalló un suspiro gimoteando lagrimones que no pudo refrenar desde sus ojos enrojecidos, otra vez a merced de la lluvia que ya se anunciaba sostenida y demasiado oblicua. El viento, o un perro de la casa derribó unas herramientas a unos metros en la oscuridad. Eso lo decidió, acometió el ventanal con un salto al alféizar seguido de un disparo certero al cierre de falleba. Sin mediar, de un topetazo venció la escasa resistencia del ventanal símil colonial y se precipitó a la sala donde dos mujeres menores que la que llevaba a la niña se convertían en estatuas de sal aterrorizadas por la espectacular entrada del novel detective. Apenas las miró y siguió camino a la puerta central blandiendo la pistola delante de sí. La tormenta ahora caía con relámpagos y truenos espectrales. Las lámparas pestañeaban penosamente.

La mujer estaba tranquilamente sentada en un sillón hamaca, con la niña de pie llorando delante de sí, la tomaba de la cola de cabello rojizo y con una gran cuchilla en la mano derecha con el filo sobre el juvenil cuello miraba fijamente al muchacho que aun con un arma en la mano parecía que jugaba al policía.
- Si das un paso la mato, pendejo. ¡Me arruinás tanto laburo!
- Señora, por favor, es una niña.
- ¡Ja! Te equivocás, es mercancía. De la buena, pero no me importa echarla a perder para irme de aquí. Ya me trasladé muchas veces. Quiero ver cómo te vas despacito por donde viniste, hasta la ventana.
- Sabe que no tiene escapatoria.
- Sos muy ingenuo aún. Si logro subirme al auto con la nena, asunto resuelto. Tengo amigos, todos de nivel. No son muertos de hambre como vos. ¡Atrás! ¡Atrás o la mato!
El detective comenzó a recular sin atreverse a seguir discutiendo. La muchachita lo miraba sin emitir palabra, aterrorizada. La mujer se paró y llevando como escudo a la pequeña, empujaba a Leo hacia atrás con la mirada. La tormenta arreciaba, mientras una portezuela del ventanal se volaba hacia afuera con inusitada violencia.
- Paula, ¡sacale el arma! ¡Vos, pendejo, obedecé porque la mato!
- Sí, sí, señora- dijo el detective sabiéndose derrotado y maldiciendo su propia impulsividad al entrar.
Otro bajón de energía por un rayo cercano.
- ¡¿Qué..?! ¡La reputa!
El corte de energía parecía general. Intespestivamente el barrio quedó a oscuras. Por un instante nadie habló, tan de sorpresa fueron tomados. Leo quiso evaluar la situación rápidamente, pero se hallaba estupefacto por lo mal que había salido todo y no atinaba a hilar algún razonamiento. La tormenta arreciaba mientras unos furiosos ladridos y gruñidos guturales parecían provenir del lado exterior de los muros cerca del ventanal malogrado.
- Dejaste el portón abierto, Paula, estúpida... ¡se metió un perro!
-  Debo haber sido yo señora, cuando entré.
- Qué más da. Vamos a salir hasta el auto.
- Ese perro parece malo, puede atacar.
- Jajaja, vas a salir vos primero, así me lo entretenés. Si no querés que le corte el cogote a esta pendeja... ¡Paula, las llaves del auto!
Los gruñidos tomaban distinta forma, parecían de un enorme perro asustado por la tormenta. Enseguida, un rayo que dio en algunos de los altos cipreses de la vecindad iluminó lateralmente toda la casa y...
¡Troc!

El proyectil dio en el medio de la frente de la mandamás, que se tambaleó y cayó al piso llevándose la niña con la cuchilla al cuello, mientras Leo azorado veía cómo sangraba la muchachita al caer. Fue suficiente, se despabiló y sin pensar le asestó un zapatazo a la mujer en el costado, que soltó a la niña para enroscarse de dolor. Las otras dos mujeres se arrinconaron, asustadas, abrazándose entre sí, aterradas. En el marco de la ventana, los relámpagos más lejanos esta vez daban forma a un congelado muchacho que en la mano izquierda portaba como estandarte una horqueta de la que pendían unas gomas laxas atadas a un cuero central. La mano derecha le quedó levantada a la altura del pómulo, incapaz de moverse desde que el perfecto gomerazo impactó en el entrecejo de la perversa mujer. Subrepticiamente rompió a llorar, inmóvil. Solamente repetía:
- Ninda, Ninda, ¿é te nhizo eza mieja e mierda?

Leo apartó con furia a la mujer y revisó a la pequeña, que no se movía. Le brotaba sangre del corte, pero no a borbotones. Debía ser superficial, deseaba que lo fuera. Con una punzada de terror llevó los dedos a los conductos sanguíneos del cuello buscando pulso. Normal. Se había desmayado seguramente en el medio del gran despiporre o al sentir que la cuchilla la cortaba. Afortunadamente era superficial.
El muchachito de la ventana despertó de su estupor para ayudar al detective a reducir a las tres mujeres y esposarlas. Leo no habló hasta que hubieron terminado. El muchacho animaba a la niña acercándole un vaso con agua.
- ¿Vos otra vez? ¿Qué hacés acá?
- Nlo zeguí.
- ¿A mí?
- Nclaro. Nlo ezduve ezpiando hazta e nzalió apurado. Imahiné e nbuzcaba a mi nprima.
- ¿Tu... prima?
- Zí, Ninda es mi nprima. Npor ezo nlo zeguí.
- Ah, Linda es tu prima y vos pensabas rescatarla con una gomera.
- Mi ngomera jue máz nefectiva e su istola...
- Tenés razón, te agradezco, pero te arriesgaste demasiado y arriesgaste la misión.
- Nclaro... zin mí, uzded la nrescataba...
- Glup... claro que no... Bien, llevemos a Linda a atender. Vamos en el auto de esa mujer, ya llega la policía a poner en orden todo esto y encerrar a estas tipas.

En el auto...
- Bueno, parece que Linda se durmió, fue demasiado para ella.
- Zí...
- Decime... ehhh...
- Icnazio...
- Decime, Ignacio... terminaste el secundario...
- Zí, achiller iológico.
- ¿Y pensás estudiar o trabajar?
- Yo...
- Te escucho.
- Enzaba nestudiar para ñief.
- ¿Ñief?
- Zí, ñief, ozinero, ero finoli...
- Ah, chef.
- Zí, ero...
- Pero, ¿qué?
- Iero zer netective, omo uzded.
- Mmmm, no creo que...
- ¿Or é no? Zí lo ayuné en loz doz asoz e tuvo hazta a ora...
...
- Nengo angunaz nabilidadez...
- Es cierto. A propósito, te salió muy bien la imitación del perro feroz.
- Ez lo único e me nejaban hazer en el nteatro ne títerez en la ezcuela. Ne perro, orque no ngangueaba...


FIN

Innecesaria aclaración
Preferí hacer una larga introducción por dos motivos. Por un lado para mostrar algo del interior de Leo en todo esto. El otro -sabiendo de sobra que la lectura completa del post es inversamente proporcional a su longitud-, ver si vale la pena incorporar más texto a estos episodios tan dialogados. Veremos, dijo Lemos, y San Martín lo mandó por otro camino...

8 comentarios:

  1. Brillante, con esa descripción tan detallada, con un personaje que no se sabía quien era. Para presentarnos a Leo en un rescate, no muy formal del punto de vista legal, pero un rescate. Que terminó bien gracias a las especiales habilidades de Ignacio.
    Brillante precuela.

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    1. Gracias, Demiurgo. Vamos experimentando, me parecía que ameritaba decir algo más sobre lo que les pasa interiormente.
      Abrazo!

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  2. Brillante. A mí me gusta mucho más así, y por lo que veo te sale de diez. Muy buenas descripciones, generaste el clima perfecto para lo que después se desarrolla en los diálogos.
    Creo que en los próximos deberías ir por ahí, e intercalar los diálogos.
    La situación como siempre brillante, el final también.

    Abrazo de nuevamente campeones en basquet!

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    1. La verdad tenía (y tengo algunas dudas), más que todo por no desnaturalizar como venía la mano. Pero me gusta experimentar, así que ahí vamos probando.
      Abrazo de triple!!

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  3. Muy buena historia y sobre el asunto de los diálogos; creo que es difícil lograr que suenen naturales y más aún en los cuentos. saludos señor Oso.

    mariarosa

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    1. Así es, querida Maria Rosa, uno pone bastante esfuerzo, pero también es divertido!
      Besos!!

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  4. Me gustó mucho esa manera de describir la situación y al personaje que recién avanzado el cuento supimos de quien se trataba. He disfrutado siempre de los diálogos, sabe bien que el humor que imprime en cada relato me divierte mucho, aunque en este caso no hubo demasiado de ello porque la historia así lo planteaba. El final de lo mejor, ojala en la realidad fuera así.

    Le dejo un besoabrazo estimadísimo Oso.

    REM

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    1. Lo intentatmos, querida Rem. Como mucho no me puedo sentar, cuando lo hago experimento conmigo mismo.
      Besos!!

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Dale sin piedad...