ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

viernes, 24 de enero de 2014

Los casos de Leo. Caso I Escena 3

[continúa de Caso I Escena 1, y Caso I Escena 2 que recomendamos leer, no por la calidad de su contenido sino para entender lo que sigue]

El relevamiento en la escena del crimen, descartada la hipótesis de suicidio, sirvió para que Leo reafirme la opinión que ya tenía: el asesino es el mayordomo. Sin embargo, el fiscal presentó la causa y los testimonios de los involucrados -sobre todo cuando entraron a jugar los bufetes de abogados más renombrados- contribuyeron a convencer al juez de la culpabilidad del tal Flores, jardinero de cuatro horas diarias, de quien nadie tenía noticias. Evidentemente cubría su identidad con las peores intenciones. Flores había llegado a las ocho al country, al rato de retirarse al mediodía se produjo el macabro hallazgo. Los identikits cubrieron los medios y las redes sociales, pero Flores pareció haberse esfumado. Tiempo después, muy temprano en el bar del Club Unión de Las Orillas...
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- Jefe, ire esta notizia que jalió en La orneta.
- ¡Caracoles!
- No, jefe, en a otra ágina. Eztá eyendo la de plagas del ampo...
- ¡Rayos y centellas!
- Ebajo del meporte meteodológico, jefe.
- Ah, sí. ¡Epa! Esto sí que es un notición. El conde Nado ha muerto de un infarto.
- A ente zuele morirze, jefe.
- Pero, ¿qué es esto? Escucha: "su consternada esposa, Débora Fortunas..." ¿No te dije que controles los movimientos de todos los implicados?
- El onde no ze mueve más, jefe...
- Calla, tonto, ¿no crees que es llamativo que a dos años del crimen el conde se haya casado con Débora y muerto luego?
- Al revez es ifícil...
- Hablo en serio, tonto de capirote.
- Jefe, on emejante minón no ez ara menoz. Le llevaba uarenta añoz.
- Mira, Ignacio de Santa María, mi estimado y no por eso menos obtuso ayudante, aquí hay un trasfondo que no alcanzo a vislumbrar claramente. El joven Leandro Gado y Débora heredarán automáticamente todos los bienes de Aquiles Nado. Pero...
- ¿Ero?
- Eso no nos da indicios de quién mató a la condesa. Vamos a la oficina a poner al tanto al principal.
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- Débora, amada sobrina, mis condolencias.
- Oh, sí, tío Osmar. Estoy tan triste... no iré de shopping hoy...
- Primero la condesa, una horrible muerte... luego el conde, a quien he sido fiel durante tantos años y a quien te he presentado como prenda de esa fidelidad.
- Tío querido, has sido fiel al conde y a tu familia. Piensa que ya no tendremos apuros económicos. Puedes vivir de tu jubilación mientras yo administro la incalculable fortuna de los Nado de Costeleta.
- Oh, aquí llega el joven Leandro.
- Buenas, buenas, ¡salú la barra!
- Joven Leandro, recuerde que su tío Aquiles ha fallecido recientemente, modere su efusividad.
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Toc, toc.
- ¿Usted es el detective Leo Damier?
- Así dicen. ¿y usted?
- Tengo una historia que puede interesarle.
- No compro rifas, salvo la de la cooperadora policial.
- Es algo trascendente.
- Tampoco escucho a Testigos de Jehová. Váyase.
- Lástima, le iba a pasar unos datos del crimen del country. Soy, era, el jardinero.
- ¿Flores?
- ¡Ja! Así me apodaban mientras podaba. Mi nombre es Carlos Embo.
- ¡Alamiércole! Cuente, hombre, cuente.
- Míreme, estoy destruido. Hace dos años que no duermo. El horrible crimen de la condesa me persigue todo el tiempo. Le cuento, no me interrumpa, por favor. Ese día, al llegar, el conde me recomendó que no trabaje en el ala oeste de los jardines que rodean la casa, que es donde estaba la habitación de la condesa Lucía Bellagamba. Pero, vio cómo es uno, me fui arrimando y al escuchar escarceos amorosos me entusiasmé y me puse a espiar por entre los espesos cortinados de la ventana. Vi a la condesa y Yamil prodigarse apasionadamente. Acto seguido Yamil tomó una alabarda que estaba debajo de la cama y seccionó de un certero golpe la cabeza de la condesa. El estupor no me permitía moverme. Siguió serenamente abriendo todas sus articulaciones y luego revolvió un poco las cosas y dio dos golpecitos a la puerta. Entró entonces Débora -acompañada por el joven Leandro-, lo felicitó y le ordenó bañarse, lavar la alabarda, retornarla a la sala de armas y volver a la puerta del country. Me invadía un terror tan grande que solamente atiné a seguir ramoneando rosales hasta la hora de salida y no volví nunca más.
- Esto explica muchas cosas, ¿eso es todo?
- Traté de olvidarlo, pero como ve, me resultó imposible. Cuando me enteré de la muerte del conde tomé la decisión de contar todo, aun cuando me quepa algún castigo. Pero haré lo necesario para que Débora y Leandro lo paguen. Y Yamil, si es que sigue vivo.
- Es de suponer que sí.
- No estaría tan seguro, es el único que conoce el plan. Y además es el asesino.
- Hay algo que aún me preocupa.
- ¿Qué?
- Que el asesino no sea el mayordomo.
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 - Hola. Hable... Sí, mi principal. Cómo no, mi principal. Enseguida, mi principal. Hasta luego, mi principal.
- ¿Zu novia otra vez?
- Cállate de una vez. El principal me acaba de informar que Yamil Asotèh perdió la vida en un accidente manejando el auto de Leandro Gado, que se salió de la autopista a más de 180 kilómetros por hora.
- Ez lo e ijo el ardinero, jefe.
- ¡Y que Leandro y Débora están en Ezeiza yéndose del país! ¡Vamos, volando!
- ¿Amos en aión, jefe?
- No, calabaza, ¡en tu auto!
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En Ezeiza...
- ¿Qué es esa montonera?
- Arece e hubo un azezinato, jefe. Olicías, ambunanzia...
- Acerquémonos, rápido.
- Ahí je llevan etenido a un grandote, jefe.
- ¡Zambomba! ¡Es Ivo Kemirá! Imagino quiénes son los difuntos, Ignacio.
- ¿Dos turistas?
- ¡No, pelmazo, Débora y Leandro!
- ¡O zozpeché esde un prinzipio!
- ¡Policía, permiso! ¡Permiso! ¡Detective Leo Damier! Necesito hablar con el detenido. 
- Detective... me deshice de estas dos basuras. ¡Mataron a Yamil, el amor de mi vida!
- Lo siento, Ivo, créeme...
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El Country Aromas Con Abedules parecía renacer a la vida. Cuando Leo Damier y su ayudante Ignacio de Santa María se presentaron en la vigilancia fueron recibidos y anunciados con solemnidad.
En la antesala de la mansión, el señor Osmar Tirizará los recibió apaciblemente y ordenó a su mayordomo café para los visitantes.
- ¡Carlos! Café para los señores.
- Espero que heredar de su sobrina todos estos bienes logre por fin otorgarle la paz que merece después de haber sido tan fiel.
- Y se haga un iajezito or la Olinesia, mreciosas ativas abanicándolo...
- Estaba pensando en eso, estimados, después de todo algunos planes resultan bien. Carlos me acompañará.
- ¿Está seguro? Sigo dudando de los mayordomos.

FIN

12 comentarios:

  1. Ah, qué genial! Espero que te animes a una publicación en papel en toda regla. La inspiración de las ilustraciones corren de mi cargo.

    Un abrazo y tu café.

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    1. Tal vez llegue en algún momento, amiga Censu, pero le vengo escapando. Me parecen más escrititos para entretenimiento que otra cosa.
      Besos!

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  2. Bueno, elegiste la idea de SIL, algo que no puedo discutir, porque la planéo muy bien. De hecho, demostró una habilidad de detective de enigma. Lo que no me gustó fue la muerte de Débora Fortunas.
    PD: Debe ser interesante intercambiar ideas con SIL.

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    1. Es que me ahorró el trabajo de pensar toda la escena! Por las dudas no hay que enemistarse demasiado con ella, parece tramar muy bien..
      Debe ser!

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    2. Las cosas que uno se pierde por tener ARNET cortado cuatro días, che...




      Me organizo- que no es fácil- y en un rato vuelvo a comentar como se debe.



      =D

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  3. Néstor ahora la peli jajja. Muy bueno, me gustó!!!!

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    1. Jajajaj!! Es que nadie quiere hacer de la condesa!!!

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  4. Buena Oso, estaría buenísimo la continuidad de los casos del detective! Me encantó este personaje. Impagable el ayudante ja.

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    1. Algún otro caso aparecerá, cuando la ley y el orden lo necesiten quién sabe por dónde andará!

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  5. Che,
    genial la vueltita de la venganza. =)





    El cliché del ¨asesino es el mayordomo¨ habilitaba al mayordomo automáticamente.
    Nada mejor que esconderse detrás de un dogma, jaja.

    Y nadie que se llame Conde Nado puede salvarse, era karmático.


    Besos sin energía (eléctrica) y sin Internet. =)



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    1. Aguda observación, estimada Sil. Algunos planes resultan bien, dijo Osmar.
      Besos

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  6. Cuántas sorpresas y como se fue mudando de sospechoso en sospechoso y de escenario. Yo sigo dudando del mayordomo también. Hay que reconocer que un jardinero suele ser el principal acusado (en una reciente película argentina que fue muy popular sucede). Me hizo reír muchísimo la secuencia de la rifa y el testigo de jehová, ajajaj
    Ah, me gusta el cambio de look del Blog, está todo mucho más ordenado ¡Otro logro de la gestión Oso!

    Abrazo!

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