jueves, 20 de noviembre de 2008

En Sisteron


No conocía Francia. Sus ojos, cuando las lágrimas se lo permitían, tornaban del horror a la fascinación y de allí al horror nuevamente. Todo había sucedido demasiado rápido para sus jóvenes años.
Eres joven, eres hermoso... resonaba en su interior. Esas palabras que apenas pudo susurrar -¿o sólo imaginar?-, esas extrañas palabras recurrentes, persistentes, que ahora eran un eco incontenible.
Un dolor mitigaba otro dolor y todos producían esa turbación de la conciencia. Eres joven, eres hermoso... como si ella no lo fuera. Pero ya no, ya se parecía más al despojo que necesitaban que a la bella muchacha que la naturaleza esculpió.
El lugar era espacioso, un atrio, sí, un atrio. Nôtre Dame des Pommiers, al pie de la ciudadela de Sisteron, a sólo uno o dos días de Avignon. Los Alpes caían sobre la provenza francesa blanqueando de crudo invierno la región, durmiendo los viñedos y los interminables frutales. La moteada manta blanca salpicada de grises manchones en algún risco, en algún valle, se empecinaba en cubrir la atrocidad del rito que se preparaba. Curiosos campesinos asombrados, curiosos mercaderes montando sus tenderetes, curiosos magistrados profiriendo maldiciones, curiosos monjes santiguándose bajo sus capuchas, atisbando de reojo a aquella cuya presencia era como la de un ejército formado batalla.
Bajo el raído sayo, la que fue bella como la luna ahora colgaba de sus muñecas, las articulaciones deshechas, marchitándose como una rosa de tallo quebrado.
Elegantes personajes de paso lento, erguidos, con guardia armada discutían el proceso y la espera demasiado larga. Los últimos mensajeros anunciaron el arribo instantes antes de que un par de purpurados ancianos, noble el gesto, incómodos por el viaje, descendieran del carruaje de seis caballos enjaezados con cintas blancas y amarillas.
En su desvaída conciencia sólo volvía él, joven y hermoso, una y otra vez. Ya no su triste entrega a lujuriosos monjes serviles por una gallina o, como mucho, por un corazón de buey. Ya no la peste que comenzaba a asolar la región y la despojaba de hermanos y a la vez de viejos temores. Sólo él, a quien decidió darse por nada aquella noche en la abarrotada cocina, debajo de la sabiduría de siglos que no vería otra luz que la de su propio consumirse para volver al polvo original.
No conocía Francia y lo poco que pudo le supo tan triste como su rincón bajo las estribaciones del monte donde miraba hacia arriba día y noche cuando intuyó el amor.
Cuando todo estuvo preparado, cuando se aseguró llegar a Avignon precedido de una fama excelente, cuando supo firmemente establecido su lugar entre los poderosos y la admiración de los lacayos del papa, Bernardo Gui dio la orden y tres verdugos encendieron la pira.

[Bueno, así imaginé el final de la muchacha de "El nombre de la rosa". Ya sé que en la película las cosas son diferentes, pero siempre que releo esa obra maestra me queda picando el cómo termina la cuestión de la muchacha y los inquisidores. Ya duermo tranquilo, no será gran cosa, pero se terminó para mí...]

1 comentario:

  1. Una vez leí, no recuerdo bien a quién, que la gran genialidad de Umberto Eco en esa obra (además de la obra en si, claro está) es haber colocado cómo título una incógnita, que es el nombre de la chica, la rosa, en un argumento donde su presencia es un aspecto secundario.
    ME gusta cómo lo imaginaste, aunque también asusta.

    ResponderEliminar

Dale sin piedad...