miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bañadera

En casa de un obrero no hay bañadera, pontificó mi padre alguna vez, como si fuera una sentencia repetida por las calles aunque no la escuché en otras bocas. La referencia es obvia, una bañadera —bañera, si uno pertenece a la raza fifí— era una especie de lujo para quienes no tenían premura para salvar el día. Mi hermano y yo de vez en cuando atacábamos preguntando cuándo sería el día que pudiéramos disfrutar de una bañadera, así como de un televisor para nosotros además del que con tanto esfuerzo en cuotas se exhibía en la cocina de casa y, en la más loca de las ilusiones, una pista de autitos eléctricos.
Los días revelaban que nada de eso sucedería ni cerca ni lejos, cuando había algo de dinero era para mejorar la casa, cambiar el autito por uno un poco menos viejo, nunca para lujos.

La bañadera era signo y concreción de estar por encima de los apurones diarios en un mundo donde escaseaba una vez el aceite, otra el azúcar, cuando no la harina. Donde ya habíamos conseguido un salto de felicidad pasando del baño en la palangana de aluminio que alguna vez abolló una granizada feroz —aclimatado con una taza enlozada con alcohol de quemar encendido en las cercanías— a la ducha con lluvia. Pero la bañadera seguía demasiado lejos.

Por eso no fue difícil asociar al envase del nuevo dulce de leche SanCor con una bañadera. Era de plástico, rectangular, con aristas redondeadas excepto en la cubierta, que venían cerradas con esas clásicas láminas metálicas que aún se ven en yogures o flancitos. Ese dulce de leche era distinto al San Ignacio, que era la otra marca común de los almacenes del barrio, fondo azul y una imagen de la misión jesuítica homónima. El SanCor era más espeso y oscuro (y tal vez algo más caro), por lo que siendo de suyo una delicia cualquier dulce de leche, éste remedaba la fantasía inconseguible de la bañadera blanca. Y por si fuera poco, tenían en la tapa metálica un dibujo de cucharada de cremoso dulce que invitaba a segregar ingentes cantidades de saliva preanunciando el goce, nada de viejas misiones guaraníticas que eluden cualquier relación con las papilas infantiles.
La prohibición familiar de comerlo a cucharadas —que por otro lado se veía en televisión— o con los dedos sin más le daba ese sabor a liturgia que hace que parezca que los curas se deleiten saboreando la masita de pan ázimo. El dulce había que untarlo y dada su alta viscosidad solo admitía ser untado con cuchillo aplastándolo fuertemente contra el pan incluso a riesgo de que este se desgranara y una bola de dulce quede pendiendo de la cáscara o vuele por los aires sobre la ropa o al piso sin remedio.

Como queda a las claras, la bañadera entró en casa de un obrero en insospechada forma, la de un contenedor del más preciado de los manjares de la niñez argentina: el dulce de leche.
El agostarse de los años con sus huellas a cuestas nos fue empañando la fascinación por el dulce de leche. Vendrían otras ensoñaciones y otros sueños incumplidos a guarecerse bajo la piel con los sucedáneos posibles de las quimeras que están destinadas a otros héroes o semidioses. Y nosotros, rastreros mortales comunes, quizás nos encontremos más humanos cada vez que un artefacto hecho por otros humanos o por otras máquinas que fueron armadas por otras máquinas que fabricaron sus partes ideadas tal vez por otros artilugios. Y en la punta de la cadena, creándola, el chico que segregaba abundante saliva y se regodeaba solo con imaginar una bañadera.

 

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Escribí este relatiro con la intención de aportar a la Convocatoria Juevera de Ibso en Camino a utopía sobre El objeto, la idea o el sentimiento que no debería existir. Allí encontrarás más y mejores relatos.  

 

35 comentarios:

  1. Nos dejas ese otro mundo no muy lejano que cualquier detalle de hoy en día era todo un mundo en pasado no tan lejano.
    Hay momentos de la vida que echas la vista atrás unos sorprenden.
    Un abrazo feliz semana.

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    1. Gracias, Campi. Todos tenemos nuestro mundo lejano, pero no tanto. Saludos

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  2. Cuando pasa el tiempo, solemos olvidar esos pequeños deleites que nos hacían felices de chiquitos.
    Separados por miles de kilómetros, me resonaron cosas de tu niñes como propias. Como lo de bañarse en palangana, que en mi caso era pileta. O el dulce de leche, que aquí era la leche condensada.
    ¿Te imaginaste alguna vez ese robocito de SanCor a tamaño natural portando una bañadera a escala, llena de dulce de leche?
    Un abrazo y gracias por participar.

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    1. Nunca imaginé el robot en tamaño real con la bañadera grande. Pero está buenísima la idea. Saludos

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  3. Tantos eram nossos quereres na infância que por condições econômicas para nós não podiam ser satisfeitos!
    Adorei tua abordagem sobre isso ! Ficou linda!
    abraços, chica

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    1. Es cierto, no podíamos satisfacer muchos deseos, pero eso no nos impidió ser felices. Saludos

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  4. Pues no andamos muy lejos, compañero, los baños modernos de mis amigas ya tenían bañera.... En mi casa reinaba el plato de ducha y en la casita de campo la pila de lavar la ropa con un palmo de agua!!!!

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  5. Una bañera de dulce de leche y por qué no, qué placer más grande en mi infancia y adolescencia hundir una cuchara sopera en el tarro de dulce de leche y comerlo, ahora sigue siendo un placer poder hacerlo, pero no lo hago porque a esta edad se nota luego en la balanza, jajajaja.
    En mi casa tampoco había bañera, una ducha y un pequeño calefón primero de alcohol y luego uno de gas con garrafa, así que la ducha era rápida pues debía durar esa garrafa.
    Muy buena entrada, me trajo mucha nostalgia, éramos humildes pero muy felices.
    Un abrazo.
    PATRICIA F.

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    1. Gracias, Patricia. Veo que muchos venimos más o menos de los mismos orígenes y con las mismas carencias. Saludos

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  6. Yo soy del San Ignacio. Para mí. El mejor dulce de leche, lejos!... lamento contradecirte 😂. Y afortunadamente, tuvimos bañera desde que tengo memoria, aunque el primer calefoncito era eléctrico de 12 litros y calentaba lo mismo que una vela! Jaja. Gracias por los recuerdos, oso. Un abrazo

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    1. Jaja, bueno, cada uno con sus añoranzas. Ese SanCor no volvió más. Hace muchos años que se emparejó con otros. Por supuesto que el San Ignacio es el clásico, en casa también lo era. Pero por alguna razón le tuve afecto a la bañadera blanca! Saludos

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  7. Oh, se me hizo agua la boca, aunque para mi la antigua cocoa Raf que robaba a mis abuelos, no se comparaba con nada... Era el sabor de dios, no el de los religionistas, sino el de eso que deseamos de conocer creyentes y agnósticos... cada "cucharada" era un pecado castigado por dios si era robado... pero lo mío era más que un pecado, era un "tarro". Es decir , estaba más que condenado. Lo comía con temor, pero bien valía el riesgo.

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    1. Por supuesto que lo valía! Y así nos hemos hecho, reprimiendo algunos deseos y tratando de satisfacer algunos otros para no quedar siempre a la espera. Y tan mal no nos fue. Gracias y saludos!

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  8. Hola Oso,
    Haces una nostálgica descripción de tiempos de niño que focalizas en la bañadera (bañera o tina) y ef dulce de leche. Aquí se pasaba del barreño a la bañera y no se conocía el dulce de leche. Tuve la suerte de que mi abuela me lo hiciese, y era fácil de hacer (poner a hervir un bote de leche condensada), lo difícil era saber el tiempo que tenía que estar hirviendo, una de las cosas que me enseñó mi abuela a raíz del dulce de leche es que lo sencillo no siempre es fácil. Pero en fin que me voy por las nubes. Creo que la bañadera está fuera de lugar, pero el dulce de leche es imprescindible.
    Un saludo

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    1. No se... El dulce de leche siempre me pareció un poco exagerado de sabor, pero claro eso es cuestión de opiniones. Como las modas. Ahora por aquí desde hace un tiempo la moda es cambiar la bañera esa por un plato de ducha.

      Salud

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    2. Aquí el dulce de leche (al menos en mi memoria) tuvo un precio tan módico que estaba al alcance de cualquier familia obrera. De igual modo, a veces se preparaba en casa para darle algún toque distintivo (con azúcar quemada, chocolatoso, etc). La asociación con la bañadera la hago ahora remedando mi infancia, pero me pareció simpática. Saludos

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    3. Erik, varios conocidos (de otros países) me han dicho lo mismo. Aquí casi es una cosa religiosa!

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  9. Por cierto, he tenido que actualizar el blog a porrazos.

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  10. Bueno es que en cierta forma la tina fisicamente no tenia como meterse en el area de la ducha. Tendria que reformarse el baño de tal forma que habia que romper paredes, que eran DURAS como el mejor ladrillo y cemento posible. Era una labor de cincel, macetas, golpes de martillo por un mes tumbado paredes y sin tener seguridad de que quedara bien. Entonces nunca se hizo nada,

    eso si ese contenedor del dulce, si parece una tina..... se ve la analogia claramente

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    1. Tenés razón, eso hubiese pasado en mi casa, además de la cuestión monetaria. Saludos

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  11. Me estuve relamiendo al leerte, no hay nada que me guste más que el dulce de leche en todas sus versiones, así que comprendo que calmara vuestra sed de la bañadera.
    Sin duda alguna has cumplido con creces la propuesta de este Jueves.
    Un abrazo

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    1. Gracias, Tracy. Aguante el lululeche! (según mi hijita). Saludos

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  12. Me parece un caso de racionalización, en que lo inalcanzable se convirtió en indeseable. Como no querer lo que no se podia tener.
    Pero de manera simbólica llegó a través del envase del dulce de leche, con su sabor, que fue un deleite.
    Suele pasar que ese deleite sea reemplazado por otro.

    Aunque a Anya Taylor-Joy le siguen gustando los cañoncitos de dulce de leche,

    Deseo que vuelvan los relatos de Leo Damier, con Ignacio e Inés Perta.

    Saludos.

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    1. Muy buena apreciación!
      En cuanto a Leo, debería encontrar alguna vuelta de tuerca para la segunda temporada!
      Saludos

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  13. Un relato que utiliza como excusa la nostalgia y nos trae justo lo que Ibso nos pedía: un elemento que no debería existir.

    También recuerdo bañarme de pequeña (en la casa de mi abuela en el pueblo) en un pequeño barreño colocado en la cocina y a base de baldadas con agua calentada en los fogones.

    No sé si fueron tiempos mejores o peores, pero forman parte de mi pasado y me los has traído al recuerdo.

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    1. Claro que sí, lo de mejor o peor es dudoso, al menos forma parte de nuestros recuerdos entrañables.
      Saludos

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  14. El progreso es un camino largos y sinuosos (e insospechados).

    Abrazos, Oso cuervo querido!

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  15. *quise decir que tiene caminos largos y sinuosos

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  16. PD: maldito Paul McCartney, se entrometió en medio del comentario y me hizo escribir cualquier cosa

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    1. Temazononón!! Por ahí tengo una chacarera afanando algo de ese tema y de While my guitar...
      https://losapuntesdeloso.blogspot.com/2013/05/milonga-de-long-and-winding-road.html

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  17. Oso me gusto mucho tu historia, me hizo acordar cuando de niño nos bañábamos en una bañadera de plástico ya que tampoco teníamos una de verdad. No me acuerdo de que dulce de leche comíamos, lo que si me acuerdo de ir a comprar galletitas dulces al almacén que estaban en latas, te las vendían sueltas.

    Que tengas un buen fin de semana
    Saludo

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  18. Claro! Las galletitas (masitas les decíamos) en lata! Saludos

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  19. Me has trasladado a mi infancia con tu relato, el oso, recuerdo algunas carencias materiales, no teniamos tv, ni tampoco bañeras, ni tf, la vida era muy distinta a la de ahora que se tiene de todo, y por eso ahora valoramos tanto las cosas quiénes hemos carecido de algunas cosas. Pero recuerdo mi infancia muy feliz con el cariño de mi familia, y recuerdos de ir al río en verano como si fuera una playa para veranear, qué bien lo pasábamos, mi padre nos ponía un columpio de árbol a árbol, qué felices éramos. También recuerdo las tartas de mi madre con galletas y chocolate. Y bueno... no sigo, porque sino no acabo jajaaj.

    Un abrazo.

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